Hace tiempo que veo los tejados de lo que debe ser una vieja casona emboscada tras un bosque de encinas. Los veo cuando voy en el coche por la N-420 camino de Daimiel. Siempre digo que tengo que acercarme hasta allí para ver de qué se trata. Pues bien, ayer decidí que había llegado el momento. A la altura de los Ojos del Guadiana, abandoné la N-420. Metí el coche por un sendero de tierra que continuaba por un trazado irregular, sombreado por un puñado de robles, y que se desvanecía tras una curva para adentrarse en el encinar. Detuve el coche en el sendero durante un instante y tomé algunas fotografías del entorno. Hacía calor, el cielo era nítido y muy azul. A la izquierda se extendía una llanura triguera, a la derecha un pequeño campo de maíz. Continué hasta llegar a una curva que dejaba a la derecha una casa de hechura simple y grandes proporciones. La casa estaba abandonada desde hacía tiempo. En su momento debió de ser una especie de silo, ya que tenía ventanas abuhardilladas en la parte baja del tejado. Las puertas de madera se mantenían cerradas, a pesar de haber sufrido durante años el rigor de un clima tan cambiante. Allí disparé algunas fotos. En ese punto del camino se bifurcaba el sendero. Tomé el ramal de la izquierda que continuaba por el bosque de encinas. Pasado un minuto apareció a mi izquierda un muro amplio, de altura considerable, rematado con teja castellana. Y en su vértice, por un torreón de planta cuadrada que le daba al conjunto cierto aire señorial. Junto a un portón clásico flanqueado por dos faroles (era sin duda la entrada principal al recinto), había una placa de cerámica en la que podía leerse: Finca Los Galanes. El sendero acordonaba el muro, así que continué por él. En seguida supe que me estaba alejando de la zona noble de la residencia, ya que del otro lado el muro estaba desportillado y carecía de tejas en la parte superior; incluso estaba deshecha la base de uno de sus vértices. A ambos lados del sendero había aperos de labranza suficientes para tres o cuatro tractores. Llegué a la parte posterior del recinto. Allí había dos vertederas y una grada desperdigadas por el terreno. También había una cosechadora y dos segadoras de gran tamaño estacionadas una junto a la otra. El muro estaba dividido en su mitad por un portón sencillo. Frente al muro había una explanada con varios árboles separados entre sí por unos metros, rematados en la base por algunos brochazos de pintura blanca. Había también una caseta para perros que era la miniatura de una casa manchega. Detuve el coche para observar el conjunto. No cabía la menor duda de que se trataba de una finca de un tamaño considerable. Me preguntaba quiénes serían sus propietarios, cuando un hombre delgado, vestido con ropas de campo y una cazadora vaquera, abrió el portón lo justo para asomarse junto con un perro que andaba a su lado. Al perro le caían por el hocico babas transparentes. El tipo me miró en silencio. Tenía pinta de no gustarle los desconocidos, así que arranqué el motor y rodeé los árboles pintados de blanco para tomar el sendero por el que había venido. El tipo avanzó unos pasos y mostró sin disimulo una escopeta de dos cañones, que yo supuse estaría cargada. Aquel tipo debía ser el guardés que se ocupaba de custodiar la parte trasera de la finca. De pronto me pareció que me encontraba en el lejano oeste americano. Lo saludé con la mano y tomé el camino de regreso. El perro siguió al coche con la mirada, enseñando los dientes. Al llegar de nuevo al muro principal, pensé tomar alguna fotografía del portón antiguo, también del torreón, pero dudé, ya que sabía que me encontraba dentro de una finca privada. Imaginé que las personas que habitaban el lugar estarían acechándome a través de alguna ventana (que yo no veía), y puede que esas personas no fuesen especialmente hospitalarias con los forasteros. Tal vez, salir del coche a tomar unas cuantas instantáneas no fuese, en realidad, una buena idea.
Josefa Mendoza

español/peruano
Me encanta la forma como describes la finca y sus alrededores. Hasta ahora no había tenido el gusto de leerte pero lo haré con asiduidad. Espero que no tardes mucho en volver a publicar. Me ha gustado mucho. Te doy mi voto y te mando un saludo desde Trujillo (Perú), de un español errante. Chao.
Josefa Mendoza
Hola español errante. ¿Qué tal se está en Trujillo? Gracias por leerme y por el voto. Un abrazo.
español/peruano
Se está bien, aunque claro, como España no hay nada. Un abrazo.