Historia de Vida Número 1 : Gracias a Dios existe la Merca (un viaje de ida)
Introducción
En esta primera entrega tendremos un encuentro con Horacio, para eso hemos viajado hasta Ciudad Oculta, Michigan, para charlar con él. Horacio es un tipo que desde chiquito tiene problemas con la droga, pero a diferencia de muchos que han quedado en el camino, hoy Horacio la puede contar. Y eso hará.
Llego a la casa de Horacio, hace frío en todos lados y Ciudad Oculta no es la excepción, como sabemos, el frío seco de Michigan es una bendición para los huesos pero una maldición para la piel: el frío acá parece que corta, es un frío filoso. Muy filoso.
Horacio nos recibe muy amablemente, aunque en su casa (por llamarla de algún modo) escasean las comodidades y los lujos, hace frío adentro también y huele a algo que prefiero no saber qué es.
De manera sutil, ni bien empieza la charla, voy al grano y le pregunto a Horacio si es cierto que él tiene problemas con la droga.
Horacio: Si, exacto, pero eso no es nuevo, desde muy chico cargo con eso y jamás lo he podido solucionar. Incluso, gracias a mi familia, en su momento recibí ayuda profesional, aunque eso no sirvió para nada. Yo quise solucionarlo, pero nunca pude, Dios sabe cuanto lo he intentado y sabe bien también que he hecho mi mejor esfuerzo sin lograr resultados satisfactorios. He sufrido, he padecido. Lo bueno es que la gente que me conoce y me quiere ha aprendido a quererme como soy, a aceptar mi condición. Algunos ya se acostumbraron, incluso, después de todo, es algo que vengo arrastrando desde los 6 años.
Me sorprendo con lo que me cuenta Horacio, me sorprende por un lado el hecho de que haya comenzado su problema con la droga siendo tan pequeño, a los 6 años, pero lo que más me sorprende es la naturalidad con la que relata esas cosas de su vida y lo desenvuelto que se lo nota. Lo miro a los ojos y, como si me hubiera revelado el mayor secreto de mundo, lo contemplo y le digo que jamás me hubiera imaginado que su problema hubiera comenzado a los 6 años. Con eso le doy al pie a Horacio para que prosiga su relato que, de a poco, se va poniendo más y más trágico.
Horacio: Y sí… fue muy extraño en realidad, pero lo cierto es que muchas cosas trascendentes en esta vida ocurren de pura casualidad, aunque no reparemos jamás en el hecho fortuito que disparó todo… pero bueno, te decía, a esa edad yo aprendí a leer. Y me gustaba leer, tanto es así que leía de todo, todo lo que llegaba a mis manos, hasta las etiquetas de los frascos de shampoo y los prospectos de remedios, todo. Y así fue, justamente, que todo empezó, de casualidad, con un pequeño frasco de jarabe para la tos, de esos que son para niños. Es que en ese frasquito, en letra muy pequeña y en la parte trasera se leía: droga apta para niños a partir de 3 años. Fue exactamente ahí que todos mis problemas comenzaron, justo cuando intenté leer la frase en voz alta: “droga apta para niños”. Lo intenté, pero no pude, tenía un problema con la droga, más precisamente, con la d y la r juntas, no podía pronunciarlas. Me puse nervioso prontamente, lo intenté de mil maneras, acomodé la lengua de todas las formas habidas y por haber, pero no pude, fue imposible pronunciar esas dos putas letras juntitas, desde ahí que jamás pude pronunciar “droga”. Mis padres se preocuparon y mucho por mi problema con la droga por lo que me llevaron a ver a una foniatra. Pobre tipa, ella trató de ayudarme, lo intentó y mucho, pero nada. Jamás logró ningún progreso conmigo. Un día se cansó, ella lo sintió como un fracaso personal y profesional, se había involucrado mucho conmigo, me sentía como su mayor desafío. No pudo cargar con eso y se suicidó ingiriendo un cóctel explosivo a base de kerosén, mejoralitos, poxirán, bolitas de rulemanes, terma, soda, jengibre, líquido de frenos, pasta base, compota de ciruelas, criadores, gelatina de frambuesa, zucoa, rivotril y heroína de máxima pureza. Un episodio tremendamente doloroso y lamentable, una muerte que me tocó muy de cerca, esa tragedia me marcó.
Yo estaba mal, mis padres destrozados. Había sido peor el remedio que la enfermedad. Durante mucho tiempo, prácticamente toda mi adolescencia, me refugié en el silencio. La mudez de esos años me ayudó a pensar y a repensar todo.
Y así fue que de a poquito fui saliendo, me fui sintiendo mejor, de hecho, comencé a pensar mucho en mi problema de una manera muy positiva, pensé que no era algo tan serio, después de todo, me dije, en nuestro idioma no hay muchas palabras con “dr”, está droga (y todos sus derivados: drogón, drogueta, drogadicto, drogadicción, etc.), dragón, drama… y no muchas más. Eso pensé.
Todo marchaba bien, pero la vida es cruel, no tiene piedad, no tiene reparo en enviar un golpe bajo y certero y luego otro y otro más. En mis años de mudez me había convertido en un ávido lector, y leía todo tipo de cosas, cuentos, novelas, política, poesía, autoayuda, pero lo que más me gustaba era la ciencia ficción, también el terror, los relatos de vampiros me apasionaban. No hacía otra cosa más que leer y leer. Hasta que un día, volviendo de una librería, vi un afiche en la calle, el afiche de una película, una película de vampiros: Drácula. Ay, Dios. Fui al cine, quería verla, pero jamás pude comprar la entrada, así que no pude verla, el puto boletero no me entendía, y claro, si yo no podía pronunciar las 2 primeras letras de Drácula. Un bajón, fue terrible para mí, realmente deseaba ver esa película y jamás pude hacerlo, jamás. Volví a caer en un pozo depresivo. Y así fue que otra vez, como había sido años antes, volví a tener problemas con la droga. Mi situación laboral no era demasiado estable y mis ahorros eran nulos, a pesar de eso, recurrí a un profesional, al cual le conté toda mi vida, desde aquel problema con la droga, a los 6 años, hasta mi fallida idea de ir al cine a ver Drácula. Otra vez el remedio fue peor que la enfermedad: el tipo me recetó pastillas. Fue tremendo, el precio de medicamento era demasiado elevado para mi escasísimo presupuesto. El fantasma de la droga abatió, otra vez, su ominosa sombra sobre mí: necesitaba conseguir algo más barato, un medicamento más barato, pero con la misma “droga”. Como se imaginarán, no pude pronunciar la palabra “droga” y, entonces, jamás pude hacerle entender al farmacéutico lo que quería. Triste y desdichada existencia la mía.
3 años, 7 meses, 14 días, 4 horas, 18 minutos y 23 segundos estuve sumido en un profundo pozo depresivo. Después del tiempo recién mencionado, volví a asomarme tímidamente al mundo, de a poco, muy muy de a poco. Fui sintiendo que el mundo es un lugar hermoso y que posee miles de cosas maravillosas que nos regala diariamente. Y una de esas cosas maravillosas, sin dudas, es la música. Bendita música.
Entonces comencé a ir a recitales, siempre solo, y jamás hablaba con nadie. Pero un día una chica se me acercó, era muy linda y no recuerdo sobré qué empezamos a hablar y a reírnos. La pasamos tan bien en el recital que yo no quería que la noche se termine ahí, entonces la invité a tomar un café, ella aceptó. Fuimos a un bar, estaba casi vacío, pedimos un par de cafés, cuando los trajeron, ella sacó de su cartera una pequeña bolcita que adentro tenía un polvito blanco, me preguntó si quería y yo le dije que no, que yo al café lo tomaba sin azúcar, se puso seria y me dijo que eso no era azúcar, yo insistí con que el azúcar impalpable también es azúcar, y ella insistía con que eso no era azúcar. Le pregunté que era y ella, muy seca, dijo; merca, boludo. Ahí abrió cuidadosamente la bolsita, metiendo su meñique dentro y lo sacó con la yema llena de ese polvito blanco, me la acercó a mi naríz y me ordenó: aspirá. No me atreví a contradecirla, cerré los ojos y aspiré. Al segundo sentí un diminuto espasmo, casi imperceptible, pero real. Y ahí le vi la cara a Dios, y fue hermoso. Ella me miraba y sonreía, sonreía como una nena. Yo sentí algo extraño, la mandíbula se me ponía dura, nunca me había pasado algo así, cada vez más dura, completamente asombrado me la toqué con ambas manos. Ella lanzó una carcajada y cuando terminó, entre risas me preguntó si nunca me había drogado. Yo le dije que no, que jamás había probado droga porque… no terminé la frase, no la terminé porque me di cuenta de que yo había pronunciado la palabra “droga”… no lo podía creer, lo repetí: “droga”, “droga”… lo empecé a gritar… ella se reía como loca y yo también, cada uno por sus motivos, pero reíamos juntos.
Ese día cambió mi vida, a partir de ahí, siempre llevo en mi bolsillo ese precioso polvito blanco, esa bendición del cielo que hace que cada vez que yo lo necesite pueda llevar a mi mandíbula al estado en el que puede pronunciar la d y la r juntas, una tras otra y sin nada en el medio. Ahora si puedo decir que soy feliz. Gracias a Dios que existe la merca. Gracias a Dios.
La historia de Horacio me conmovió hasta las lágrimas, aunque no me dio para llorar, el turro no se lo merecía, no me ofreció ni un vaso de agua y en su casa me cagué de frío. Lo único que yo quería era irme. Así que le agradecí su historia y me fui. Ahora, sólo espero que les haya gusto.
Hasta la próxima.


Octavio-Alfeo
Horacio va a terminar con el tabique nasal dislocado, pero feliz
Bicho.Reactor
Todo en la vida tiene su precio.
Octavio-Alfeo
En la próxima historia que sea de un loquito que le agradece a dios que exista la pepa jajaja, que grande, un saludo!
Bicho.Reactor
carolina
vaya..sorprendente tu narracion. Me gusto leerte. saludos, y gracias por pasar por mi casita.
Bicho.Reactor
Gracias a vos.