La erección

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    Y llega un día en la vida de Jacques en que mira a su mamá salir de la piscina por la escalerilla de acero con el cuerpo bañado en agua que se escurre a chorros por la piel fresca. Con el pelo mojado al cuello y a los hombros, Jacques piensa que todavía conserva la esbeltez propia de la juventud. No piensa que su mamá es bonita sin más, como cuando se sentía el niño más querido del mundo y le gustaba mirar a su mamá y a su abuela, sino que algo ha cambiado en su pensamiento, ya que se da cuenta de que su mamá es especialmente hermosa. Ese momento es extraordinario, incluso llega a desconcertarlo terriblemente (aunque de momento ignore el devenir de la vida), y de ningún modo puede adivinar que se encuentra ante el inicio de lo que será, ya para siempre, la vida adulta.

    Jacques se incorpora en la toalla, observa a su mamá caminar por el borde de la piscina. Observa cómo se dirige por el sendero de gravilla hacia las duchas que hay frente a los setos de iris y de rosas. Observa cómo el chorro de agua barre los restos de cloro de su piel, antes de regresar a su lado, junto a la cesta con los bocadillos y la nevera portátil cargada de refrescos y cerveza. La mamá de Jacques cierra el grifo de la ducha, respira hondo, como si hubiese mordido algo demasiado frío, y cruza el césped con el pelo empapado entre los dedos. El agua chorrea por su cuerpo. Pestañea, se detiene a medio camino, como si fuera un gran perro que se sacude el agua de lluvia tras el aguacero. Mientras tanto, quién sabe que mecanismos ocultos se despiertan en el interior de Jacques, que le obligan a recrearse en los muslos vigorosos, en las caderas esbeltas, en el vientre firme de su progenitora. La mamá de Jacques alcanza una suave y amplia toalla, se la ata a la cintura y pregunta a su hijo qué le ocurre: ¿Qué te ocurre, Jacques? Jacques huele el perfume dulce y fresco de su cuerpo y responde que no le sucede nada. La mamá de Jacques desanuda la toalla para extenderla sobre el césped, mientras él examina con timidez el escote del bikini. Allí descubre que su mamá resulta tan tierna que bien pudiera ser su hermana mayor. Pero la sangre aún no ha escapado de sus mejillas. Una oleada de dulzura le invade el cuerpo y hace que desee echarse sobre la toalla para abrazar a su mamá, para acariciarle el brazo flaco, la curva que alimenta la cadera. Advierte cómo los pezones empujan la tela del bikini, y se ruboriza porque no puede apartar la mirada de ellos. La mamá de Jacques, con la costumbre con que una madre habla a su hijo, le dice que vaya a la piscina a darse un baño porque hace un calor terrible. Pero Jacques no la escucha. Sigue ruborizándose, y solo desea regresar al estado natural de las cosas. Siente fuego en las mejillas, algo así como el infierno dentro de la boca, así que lo mejor es buscarse una distracción. Decide echar un vistazo a las personas que rodean la piscina de agua un poco verde, donde los niños más pequeños chapotean y llenan el aire de mucha algarabía. Sus ojos se detienen en la silueta mediana, algo arqueada de su padre, que saluda a un vecino con grandes palmas de amistad. El vecino apoya los brazos peludos en las caderas y ríe con ganas. Mientras tanto la mamá de Jacques se cepilla el cabello que le cae hacia atrás y brilla como alquitrán derretido. Busca a su marido que no le quita ojo a una pelirroja que está tumbada en una toalla amarilla. Al padre de Jacques le trae de cabeza el cuerpo inmaculado de la pelirroja. La pelirroja, pendiente a su vez de los dos hombres que se pavonean delante de ella, culebrea su cuerpo de muñeca hinchable, encoge las piernas como si fiera una flipper, y le dice algo al padre de Jacques. Embelesado, el padre de Jacques toma el mando de la situación (relegando a su vecino a un segundo plano), y se dispone a comprobar que todo está bien allá abajo, en los pechos prominentes de la joven, que basculan al acodarse en la toalla —con un gesto entre coqueto y burlón—, para darse la vuelta y mostrarle su culo prieto. Tu padre es un imbécil, le dice su mamá a Jacques. Lo dice con la mirada sombría y afiebrada, con ese gesto que desfigura su rostro cuando le incomoda una situación. Baja los ojos y termina de limpiarse las gotas que ruedan por las mejillas. Jacques contempla su rostro casi juvenil. Con un nudo en la garganta observa cómo su cuerpo pierde poco a poco consistencia, ahondándose a la altura del vientre. Observa, además, una pequeña abertura en la braga que pretende mostrarle algo impreciso, una masa informe de oscuridad y pelos que palpita y no termina de ver con claridad. A Jacques no le queda otra cosa que aceptar su desamparo. Un desamparo salpicado, eso sí, por el deseo que se le escurre por todo el cuerpo. Por eso aprovecha que su mamá descansa a su lado, que su padre está a punto de lanzarse sobre la pelirroja, para deleitarse en la contemplación algo lujuriosa de los pechos de su progenitora, que se han vencido levemente hacia los costados. El cuerpo de su mamá se ha ido secando con el paso de los minutos, la piel se templa bajo los rayos del sol, y ya solo queda un charquito en el ombligo, una poza minúscula que brilla como un espejo, en donde se reflejan las moscas que sobrevuelan su descanso. Tampoco puede resistirse a la contemplación del pubis materno, que se ha convertido en una suerte de peñón. Una roca que será, a partir de ahora, un territorio inexpugnable que no se dilata ni se contrae, a diferencia del vientre que se tensa o se afloja siguiendo la resaca de la respiración. Jacques descubre en la comisura de la braga, en ese lugar tan sensible del cuerpo femenino, unas estrías que parecen arena de húmeda de playa, y a las que nunca antes había prestado atención. También, una leve irritación de la piel.

    Al otro lado de la piscina, los rayos de sol encienden el cabello de la joven de piel lechosa. El padre de Jacques se ha sentado a su lado. Arranca briznas de hierba y las deja caer sobre el vientre de la joven. Ella le dice algo con vocecilla de muñeca tonta. Algo parecido a: Quieto, loco. No sigas, que tu mujer nos puede ver. Pero continúa con sus travesuras. Limpia su vientre apresuradamente con las manos, como si las briznas de hierba fuesen ascuas que le chamuscasen la piel. Ríe con facilidad, y sus ojos azules muy profundos miran al padre de Jacques y después a su esposa. Entonces se echa a reír todavía con más fuerza. Incluso se atreve a llamarle “tontorrón” al padre de Jacques, que dibuja arabescos alrededor de su ombligo con un dedo. De ese modo, la pelirroja ha conseguido que le susurre al oído algo que solo le pertenece a él. Tal vez un secreto, quizá una proposición; algo a todas luces seductor, ya que este mira furtivamente al lugar donde está su mujer, para comprobar que sigue cociéndose al sol.

    El padre de Jacques ya no puede más, así que decide tentar a la suerte. Jacques intenta imitarle. Se siente un adulto entre adultos. Piensa que él también puede divertirse con su mamá, del mismo modo que hace su progenitor con la joven pelirroja. Una mosca se posa en la pierna de su mamá, esta da un manotazo al aire y se voltea para colocar los brazos debajo de su cabeza. A Jacques le gustaría desanudarle el bikini, acariciarle la espalda larga y apretada que se endereza hasta derramarse en un culo espléndido que es la cosa más bella que ha podido contemplar en su corta vida, pero le sucede algo completamente inesperado. Le llega una erección sin previo aviso, pura energía de volcán a punto de entrar en erupción. Un empinamiento que solo sirve para delatarle ante su mamá y los demás. Jacques es consciente de que se encuentra en la piscina de la comunidad rodeado de personas que lo conocen, que lo saludan a diario en el ascensor, en la parada de autobuses, en la panadería los domingos a media mañana. Por eso intenta aquietar su ánimo. Pero toda amenaza que se pueda presentar no es suficiente para cortar el levantamiento de pene que le causa un dolor terrible, poderoso, que le obliga a taparse el bulto con las manos. Jacques se da por vencido y se deja llevar por su arrebato de pasión. Algo muy profundo lo ha sacado del mundo inocente y cálido de la infancia, y por un momento piensa que se le han aguado los sesos. Finalmente, creyéndose impune, se vuelve hacia la figura bronceada, y siente una ofuscación infinita cuando mete la mano dentro del bañador y se recrea en las nalgas de su mamá, que está tumbada a su lado gimiendo en un sueño como si fuese su presa o una mujer cualquiera.

    Comentarios

    1. Avatar de español/peruano

      español/peruano

      15 agosto, 2013

      Magnífico. Ya me estaba poniendo en la piel del adolescente. Jorge (Volivar) comentó en unas de sus intervenciones lo buena escritora que eres, y lo estoy comprobando con la lectura de tus últimos trabajos. Me encanta tu estilo seductor. Mi voto y un saludo.
      Alberto Casado.

      • Avatar de

        pampinoplas

        15 agosto, 2013

        Hola Alberto. Gracias por leerme y por tu comentario, siempre importante. Tendré que darle las gracias a Jorge por hablar tan bien de mí. Un abrazo.

    2. Avatar de Josefa Mendoza

      Josefa Mendoza

      15 agosto, 2013

      Hola. Quisiera saber por qué mi respuesta a Alberto se ha publicado con el nombre de “pampinoplas”. ¿Acaso se trata de un error de la página?

    3. Avatar de alca

      alca

      15 agosto, 2013

      Original y muy bien escrito. El complejo de Edipo hasta sus últimas consecuencias. Felicidades y voto.

    4. Avatar de Josefa Mendoza

      Josefa Mendoza

      16 agosto, 2013

      Hola Alca. Gracias por leer el relato. También por el voto. Un saludo desde Madrid.

    5. Avatar de Josefa Mendoza

      Josefa Mendoza

      16 agosto, 2013

      Hola Mario Alberto. La palabra “narrativa” suena fenomenal cuando hablas del texto. Gracias por leerme. Saludos.

    6. Avatar de Marvopercilucio

      Marvopercilucio

      17 agosto, 2013

      El cuento de por sí está muy bien hecho, el estilo sensual se logra de forma espléndida y el momento en que cada atributo de la madre de Jacques es mencionado ayuda a eso. Pero lo que más ayuda es la inclusión del personaje de la joven pelirroja. Mi voto. Saludos

    7. Avatar de Violeta-Klein

      Violeta-Klein

      22 agosto, 2013

      Un tema peliagudo tratado con gran sensualidad. Magnificas descripciones! felicidades!

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