Nunca en la vida había pasado por un momento similar. Había pasado por momentos vergonzosos como tirarme pedos en la reunión familiar de diciembre, sin querer queriendo, claro. O como aquella vez que encontré a mi padre entrando de puntillas por la sala cargando juguetes. Cualquier otra fecha del año habría sido menos trágica. Esa noche cenamos pavo. Así es, había otra manera de perder la niñez y, nada tenía que ver con pelos. Cenar pavo y ver a tu padre repartiendo regalos por la casa era un mandamiento del filósofo y especulativo. Desde aquel entonces me hice una chiquilla rebelde. Nunca volví a portarme bien. Me hice de esas jovencitas que, se entretienen con el lápiz y la libreta en las reuniones de trabajo, en clases o incluso, en los sueños. Que salen con los brazos cargados de obras impresas. Toman café y tienen un gusto en particular por las bebidas alcohólicas. Aprendí a tomarme las cosas como un círculo. Los círculos, me recuerdan las burbujas. Vivía las cosas a la ligera e infinita. Como esta tarde.
El hecho de ser un poco loca y un poco cuerda -lo mismo que mucha loca y mucha cuerda- no me hace entender si soy normal, pues los normales son ni un poquito locos ni un poquito cuerdos, los normales o están bien cuerdos o bien locos. Y, no sé si estoy poquito o, muchito o, ninguna de las dos. Ahora que lo pienso, no tengo ningún motivo para decir que soy más cuerda que loca. Mi padre decía que era una señorita con capacidades diferentes. En mí, lo emotivo predomina a la lógica. Pero él era ciego a los cuarenta y cinco. Razón por la cual no entendía nada de relatividad general. Sus ojos estaban siempre blancos sin percibir que me miraba en el espejo retrovisor y hacía “ojitos” en medio del momento más trágico, deprimente y doloroso del día, ver el semáforo vestirse de rojo. Y él, día a día con un bastón y una sonrisa arrugada ni daba cuenta. Mis tíos me llamaban “la pueblerina” aunque ellos nos sabe nada de los pueblos. Hacían gestos de burla, enseñando los dientes. Decían que mis grandes ojos amarillos y mis pecas denotaban una raza extrañamente mezclada y, que no tendría éxito si no aprendía la forma correcta de dar las nalgas. Porque no es lo mismo estar cogiendo que estar cogido. Pero, mi padre era simplemente un discapacitado emocional. No veía, por lo tanto no sentía.
“Ojos que no ven, corazón que no siente”…
…O, no quiere sentirlo pues, el dinero tiene su propio idioma. Así, siempre después de una tarde empapada de palizas mentales, mi padre recibía su apoyo económico por parte del tío Luis. Todo era silencio. Su sonrisa muda pintaba más el interior del carro que mis heridas. Eso me invitó a andar por las calles imaginando cosas. Un día fui un ave, otro una mariposa. Nada comparado con lo que me pasó esta tarde.
Pensándolo bien, no sé si fue esta tarde o alguna otra. He estado en este dormitorio más de lo que ahora puedo recordar. Las paredes son tan blancas como estar dentro de un vaso de leche. Pero, tal vez me ahogaría. Entonces soy un pez. Un pez albino, estamos en una pecera llena de leche. Yo estoy en una torre. Encerrada esperando la luna, custodiada por “ellos”, los otros albinos. A veces los veo caminar de puntillas como mi padre en la noche del pavo. Se asoman por una ventanilla circular frente a una puerta de metal. No llevan regalos como mi padre, cargan cosas como las que yo cargaba antes entre los brazos, unos manuscritos que ellos hacen al día mientras, me miran. Un día, me tocaron. Ese día vi por debajo de la puerta una hoja, de color azul y muy suavecita. Pensé que era el cielo, lo abracé. Me fui hasta las nubes y desayuné algodón. Después entraron al cuarto y me agarraron por aquí, por allá. Me dieron un piquete, como ese de los mosquitos pero, más fuerte. Me quedé bien dormida.
Esta tarde se ha esfumado, anochece muy temprano. Los días deberían durar 25 horas y el sol debería esconderse a las diez. Dicen que el momento perfecto para soñar es, cuando uno está cansado y las gotitas de saliva de la luna se sostienen como garrapatas albinas en el firmamento.
Se apareció una hoja bajo la puerta. Y aquí estamos, narrando desde las nubes, abrazando un pedacito de cielo antes de dormir. Sin importar las cosas que me causan pena o las que me trajeron aquí. Tomando las cosas como un círculo.
-Sara, la del 23 está mordiendo el tapete.
-Dile al enfermero de turno que le ponga sus medicinas.


eaglesrams
Excelente!!!
Saludos