¿Recuerdas aquella tarde en que papá nos llevó a conocer el mar? ¿Te acuerdas, Teresa? Yo estrenaba un bañador azul que tío Alberto me había regalado por mi cumpleaños. Cada vez que vuelvo al mar, su olor me recuerda a aquel día, me huele a infancia y a cariño, y a castillos de arena mojada en la orilla sentados. Pero sobre todo me recuerda a ti, Teresa, a la última vez que viste el mar, con nosotros y ya nunca.
Recuerdo que tú acabaste riéndote de mi desgracia, de mis lágrimas: yo estaba en la orilla llenando un cubo de agua con el que hacer un foso que rodease al castillo para que ningún ladrón pudiera entrar en él, y justo cuando me di la vuelta y eché a andar hacia ti, empezaste a mover los brazos y a gritarme que corriera, que saliera del agua, con un nerviosismo que ya conocía y que solo calmaban los besos de mamá. Yo me paré riéndome de tus gestos: me parecían graciosos, cuando una ola a mis espaldas me cubrió por completo. Yo veía todo azul y blanco y solo podía oír el ruido del miedo. El agua olía a sal y a quemazón roja en la nariz. Me vi en la orilla sentado por la fuerza de un mar al que yo había tratado bien y no entendía por qué me había golpeado de esa manera, con una furia acumulada para herirme. Me puse a llorar de miedo y vergüenza y rabia. Y tú te reíste. Te reíste, Teresa, ¿te acuerdas?, con esa sabiduría de hermana mayor, aunque fueran apenas dos años, como una futura madre que nunca pudiste ser y que los hijos, que no tuviste, no llegaron a disfrutar.
¿Te acuerdas, Teresa? Después de conocer el mar —tú te pusiste como un tomate porque no dejaste que mamá te untara de crema la espalda y las piernas—, papá nos llevó a cenar a una terraza del puerto. La noche estaba preciosa y tú te pusiste a jugar con un perro abandonado que escarbaba en la basura. Mamá te regañó, pero tú nunca hacías caso y siempre te salías con la tuya (cuando papá te regañaba, siempre terminaba dándote un beso, como pidiéndote perdón por sus palabras, como si no pudiera interpretar otro papel que el de padre protector que todo lo hacía por tu bien, Teresa, para cuidarte, para protegerte, pero no fue bastante, no bastaron las palabras para que te quedaras con nosotros, para que siguieras enseñándome cosas, como poner caras con los ojos desorbitados y otras muecas que ensayábamos delante del espejo del salón, yo a tu lado imitando tus gestos, queriendo ser como tú; no sabes, Teresa, lo orgulloso que estaba de ti, de que estuvieras conmigo, de que fueras mi hermana; nunca te lo dije, Teresa, y ahora lo lamento, lamento que no conocieras lo mucho que te quería, o tal vez sí lo supiste, porque esas cosas no es necesario decirlas, o quizá sea lo único que merece la pena decirse). ¿Recuerdas esa cena en el puerto? El perro se tumbó al lado de tu silla y tú con disimulo le ibas tirando comida de tu plato. Mamá se dio cuenta, todos nos dimos cuenta pero no dijimos nada, como si el perro no estuviera allí. Muchos años después mamá recordaba ese día y contaba que nunca te había visto más guapa, Teresa, nunca has sido más buena con nadie como aquella noche con el perro abandonado que había encontrado en ti a una amiga, una amiga que compartía su cena con él, una amiga a quien amar y seguir.
Siempre fuiste la hija preferida, la mayor, siempre saliéndote con la tuya siempre. Recuerdo que cuando te ponías nerviosa, mamá te sentaba en su regazo y te abrazaba y te daba besos y te susurraba al oído palabras tranquilas. Tú ibas calmándote poco a poco, tu respiración se iba calmando y mirabas el vacío con la angustia de quien entiende que nunca sabrás controlar por ti misma esos ataques que tanto nos asustaban. Yo me acercaba a ti y también te besaba en la frente, como mamá, como si por unos momentos yo fuera el hermano mayor y tú me necesitaras. Me gustaba pensar que mis besos también te calmaban. Te quiero, Teresa, te decía, te quiero mucho y quiero que te pongas buena para que sigas enseñándome cosas, para que yo no vuelva a sentir el miedo a perderte, el miedo a que te fueras y no volvieras más, lejos de mí, para siempre.
Un día mamá te castigó. Nunca hemos hablado de esto, pero quiero contártelo ahora, Teresa, aunque tú ya lo sabes. Mamá te castigó porque habías tirado el plato de sopa al suelo y estabas gritando. Yo no recuerdo qué gritabas, pero estabas nerviosa, muy nerviosa y no recuerdo por qué. Mamá te castigó en tu cuarto y ese día no te abrazó, ni te dio besos, ni te habló al oído. Te encerró en tu habitación durante horas. Desde el salón te oíamos gritar y papá hacía esfuerzos por no salir corriendo para rescatarte de tus miedos, y se removía en el sillón, mirando a mamá que lloraba en silencio. Poco a poco tus gritos se fueron aplacando y todo volvió a la normalidad, o eso pensamos. Cuando papá subió a tu habitación y abrió con la llave y entramos, tú ya no estabas, Teresa, ya no volviste, solo quedaron tus cosas y tu ropa y tu olor y una ventana abierta que ya nunca cerramos. Nunca. Tú ya no estabas y me dejaste solo, Teresa. Nos dejaste tan solos.
El día del entierro mamá no lloró, creo que desde entonces nunca más volvió a llorar. Yo sí he llorado, muchas veces, como ahora, como cuando una ola gigante me cubrió por completo y tú te reíste, ¿te acuerdas, Teresa?
[Cuento publicado en el libro Tientos y esquirlas.]


español/peruano
Muy bueno. Buen inicio en la red, José María.Tienes un bonito estilo que hace amena la lectura. El tema es triste y nostálgico, pues siempre recordamos las anécdotas que protagonizamos con nuestros seres queridos. Mi voto y un saludo desde Perú.
José-María-Clemente
¡Muchas gracias, Alberto! En realidad el texto es 100% ficción. No tengo ninguna hermana, ni (afortunadamente) he sufrido ninguna pérdida familiar así de importante. Te agradezco mucho tus comentarios. Un saludo afectuoso desde España.
RafaSastre
Excelente, José María. Está tan bien narrado, que es difícil entender que no estás contando una vivencia personal. Bienvenido a Falsaria. Estás entre amigos.
José-María-Clemente
¡Muchas gracias, Rafael! Llevo poco tiempo por aquí, pero ya empiezo a sentirme como en casa…
VOLIVAR
José María: nos has compartido algo lindo, en verdad. tu estilo muy atractivo. Ojalá sigas con nosotros, y que te sientas a gusto, entre amigos.
Mi voto. Un saludo desde México
Volivar (Jorge Martínez
José-María-Clemente
¡Muchas gracias, Volivar, por tus amables palabras! Un saludo muy afectuoso desde España.
wafaa
interesante y bien narrado, me gusta ese aire a evocación y añoranza que trasmite el texto.
José-María-Clemente
¡Muchas gracias, wafaa! Me alegro mucho que te haya gustado.