Tejiendo a María Purísima

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    Mari Puri no tenía la personalidad que merecía, sino la que le había venido con el nombre. Hasta el momento, nada de lo que había hecho le había servido para forjarse una personalidad propia pues, bien es verdad que, llamándose Mari Puri —nombre que debía a una tía abuela muy querida por su madre a la que nunca conoció, a la tía abuela, no a la madre a la que ya tenía muy vista— tenía todas las de perder porque, solo mentarla, recordaba demasiado a cardados años sesenta, a pendientes de perla y a remilgos tontos de pueblo tuviese la edad que tuviese.

    Cuando era niña, hija única de un matrimonio de padre con bigote y madre que bajaba a la calle con los rulos puestos bajo una redecilla, se divertía con sus amiguitas del barrio saltando a la comba, corriendo a salvar a sus compañeras al escondite —nunca logró salvar a nadie, no se sabe si debido a su nombre o porque la velocidad tampoco era lo suyo— o contando historias en círculo, ya más calmada a última hora de la tarde, antes de subir a casa a cenar un bocadillo de salchichas. Pero en los momentos de mayor intimidad, cuando alguna amiguita contaba entre susurros la imagen desnuda de un hermano mayor en el baño o alguna palabra suelta de conversación prohibida de los padres, Mari Puri no conseguía emocionarse como sus iguales a las que veía taparse la boca con la mano en gesto de turbación. Sin poder evitarlo, le salía un resabiado «Niñas, no debéis escuchar conversaciones ajenas ni espiar a vuestras hermanitos mayores» como si ella misma no fuese también una niña.

    Cuando algún adulto le preguntaba a esa tierna edad «¿Y tú, qué quieres ser de mayor, mona?», Mari Puri no podía evitar contestar, ufana y pletórica: «Yo quiero ser viuda de un militar».

    La falta de curiosidad hizo que rápidamente sus amiguitas comenzaran a llamarla Doña Puri y la trataran con cierta distancia. Parecía que el destino de pendientes de perla y lóbulos estirados se aproximaba a ella más rápido de lo conveniente.

    Tras una infancia más o menos solitaria en la que descubrió su amor por la calceta, entre tapetes de ganchillo y mesas camilla le llegó la adolescencia. Su amiga Marta, única superviviente del barrio que se empecinó en seguir siendo su amiga, sabía que bajo su apariencia de niña avejentada había una gran persona. Pensó que Mari Puri debía dar una vuelta a su aspecto para que su nombre —el de la tía abuela que recordaba a naftalina y bicarbonato— no siguiese siendo una traba para conocer gente nueva fuera del barrio —dentro la pobre ya no tenía nada que hacer, todos sabían perfectamente cómo era.

    Pese a los gritos horrorizados de la madre, Marta optó por la adhesión de Mari Puri a una tribu urbana de esas que tan de moda estaban por aquellos entonces. Le pareció que ser heavy se adaptaría perfectamente a sus necesidades y que podría ocultar, por algún tiempo, el alma alcanforada que latía bajo el pecho de su amiga. Con las greñas largas y el flequillo cardado, una camiseta de un grupo cadavérico, mayas ajustadas y botas militares, Mari Puri no tenía más que sonreír un poco para aparentar que podía engañar al destino haciéndose pasar por una chica torturada, incomprendida y llena de juventud.

    —Ay qué ver cómo te mueves, pareces la reina del cotarro —dijo Mari Puri a su amiga Marta en cuanto salieron a bailar al centro de la pista.

    Marta, como toda respuesta, corrió al baño a vomitar unos cuantos tequilas ingeridos con imprudencia. Mari Puri, detrás de ella y tras apartarle el pelo de la cara, arrugó la nariz para que el olor agrio del vómito no le diese de pleno y supo que aquello de ser heavy no era lo suyo.

    Encerrada a partir de entonces en el confort de la salita de estar de la casa de sus padres, tejía con ahínco bufandas, calcetines y rebequitas que luego lucía con esmero para deleite de un barrio que se adentraba sin frenos en la década de los ochenta.

    Siempre vestida con faldas cuyo vuelo le llegaba justo por debajo de la rodilla, Mari Puri desentonaba con el paisaje que la rodeaba. Sus únicas salidas a la calle, camino a misa de las siete, se lo confirmaban cuando miraba, de reojo y cabizbaja, a las chicas de su edad fumando y devolviéndole la mirada asombradas al verla. Alguna vez les había oído palabras malsonantes y risas dirigidas a ella. Pero Mari Puri no les contestaba ni se permitía ocupar su mente con ellas. Ni con nadie del barrio.

    Hasta que un día, cuando menos se lo esperaba, uno de los chicos mayores se fijó en ella.

    —Pero, ¿estás loco? ¿Cómo vas a invitar a «esa» a tu fiesta de cumpleaños? —le dijo uno de la pandilla.

    Y él, erre que erre que había que invitarla.

    —¿Y para qué quieres que venga?

    —¿No te das cuenta? «Esa», como tú la llamas, es ideal para el Antonio —contestó con determinación mientras daba una profunda calada a su Fortuna y con la mano se peinaba el pelo hacia atrás.

    La pandilla entera, enfundada en chupas de cuero y sentada como podía en el respaldo de un banco de madera, asintió con la cabeza tras un vistazo rápido a la rebeca azul celeste con lacitos rojos y dos tiras de ganchillo al cuello terminadas en pompones que, anudadas, hacían las veces de cierre que llevaba puesta Mari Puri.

    Dos días después, el chico mayor se acercó a ella y la invitó a ir a su fiesta de cumpleaños que tendría lugar el sábado en el parque de pinos.

    —¿Irán más chicas? —preguntó Mari Puri con las manos entrelazadas y mordiéndose el labio inferior. No quería parecer una descarada e ir ella sola a una fiesta donde solo fuesen chicos.

    —Claro, irán todas las de esta calle.

    —Entonces, le preguntaré a mi madre si me deja ir a tu guateque.

    Y desapareció saltando por la acera pizpireta. La pandilla, sentada en el banco de marras, lanzó una risotada que Mari Puri, de oído fino, prefirió interpretar libre de malas intenciones.

    Tras la respuesta afirmativa de la madre, Mari Puri acudió contenta y repeinada a su primera reunión social. Lo de la discoteca heavy no le había parecido que agrupase las condiciones para ser elevada a tal categoría, pues en el poco tiempo que estuvo dentro no había hablado con nadie, salvo con su amiga Marta de la que no supo nada más. Por lo tanto, el cumpleaños sería su primera reunión social.

    Aconsejada por su madre, se presentó con elegante retraso al parque de pinos, muy cerca de su casa, vestida con una de las rebecas que ella misma se había confeccionado el verano anterior. Los chicos y chicas ya estaban en el merendero ocupando un par de mesas. Sonaba música estridente de un radiocassette de doble pletina que alguien había llevado, junto a una tortilla, patatas fritas onduladas y gusanitos que se repartían por igual en distintos platos de plástico.

    —Si llego a saber que no tenéis mantel, hubiese cogido uno de mi casa —dijo Mari Puri sonriendo.

    Los chicos y chicas, sentados en el merendero, la miraron fijamente con la boca abierta.

    —He traído un bizcocho de limón. Lo he hecho yo —volvió a hablar Mari Puri cayendo en la cuenta de no haber traído cubiertos para partirlo—. ¿Dónde lo pongo?

    Todos, chicos y chicas, seguían sin decir una sola palabra, mirándola fijamente sin ofrecerle un asiento. Detrás de ellos, emergió el chico del cumpleaños, quien estaba entretenido en preparar un calimocho en una botella de Coca-cola de dos litros. A su lado, otro chico, tieso como un palo y con cara de asco, se negaba a tocar la mezcla de alcohol.

    —¡Mari Puri! —dijo el cumpleañero con cierta guasa—. Deja eso por ahí. Te presento a mi hermano pequeño, Antonio.

    Los chicos y chicas se dieron vuelta para mirar a Antonio quien, con el pelo engominado con la raya a un lado, pantalones de pinzas ajustados a su talle por un cinturón con la bandera de España, niqui azul marino metido por dentro y zapatos castellanos, profirió un seco «Hola» a Mari Puri con una voz ronca que a ella le llegó al corazón para quedarse allí para siempre.

    Como un imán partido en dos, Mari Puri y Antonio se acercaron para darse dos torpes besos en las mejillas y, sin preocuparse más por el resto del grupo ni por el cumpleaños, se sentaron en una mesa aparte a comerse el bizcocho de limón bajo la atenta mirada de los demás.

    —¿Qué música te gusta, Antonio?—preguntó ella para romper el hielo mientras le ofrecía un trozo de bizcocho sobre una servilleta.

    —A mí no me gusta la música —contestó él azorado. Nunca había hablado con una chica a no ser que fuese alguna prima del pueblo. Pero algo le decía en su cabeza que ellas no contaban.

    —A mí me encanta Nino Bravo. Y Rocío Durcal. Pero la que más me gusta de todos los conjuntos musicales y solistas es la Jurado, mucho. Es mi preferida.

    Antonio pudo ver el brillo en los ojos de Mari Puri cuando ella mencionó esos nombres que él asociaba con su madre escuchando todo el día coplas en Radio Olé. Pero pensó que el lunes iría corriendo al decomisos a comprar una cinta de cada uno de ellos para aprenderse las canciones y así sentir con la misma intensidad de Mari Puri.

    —El año que viene —continuó Mari Puri, dicharachera—, mi madre quiere que haga un curso de corte y confección. Dice que soy muy apañada para las labores. ¿Te gusta esta chaqueta? Me la he hecho yo.

    Antonio alargó una mano casta para tocar la lana roja de la chaqueta. Asintió con la cabeza, sin sonreír.

    —Y tú, Antonio ¿en qué quieres trabajar?

    A Antonio nadie le había preguntado nunca a qué quería dedicarse y tampoco él se habría atrevido a contarle a nadie lo que sentía dentro, esa furia adolescente que clamaba por la disciplina y las cosas bien hechas. Pero con Mari Puri, todo parecía mucho más sencillo, las palabras acudían a su boca como el trino a un pajarillo y no se quedaban trabadas como le ocurría con las otras chicas que se reían de él, de sus maneras anticuadas y de su raya en el pelo.

    —Yo quiero ser militar —dijo azorado.

    Mari Puri, mirándolo fijamente a los ojos sin pestañear, supo inmediatamente que entre ella y aquel chico formal se había sellado un pacto sin palabras. Y, mientras apoyaba la cabeza en el hombro de Antonio y juntos miraban el parque de pinos, pensó cómo le gustaría escuchar de fondo el Como una ola de Rocío Jurado en lugar del Litros de alcohol de Ramoncín para que ese momento quedase forjado en su mente como el inicio de un gran amor. Del amor de su vida.

    Cuatro años después de la estampa almibarada, tras un largo noviazgo con mucho cine y sin roces más que por encima del jersey y Antonio ascendido a cabo, se casaron. La boda, por la Iglesia, se celebró en Tomelloso, Ciudad Real, lugar de nacimiento de la madre en Antonio. Acudieron un sinfín de primos, tías, y familiares vestidos con sus mejores galas, además de los compañeros de la escuela militar más íntimos de Antonio que hicieron un precioso arco de sables para que los recién casados atravesasen a la salida de la iglesia.

    Ya en el convite, Antonio y Mari Puri se besaron en los labios todas las veces que el grupo de militares, algo piripis, se lo pidió a coro, y se hablaron al oído para que el señor cura, sentado a la mesa con ellos, no escuchase sus secretos de recién casados. Tras cortar la tarta de bodas de tres pisos con la espada que después colgarían en la pared de su piso de Cuenca como recuerdo perenne cuando a Antonio lo destinasen a la capital de provincias, los novios se retiraron a disfrutar la noche de bodas a la que ambos llegaron vírgenes.

    En la penumbra del dormitorio que había sido de los abuelos y bajo el crucifijo de madera que los vigilaba con muda expresión, Antonio y Mari Puri se entregaron al sagrado sacramento. La cama alta rechinó sus muelles sobre el silencio de sus respiraciones, lentas y acompasadas primero, algo más alborotadas y bruscas al final.

    Cediendo a la insistencia de Antonio, y aguijoneada por la libertad que le otorgaba ser una mujer casada, Mari Puri aceptó hacer rechinar la cama alta de los abuelos unas cuantas veces más, y así, en Tomelloso, Ciudad Real, concibieron a la que sería su primera y única hija.

    La luna de miel, después de descartar destinos exóticos como Tailandia o Canarias demasiado refinados para su gusto, la pasaron en Alicante, en un hotelito de tres estrellas de Benidorm donde, buffet libre incluido, cenaban a ritmo del pasodoble con el que el cantante teclista deleitaba a los alemanes e ingleses jubilados que, en su mayoría, ocupan el hotel. Mari Puri y Antonio, únicos españoles de la pista de baile, bailaban bien agarraditos el Como una ola que, noche tras noche, el cantante teclista les ofrecía tras la exaltada petición de Mari Puri.

    La luna de miel se pasó volando, como también pasó volando el traslado de Antonio y su ascenso a cabo de primera.

    De ocho meses y ya en el piso de Cuenca, Mari Puri paseaba de un lado a otro de su salón decorado con muebles castellanos de segunda mano indecisa ante la duda de qué nombre ponerle a su hija. Antonio y ella no se decidían por ninguno, porque ambos sentían que debían llamarla como alguna tía o prima para honrarla aunque no la hubiesen visto desde la boda. Pero decidirse por una de las ramas familiares haría que la otra se sintiese menospreciada. Y por ahí sí que no estaban dispuestos a pasar. Ambos querían por igual a toda la familia y la sentían como propia, tanto la de Mari Puri como la de Antonio, incluido su hermano descarrilado que insistía en ser músico pero gracias al cual ellos se habían conocido.

    Sentada en el sofá envuelta en la calentita bata de guatiné, apoyado un codo en la rodilla y la barbilla reposando en la palma de la mano, desechó nombres tan en voga como Jenifer o Vanessa. No le gustó nada la idea de que a su hija se la terminase por conocer como «la Yeni» o «la Vane».

    Pero no se le ocurría ningún otro, pues sentía una gran aprensión por tener que elegir uno que pudiese marcarle el destino a su hija como a ella le había marcado el suyo en una existencia feliz.

    No quiso repetir su nombre en su hija, pues quería que ella misma se forjase un destino sin necesidad de cargar con las vivencias de la madre. Tuvo que ponerse a tejer un par de patucos para poder calmarse y encontrar un nombre sin melindres.

    Cuando ya había terminado de tejer un patuquito rosa y estaba a punto de comenzar el otro, le vino a la mente, sin haberlo planeado, un nombre que podría equipararse a la felicidad que su marido y ella compartirían hasta el último de sus días juntos.

    De un salto, posó las agujas de tejer sobre el cojín del sofá, se asomó al balcón de su piso sin piscina de reciente construcción, se agarró la barriga con las dos manos y acariciándola sobre el estampado de flores, supo que aquel nombre brillaría sobre los demás como una única aguja clavada en un alfiletero. Mirando en lontananza el paisaje castellano-manchego, supo que su hija, fruto del inconmensurable amor de su marido, se llamaría Antonia.

    La suerte estaba echada.

    Comentarios

    1. Avatar de español/peruano

      español/peruano

      27 agosto, 2013

      Excelente, Paloma. Es el primer relato de tu cosecha que leo (pues no te prodigas por la red) y me ha encantado. Mantienes el interés desde el principio al final, pues lo que nos has compartido es fiel reflejo de una época que muchos hemos conocido. Te seguiré, puesto que me gusta tu estilo limpio y utilizando muy bien el lenguaje. Cuando tenga un rato bucearé en alguno de tus relatos que no he leído. Te doy mi voto y un saludo.
      Alberto Casado

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        27 agosto, 2013

        Muchas gracias, español/peruano, por asomarte al cuento, por leerlo y por comentarlo. Te estoy muy agradecida por tu generosidad.

        Un saludo

    2. Avatar de NicolasMattera

      NicolasMattera

      27 agosto, 2013

      Ahhhh, que pedazo de cuento, cómo se nta que ud. sabe de esto. También titulado “Otra historia de España”. Casi muero ahogado por mi propia baba cuando dice «Yo quiero ser viuda de un militar». Ay, Pury, tanto pueblo, tanta España…, sobran de estos dos cuyo mayor sueño es de la mediocridad. ¡Pobre Antonia!
      Mi voto, claro!
      Saludos,

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        27 agosto, 2013

        Muchas gracias, Nicolás. Al menos, cuando lo estaba escribiendo, me moría de la risa añadiendo detalles.

        Un saludo

    3. Avatar de Encarna.García

      Encarna.García

      27 agosto, 2013

      Tu cuento es precioso y has descrito al personaje, sus costumbres y su época, de maravilla. Un saludo.

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        27 agosto, 2013

        Muchas gracias por leerlo, Encarna. La verdad es que llevaba unos días dándole vueltas a una idea y por fin he logrado exteriorizarla.

        Un saludo,

        Es una alegría enorme recibir comentarios

    4. Avatar de NievesFernandez

      NievesFernandez

      27 agosto, 2013

      ¿Tomelloso, Ciudad Real? ¡Pero si vivo a una hora y media en coche y mi cuñada es de allí! jajaja… No podía parar de reír cuando lo he leído. Buenísimo Paloma, has reflejado genial la época y sobre todo mi tierra, junto con las costumbres que aún hoy y en ciertos sitios siguen bien arraigadas. Mi voto. Saludos.

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        27 agosto, 2013

        Ajajaja, ¿qué dices? No tenía ni idea. La verdad es que puse ese nombre al azar, porque podría ser cualquier otro.
        Muchas gracias por tu tiempo y tu comentario.

        Un saludo

    5. Avatar de Asunfer

      Asunfer

      28 agosto, 2013

      Un gran cuento, excelente narración y ritmo. El nombre, que no elegimos, nos condiciona, como tan bien expresas en tu narración. La de recuerdos que se agolpan al leerla. Enhorabuena.

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        28 agosto, 2013

        Muchas gracias, Asunfer. Me alegra que te haya traído recuerdos, espero que agradables. Tu lectura y tus palabras son bienvenidas.

        Un saludo

    6. Avatar de

      VOLIVAR

      28 agosto, 2013

      Paloma Benavente: como a Nicolás, me llamó la atención eso de que Mari Puri, al preguntarle de chica, dijera que quería ser viuda de un militar, y que se casa con uno.
      Eres una gran escritora; yo he seguido tus pasos en esta red, y lo que he dicho, tiene su fundamento en tus otros textos, que, es verdad lo que expresa Alberto (Español Peruano), son escasos en la red, lo que no se te perdona, pues nos dejas sin esas bellas percepciones de artista de las letras.
      Un saludo desde México
      Mi voto
      Jorge Martínez

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        28 agosto, 2013

        Muchas gracias, Volivar, por tus palabras que me hacen muy feliz. Gracias también por no perdonarme mi poca creación literaria, pero no puedo, no puedo, no me da la cabeza para más. A este ritmo, voy a cuento por año. Un desastre.

        Un saludo

    7. Avatar de escribana

      escribana

      28 agosto, 2013

      Soy nueva en este sitio y es el tercer relato que leo y me gusta mucho felicitaciones y mi voto¡¡¡¡¡

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        28 agosto, 2013

        Bienvenida a Falsaria, entonces, y muchas gracias por leer y por comentar. Toda palabra de aliento ayuda y reconforta.

        Un saludo

    8. DaniBanani

      28 agosto, 2013

      ¡Muy bueno Paloma! escucha nuestras plegarias y ¡escríbenos más!

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        28 agosto, 2013

        Muchas gracias, DaniBanani (me gusta tu nombre) por tu lectura. Haría falta más que un milagro para que mi imaginación deje de estar anquilosada.

        Un saludo

    9. Avatar de VIMON

      VIMON

      2 septiembre, 2013

      Divertido relato costumbrista, Paloma. Te felicito.

    10. Avatar de Roberto_Garcia

      Roberto_Garcia

      16 febrero, 2014

      Un cuento excelente, me alegro de haberlo descubierto.
      El eterno retorno de la España de Mari Puri y Antonio, jaja. Muy bueno. Vivimos en un bucle, pasan los años, pero el país no cambia.
      Los detalles le dan mucha vida a los personajes y a la época:
      “rebeca azul celeste con lacitos rojos y tirsa de ganchillo terminadas en pompones” … genial, la estoy viendo … el casette de doble pletina es mítico, por cierto.
      No sé si conoces a Jodorowsky. Ése sabe un rato de lo que llevamos en los nombres.
      Un saludo y muchas gracias por compartirlo.

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        16 febrero, 2014

        Gracias, Anacleto.
        Es verdad, esa ropa no puede traer nada nuevo, y los nombres… ni te cuento. Pues conozco a Jodorowsky pero por los cómics, no leí nada de él. Echaré un vistazo a algo suyo de psicomagia.

        ¡Un saludo y gracias!

    11. Ana Isabel.Paredes

      17 febrero, 2014

      Me ha gustado, he pasado.un momento agradable. Un voto más.

    12. Yo Soy Aquel

      4 abril, 2014

      Realmente hermosos, tanto la foto como la manera de narrar como el optimismo que rezuma esta historia. Enhorabuena

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