Ella llevaba 20 minutos en aquel bar. La luz no era abundante, más bien íntima y eso ayudaba a que el valor de los hombres sobresaliera por encima del hombro a la hora de acercarse a una mujer.
“Aquí viene otro” –pensó.
Él la tocó suavemente acordonando levemente su cintura mientras se acercaba al oído.
–Me pregunto que haría cualquier hombre al ver a una mujer como tú hablar consigo misma abandonada en esta triste barra, ¿esperas a alguien cierto?
–Lo cierto es que no, no espero a nadie. –contestó ella.
–¿Significa eso que soy un hombre con suerte?
–Significa que no espero a nadie –contestó con una sonrisa–. Mi nombre es Eva –y le extendió la mano.
Era un hombre apuesto. Entrado en los 33 años según le confesó minutos después mientras pedían una copa a la que invitó él gracias a ese efecto compulsivo que la sociedad ha creado. Cuando la conversación entró de lleno en la curva de los 20 minutos, la puerta del bar se abrió trayendo consigo una leve brisa con olor a mar y a un hombre de pelo corto rubio y algo enredado, barba cuidada y que vestía apresado por unos vaqueros algo desgastados, abrazado por un jersey informar azul oscuro y protegido por una chaqueta de cuero negra.
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Caminaba entre las mil y una farolas que arropaban aquella larga calle como si le dieran la bienvenida y le soplaran ánimo a cada paso que daba mientras veía su sombra saltar de una a otra. Se palpó ligeramente el bolsillo trasero de su vaquero un par de veces y su cara reflejó alivio al notar que su cartera lo acompañaba, después notó vibrar su móvil un par de veces, lo cogió de su bolsillo y le vibró una tercera vez en la mano mientras lo desbloqueaba, provocándole una sonrisa suave, ligera, malvada. Siguió en linea recta unos 100 metros, luego giró a la derecha y se contradijo a la izquierda escasos pasos después para entrar en una calle algo más pequeña y acogedora que la anterior hasta que se paró frente a un bar con un luminoso color amarillo con detalles rojos, abrió la puerta, dejando entrar con él una leve brisa con olor a mar, y tras examinar descuidadamente su lado derecho dejó relajada su cabeza para pasar por el centro del bar y viajar al lado izquierdo pero se detuvo antes. Allí la vio. Cerca de la barra con una copa en la mano. Él centró toda su atención en ella al momento y se percató que estaba acompañada por un hombre alto y moreno.
” Apostaría que tiene 33 años ” –se dijo.
Entonces su mirada conectó con la de ella y fue fugaz, intenso pero fugaz. Él sonrió y se introdujo hacia la derecha del bar caminando entre la gente con elegancia hasta llegar a la zona lateral, donde apoyó una pierna en el hierro a ras de suelo y descansando sus brazos en la barra pidió una cerveza.
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Ella cambió de posición para que su vista pudiera llegar a la otra parte del bar. El apuesto moreno de ojos azules seguía hablando con ella y lo cierto es que no parecía incomodarla en absoluto pero no podía evitar regalar ráfagas de miradas casi imperceptibles a la zona lateral del lugar buscando al hombre de la chaqueta de cuero mientras intentaba no ser descortés con su inesperado acompañante.
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Por un momento pensó en ir directamente y decirle que aquel bar nunca volvería a ser lo mismo sin ella pero se tranquilizó y fue su propio consejero. ” Eso solo en películas amigo mío ” Pero lo que si decidió fue cruzar el bar hacia la otra barra para pedir algo de beber y estar cerca.
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En cuanto lo vio avanzar hacia allí se puso algo nerviosa. El hombre de 33 años la miró.
–¿Ocurre algo?
Ella no respondió al instante y se quedó pensativa. Segundos después reaccionó.
–No, pero he visto a alguien conocido y voy a saludarlo, ha sido un placer –lo miró un breve instante–. Marcos –dijo finalmente –Y se marchó.
Cuando se quedó sola se dio cuenta que había perdido de vista al hombre rubio de vaqueros desgastados y rastreó con rapidez la zona hasta que lo encontró. Estaba hablando con una mujer algo más pequeña de estatura que él, morena.
” 29 años puede rondar ” –pensó.
Notó que él la miró por un instante y volvió a centrar su atención en la otra mujer. Ahora ella estaba nerviosa. Miró de manera automática a su alrededor hasta darse la vuelta hacia la barra de nuevo dispuesta a pedir una cerveza pero se vio sorprendida por una presencia. Llegó de repente, se apoyó en la tarima y comenzó a repiquetear suavemente con los dedos de su mano derecha encima de la barra. Llevada por alguna fuerza mágica de atracción se disponía a posar su mano encima de la del hombre rubio de barba cuidada y jersey informal azul oscuro que hacía unos segundos había buscado hasta encontrarlo hablando con otra.
–¡Cuidado! –susurró él–. La última mujer que posó su mano sobre la mía podría romperme el corazón con un simple chasquido de sus delicados y preciosos dedos, y no es una buena manera de empezar ¿no crees?
Ella lo miró sorprendida.
–No, acabaría la noche demasiado rápido, y no queremos eso ¿no? –levantó su mano delicadamente–. Mi nombre es Eva –sonrió–. Es un placer –añadió.
_El mío es Adan –Contestó.
_¿En serio?
Él sonrió y la miro fijamente mientras lo hacía.
–No, pero sería la leche ¿eh?
Ella comenzó a reír en lo que fue casi una carcajada.
–¿Siempre eres tan idiota? –preguntó ella riendo aún y mirándolo con interés renovado.
–No lo suficiente como para creerme que estás sola, ¿escondes el anillo en el bolso solo para casos de emergencia? Porque al no verlo en tu dedo reconozco que me siento algo halagado –se giró suavemente hacia el camarero–. Dos cervezas por favor.
–Quizás lo guardé en el mismo sitio que tú ¿no?
–Puedes cachearme si quieres –Le dijo guiñando un ojo.
El camarero trajo las dos cervezas.
–Una es para ella –Dijo él.
El camarero la puso delante de Eva. El rubio de pelo corto y enredado sacó su cartera y pagó su cerveza. Ella lo miró, sonrió y sacó su monedero haciendo lo propio con su bebida.
–Entonces venga, ¿cual es tu nombre?
–Vamos muy rápido ¿no? –Le sonrió y le dijo–. Chris, mi nombre es Chris –Se acercó a ella y le dio dos besos.
A ella le encantó pero fingió sorpresa.
_¡Vaya! Si, parece que vamos rápido –dijo ella–. ¿Nos sentamos?
–Claro, será un placer.
Se fueron al sitio menos poblado que pudieron encontrar y no fue tarea fácil, el sitio estaba casi a rebosar. No pudieron sentarse pero se establecieron en una esquina bastante cómoda mientras hablaban. La conversación fluía sola y parecía que llevaban años juntos, ella reía constantemente contagiándole la risa a él mientras ambos de daban cuenta que casi todo el mundo los miraba. Parecían las dos personas más felices de toda la tierra. De repente el miró hacia arriba al escuchar las primeras notas de una canción y mantuvo la mirada hacia arriba hasta que la reconoció por completo.
–Dios, me encanta esta canción, ¿bailas conmigo?
–Por supuesto –Contestó ella mientras aceptaba su mano y caminaba hacia el centro de la pista.
Eran las 03:30 de la madrugada. Aquella canción inundó el bar al instante. Ella se acercó a su cuello y él la acomodó a la perfección mientras se movían como llevados por el viento.
–No recuerdo haber estado más cómodo en toda mi vida –le susurró al oído–. ¿De qué estás hecha?
Ella cerró los ojos tras esas palabras y comenzó a acariciarle mientras se deslizaba hacia arriba con su nariz hasta detenerse justo en sus labios. La respiración de ambos se entrecruzaba lentamente.
–No se de qué, pero seguro que estoy hecha para ti –Contestó ella–. ¿Y tú de qué estás hecho? Eres como un imán para mí, me siento hipnotizada.
–¿Yo? –Pensó unos instantes–. Estoy hecho de todas las cosas que has pedido que te ocurran desde que naciste –Hizo otra pausa–. De eso estoy hecho –Y la besó.
Todo pareció pararse. Él habría jurado tener que tocarse el corazón para sentir si latía. Ella respiraba suavemente a cada movimiento mientras no dejaban de moverse al ritmo de aquella canción. Chris deslizó con cuidado sus manos sobre su cadera y parecía atrapar aquel vestido rojo que la mantenía intacta, inmortal. Cuando lograron separar sus labios ella dijo.
–No puede estar pasándome esto a mí.
–Prefiero no buscarle explicación, vaya que ser que falle y te vayas de mi lado.
–No –dijo ella en tono serio–. De verdad, siento haber dejado que esto pase.
Él se apartó levemente.
–¿De qué hablas? –Preguntó.
Eva buscó bruscamente en su bolso, desganada, hasta que pareció encontrar su objetivo y lo mostró levantando su mano hacia la altura de la cadera.
–Chris –llamó su atención mirándolo a los ojos–. Estoy comprometida.
Él apartó las manos de ella casi sin pensar. Se separaron levemente, coincidiendo con el final de la canción. Todo el mundo dejó libre la pista de baile y unas grandes luces iluminaron la sala, dejándolos allí a los dos solos, uno frente al otro.
_¡Bueno! –exhaló Chris–. Parece que no echan de aquí ¿no? –Se notaba en el tono de sus palabras la intención de quitarle hierro a la situación.
–Chris, yo…
Él le puso un dedo en los labios.
–No tienes que dar explicaciones, estoy convencido que es un buen tipo además de ser el hombre más afortunado de este estúpido mundo.
_¿Si te dijera que quiero pasar la noche contigo igualmente? –preguntó Eva.
–Me temo que eso no va a ser posible Eva –dijo mirándola fijamente–. Yo también estoy comprometido –confesó mientras sacaba un anillo de su bolsillo.
Ella lo miró sorprendida. Tras unos segundos en los que se miraron como jamás nadie los volverá a mirar, rompieron a reír, y lo hicieron durante unos minutos en los que permanecieron abrazados. Después, abandonaron la pista de baile, cogieron sus respectivas chaquetas y salieron al exterior.
Las luces de la madrugada fueron testigo de como se despedían dos almas gemelas que solo se soltaron las manos cuando la distancia fue más amplia que sus brazos.
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Eva entró en casa rápido. Cerró la puerta y se posó de espaldas contra ella mirando hacia arriba y suspirando con una media sonrisa asomando sus labios. Colgó su bolso, se quitó aquel vestido y descansó encima de una mesa de caoba, bien extendido, dejando su anillo junto a él y se perdió en la oscuridad del pasillo que daba a su habitación.
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Chris llegó a casa empapado, le había alcanzado la lluvia de repente. Dejó sus llaves y su móvil en la mesa pequeña mientras se quitaba los zapatos al mismo tiempo. Antes de dar siquiera dos pasos se paró en seco y miró su mesa de caoba mientras sonreía. Un vestido rojo descansaba en ella, bien extendido, y lo hacía junto a un anillo. Cogió el suyo, lo depositó a su lado y se perdió en la oscuridad del pasillo que daba a su habitación.
–Nos lo hemos pasado bien ¿eh? –dijo Chris.
–¡Si! Por un momento pensé que te ibas con la morena –rió Eva.
–Te diré algo cariño, en cuanto tu presencia se ha apoderado de ese bar, todas las mujeres perdieron la batalla.
” No dejes que la monotonía no le haga justicia a la persona con la que compartes tu vida”


RafaSastre
Original y bien escrito, Eric, aunque se intuye un poco el final… Mi voto y un abrazo.
EricGrants
No lo he podido hacer mejor
Gracias por tu comentario y tu voto Rafa.
CHARIS.CAVERA
Estoy de acuerdo con el comentario de Rafa. No obstante, me ha gustado así que ahí va el voto. Saludos!!