Y/o

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    falsaria1376168845cerebritooo

    Apenas me entiende. Para ser sincero, apenas yo me entiendo. De un momento a otro comprenderme fue como despertar, como emerger de un letargo en el que me encontraba desdibujado y superpuesto con otro, fusionado con un ser que no era yo pero convencido de que nuestra unión era la unidad, ignorante de mi propia existencia. De pronto cuajé en mí mismo, los límites disolutos en aquel plasma sincicial se cerraron y enlazaron delimitándome, abrazando mi forma auténtica, y dejaron afuera cosas que habría creído mías, que todavía creo mías: recuerdos de la casa de mi infancia, la cara de Carla -sé quién es Carla, sé los años que la amé y cuánto la amé cada año, pero podría verla en la calle y la miraría como quien mira de pasada un cartel desgarrado-, absurdamente también quedó del lado de afuera el gusto por los caramelos ácidos que ahora me repugnan, la costumbre nerviosa de tamborilear los dedos sobre la mesa, mi interés por las contiendas políticas en el noticiero a la hora del desayuno.

    No tuvimos alternativa. Era la fisión o la muerte, o todavía peor, la invalidez. La epilepsia finalmente está controlada, el insensible bisturí cortó con su plata helada a través de la profunda cisura que divide los hemisferios, seccionando con precisión milimétrica los delicados tractos nerviosos que unificaban mi cerebro –expresión absurda y tristemente ilusoria ahora que admito mi identidad de hemisferio izquierdo, ahora que solo la mano derecha me responde para escribir estas páginas mientras la izquierda se dedica a dibujar con maestría un rostro de mujer sobre mis letras -¿es la cara de Carla? Curiosamente el otro la dibuja sobre la palabra Carla. Tal vez no sea una casualidad, tal vez persista en él algún rudimento del lenguaje; pero sé que apenas me entiende.

    Él es el que peor está: está solo. Es incapaz de entender un diálogo, de seguir una conversación. En esta división injusta de bienes, soy yo quien mantuvo el don bendito de la comprensión y de la creación de la palabra. Al otro tardé algunos días en sentirlo, quizás su perplejidad duró más que la mía, quizás mientras yo dejaba el hospital y pasaba los primeros días en la casa y empezaba a salir a comprar a la verdulería, él seguía con la boca abierta en una mueca mental de espanto. No tuve noticias de su existencia hasta que, mientras empezaba a escribir estas memorias, mi –su- mano izquierda abandonó el apoyo que le brindaba a mi hoja, manoteó un lápiz que descansaba sobre la madera sobria y barnizada del escritorio y dibujó una raya confundida sobre mis palabras. Después tanteó mi mano derecha, mi brazo y sus dedos eran como preguntas, como una necesidad temerosa de reconocimiento. Con una especie de maravilla horrorizada alcé mi mano y tomé la suya, y hubo como una fraternidad emocionada, las manos se abrazaron y se oprimieron con miedo de afuera, como con palabras tranquilizadoras, aquí estoy decían, aquí me tienes, no me he ido. Abrí la boca para hablar pero sentí que mi glotis, mi lengua, mi aliento, retrocedían indecisos, consternados. Su mano se retiró violentamente del abrazo de la mía y estuvo como retraída mientras yo, después de la primera sorpresa, seguía escribiendo; por instantes los nudillos sobresalieron de la piel tensa, violentamente apretados. Intuí que por alguna oscura razón estaba ofendido. Pero está solo, y pocos días después retomó el lápiz y dibujó sobre mi papel la cara de Carla, un edificio de ocho pisos que me parece recordar de algún lado, una cucharita del desayuno. Lo tomé como un acercamiento circunspecto, un tímido intento de reconciliación. Le escribí: Hola, pero pareció ignorar el saludo y se concentró en el dibujo de un ciempiés. Dibujé un ciempiés entrelazado con el suyo, pero alejó la mano violentamente de la zona y se puso a dibujar en otra. Decidí no molestarlo; estaba dolido, estaba dolido y solo y encerrado en su mundo de ignorancia y horrores incomunicables.

    Sin embargo la rivalidad no pasa de las seis de la tarde; ya de noche dormimos de la mano, sosteniendo en la oscuridad uno la miseria del otro, somos como niños solos en la calle, recostados en la incómoda humedad áspera de una caja de cartón; esta costumbre apareció tarde, él el pequeño, el huraño, el chúcaro lastimoso, el deficiente desconfiado que hubo que ganarse a fuerza de amor, de la manera más absurda: se le había gastado la punta de su lápiz favorito y después de intentar dar algunos trazos desmañados con otro más nuevo y de punta más dura y artificial que dibujaba flojo, lo tiró contra la pared y volvió a su lapicito mordisqueado y chico de grafito cálido y húmedo, fácilmente desmenuzable pero que no dejaba esas sucias esquirlas sueltas. Lo puso sobre la mesa, y después abrió el cajón y sacó un sacapuntas que puso al lado del lápiz. Los evaluó un rato y trató de enfrentarlos usando su mano. Trató de meter la punta del lápiz en el orificio del sacapuntas agarrando los dos con su única mano, tratando de alinearlos con un esfuerzo que lo irritaba más a cada instante que pasaba. Cuando pudo hacerlo yo ya sentí cómo nuestro corazón latía rabiosamente; quiso apretarlos distribuyendo los dedos por los bordes de los dos objetos y girarlos en direcciones opuestas, pero no podía. A mí me divertía un poco su frustración hasta que vi el puño endurecerse todavía aferrando los dos útiles y empezar el típico movimiento de tirar a un rincón que ejerce con tanta frecuencia. Mi mano cayó sobre la suya livianamente, la abrió –se dejó abrir aunque con un enojo tembloroso-, y agarré el lápiz. Él sostuvo el sacapuntas con impaciencia y, aunque torpemente y poco alineados, los instrumentos giraron y cumplieron su función, la continua tira de madera finamente desgajada y espiral se fue depositando como una cáscara de naranja bien pelada sobre la mesa. Él tiró esa escoria y dibujó con el lápiz flamantemente afilado el reverso de una moneda de cincuenta centavos, una mujer suavemente desnuda, una paloma; cosas alegres, o eso me pareció, por lo que lo tomé como un agradecimiento, y esa noche en la sofocante atmósfera de la habitación, bajo la negrura convulsa y calidoscópica de la duermevela, sentí su mano buscar la mía y encogerse dentro de ella, buscando una protección tibia que brindé con agradecimiento y cariño, después de todo era yo mismo quien me extrañaba, yo partido en dos por dentro buscando el lazo unificante por fuera, en el contacto de los dedos entrelazados. No es raro, no es raro, ¿por qué es raro cuando lo hacemos nosotros y no cuando lo hacen ustedes? Es hipócrita pensar que es raro.

    Me empecé a sentir solo. Tenerlo como un lastre me hizo empezar a sentirme solo; no podía ni pensar en salir con una mujer; ya he dicho que se aburría con facilidad de las palabras, buscaba más lo visual, lo gráfico. Su mano era impredecible; creo que la impotencia de no poder expresarse bien exaltaba esos berrinches vergonzosos para mí; conozco el sonido exacto que hacen los distintos objetos de su irritación al chocar contra una pared. ¿Salir con una mujer, arriesgarme a que sobre el mantel la mano agarrara la copa de vino tinto como sangre y después de una corta meditación se lo tirara a la cara, a que bajo el mantel, en la discreta oscuridad que envolvía la mesa, la pierna trepara por los gemelos convexos, por el muslo suave, levantando la falda con libidinosa obscenidad? Pobre otro, cómo me arrastraba hacia su abismo, cómo era como una piedra que yo tenía atada de los pies y que me impedía nadar a la superficie, que en su desesperación sin retorno pugnaba por ahogarme con él con tal de no quedar solo. Durante noches insomnes, con su mano temerosa prendida de la mía, sabiendo que incluso adentro de mi cabeza no podía conocer las evoluciones de mi razonamiento entredormido, pensé con asco en aquel parásito, pensé con tristeza en ese desdichado encerrado en sí mismo, proyecté con piedad su muerte eutanásica, volé entre zarcillos de una libertad azul y enormísima, un resplandor de un sol caído debajo del horizonte, imaginé estar sumergido, quiescente en un líquido intangible y negro que no dejara pasar la mínima vibración, el mínimo sonido, comprendí que el motor de nuestro cerebro son los estímulos externos, que la quiescencia en aquella negrura daría lugar a un apagamiento progresivo y lento a medida que los procesos internos, sin incentivo ni propósito, fueran desacelerándose en su rotación desconectada, difuminándose en la muerte. Le solté la mano inerte. Me senté en la cama con el mareo flotante del desvelado, mirando el techo para que él no viera lo que hacía manoteé con mi mano el primer cajón de la mesita de luz, lo abrí sintiendo el correr de la madera sobre la madera. Él quería acostarse de nuevo, tenía sueño, su mano agarraba el borde de las frazadas tratando de taparnos, de devolverme a la posición horizontal. Sentí el sabor frío y metálico del revólver en mis yemas, lo tomé, lo apoyé vertical sobre el parietal derecho y la orden de disparar se confundió con la de no hacerlo, ambas mías, dos terrores arrancándose pedazos a mordiscos, el espasmo del dedo en el gatillo oprimiéndolo pero flojo, sin ninguna fuerza; mi corazón se desbocó y sentí cómo su mano trepaba por mi brazo, bordeaba la prominencia huesuda de mi codo, llegaba hasta mis mangas, hasta mi mano, entendía el artefacto que manipulaba y el temblor con que lo hacía, abría mi mano con suavidad, como pidiendo permiso, y él mismo lo empuñaba y se lo ponía oprimiendo con firmeza de su lado. En el gesto hubo una nobleza galvánica, una valentía altruísta, y sentí en esos instantes definitivos que mi ilusión de yo había sido una persona buena y firme y que eso se había quedado de su lado, que de mi lado solamente había miedo y resignación; comprendí cómo lo necesitaba, cómo lo extrañaba, alcé mi mano en el instante en que la detonación y la sacudida que le siguió me conmovieron hasta el espinazo y me tiraron para atrás, sobre la cama que osciló verticalmente bajo mi peso, arriba abajo arriba abajo, unos momentos antes de desmayarme.

    Y es por eso que hoy de nuevo en el hospital, finalmente despierto, con este fajo de vendas ensangrentadas en la cabeza, todavía vivo y culpable de asesinato aunque la ley y los forenses digan intento de suicidio, es por eso, otro, que comprendo tarde que interrumpir tu sufrimiento no fue más que empezar el mío, que me gustaría tanto que nos hubiéramos entendido más, haberte enseñado a leer o haber inventado un idioma íntimo de ideogramas para conocer nuestros gustos, para establecer horarios de actividades. Pero ahora no me queda más que terminar lo que empezaste; haría lo indecible, te cambiaría el lugar, sería yo el sordo y el mudo con tal de poder ver uno de tus dibujos una vez más o sentir tu mano buscar la seguridad de la mía en la noche, con tal de ver, como ahora, sorprendido y maravillado y al borde del llanto, que sobre las sábanas ásperas y blancas de la camilla tu mano tiembla y despierta somnolienta, sube hasta mi cara convulsa de emoción y la acaricia en un gesto de gratitud, de cariño, de reconocimiento.

    Comentarios

    1. Avatar de VOLIVAR

      VOLIVAR

      11 agosto, 2013

      Kaeter: esto que nos has compartido es hermoso, por su estilo limpio, su lenguaje preciso, claro. Es una obra en la que expresas tus hermosos sentimientos. Te felicito. Mi votoy y un saludo desde México.
      Volivar (Jorge Martínez

      • Avatar de Kaeter

        Kaeter

        11 agosto, 2013

        Muchísimas gracias Volivar, me alegro de que te haya gustado!! :D

      • Avatar de

        Guilliome

        11 agosto, 2013

        Non tacebo, quoniam cives sunt,

    2. Avatar de

      Arthur82

      19 agosto, 2013

      Kaeter = Citizenkant

      Realmente lo que ud. busca es tener seguidores y ser popular.. pero déjeme decirle que por el camino de las difamaciones, insultos, burlas y demás sandeces que ud. dice y hace no va por buen camino, si fuese por este de su 2º usuario Kaeter podría arreglarlo, aunque ya es algo tarde, una disculpa pública en falSaria no vendría mal.

      Un saludo. Arturo.

      • Avatar de Kaeter

        Kaeter

        19 agosto, 2013

        Ya está empezando, cornezuelo del centeno, es hora de sentarse a mirar la psicosis colectiva, la caza de las brujas, la purificación de la casta envenenada.
        ¡Gracias por votar mi texto! ¿Sabe que es usted muy interesante?
        Muy interesante, vea… quizás se me esté contagiando su paranoia pero cuando leí su comentario me dio una sensación rara, de déjà vu. Como si ya lo hubiera visto en otro lugar, en otro momento, desde otro ángulo. Kaeter no es más que Kaeter, pero con usted me invade como una diplopía, una necesidad de sacudir la cabeza para reparar una incongruencia percibida. Sería interesante leer algo suyo, ¿por qué no tiene nada escrito?
        Un saludo cordial.
        Kaeter.

        De paso te hago notar, Arturo, que soy argentino, y que el usuario citizenkant, hasta donde se puede ver, viene de la Madre. Así que, ¿de qué carajo estás hablando?

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