El ritual

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    EL RITUAL

    Hacía mucho tiempo que conocía a Daniel, que era parte de su vida y eso incluía carne, sangre y alma. Ella vivía sólo para el reencuentro. No importa cuanto tiempo pasara, siempre estaba esperando dispuesta a recibirlo. Él era un viajero incansable, pero volvía. Una y otra vez. Su amor era tan grande que no sólo lo colmaba a él sino que además le servia a ella para retroalimentarse y hacerlo crecer en cada encuentro. Su vida era normal. Tenia una familia que vivía en una casa con jardín, aunque ella lo hacia en un departamento sola. Trabajaba en una fábrica de alimentos no perecederos. Tenía amigas, salía los sábados y los domingos alquilaba películas para ver en el living, siempre con algún invitado y una pizza de por medio.

    Hasta que el teléfono sonaba y el mensaje decía que en poco tiempo estaría allí. Entonces todo su mundo se alteraba. Tenía temblores esporádicos, sudor frío, palpitaciones. No lograba tener sus manos secas y todo se le caía. Estaba distraída, nerviosa, pendiente del reloj con el que se enojaba y a veces hasta golpeaba reclamándole que no dejaba pasar el tiempo. Por fin llegaba el texto que ella estaba esperando,”ya llegué”. Sin esperar más lo llamaba ansiosa.

    — ¿Dónde estas?

    — En el hotel de siempre

    — En hora y cuarto estoy ahí

    — Te espero…

    El sólo echo de escuchar su voz la excitaba y el teléfono resbalaba de sus manos temblorosas.

    Comenzaba el ritual que sólo lograba cada vez que se veía con él. Elegía la ropa que vestiría con mucho cuidado. Los colores eran importantes, según como se encontraba el día. La ropa interior, impactante. El color de las uñas debía contrastar con el de su piel, para que el salto por las vértebras de su columna que se curvaba para envolverla, resaltara en su camino. El maquillaje, el peinado, todo se convertía en un desafío en cada nuevo encuentro.

    No era sólo una cita, sino un ritual religioso que se renovaba minuciosamente.

     

    Aquel oscuro día salía del trabajo y se dirigía en bicicleta a su departamento. A veces desviaba su recorrido para cambiar el panorama, venía de buen humor cuando la detuvo un semáforo. Jamás había notado la importancia del edificio que se levantaba en aquella esquina. Era un hotel, seguramente de categoría por su fachada. La imagen que vio parecía de un mal sueño del que ya no pudo despertar. Daniel salía de la mano de una mujer. Los vio despedirse, besarse y subir ambos a distintos taxis. Quedó paralizada, los autos la esquivaban y los bocinazos no lograron despertarla. Un fuego comenzó a abrazarla y miles de agujas se le clavaban desde la punta de los pies, subiendo por todo el cuerpo hasta estallar en su cabeza. Dejó caer la bicicleta y comenzó a gritar desesperadamente, hasta quedar sin aire volviendo a llenar los pulmones para comenzar otra vez sin parar, una y otra y otra y otra vez. Logro detener a los autos, no sabían que le pasaba, pensaban que la habían robado. Intentaron calmarla sin ningún resultado, hasta que alguien llamó una ambulancia.

    Despertó en la cama de un hospital, un frasco de suero bajaba hasta su brazo por una sonda insertada en la vena. La quitó, se vistió y se fue. La noche estaba oscura y fría. Caminó incontables cuadras abrazada a si misma aproximadamente por dos horas hasta llegar a su departamento. Se hizo abrir por el portero y le contó que le habían robado el bolso y la bicicleta. Después de entrar, se sentó en el sofá y se puso a fumar sin parar uno y otro cigarrillo. Cuando reaccionó estaba perdida en una nube de humo, afuera la luz del sol marcaba el mediodía. Después de las tres de la tarde llegó el mensaje. “Estoy en la ciudad”. Siguiendo la costumbre lo llamó.

    — ¿En que hotel estas?— le preguntó pensando que nombraría aquel en que lo vio salir el día anterior

    — En el nuestro

    — En hora y cuarto estoy ahí.— y cortó, sin esperar respuesta

    Comenzó el ritual de siempre, sólo que esta vez se vistió de negro. Hasta su ropa interior, las medias, el porta ligas. Lo contrastó con un color de uñas rojo furioso, que puso también en sus labios. Un broche de pelo jugaba con los colores que atrapaban entre si el negro reinante.

    A la hora estipulada estaba golpeando a la puerta. Él la recibió con su sonrisa maravillosa. La hizo pasar, cerro la puerta, se acercó a ella y la besó dulcemente. Ella disfrutó de esos segundos y por un momento estuvo a punto de sucumbir. Pero recordó que a aquella mujer también la besaría así. Entonces metió la mano dentro de su bolso sacándola con un puñal con el que golpeó con fuerza entre las costillas de Daniel que abrió los ojos sorprendido, ella volvió a golpearlo y él se retiró abriendo la boca tan grande como sus ojos sin entender. Lo siguió, golpeando una y otra vez.

    — Nadie te ha de amar como yo y a nadie abras de amar más que a mi, porque solamente yo soy tu mujer. Yo soy la dueña de tus mejores y peores fantasías. Solamente conmigo cabalgaste enloquecido de deseo muriendo y resucitando a cada instante. Yo te colgué de la cruz del cielo y te levante del fuego del infierno, calmando tu sed con el sabor de mi piel y la frescura de mis besos…

    El comenzó a caer, babeando y con el rostro lleno de lágrimas. Quiso decir algo y no pudo. Ella lo siguió hasta que se desplomo y tomándole la cabeza entre las manos lo besó bebiendo la sangre que comenzaba a brotar de su boca y termino confundiéndose con el carmín de sus labios.

    Cuando el conserje pudo al fin abrir la puerta la encontró sentada en el suelo. Apoyada en una pared, con el cuerpo de Daniel abrazado a su regazo. La delató la sangre en el suelo.

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