Todavía después de tanto tiempo sigo sin entender del todo lo que pasó aquel día. Parecía una tarde normal, una como cualquier otra. Salí de la escuela más temprano de lo habitual. Prometí que volvería a casa inmediatamente, Sinceramente, no me arrepiento de no haberlo hecho. De otra manera no habría vivido la extraña historia de la que fui testigo ese día.
Después de la escuela decidí darme una escapada a una tienda de música. Hacía varios años que quería comprar un modelo especifico de guitarra eléctrica pero a falta de ingresos no había podido permitírmela. Sólo fui a verla, como había hecho ya un sinnúmero de veces. Ese color negro opaco me enamoraba cada vez que la veía. Creo que era porque me recordaba al color de tus ojos. Mucha gente dice que no existen los ojos color negro. No han tenido la gracia de conocerte.
Salí de la tienda y tomé el autobús. Pagué como de costumbre y busqué un asiento en la parte de atrás. El viaje desde la tienda de música hasta mi casa era bastante largo. Hora y media de camino rodeado de gente que no conocía ni me interesaba conocer. Ni siquiera había traído conmigo mis audífonos, pero ¿Quién necesita audífonos cuando puede deleitarse disfrutando de los paisajes que París tiene para ofrecernos? O mejor aún, ¿Qué es la música comparada con las conversaciones de unos cuantos pasajeros sudorosos? Fue entonces cuando lo noté.
Llevaba ya más de 15 minutos en el autobús y todavía no había escuchado una sola palabra saliendo de la boca de estas… Personas. Si es que podía llamarles así. Todos ellos se veían enfermos, afectados por una u otra dolencia. Todo parecía un manicomio y definitivamente yo no iba a ser parte de eso.
El chófer, que ya había notado mi intranquilidad, me miraba por el espejo retrovisor. Parecía disfrutar de mi situación. No, parecía disfrutar de la situación completa. El largo viaje, el silencio, los enfermos, todo parecía encantarle. Sabía que él era parte de ésto y sin estar seguro de por qué, sentí una rabia incontrolable.
Justo en el momento en el que decidí ponerme de pie el autobús se detuvo. Miré por la ventana y vi como una señora de cabello rubio casi subía. Justo en el primer escalón paró de lleno, negó con la cabeza y volvió a la acera. En lugar de ella, un hombre alto y fornido abordó. La escena me pareció extraña y se volvió más extraña aún cuando aquella señora rubia me miró a través de la ventana, volvió a negar con su cabeza y me dedicó una mirada de tristeza muy inquietante. Parecía la mirada de una madre que estaba a punto de perder a su hijo.
El hombre que acababa de subir se sentó cuatro lugares adelante de mí. Justo detrás de una joven con aspecto de autista. No sabía si hablarle, bajar del autobús o simplemente esperar. Decidí que haría lo último.
Eran ya cuarenta minutos de silencio casi absoluto cuando pasé por el lugar donde nos vimos hacía apenas dos noches. Esa plaza a la que te encanta visitar. Yo nunca le encontré sentido pero no me importaba, nada importaba mientras estuviera contigo pudiendo ver tu cabello azabache con ese olor que juro que jamás olvidaré. Juro por Dios que así imagino el olor del cielo, el de los ángeles y también el de uno que otro demonio.
El hombre alto se puso de pie, tratando de conservar el equilibrio con el autobús todavía en movimiento. Caminó hacia la puerta de atrás y jaló la cuerda del timbre sin recibir respuesta del conductor. Después de varios intentos comenzó a gritarle al chófer y de repente una mujer que hasta el momento había pasado totalmente desapercibida por mí, se puso de pie. Era bastante atractiva y tenía una nariz hermosamente respingada. Se dirigió hasta el hombre y sin decir nada clavó un cuchillo a la altura de su estomago y lo deslizó varios centímetros a la izquierda. La sangre brotó y salpicó hacia todos lados. El hombre tardó cerca de cinco minutos en morir.


VIMON
Pues complétalo, amigo, que va muy bien.