Antes del sol. Capítulo 1: La señora Kandel

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    La señora Kandel

    “Cualquiera puede representar cualquier cosa a la luz del día.

    Pero sólo por la noche,

    después de que el mundo se ha oscurecido,

    aparece nuestro yo real…”

    John Katzenbach

     

    Pedro abrió sus ojos con lentitud en la madrugada. Una tenue luz lo iluminaba y creaba contornos en su rostro. Aún el sol no había salido por el horizonte que a lo lejos, por la ventana, se podía observar. Había un silencio que envolvía toda la habitación. Pedro, con sus codos, se acomodó para observar de dónde provenía aquella luz. Notó que había dejado el televisor prendido y que ya no se encontraba con señal. Los puntos blancos y negros que se dibujaban en la imagen del televisor se movían como insectos en una caja. Luego de fruncir el entrecejo, se levantó de la cama y se acercó al aparato. Lo apagó. La oscuridad se volvió imponente en aquella habitación, y el silencio, aún más.

    El joven notó que la luz del televisor no era la única encendida en la casa sino que, fuera de su habitación, había otra más amarillenta. Con los pies descalzos, Pedro se acercó a la puerta que daba hacia el pasillo. Intentó que nadie notara su presencia. Ante algún mínimo ruido que él ocasionara volvería corriendo hacia su cama y fingiría estar dormido.

    Con sus ojos oscuros como un hondo pozo, buscó en el pasillo algún indicio que le diera información sobre la luz amarillenta. Provenía del living, estaba seguro. Pero no se escuchaba ningún ruido, ni tampoco algún murmullo. Sólo sabía que provenía del living y que alguien estaba allí por la madrugada. Un presentimiento lo llevó a salir de la habitación sin hacer el más mínimo ruido, y con los pies descalzos y en punta caminó hacia el living. Con sus manos iba tocando las paredes del pasillo para tener equilibrio, en el caso de que lo perdiera todo se echaría a perder y debería volver.

    Sin lugar a dudas: la luz provenía del living. Aquella débil luz se hacía notar a través de la puerta. Pedro tomó aire y se apoyó en la pared. Acercó su cabeza para ver con más claridad… no sólo la luz del living estaba encendida, sino también la de la cocina. No había indicio de movimiento en el lugar, entonces el joven se largó. Entró, aún en puntas de pie, y caminó alrededor del sillón verde.

    Cuando estaba a punto de entrar a la cocina, se escuchó el sonido de un cubierto posarse sobre el mesón de cerámica que tenían allí. Entonces, retrocedió unos pasos con miedo. El corazón estaba latiendo con mucha rapidez y a los latidos, Pedro, los sentía como si fueran golpes eléctricos en todas las partes de su cuerpo.

    - ¿Julia? – se escuchó detrás de Pedro. Era la voz de su padre. El joven se lanzó detrás del sillón y se hizo una pequeña bola para que nadie notara su presencia. - ¡¿Julia?!

    - ¿Qué? – dijo su madre desde la cocina.

    Pedro cerró sus ojos con fuerzas, tomó su mano derecha con la izquierda y comenzó a moverse de adelante hacia atrás a causa de su nerviosismo.

     

    Y Pedro despertó. Ya no estaba en su living, ni se oía ningún cubierto posarse sobre la mesa de cerámica. Ya no estaba la voz grave y ruidosa de su padre. Pedro estaba en el tren de un subte, viajando hacia un lugar determinado. Miró a su alrededor, no había nadie que hubiera notado su presencia ni que lo hubiera visto dormir. Toda la tensión que en su cuerpo sentía se iba distendiendo de a poco. Suspiró un aire frío y posó su mano sobre el libro que llevaba sobre las piernas.

    Los vidrios del tren estaban empapados de sudor. Los asientos de a su alrededor, la mayoría, estaban vacíos. Sólo estaban junto a él, en ese vagón, un anciano desprolijo y con un olor nauseabundo, y una señora que dormía con un sueño mucho más profundo que el de él. A veces, Pedro, deseaba ser como ella y no despertarse hasta llegar a su destino.

    El joven tenía una apariencia normal, como cualquiera de clase media que va a hacer un trabajo rápido a un lugar que le encomendaron. Tenía puesta una camisa celeste a rayas blancas, una corbata clara que caía hasta el abdomen y un traje color negro. Sobre sus piernas largas yacía el libro que leía cada vez que viajaba en ese tren. El paraíso en la otra esquina, de Mario Vargas Llosa. Un capítulo por viaje, esa era su idea. Pero a veces, o no llegaba a acabar uno que ya se encontraba con el sueño o, otras veces, se leía dos capítulos con rapidez y esmero. El autor era uno de sus preferidos y había leído varias novelas suyas. No podría escoger su favorita entre ellas.

    En aquel viaje, Pedro no había logrado acabar un capitulo. Y eso le sorprendía, ya que hacía tiempo que no lo hacía. Quizás no había descansado muy bien durante el día y le fue inevitable tener que dormir, o, tal vez, sólo le había aburrido aquel capítulo y decidió dejarlo para más adelante.

    Lo tomó, con sus largos y flacos dedos, y lo metió dentro del bolso pequeño que cargaba, junto con unos apuntes y otros libros. Luego se frotó la cara con sus manos y se miró los zapatos corroborando que estuvieran limpios.

    La mirada de Pedro tenía algo particular, sus ojos oscuros parecían expresar algo más que profundidad, tenían algo que los demás ojos negros no tenían. Como un kit especial que sólo Pedro debía llevar. Tal vez fuera una pequeña dosis de nostalgia y melancolía, o una incógnita difícil de resolver en él.

    Su piel era pálida, pero no tan blanca como se pensaría a simple vista. El rostro lo tenía limpio y sin imperfecciones, sólo algunos lunares se le notaban. Tenía unas mejillas un poco infladas, unos labios gruesos que hacían que su boca pareciera grande y una nariz derecha y firme que le fue concedida por los genes del padre. En ese momento, la expresión de su rostro estaba siendo invadida por una especie de descontento que sería imposible definir o saber de qué se trataba. Sólo Pedro sabía por qué tenía aquella expresión triste.

    El tren viajaba con rapidez. Todo permanecía calmo y sin ninguna interrupción. Pedro observó su reloj de mano y notó que aún faltaban varios minutos para hacer lo que debía hacer, pese a que el tren parecía llegar a destino en poco tiempo.

    Era de noche, en realidad anocheciendo en un día de verano, a Pedro no le molestaba para nada viajar de noche, es más, le incomodaba menos que ir de día, ya que a un horario como al mediodía sería imposible viajar sentado. Seguramente había sido la noche lo que a Pedro le formara ese descontento en el rostro. La noche era un momento del día en el que sólo los afortunados salían sin remordimientos por la ciudad. Cuando el sol caía, parecía que todo se transformaba en triste y oscuro. La nostalgia y la melancolía, dos sentimientos encontrados para Pedro, eran una especie de armamento que traía consigo la noche, incluso las estrellas y la luna, solían expresar un clima de silencio y pasividad. Al contrario del día, que sólo se escuchaban ruidos y más ruidos, autos avanzando en las calles, frenadas, bocinas, gritos y barullos de personas, y cantos de pájaros. En la noche sólo había espacio para el silencio. Para Pedro, no había mejor momento para reflexionar que no fuera en la noche, sin los ruidos.

    Entonces, eso, se transformó para el joven en una característica de su personalidad. Viajar en tren de noche, no era más que una reflexión de su vida que lo llevaría a la tristeza misma. La oscuridad, la luna y las estrellas tenían todo lo que él escondía dentro de su ser: una tranquilidad expresada en melancolía.

     

    No soy más que un ser incógnito. Un ser hecho de carne y huesos que se diferencia de los demás en aspectos que no son fáciles de visualizar. Incluso, a veces, siento que esa diferencia se nota, que yo puedo notarlo, pero nadie alrededor puede hacerlo. Es como estar sin estar. Como si la gente pudiera verme ahí mismo, en aquel estado, pero no tienen conocimiento de lo que en realidad me está pasando. A veces siento que soy invisible, que mi alma es invisible, y es eso, justamente, lo que me entristece.

    Pedro había acabado de cumplir veintiún años. Hacía veintiún años él era un pequeño bebé ensangrentado, llorón y caprichoso que sólo pedía por el pecho de su madre. Nunca le habían gustado demasiado los cumpleaños, ni los invitados, ni la ceremonia que se hacía ante el cumplimiento anual de su nacimiento. Tenía la extraña convicción de que cumplir años era, a la vez, morir lentamente. Aquella idea no era una que le había surgido así porque sí en la mente de Pedro, sino que un psicólogo se la había logrado encontrar en una sesión a los diez años de edad. Su madre esperaba afuera y, antes, le había rogado al psicólogo que le encuentre el problema que Pedro tenía. Desde muy chico, él presentaba síntomas de un adolescente deprimido. Es extraño, le había dicho el psicólogo a la madre. Creí que esto era un mito.

    Pero no, Pedro no era un mito. Pedro realmente sufría algo así como depresión en su niñez. Él, con frecuencia, solía decir que nadie lo comprendía. Que él hacia cosas que los demás no iban a entender… o que nadie quería entenderlo.

    Pedro se había criado junto a su hermana y sus padres en un pueblo al norte de Buenos Aires. Su padre trabajaba en las afueras del pueblo, en una fábrica que había sido creada hacía muy poco tiempo. Era en el único lugar en el que él tenía un buen salario. Entonces, a veces, ni siquiera volvía a su casa. Sólo se quedaba durmiendo en la ciudad en la que trabajaba y cuando llegaba el amanecer volvía. En cuanto a su madre, Julia, había sido criada por una familia de clase alta, era una mujer muy elegante y bella, pero con el tiempo supo que todo eso no la llevaría a ningún lado. Decidió romper toda relación con sus padres e irse a vivir con León, el padre de Pedro. Ambos tuvieron primero a Elisabeth, y luego a Pedro. La joven Elisabeth, que ahora tendría unos veinticinco años, había tenido una infancia más óptima que la de su hermano. Jugaba con muñecas, tenía su grupo de amigas y se enamoraba demasiado seguido. Era el perfil de toda niña típica.

    Cuando Julia supo lo de la depresión de su hijo, la familia completa viajó hacia Buenos Aires y se asentó allí. Puesto que el niño solía decir que odiaba al pueblo y a la gente que vivía en él.

    Con los años todo fue mejorando. Pedro asistió a un colegio público y conoció a varios compañeros. A ninguno de ellos los denominó amigos de repente, como lo haría cualquier niño, sino que tardó tiempo en afrontar que ellos eran los únicos a los que podía llamarlos de tal forma. Finalmente, los padres notaron que aquellos amigos fueron desapareciendo poco a poco. La personalidad de Pedro no era fácil de llevar. Incluso a veces daba miedo. Era extraño, y todos se lo hacían saber.

    Va a ser difícil que él consiga hacer amigos así porque sí. Pedro tiene interés de hacer amigos, lo noto, pero los demás no tienen interés de tenerlo como amigo, le había dicho en la última sesión el psicólogo a la madre. Luego de aquella última vez, Pedro dejó de asistir a terapia y comenzó a pensar que estaba sano.

    Así, el joven creció. Pasó una adolescencia sin recordar a la perfección que había sufrido un tipo de depresión. Sólo sabía que cuando era niño él se comportaba más raro que sus compañeros de colegio, y nada más. Todo lo llevó a pensar que eso era pasado. Un pasado triste, pero pasado al fin y al cabo. Hoy ya estaba sano.

     

    Faltaban ya muy pocos minutos para llegar al destino. Pedro corroboró que tenía todo en su bolso. Ató los cordones con fuerza y esperó a que el tren frenara.

    Antes, notó como el señor vagabundo estaba durmiéndose poco a poco. Los ojos se le cerraban y el cuerpo parecía ir cayéndose hacia un costado lentamente. Pedro pensó en que quizás ese hombre no había ganado demasiado en el día. Que tuvo un día arduo y cansador y que, como final de su trabajo, nada obtuvo. Su rostro volvió a opacarse ante ese pensamiento. Tenía miedo de convertirse en alguien como él. Tenía miedo de envejecer y terminar en un vagón, viajando hacia la nada misma.

    El tren comenzó a frenar. Pedro tomó el bolso, que tenía dentro libros y apuntes de facultad, se lo colocó en el hombro, se levantó del asiento y caminó con rapidez hacia la puerta que pronto iba a abrirse automáticamente. Dio una última mirada al vagabundo y pensó: Yo no debo acabar así. La puerta se abrió y Pedro salió con rapidez. Siempre le había dado inseguridad aquellas puertas automáticas, tenía miedo de que cerraran con anticipación sin que se prevenga y entonces quedar atascado.

    El viaje rutinario había acabado, en parte. Sólo le quedaba cruzar una avenida principal y llegar al departamento que figuraba en un papel arrugado que tenía en el bolsillo de su traje. Quinto C.

    Bajo tierra todo parecía más tranquilo que con lo que iba a encontrarse. Viajar en subte lo tranquilizaba más que viajar en colectivo o en taxi. Era como estar en otro lugar, en otro espacio distinto al del mundo.

    Con pasos firmes y ligeros, Pedro subió las escaleras que conectaban el mundo subterráneo con el mundo superficial y, antes de completar el recorrido, se frenó. Tocó sus bolsillos para corroborar que todo esté en su lugar. Luego, metió la mano en su bolso. Todo estaba bien. Sonrió, y pisó las últimas escalinatas que le quedaban.

    El ruido, la música, los murmullos y barullos, las risas, los gritos que se escuchaban desde los edificios, todos aquellos sonidos se hicieron presentes en la ciudad, o en la mente de Pedro. Borrachos, que luego de tomar un poco, se iban caminando abrazados hacia algún bar para disfrutar de la noche, o de alguna despedida de soltero. Mujeres que bajaban y subían de taxis, otras que vagaban por la ciudad con tacos que hacían más sonidos que cualquier auto que pasase por allí. Esos tacos parecían, sin lugar a dudas, el sonido de un galope de caballo. ¡Bocinas! Bocinas que sonaban de un lado y de otro, como si estuvieran anunciando la llegada de alguien importante a la ciudad. Pero no, sólo se usaban como molestia al otro.

    Pedro, entre tanto teatro y circo, entre tanta banda sonora ocasionada por el ruido, caminaba con agilidad sin levantar la mirada del piso. Siempre le incomodó tener que hacer ese recorrido. Tener que pasar por al lado de gente que no conoce, de gente que podría hacerle daño, de gente gritona y enérgica.

    - ¡Pedro! – escuchó él detrás de sí. Pero no se dio media vuelta para inspeccionar de quién se trataba. Sólo siguió caminando, con la vista en el suelo.

    No había una explicación de su reacción en ese momento. Era el único modo de actuar que tenía en una ciudad tan grande. Sabía que existían más Pedro por allí, y que quizás, la persona que dijo su nombre, seguramente se lo había dicho a otro. Pensó en eso, pero de un modo más metafórico. ¿Cuántos Pedro’s más existen en el mundo?

    Aquella voz no la reconocía. Ni siquiera creía haberla escuchado alguna vez en su vida. Tenía una tonalidad más bien fría, era femenina y se asemejaba a las voces que aparecen como efecto en alguna película de ciencia ficción. Era una voz de ficción.

    El joven giró en las esquina, ya le quedaban pocos pasos para llegar al departamento. Pero lo que aún más le incomodaba era que estaba llegando tarde y sabía, más que cualquiera, que en cuanto deba volver, los trenes subterráneos estarían cerrados. Entonces, voy a tener que volver en colectivo, pensó.

    Justo en el momento en el que calculaba y analizaba la situación futura de dónde iba a terminar aquella noche en el caso de que los trenes estuvieran deshabilitados, se chocó con una joven que iba con la cabeza mirando hacia el piso. La chica, sin decir nada, siguió caminando, y Pedro contuvo las ganas de insultarla. Lo había asustado demasiado, que apareciera una sombra oscura como esa chica, en medio de la noche, con la cabeza agacha, no era de prevenirse. Ninguna persona podría haberse tomado como natural aquel choque, un anochecer de un día de verano, con una joven tan extraña. Pedro la observó alejarse entre los borrachos y las mujeres con tacos ruidosos. Todo parecía una pintura oscura, como las que pintaba su abuela Elsa, lleno de humanos que se asemejaban a demonios o demonios que aparentaban ser humanos.

    Entonces, Pedro comenzó a pensar en una opción algo descabellada.

     

    ¿Qué pasaría si, en realidad, esto no sería más que una pintura de mi abuela Elsa? Todos seríamos demonios aparentando ser humanos.

    Cerró los ojos por unos instantes y los volvió a abrir, siempre hacía aquello para olvidarse de pensamientos ilógicos, pero luego, otro más descabellado apareció.

     

    Desde que desperté en el tren todo parece irreal, todo parece una pintura de mi abuela Elsa. Con un oscurantismo privilegiado y ruidoso, tal como los tacos de esas mujeres. Tal vez, mientras estaba durmiendo, el mundo se había transformado en algo distinto al mundo que solía ser, había cambiado, y yo seguía siendo el mismo de siempre, que ahora percibe todo con más claridad. Veo a los demonios y veo el cambio. ¿No es esto algo parecido a la locura?

    Volvió a cerrar los ojos para anular los pensamientos y cuando los abrió supo que había caminado lo justo y necesario: estaba en el departamento. Subió las escaleras con rapidez, tocó el botón que indicaba: quinto “c” y esperó a que lo atendieran. Mientras, no quitaba la vista del aparato, del portero, sin prestarle atención. Algunos restos de los pensamientos que había tenido hacía unos segundos seguían presentes en su cabeza, merodeando en los rincones más recónditos de su conciencia. Todos somos demonios aparentando ser humanos.

    - ¿Hola? – dijo una voz algo anciana detrás del portero.

    - Pedro… - dijo, sin pensarlo, el joven. – Soy Pedro – afirmó.

    - Subí – añadió la anciana sin expresión.

    Entonces, la puerta de entrada hizo un ruido eléctrico y Pedro la empujó, abriéndola. Lo primero que hizo fue contemplar el edificio, ver cada detalle de él como si fuera una obra arquitectónica. Estaba cubierto de una madera que parecía nueva por la limpieza que recibía diariamente. Tenía un espejo enorme en el que Pedro se reflejaba. Había una mesa de vidrio, junto con un asiento de metal antiguo. Sobre la mesa yacía un florero con bellas rosas rojas dentro. Al verlas, Pedro sonrió. Últimamente, las rosas le comenzaron a gustar. No sabía por qué, sólo le agarró aprecio de un día para el otro, sin analizarlo. Al pensar aquello, Pedro suspiró y subió con rapidez el ascensor. Quinto C.

    Lo apretó sin dudar. Se apoyó sobre el espejo y observó la pequeña luz que iba iluminándose en cada botón que marcaba un número. 1, 2, 3, 4…

    El joven se impulsó con el espejo hacia la puerta, y el ascensor dio una frenada semejante a la de su padre cuando manejaba en días de tránsito. Abrió la puerta corrediza, luego la de madera y salió al pasillo del quinto piso. Volvió a tocar su bolso repleto de libros. Parecía inspeccionarlo todo el tiempo por el miedo a que algún día le robaran el bolso. Quizás, para Pedro, ese bolso representaba algo más que un objeto. Se posó frente a la puerta que tenía marcada la letra “C”, frunció el entrecejo y golpeó con delicadeza la madera.

    Detrás de aquella puerta, y luego de que Pedro golpeara, comenzaron a escucharse sonidos torpes, como cuando él se levantaba apurado para asistir al cursado de la facultad y se golpeaba con todo lo que encontraba en el camino.

    La pierna de Pedro, mientras él se encontraba pensando en los ruidos que se escuchaban detrás de la puerta, se movía con rapidez y nerviosismo. Era efecto de su ansiedad. Era la primera vez que iba a llevar a cabo aquel trabajo.

    La puerta se abrió y una mujer obesa, con aspecto sucio y desagradable, apareció detrás de ella.

    - ¡Jovencito!

    - Hola – sólo supo decir sin entonación Pedro. La voz de él era algo así como el sonido de un manantial alejado de la civilización. Tranquila, pausada, pasiva.

    - La señora Kandel estaba esperándolo. Sabíamos que pronto iba a llegar… pero, la urgencia es la urgencia. – añadió ella.

    Pedro frunció nuevamente el entrecejo, sabía que iba a encontrarse con la señora Kandel, y supuso que aquella mujer, obesa y desagradable, era con quien debía encontrarse. Pero no, se había confundido y además estropeado una hipótesis.

    El joven creía que la señora Kandel era solitaria, sin urgencias, incluso extremadamente paciente. Cuando él, antes de llegar al departamento, se la imaginó, no fue muy diferente a la mujer que se encontraba ahora delante de él.

    - Admiro tu puntualidad. Yo nunca logro llegar bien a ningún lugar – añadió ella, sonriéndole. – Pasá, pasá. – luego dijo, abriendo extremadamente la puerta.

    Él hizo lo que ella le ofreció. Dio pasos lentos, añadió un “permiso”, y se paró a un costado de la puerta del lado interior.

    Lo primero que sintió fue el olor. Parecían estar cocinando una mezcla de pastas y milanesa. Luego notó que el ambiente en el que vivían no era muy prometedor. Las ventanas estaban cerradas, las persianas cerradas, las cortinas sucias y arrugadas. El piso tenía migas de pan por todas partes. La mesa del comedor estaba lleno de cosas: papeles, vasos, botellas. Finalmente, Pedro levantó su mirada hacia un cuadro que estaba en la pared. Era oscuro, incluso hacia complementariedad con la habitación. Era el rostro de una mujer, ojos abiertos de par en par, contornos y sombras bien marcadas. Deformidad. El cuadro, además, también estaba lleno de polvo como los demás muebles. Todo ese lugar le dio un punto a favor. Él creía que iba a encontrarse con algo similar, o tal vez peor.

    - La señora Kandel ya vendrá. Está haciendo unas cosas en su habitación. ¿Querés mate? ¿querés agua? ¿algo? – le preguntó amablemente ella. Mientras, Pedro negaba constantemente con la cabeza. – lamento recibirte en estas condiciones, es que… - la mujer parecía intentar encontrar en la habitación alguna respuesta a la situación – es que no estamos muy acostumbradas a recibir gente, y cuando recibimos pareciera que nos surgen imprevistos todo el tiempo. Entonces, la señora Kandel, decidió postergar la limpieza.

    ¿No será que la señora Kandel realmente quería que yo viera este desorden? Se preguntó él, pero de pronto apareció un gato blanco que lo quitó de sus pensamientos.

    Aquel felino contrastaba con el ambiente. Él estaba limpio, demasiado limpio. Su blancura resplandecía en la habitación.

    - Oh, él es Magno. Es la mascota de la señora Kandel.

    - Es muy lindo. – añadió Pedro para, al menos, decir algo.

     

    Los ojos de aquel felino me observaban con una vehemencia incontrolable. Parecía intentar encontrar en mí algo así como el código de personalidad que yo llevaba dentro. Él parecía funcionar como el guardia, el padre, el dueño de la casa. Me aniquilaba con su mirada. Entonces, comprendí por qué la señora Kandel lo tenía tan limpio. No era un animal común y corriente. Tenía un destello en su mirar que sólo él podía propiciarlo. ¿Estaba leyendo mis pensamientos? ¡No! Claro que no. Un gato no podría hacer eso aunque lo intentara… pero el fingía hacerlo y eso le daba autoridad y oscurantismo.

    - Magno se convirtió en esta última semana en el mejor amigo de la señora Kandel. Yo ya no comprendo cómo un animal podría darle a una mujer tanto amor y cuidado. No lo entiendo. Magno es algo así como la cura “natural” de su enfermedad.

    Pedro volvió a fruncir el entrecejo. La cura “natural” de su enfermedad. Y sonrió.

    - Su mirada es increíble. – añadió la señora como leyendo los pensamientos del joven. – incluso me da terror muchas veces. Me vigila en todo lo que hago… es como si él creyera que yo podría hacerle daño a la señora.

    - Es sólo un animal – agregó Pedro a la conversación sin pensarlo demasiado.

    El joven pensaba mucho las cosas, pero nunca las decía. Sólo decía las menos importantes, las que no podrían cambiar el curso de las cosas. Las que son predecibles. Pero su cabeza iba más allá. Con frecuencia, sus pensamientos acababan siendo más largos que la Biblia en sólo un día.

    - ¿Y por qué trabajás en esto? – dijo ella apoyándose en la pared.

    - Necesito dinero. – dijo, concisamente, Pedro.

    - Lo comprendo, pero… ¿por qué este trabajo y no otro? Como limpiador de baños, atención al cliente de alguna empresa… eso, viste, como los call center.

    - Quizás porque mucha gente se encuentra haciendo esos trabajos. Necesitaba uno que me diera tranquilidad hacerlo.

    - Ningún trabajo da tranquilidad, créemelo.

    - Bueno, puede que tengas razón, pero me gusta hacer las cosas por sí solo. Siempre he sido alguien muy individual.

    - Te entiendo. Conocí muchas personas así, sin embargo, éstas lograron moldearse, es decir, se habituaron a que el mundo debe ser explorado en grupos.

    - El mundo debe ser explorado en grupos – repitió Pedro – como las especies animales, mejor en grupo que solos, sino sos la cena de la noche… pero estoy dispuesto a correr el riesgo. – finalizó.

    - ¿A correr el riesgo?

    - De ser la cena de los “depredadores”.

    Pedro pensó con exactitud lo que había dicho. Se sintió inseguro, ¿estaba dispuesto a ser la cena de los “depredadores”? y concluyó, en sus pensamientos, con una respuesta afirmativa: ya no tengo nada que perder.

    Cuando la mujer obesa estaba por darle unas palabras al joven, se oyó una puerta chillar a lo lejos. Aún no se podía ver nada, pero ambos creyeron que era la señora Kandel quien aparecería pronto. Pedro se paró firme, y la mujer dio unos rápidos pasos hacia la cocina. El joven aún no comprendía qué era esa mujer de la señora Kandel, qué tenían en común. No parecían tener una relación amistosa, sino una jerárquica. Esa mujer se comportaba como la cuidadora de la señora Kandel, como una servidora. Sin embargo, el departamento en el que vivían estaba completamente hecho un desastre, y ella, si fuera la cuidadora, hubiera limpiado ante la llegada de un visitante como lo era Pedro. Había algo extraño en la relación de esas dos mujeres.

    Pero el joven no tuvo tiempo de analizar la situación. Se comenzaron a escuchar pies arrastrándose por el piso, que expresaban desgano y lentitud. Quien apareció fue ella, la señora Kandel. Vestía un camisón blanco que le colgaba hasta las rodillas. Su rostro estaba arrugado, efecto de la vejez, y expresaban algo más que experiencia. Sus ojos celestes caían sin expresión. Contenía en su mirar una tristeza vehemente que no sólo se había hecho presente en su mirada, sino en sus manos, sus piernas, su espalda, su boca. Parecía una muñeca de porcelana abandonada por una niña en el fondo del patio.

    Por el historial que había recibido Pedro sobre la señora Kandel, ella se presentaba mejor de lo que se describía en los papeles.

    - Ofelia – dijo la señora, por fin largando palabras de su boca. Su voz era como todo su cuerpo: triste. Se asemejaba al sonido de un violín sin demasiados cambios rítmicos. - ¿Quién es él? – preguntó.

    - Él es Pedro, el chico que contratamos, ¿lo recordás?

    - ¿Por qué no me avisaste? – dijo en tono agresivo, pero sin perder el ritmo calmo y triste.

    La mujer, al escuchar esas palabras, no respondió. Se quedó en silencio observándola como cual animal que da lástima y se alejó de la habitación dejando a solas a Pedro y la señora.

     

    La señora Kandel era otro personaje de las pinturas de mi abuela Elsa. Tenía las facciones, expresiones y cuerpo muy parecidos a las mujeres que retrataba. La señora Kandel era un personaje grotesco, salido de una historia dramática y triste. Daba la sensación que ella iba a morirse pronto. No sé por qué, pero daba aquella sensación.

    - Pedro – repitió la señora rascando con sus uñas el mentón. – tenía un compañero de la secundaria que se llamaba de la misma forma. Era tonto y todos lo molestaban. – añadió.

    El joven no supo qué agregar, sólo se quedó en silencio.

    - ¿Te gustaría pasar a mi habitación? – preguntó la señora luego de unos segundos para desequilibrar el momento incómodo.

     

    Pedro asintió y la siguió por detrás. Entraron a una oscura habitación. Como la anterior, las ventanas estaban cerradas y las cortinas llenas de polvo. La cama estaba desordenada. Una lámpara iluminaba hacia ella generando unos contrastes en las arrugas del colchón. Había, frente a la cama, un televisor apagado que parecía ser de décadas anteriores.

    - Éste es mi lugar, mi cueva. – dijo ella sonriendo fingidamente, lo que generó en su comisura una leve arruga.

    - Es un lugar agradable – mintió el joven.

    - ¿Qué es lo que has venido a hacer? – preguntó, de repente, la anciana.

    - Me encomendaron un trabajo. Seguramente usted ya haya recibido algunas noticias – le contestó Pedro y al ver que no iba a recibir ninguna respuesta, prosiguió – el gobierno nacional ha elegido a una cantidad de concursantes, entre los que me encuentro, para hacer este trabajo.

    - Sos el chico del test. – añadió sin expresión ella.

    - Sí, soy el chico del test – contestó él. Aquellas palabras las había ensayado por horas, y por más que él había estado seguro antes de subirse al tren del anochecer sobre lo que iba a decirle, le penetró a su interior un frío nerviosismo. – No es nada de qué alarmarse. Sólo le voy a hacer unas preguntas, le leeré el texto de un libro y completaré un cuaderno.

    - ¿Me leerá un libro?

    - Sí, no es nada de otro mundo.

    - ¿Y por qué?

    - Porque es el trabajo que me encomendaron – respondió con rapidez el joven.

    - ¿Es sobre la noticia que han dicho en la televisión? – preguntó la mujer observándolo de reojo y sentándose sobre la cama.

    - ¿Qué noticia?

    - La de los depresivos.

    - ¿La de los depresivos? – dijo Pedro, poniéndose aún más nervioso. Pero no logró estar tranquilo: en su mente pasaron las ordenanzas que recibió, la voz triste de la pobre mujer sentada frente a él, las consecuencias que él podría ocasionar.

    - Todos estamos volviéndonos tristes porque sí. – respondió la señora Kandel con seguridad, apoyando con lentitud sus manos sobre las rodillas.

    - No es porque sí, ni tampoco es que todos estamos volviéndonos tristes – agregó Pedro.

    - ¿Entonces?

    - Sólo es un chequeo, un test para verificar en qué estado anímico se encuentra. – le contestó Pedro para desvirtuar la conversación.

    - ¿Un test puede verificar en qué estado de ánimo me encuentro?

    - Claro, es nuevo y muy usado en otros países.

    - ¿En los otros países también los usan para determinar si uno está triste o no?

    - Entre otras cosas – afirmó el joven mientras temblaban sus pies. Tenía miedo de dar información que no le correspondía. Tenía miedo de hacer las cosas de una forma errónea y perder su trabajo por una estupidez. – No se asuste. Sólo es un chequeo. Los resultados se le entregarán en unos días y usted podrá seguir con su vida normalmente.

    - Si ese test dice que soy una persona triste ¿podré seguir viviendo normalmente? – la anciana decía muchas preguntas, se asemejaba a las cuestiones que los periodistas le planteaban a los científicos con normalidad en esos tiempos.

    - Sí, se lo aseguro.

    Acto seguido, Pedro se sentó a su lado, abrió su bolso y quitó de allí unos papeles. Tenía escrito todas las preguntas de forma enumerada y ordenada. Comenzó con algunas preguntas, luego de haber hecho un pacto de sinceridad. Pedro le aseguró que no iba a suceder nada luego de que ella diera la información. Que sólo eran datos para que, si se encontraba en una situación crítica, pudiera recibir atención.

    Las primeras preguntas no fueron tan íntimas. Nombre, edad, número de documento, domicilio, teléfono, disponibilidad horaria. Parecía, a simple vista, un cuestionario de trabajo. Pero luego comenzaron las preguntas concretas.

    - ¿Se considera usted una persona feliz? – preguntó, según como decía el papel.

    - ¡Qué pregunta es esa! La felicidad es una palabra ambigua, no podría responderla con sinceridad, aunque quisiera. Claro que no me considero una persona feliz, y nadie del mundo debería caracterizarse como tal. La felicidad es una mentira más del mundo.

    - ¿Hay momentos en los que se encuentra feliz?

    - Los momentos felices se van extraviando con el tiempo. Yo soy una persona mayor y, sí, tuve mis momentos felices, como cualquier otro individuo de este mundo. Pero, a medida que el tiempo transcurre, la felicidad se va disolviendo entre las agujas del reloj. La gente se aleja, el mundo se reduce a una habitación y el cuerpo se queda sin energías. Cuando era joven, yo solía sonreír demasiado. Daba al mundo las sonrisas más falsas que pudieron existir en la faz de la tierra. Pero, con el tiempo, me había olvidado de sonreír, sólo por habérmelas pasado intentando ver sonrisas que no me pertenecían en personas que nunca me pertenecieron. También era una persona muy fuerte. Nunca lloraba delante de otras personas. Por eso, la felicidad es fingir. Es que todo el mundo cree que sonreír es sinónimo de felicidad. Pero el mundo siempre estuvo equivocado. Como me comporto no es lo mismo a como siento. – luego de decir aquello, Pedro suspiró un aire caliente. Aún seguía nervioso. Entonces, tras reflexionar lo que la anciana había dicho, se hizo una pregunta a su yo interior:

    ¿Será, tal vez, que las personas más tristes de esta tierra siempre sonríen?

    Luego, sin obtener respuesta, tomó el papel y siguió con las preguntas.

    - Si tuvieras la posibilidad de volver el tiempo atrás, pero sólo podés retrocederlo a un espacio y tiempo especifico, ¿cuál sería?

    La anciana se quedó en silencio durante largos minutos. Buscaba en su memoria alguna respuesta que diera justo en el blanco, que demostrara por qué había elegido ese lugar y ese momento.

    - Pienso que de recuerdos no deberíamos hablar. El pasado nunca fue un buen amigo del ser humano, ¿no crees? – Pedro no respondió. Recordó las palabras de su coordinador. “Mientras estés entrevistando, no respondas las preguntas que te hacen.”

    - ¿Amó a alguien alguna vez?

    La anciana sonrió sin fingir. En su mente habían entrado las imágenes más divinas de su vida, las personas más importantes.

    - Aunque suene descabellado, debo decir que amé a todas las personas que se cruzaron en mi camino. Hasta a mis enemigos. Pero, claro, eso fue un error.

    - ¿Por qué? – preguntó Pedro, compenetrándose en la entrevista y generando una pregunta que no figuraba en los papeles.

    - ¿Por qué amar es un error? Simple, se ama lo que se cree imposible; o al menos en mi caso. Yo era incapaz de tener a alguien a mi lado durante mucho tiempo.

    - ¿Ama a alguien en el presente?

    - A mi mascota, Magno. Si es que te sirve la respuesta – bromeó la anciana. Aunque era demasiado triste, tenía sentido del humor. – Magno me ha dado más que cualquier otro ser vivo. ¿Será, tal vez, porque es incapaz de razonar que soy una vieja estúpida y quejona? - Pedro sonrió disimuladamente.

    - ¿Tiene algún objetivo? ¿algún motivo de vida?

    - Todas las personas estamos en el mundo por un motivo, pero nadie sabe cuál es. Cuando se es joven, el motivo principal es saber cuál es aquel motivo de vida. Qué es lo que nos impulsa a vivir. Luego, como la felicidad, con el tiempo se desgasta y se reprime. Es bueno olvidar que hemos fracasado en nuestro motivo de vida. Por eso admiro aquellos que, con el tiempo, se les olvida las cosas que hicieron, cuáles eran sus fines… imaginá olvidar todos esos fracasos.

    La señora Kandel era una mujer muy racional, tenía conciencia de dónde estaba parada. Pero aún así, era negativa. Era inteligente y tenía firmeza en el habla, como un sargento en tiempos de guerra. Ella tenía esa fluidez para hablar y responder sobre cosas tan violentamente olvidadas en la sociedad porque había estudiado y leído muchos libros de filosofía. Todas aquellas páginas que ella leyó a lo largo de su vida fueron formándose parte de sí. Tanto que era imposible pensar sin filosofar.

    Pedro la escuchaba absorto en sus palabras. Estaba de acuerdo en muchas cosas que ella expresaba y eso lo asustaba. Decía las cosas con una coherencia y una cordura elegantes, pero aún así, Pedro ya sabía que no estaba cuerda.

    - ¿En qué estás pensando? – le preguntó la anciana.

    - En nada. Sigamos… – le respondió y continuó. - ¿Le gusta la soledad?

    - Quizá sí. No lo sé con exactitud. Por las noches suelo recostarme y pensar: ¿qué es lo que los humanos hemos hecho a lo largo de nuestra vida para acabar tan terriblemente solos? La soledad puede ser hermosa, pero destructiva a la vez. ¿no lo ve? Uno se queda solo por consecuencias, dicen.

    - ¿Consecuencias?

    - Claro, uno no es víctima de la soledad porque sí. Porque un día, por casualidad, han querido dejarnos solos. Hemos hecho algo, en un determinado momento, que cambió todo a tu alrededor. No importa qué, no hablo de moralidad ni ética. Quizás sonreías mucho, y eso era una causa. Siempre hay respuestas para todo. – la anciana quedó en silencio, nuevamente. Estaba pensando en algo que, sin duda, la llevó hacia el pasado. Pero, al cabo de unos segundos, regresó a su habitación. Frente a ella había un joven, se llamaba Pedro, y venía a su casa a hacerle una entrevista. - ¿Cómo hace para recordar lo que he contestado?

    Pedro la miró. Los ojos de aquella mujer brillaban, tal como unas luciérnagas en la noche.

    - Estoy grabándola.

    - ¿Grabándome?

    - Sí.

    - ¿Y cómo lo hace? ¿dónde está el aparato?

    - En mi bolso – le respondió Pedro. Ella, sin más preguntas por hacer, asintió y sonrió. – Sigamos… - tomó el papel y lo puso frente a sus ojos. - ¿qué piensa del mundo actual?

    - La pregunta debería decir, ¿qué siente al ver el mundo actual?, y yo respondería: lástima y miedo. Una lástima inmensa. Gente enloquecida con máquinas, máquinas que razonan más que nosotros. Y miedo porque un día esas máquinas nos van a matar.

    - ¿Nos van a matar? ¿qué quiere decir con eso?

    - Hace unos días estuve viendo una película, el actor era conocido. La película narraba, con gran diversidad, como íbamos a ser conquistados por robots. Y eso no está muy lejano de nosotros. ¿Ha visto como la gente está con su aparatito en frente, todo el tiempo? ¡Lo observa como si fuera una reliquia! En mis tiempos, idolatrar a un objeto era una locura. Pero claro, ahora los locos son los que cuidan el mundo, y los cuerdos son los que inventan esos aparatos, los que los usan y los que los idolatran. ¿Nadie tiene miedo de que un día, con rapidez, creemos una máquina más descontrolada que nosotros? Parece ser que no. Ayer, justo ayer, una jovencita había traído unas frutas de una feria. Yo no puedo moverme mucho de mi casa, entonces la envíe, y le pagué. Cuando estaba explicándole las cosas, ¡no le miento!, estaba con su aparatito, lo miraba y tecleaba con tal ambición que me dio miedo. Y sabe, cuando volvió, trajo una bolsa llena de mandarinas. ¡Que naranjas, querida! Le grité, se rió en mi cara y me dio el vuelto. Esos aparatos estupidizan. – Pedro sonrió. – Yo sé que vos sos joven, nene. Y no está mal usarlos, al menos, de vez en cuando, ¡cuando sea necesario! Ya no hay piedad por la conversación, por las miradas, por nada, ¡por nada de eso! Lamento tener que estar diciéndote esto pero, realmente, me embravecen estas cosas. No entiendo cómo la sociedad está tan pendiente de sus maquinitas y tan descuidado con sus relaciones.

    Ambos se silenciaron. La señora Kandel había gastado más de todos sus pulmones para decir aquellas palabras. Pedro las había escuchado alguna que otra vez en boca de otras personas, pero nunca le había prestado tanta atención como cuando lo dijo ella.

    Luego de unos segundos lentos que se perdían en la habitación, Pedro notó que una fase había acabado. Ya no iba a hacerle algunas preguntas ni nada por el estilo. Sólo quedaba leerle unas palabras de un libro.

    Algo le impedía continuar, algo le decía que todo allí debía ser frenado de una vez. Pedro deseaba, muy en su inconsciente, que la señora Kandel sea una persona sana. Lo deseaba tanto para ella como para él mismo, que tenía los mismos pensamientos y sentimientos. Sin embargo, él era incapaz de diagnosticar algún síntoma mediante aquella entrevista. Él no estaba capacitado para realizar aquello.

    - Nene, cuando te quedás en silencio me da la sensación que en tu cabeza ocurre algo malo. – murmuró la señora Kandel posando su mano sobre la rodilla de Pedro.

    - No, no me pasa nada.

    - Está bien. – acto seguido, el joven apagó el grabador que tenía en el bolso y la miró a los ojos.

    - Cuando yo la veo, señora, siento que usted es una mujer única. Tiene una mirada de la vida que pocas personas tienen. Sin embargo, eso no es bueno – se sinceró.

    - ¿Por qué no es bueno?

    - Yo no sé a futuro si esta entrevista pueda causarte algo malo. Y si ocurre, realmente no podría revertirlo, aunque quisiera. Usted me cae bien, y ese es un error mío, lo sé.

    - No tengas miedo por mí. Yo entiendo a la perfección lo que está ocurriendo. Y vos dijiste una gran verdad hace un rato, no es que estemos volviéndonos tristes porque sí. Existen más de mil fundamentos que podrían explicar nuestra tristeza. Pero la gente prefiere creer que estamos siendo consumidos por una especie de virus. Que sólo unos pocos podrían sobrevivir a tal cosa que vuela por los aires.

    Pedro razonó por un tiempo en silencio. Tal vez, lo que la señora Kandel decía era lo más certero que se podía explicar sobre lo que sucedía, pero estaba seguro que en el mundo existían muy pocas personas que tengan el pensamiento como aquella anciana.

    - Pero mirá, nene, hay quienes son afortunados, quienes pueden aún salir a la calle con una sonrisa sincera. Hay personas enamoradas, y unos cuantos suertudos que se ganan billetes de lotería para hacer un viaje por el exterior, o comprarse una casa o incluso uno de esos aparatitos. Ese equilibrio siempre va a suceder entre los afortunados y los desafortunados. Y como dice el gran Darwin, los que mejor se adaptan al ambiente, son los que sobreviven. Es una cuestión de adaptación, ni más ni menos.

    - Es una cuestión de adaptación… - repitió Pedro bajando su mirada al suelo lleno de polvo.

    - Sí. El mundo no necesita gente que no se conforme. Mejor dicho, el mundo sí los necesita. Necesita las personas tristes para lograr el equilibrio, para demostrar aquella teoría. Pero las demás personas, los afortunados, no nos necesitan. ¿Qué hacer con una persona triste? ¡Encerrémosla! A los humanos no nos gusta el equilibrio, claro está.

    - Pero al mundo sí.

    - ¿Y a quién carajo le importa el mundo?

    Ambos volvieron a inmutarse.

    - ¿Vas a seguir haciendo la entrevista?

    - No – respondió con frialdad.

    - ¿Por qué?

    - Es que, ¿por qué tengo que complacer a aquellas personas, a los otros? ¿Por qué tengo que hacer esto?

    - La pregunta es, ¿por qué hacés este trabajo, nene?

    - Sólo necesito dinero.

    - Y elegiste la opción más fácil, la que brindaba el gobierno.

    - Sí.

    - ¿Y qué vas a hacer? ¿vas a decir que te olvidaste hacer la entrevista, te echan y seguís con tu vida normalmente?

    - Es lo que en este momento deseo.

    - Ya no hay que decir más nada. Esta entrevista ha llegado a su fin, ¿no? Seguí con tu vida y no olvides que has hecho esto.

    - Usted me ha hecho ver muchas cosas.

    - No, no lo he hecho yo. El día de ayer, me levanté de mi cama y noté que había una carta a un lado de la puerta. La leí con detenimiento, era por parte del gobierno. Con claridad, supe que todo estaba volviéndose oscuro. Decía palabras como “chequeo”, “salud mental”, “entrevista”, “porvenir”, “futuro”. Palabras tan estúpidamente hechas por los humanos. Comprendí que no era más que una obra irracional. No había una opción de decir, “no quiero que me hagan esta entrevista”… igual, tampoco la hubiera rechazado. Ya no nos queda tiempo a los tristes, a los desamparados. Y eso es lo que vos viste, que ya no te quedaba tiempo. Encontraste en mí un espejo que te reflejaba. Sólo eso.

    - Pero, ¿qué es lo que puede ocurrirnos en el futuro?

    - ¡Quién sabe! Como ya te dije, nene, el mundo nos quiere acá, firmes, capaces de formar el equilibrio… pero las demás personas no nos necesitan, somos un estorbo. Imagina a los grandes artistas dramáticos que han surgido en tiempos de guerra, ¿qué le han hecho?, directamente nada… indirectamente todo. Los han rechazado, los han olvidado. ¿Quién quiere cuidar de alguien que se arrastra, que ya no tiene ganas de caminar? ¡Nadie!

    - ¿Y qué es lo que debo hacer? Usted es una mujer que ha vivido mucho, usted sabe de estas cosas.

    - Sólo hay que adaptarse. – la señora Kandel lo miró a los ojos opacos que tenía. Tan oscuros como un pozo hondo.

    El silencio volvió a ser protagonista. Los envolvió con su manto negro y los oscureció por completo a ambos. Ninguno de los dos tenía alguna palabra para agregar.

    - Voy a irme.

    - Está bien.

    Pedro comenzó a guardar las hojas en el bolso mientras la señora lo observaba con detenimiento.

    - Hiciste un gran trabajo – agregó la anciana, y el joven sólo sonrió. – espero verte pronto.

    - Yo también… cuídate, mucha suerte.

    - Vos también cuídate, nene. Aún hay tiempo para revertir las cosas. El mundo está cambiando, sólo hay que adaptarse.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    Como podran ver, he vuelto. Espero ser nuevamente bienvenido. Ahora voy a actualizarme con cada uno de los relatos. Espero que les guste el nuevo que estoy creando. Me encantaría recibir críticas contructivas. Como está en proceso, voy a subir un capítulo por semana.

    ¡Gracias por leerme!

     

    Comentarios

    1. Avatar de VOLIVAR

      VOLIVAR

      14 octubre, 2013

      Franfierro: compadre, es admirable esa capacidad literaria que posees. Con gran maestría desarrollas un texto atrapante, interesante, ameno. Solo los escritores experimentados logran hilvanar un texto largo sin salirse del camino trazado. Vaya maestría la tuya para el arte de las letras.
      Mi voto y un saludo desde México
      Jorge Martínez

      • Avatar de FranFierro

        FranFierro

        14 octubre, 2013

        Volivar!! Muchísimas gracias por tus palabras, son realmente muy motivadoras!! Sin embargo, aún creo que me falta mucho por aprender. No estoy ni en los talones de muchos escritores que están acá.
        Un abrazo grande… y muchas gracias, nuevamente, por leerme!

    2. Avatar de Lualla

      Lualla

      20 octubre, 2013

      Bueno Fran, ya sabes lo que pienso de este primer capítulo; pero por si acaso mi opinión puede animar a leer a otros escritores: es genial, compañero; la manera de narrar es ligera y, aunque es un texto largo uno no puede no leerlo; tiene muchísimas ideas profundas y sobre las que cabe una gran reflexión, todas, en ese mismo texto y narradas de manera sencilla. Además de un montón de frases bonitas.
      Un voto y un gran abrazo!

      • Avatar de FranFierro

        FranFierro

        21 octubre, 2013

        Gracias, Lualla, por tus palabras :) Ya he recibido tu comentario y te contesté. Gracias por leerme siempre y por tus críticas que me ayudan tanto.
        Espero que te siga gustando…
        un abrazo grande, compañera mía

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