Antes del sol. Capítulo 2: “Estoy sola”

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    Estoy sola

    “La vida es un sueño,

    El despertar es lo que nos mata.”

    Virginia Woolf

    ¿Quién soy? ¿Qué ha sido de mi cuerpo, de mi alma? ¿En dónde estoy? ¡Despertá!

    Eva despertó sobresaltada. El corazón latía con rapidez, los pulmones se ensanchaban y se comprimían exageradamente. Pero el tiempo aún no pasaba.

    La habitación estaba oscura. Sólo se escuchaba su respirar agitado y sus manos queriendo tocar algo firme. Las arrastraba de un lado a otro, provocando un sonido constante.

    Se había levantado de dónde sea que estuviese. Daba pasos lentos hacia una dirección oculta.

    Y la luz se encendió.

    Allí estaba Eva, la joven Eva, con su rostro pálido, cabellera colorada y ojos verdes. Con sus hombros caídos y manos torpes presionando la perilla que había conectado, entre cables, la luz. La ropa arrugada, rota y sucia, dejaba entrever lo tan escuálida que estaba. Sus costillas podían notarse a simple vista, traspasaban la piel como la de una modelo.

    Observó todo su alrededor con detenimiento. Lo inspeccionaba como cuando un arquitecto dibuja su maqueta sobre la hoja.

    El lugar estaba asqueroso. Las paredes estaban rajadas y despintadas. El piso lleno de polvo y sin mosaicos. La expresión de Eva no era de asombro, para la sorpresa de quienes la observaban. Se apoyó sobre la pared y largó un aire caliente. Pestañaba poco, como si fuera un esfuerzo hacerlo.

    - No hay evolución en ella – dijo el hombre mayor de cabeza calva, mientras observaba, detrás de un vidrio, a Eva.

    - Es extraño – añadió la mujer de unos treinta años que lo acompañaba a su lado. – Aunque ella podría estar aparentando que no está asustada.

    - No lo está. No está asustada y mucho menos aparentando no estarlo – afirmó el calvo. – ella sabe, sabe lo que sucede. Ese es el problema.

    Eva permanecía aún sobre la pared. Apoyada como si nada ocurriera. Su mirada parecía perdida, alejada del mundo real. Pero, ¿quién iba a saber lo que ella estaba pensando, más que ella misma?

    Sólo es un sueño.

    Y despertó.

    Ya no era una habitación hecha añicos en la que estaba. No había dos personas espiándola detrás de un vidrio. Sólo estaba Eva, con sus ojos abiertos de par en par y una mirada estática. Tardó unos largos segundos hasta que pestañeara por primera vez. Sus ojos se habían puesto colorados y brillosos.

    Como si todo fuera parte de una pausa y luego se hubiera puesto nuevamente a reproducir, Eva se levantó con rapidez, se cepilló los dientes, se lavó la cara, se colocó unas pantuflas, salió a la cocina, se preparó un café y se sentó en una mesa circular que tenía una vista algo extraña de la ciudad. Ésta se encontraba iluminada por la luz de la luna. Aunque las luces artificiales parecieran ser de gran potencia, no importaba, la luna lograba crear sobre la ciudad una especie de iluminación más azulada y natural. Era una contradicción propia del mundo en el que vivían. No había luz suficiente, como la de la luna, para iluminar los rincones inhóspitos de la ciudad.

    Eva no observó ni un segundo el estado en el que se encontraba el mundo desde aquella pequeña vista que le ofrecía su ventana. No le importaba verlo. Tomó su taza de café dando sorbos rápidos y observando a la nada.

    Qué sueño más horrible. Por momentos parecía real, y por otros: sólo un cuento en el que yo era Alicia, encerrada en una cueva de la reina de corazones, mientras ella me observaba y gritaba “¡córtenle la cabeza!”. Un cuento que yo sabía que era ficticio, pero que, a la vez, escondía una metáfora clara de la realidad. ¡Qué sueño más horrible, Dios!

    Para quitar su mente lejos de los pensamientos, pensó en otra cosa que le diera más placer, o que le quitara de cosas que no le encontraba algún sentido.

    Debía asistir a la fiesta que Sofía me había invitado. Aún no comprendía de qué se trataba con exactitud esa fiesta, pero debía ir. Cuando me invitó, me había dicho que era para aliviarnos, relajarnos, por lo que últimamente estaba ocurriendo en el mundo. Pero… últimamente, ¿qué le estaba ocurriendo al mundo? Intenté buscar en mi cabeza una, dos o tres respuestas que dieran en el blanco, pero nada fue posible. Sofía estaba paranoica, eso lo sabía. Pero muchas veces solía acertar en cuánto hipótesis. O, al menos, más que yo.

    Tras pensar en eso, Eva se peinó con sus dedos el cabello colorado que tenía. Observó sus puntas y sonrió.

    El silencio de aquella habitación era aterrador. A Eva no le gustaban mucho los ruidos, prefería el silencio por sobre todas las cosas. Pero esa vez, sintió la necesidad de escuchar una canción lenta. Una que estuviera compuesta a piano, o violín, o que sea simplemente relajadora.

    Encendió la computadora, y en el reproductor comenzó a sonar una canción que, justamente, Sofía había descargado de Internet.

    La canción se llamaba “The time to run”, y su autor era Dexter Britain. La escuchó sin parar una y otra vez. Se movía al compás de la canción. Con ella, se colocó frente a la ventana para contemplar la ciudad desde su perspectiva.

    Estaba luminosa. Tan luminosa como una ciudad europea. Sus luces destilaban un aura extraño, como si se mezclaran en un frío invierno melancólico. Eva apoyó su codo en el marco y siguió observando. Los autos iban de un lado a otro, todo demostraba que era un horario en el que la gente salía de sus casas a comprar cosas, o volvía del trabajo, o sólo paseaba por la ciudad. Era un horario en el que la ciudad se llenaba, como hormigas en un hormiguero, de gente.

    El teléfono celular comenzó a sonar. Eva sabía de antemano que era Sofía. Siempre ella la llamaba a ese horario. Corrió al aparato y atendió.

    - Sofi. – dijo, sin dar tantas vueltas.

    - Oh, ¿cómo te diste cuenta que era yo? Lo puse en desconocido.

    - Llamás siempre a este horario. – aunque la respuesta fuera la más cuerda, Eva pensó en que quizás no tuviera a nadie quien la llamara más que Sofía.

    - Entiendo… - agregó la amiga, y luego de esperar unos segundos le preguntó – hey, vas a venir conmigo a la fiesta, ¿no?

    - Estaba pensando en eso.

    - ¿Y?

    - Sí, voy a ir. Pero quiero que me expliques sobre eso.

    - Cuando estés acá lo hablaremos. ¿No has visto la televisión?

    - Sabés que no la veo.

    - Entiendo, no quiero uno de tus discursos anti-capitalistas. ¿Te vas a poner linda? Van a venir muchos chicos lindos.

    - Tal vez, ni siquiera sé dónde queda.

    - Ah, ¡eso! Olvidé decirte que no podemos ir juntas. Yo ya estoy acá. – le respondió con rapidez Sofía.

    - ¿Ya estás ahí? Pero, ¿cómo voy a llegar sino sé dónde queda?

    - Tomate un taxi. Es frente del departamento de Tomás.

    - ¿Tomás?

    - Sí, el chico ese, el que terminamos esa noche que salimos juntas al bar asqueroso.

    - Ah, Tomás. ¿Se llamaba Tomás?

    - Sí, tonta. – quedaron en silencio ambas, cuando de pronto, Sofía retomó la conversación – bueno, no me falles. Es algo de lo que tenés que estar enterada, guste o no. Tengo que cortar, te espero.

    - ¡Esperá, esperá, esperá! ¿cómo es el lugar?

    - Oh, cierto. Es una casa de dos pisos, la puerta es roja. Es la única casa del barrio que tiene una puerta roja. Tengo que cortar, nos vemos luego. – y cortó, sin más habladurías.

    Eva quedó en un completo silencio. La canción, que por cuarta vez se había reproducido, ya había acabado.

    Sofía era, sin dudas, la única amiga que le había quedado. En pocas palabras, ella era un concepto. Era algo firme, fácil de describir. No portaba abstracción en su alma. Había miles de Sofías en el mundo, y eso a Eva le molestaba. ¿Por qué no sos como debés ser? Le había preguntado un millón de veces. Pero Sofía le respondía: así soy yo. No puedo disimularlo.

    Seguramente, así era como se sentía Sofía, una persona normal y corriente. Pero Eva, solía encontrarle más desconfianza a su personalidad que autenticidad.

    La joven Sofía era una muchacha rubia, de tez algo morena, a causa de la cantidad de veces que se bronceaba, ojos claros y un cuerpo… ¡espectacular! Era una de esas chicas que la belleza no se las había olvidado jamás… ¿jamás?

    Tenía un cutis perfecto, unas manos bien limpias y unas uñas correctamente pintadas. Pero lo que Eva aún no comprendía, era que ella no era la mujer que había deseado ser durante toda su vida. Se había convertido en lo que todos querían que fuera. El pasado y el presente de Sofía no tenían semejanza. Cuando era niña, ella, era una persona totalmente diferente a lo que se había convertido en el presente, su cuerpo había cambiado de una manera increíble. Incluso hablaba y se comportaba de manera diferente. Con frecuencia, Eva solía creer que ella no era más que lo que le habían dicho que sea. Pero, aún así, la envidiaba por tener todo lo que tenía. Un cuerpo perfecto, un rostro bello y una inteligencia adecuada. Aunque muchas veces quería mostrarse algo torpe.

    Mientras, con lentitud, el silencio se apoderaba cada vez más de la habitación, Eva seguía pensando en su amiga. En lo que era su amiga. Pero muy pocas veces, solía pensar en sí misma.

    Pensar en sí mismo no podría ser tan difícil. Los políticos, los ambiciosos, los soñadores, los exitosos, los que están en un mundo por algo, piensan en sí mismos. ¿Por qué me cuesta tanto? Será, tal vez, porque no soy ni una política, ni una ambiciosa, ni una soñadora y mucho menos exitosa. Quizás sea eso, ¡sí!, aún me siento vacía de pasión, vacía de camino, vacía de objetivos. ¿Qué es lo que me ocurre? ¿Por qué no puedo ser como todas las personas? Egoísmo, ¡quiero que mi alma se llene de egoísmo en este momento! Pero me es imposible, con sólo pensarlo, me imagino acabando como una vieja solitaria, con un gato blanco y una casa sucia. Con sólo pensarlo. Pero sería un error no hacer lo que mi corazón me dicta en un momento dado, ¡sería un error! Pero también sería un error pisotear a las demás personas, o ignorarlas. ¿No hay un punto medio? ¡Carajo! ¡Quiero un punto medio ahora mismo! ¡Un equilibrio! ¿Por qué me estoy gritando en mis pensamientos!

    - Mierda… - soltó Eva a la habitación silenciosa. - ¿por qué me es tan difícil?

    La joven se cansó de pensar tanto en cosas que no podría resolver en el momento. Decidió cambiarse e ir a la fiesta. No había otra posibilidad. Lo debía hacer por su propia cabeza, necesitaba relajarse.

    Se tomó una ducha caliente, quitó del armario la mejor ropa que tenía y se vistió. Se observó en el espejo varias veces. No es que se sintiera fea, pero cuando se veía, notaba algo extraño. Como si algo estuviera cambiando en ese determinado momento.

    Se colocó unos zapatos que hacía tiempo no usaba. Habían sido regalados por su abuela y, pese a su muerte, nunca los había vuelto a usar. Se perfumó y se acomodó el cabello con un pequeño rodete.

    Salió de su departamento con rapidez. Como si estar allí le produjera fatiga. Tomó el ascensor y bajó a planta baja. Se observó en el espejo enorme que había junto a la puerta de salida, y se contempló de pies a cabeza. Sus pechos no le gustaban, tampoco la forma que hacía su cara cuando sonreía, no le gustaba ser colorada y mucho menos sus ojos verdes. Era como estar en un cuerpo que no era el suyo, en un cuerpo que nunca hubiera deseado estar si le dieran a elegir. Suspiró y se retiró del edificio.

    De su hombro colgaba una cartera, de ella quitó los cigarrillos Philips Morris y encendió uno.

    La ciudad estaba como la había imaginado. Con gente deambulando de un lado a otro, con autos que se movían con una mecánica indescriptible. El ruido que se provocaba era similar al de un ventilador viejo que, sin arreglarlo, produce un sonido tosco y triste, molesto y moribundo.

    Mientras, la joven Eva iba dando pasos rápidos y firmes. Sin pensar en todo lo que su mente había intentado encontrar minutos atrás. En ese momento, o sólo cuando salía a la calle, todas sus ideas tristes se le borraban, como por arte de magia.

    La sociedad, y el sonido que provocaba ella, eran como una esponja que absorbía todo lo malo. Pero también era productora de ello. Como si la sociedad se retroalimentara con la maldad. No importaba, en ese momento estaba funcionando como esponja, y toda la oscuridad que la conciencia de Eva tenía, se había borrado al escuchar aquellos ruidos, aquella movilidad, aquella vida.

    Se frenó en una esquina para cruzar la calle. El semáforo aún estaba en verde y los automóviles no dejaban de pasar por allí. Eva estaba inquieta, no le gustaba demasiado esperar en las esquina hasta que todos los automóviles pasaran.

    Un ruido extraño llamó su atención. A su lado, se encontraba una mujer de unos sesenta años, llevaba puesta una camisa clara y una pollera que le llegaba hasta las rodillas color bordó. Eva la observó con detenimiento: estaba llorando. No le importaba que la gente la viera, por lo visto. No se quitaba las lágrimas de encima, ni se escondía para llorar. Dejaba que su cuerpo respondiera como debía responder ante aquel impulso de tristeza. La joven quitó la vista de la anciana, y miró al semáforo: seguía en verde. Volvió la mirada a la mujer, y ella aún estaba ahí, con sus lágrimas mojando las mejillas arrugadas a causa del paso del tiempo como cual río que recorre las rocas prehistóricas de una cascada. Quería o necesitaba preguntarle qué le ocurría, si podría ayudarla. Pero, de pronto, el semáforo se puso en rojo, los automóviles frenaron y la anciana siguió su camino sin más.

    Eva se llevó el cigarrillo a la boca, lo absorbió y lo tiró sin acabarlo. Lo apagó con su pie y caminó hasta la siguiente calle sin quitar la mirada del suelo. Si la levantaba, iba a observar a la anciana llorar. Y ya no quería verla haciéndolo.

    De pronto, un joven se chocó con ella. Un golpe suave y sin sentido. Una conexión estúpida entre tanta gente y tanto ruido, entre tanta civilización. La joven Eva siempre creyó que aquellas casualidades ocurrían por algo, por alguna razón del destino. Pero esa vez, ni se inmutó. Todo siguió igual, no levantó la mirada para ver de quién se trataba ni pidió perdón por caminar sin prestar atención. Sólo siguió caminando. Ya se había cansado de buscar en las casualidades algún código que acabara siendo irreal.

    Y así sucedió. No fue más que un choque en una gran ciudad. Una coincidencia, una casualidad, algo que no tenía importancia.

    Eva siguió caminando hasta llegar a unas escaleras que la conducían al subterráneo. Bajó los escalones con rapidez, mientras sus pechos saltaban y su pelo vibraba ante cada paso que daba. Pisó la superficie, compró un boleto, caminó hacia otras escaleras que la conducían hacia más abajo.

    Cuando bajó, notó que todo se había calmado. El ruido, la gente, nada era tan escandaloso. Todo se escuchaba a lo lejos, como si poco a poco hubiera escarbado un hueco para meter su cabeza y no escuchar a nadie.

    Se sentó sobre un asiento para esperar que llegara el tren que la conduciría al barrio en el que vivía Tomás.

    Una puerta roja. No debo olvidarlo. Una puerta roja de una casa de dos pisos, enfrente del departamento de Tomás.

    Se cruzó de piernas, y tocó su cartera para asegurarse de que no le faltaba nada. Iba a ser un día especial, hacía tiempo que no salía de su casa a disfrutar de la noche. La facultad y el estudio no la habían dejado un tiempo de descanso, ni siquiera uno solo. Pero eso sólo le servía de excusa. Bien sabía Eva que tampoco le gustaba demasiado las fiestas, ni la gente.

    Para matar el tiempo, quitó de su cartera un pequeño espejo redondo. Se observó en él. El rouge no estaba desprolijo, las pestañas estaban bien pintadas, y sus ojos verdes resaltaban. Esos tres puntos a ella le incomodaban sino los había arreglado para salir a algún lado. Siempre sintió que si de alguna manera dejaba que uno de ellos se descuidara, su poca belleza perdería efecto.

    Odiaba sus pequeñas pecas. También cuando se sonrojaban sus mejillas. Odiaba cuando sonreía y los pómulos lograban achinar sus ojos hasta desaparecer. Odiaba que su pelo se notara más que el de otros. Odiaba tener que odiarse. Por esas razones, Eva siempre creyó que sus pestañas, su boca y sus ojos eran su fuerte, lo que hacía que fuera posible el equilibrio.

    Llegó el tren. La joven dejó el pequeño espejo dentro de la cartera, a ésta la colocó en su hombro y caminó hacia el interior del vagón.

    Cuando se dio cuenta, el carro estaba vacío. Los asientos estaban despejados como nunca. Sólo había restos de botellas, migas, bolsas y papeles de diario. Se sentó en uno y sintió como el tren comenzaba a avanzar. Al principio era lento, y a los segundos ya parecía moverse con demasiada rapidez.

    Eva se relajó, aunque los asientos no fueran cómodos. Poco a poco, su mente fue cubriéndose de una delgada y extraña sensación de soledad.

    Estaba sola en el mundo. Me sentía como una isla que, pasados los años, cada vez más se iba alejando de la civilización. Me abastecía con los pocos recursos que quedaban en mí para nunca salir de la isla. No había cómo salir, de todas formas. Yo iba a quedar sola el resto de mi vida, aunque me esfuerce por hacer todo lo contrario.

    No importaba el cómo ni el por qué Eva se sentía de esa manera, ella no quería saberlo. Tal vez, fue ese día a mediados de diciembre, esperando la navidad con su familia que le ocurrió lo que nunca en su vida hubiera querido que la ocurra.

    Tenía apenas once meses. Ni siquiera sabía por qué tenía diez dedos en la mano, ni entendía qué era el mundo. Seguramente tampoco sabía que las manos que la cargaban eran las de su madre, ni que la boca que la besaba en la frente por las noches era la de su padre. Vivía como una beba de sólo once meses.

    Una noche de verano, en la que hacía demasiado calor, la pequeña Eva iba cargada en las manos de su madre, como siempre. Junto a ella, se subió a un colectivo. Con frecuencia, la niña observaba el cuello descubierto que tenía su madre. Tal vez, en sus pensamientos, se imaginaba el cuello de una jirafa, o sólo una masa extraña, divisora de cuerpo y cabeza, que tenía la mujer que la llevaba en sus manos.

    La madre estaba impaciente, movía sus pies con una ligereza característica de los ansiosos. Se mordía los labios y fruncía el cejo con frecuencia. La pequeña Eva, en cambio, solía chorrear baba de su boca, y largar sonidos extraños. Movía sus pies de un lado a otro, sus manos sujetaban con fuerza la blusa de su madre y rara vez se molestaba por la incomodidad de estar acostada sobre las huesudas piernas de la mujer.

    El colectivo estaba vacío. Sólo el conductor, la madre y Eva estaban en él. Por la radio se escuchaba una canción que nadie recordaría pasado el tiempo. Se trataba de “Mi unicornio azul” de Silvio Rodríguez. Canción triste y melancólica. Canción que se basó, quizás, en una simple lapicera o un jean, en un amor o en la inspiración. ¡Quién podría decir de qué se trataba aquella canción, de qué era lo que pensaba Silvio en el momento de escribirla!

    Con aquella canción rondando en los oídos de los tres, la mujer observaba la ciudad que los rodeaba. Los edificios enormes, las luces de cada departamento encendidos. Los árboles de las calles se mantenían verdosos, pese que dentro de unos meses se acercaría el otoño. La gente caminaba sin obligaciones. Ya era vacaciones.

    Pero Eva no lo sabía. La pequeña no sabía nada.

    La mujer mantenía su mirada, aún, en la ciudad. Sus ojos se iban opacando cada vez más, se apagaban, perdían algo. Como si perdieran la esencia de ser lo que son. Una lágrima, como una pesada bomba de agua, salió de cada ojo. Lentas recorrieron las mejillas, víctimas de la gravedad. Hicieron su recorrido hasta caer sobre la manta rosa que tenía sobre sí la pequeña Eva.

    ¿Qué es eso? Se habría preguntado ella, ¿qué es eso que sale de esa mujer? ¡Es agua! ¿Qué es? ¿Por qué sale de ella? ¿Por qué no de mí?

    Pero su madre no bajó la vista a la pequeña para responderle. Sólo siguió observando la ciudad, mientras el colectivo avanzaba con rapidez.

    Eva, quizás, intentaba hablar. Quería preguntarle qué era esa gota de agua que le había salido de sus ojos. ¿Por qué en tus ojos llueve? Pero, por supuesto, era imposible emitir ese sonido que hacían las personas. No podía, si quiera, generar una estúpida palabra.

    Y por fin, la madre bajó su mirada a la niña. Sin mutar ninguna expresión. La observó, sin intención de regalarle una sonrisa, o demostrarle su cariño. Levanto su mano temblorosa y se secó las mejillas. Luego, tomó un bolso que tenía a su costado y quitó de allí una lapicera y un pequeño papel.

    Escribió: Eva. Y lo dejó sobre la manta. Guardó la lapicera, y corrió su bolso lejos de sus pies. Tomó a la niña y la dejó en el asiento que tenía a un lado. Finalmente, aquella mujer que sería desconocida para toda la vida, tomó el bolso y se levantó del asiento. Se abrió la puerta del colectivo y se retiró, sin más. Se esfumó, como desaparece el humo de un cigarrillo entre tanto viento. Como desaparecen las mariposas llegado el verano.

    Y Eva quedó allí, con un papel que tenía escrito su nombre y con una extraña confusión. ¿Por qué la mujer que me sostenía me dejó acá? Seguramente vuelva, con un poco de alimento y un beso en la frente, tal vez, hubiera pensado la pequeña.

    Pero ahí estaba, moviendo los labios, las manos y piernas. Haciendo expresiones con su rostro. Queriendo encontrar las palabras para decirle a aquella mujer que vuelva. Pero, las mariposas que un verano se alejan, la siguiente primavera: nunca regresan.

    “Mi unicornio azul se me ha perdido ayer, se fue…”

    La joven Eva, con su pelo, cuerpo y manos crecidas, estaba frente al departamento de aquel Tomás que le había dicho Sofía.

    ¿Dónde carajo hay una puerta roja?

    Y ahí estaba, la puerta roja estaba precisamente a su lado. Pero, pese a la oscuridad, disimulaba su color.

    No había timbre y Eva comprobó que la puerta estaba cerrada. Tocar la puerta con sus nudillos no iba a ayudarla mucho. Nadie la escucharía. Seguramente, adentro, estarían todos de fiesta, cantando, riendo, y ella, como una ilusa, esperaba que alguien bajara a abrirle.

    Quitó de su bolso el celular y le escribió un mensaje de texto a Sofía. Estoy afuera.

    Se apoyó contra la pared y encendió otro cigarrillo. Odiaba esperar, odiaba volverse ansiosa por unos tontos minutos.

    Efectivamente, luego de los minutos, apareció Sofía. Llevaba puesto un vestido brilloso, unos zapatos caros y estaba perfumada de tal manera que Eva podía sentirlo a metros de distancia.

    - ¡Amiga! – gritó.

    - Sofi, ¿cómo estás?

    - Bien, bien. Un poco ebria – añadió, tastabillando un poco en las palabras y riendo. – vamos, subamos.

    - ¿Qué están haciendo?

    - Bebiendo, hablando, y como te dije… intentando comprender lo que sucede.

    Ambas entraron. Una escalera las conducía hasta el segundo piso. El lugar era oscuro, oloroso y las paredes estaban despintadas. Nada indicaba que aquel lugar fuera propicio para una fiesta. Sin dudas, era tétrico.

    Los tacos de su amiga retumbaban como dentro de una caja. Pisaba con firmeza cada escalón, mientras Eva la seguía por detrás.

    Cuando llegaron al segundo piso, Sofía abrió una puerta y la luz les iluminó los rostros. De adentro salió una humareda increíble, que llevaba consigo el olor nauseabundo de tabaco, alcohol y marihuana. El ruido también fue característico, murmullos, gritos, risas.

    - ¡Ella es Eva! – gritó Sofía imponiéndose con la voz. Todos se silenciaron hasta que Eva diera su presencia en la habitación.

    Y la dio, con una sonrisa falsa que mostraba los dientes. Caminó lentamente hacia todos los que estaban allí. Más mujeres que hombres, incluso, una sola, además de Eva y Sofía, era mujer.

    - ¡Bienvenida! – gritó uno, luego de volcarse un poco de cerveza sobre la remera y que todos se rieran ante tal situación.

    Sofía se paró a un lado de la joven y le señaló uno por uno, indicándole el nombre.

    - Martín, Alexa, Javier, Julio, Joaquín, ¡wow, los triple jota!, y Matías.

    Eva no tuvo tiempo de asimilar el nombre y quienes eran. Sólo se sentó en uno de los asientos vacíos y espero a que volvieran a nombrarse en algún momento de la noche.

    - Así que Eva, como Adán y Eva… - dijo uno, que tenía los ojos rojos de tanta marihuana consumida.

    - Eva… - repitió Alexa, la joven que lucía un corte de cabello algo extravagante. Tenía rasurado un lado de la cabellera, y las puntas pintadas de color rojo. - ¡Bienvenida! ¡Una mujer más en el club! – y le pasó la botella de cerveza en la mano. Eva bebió un poco de ella y se la pasó a Sofía.

    - ¡Como les decía! – gritó un joven de alta estatura y cabello rubio corto. – No sólo hay que empezar a imponer el nuevo movimiento, sino, también, sumar más gente… como Eva. – el joven estaba parado, movía sus manos para explicar sus pensamientos y ni siquiera pestañaba cuando hablaba, se trataba de Matías.

    - No creo que sea de ayuda, al menos no por ahora. Al principio debemos movernos cautelosos. – dijo Alexa – meternos a otras marchas, otros movimientos. Formar parte de todos aquellos revolucionarios. Y luego, empezar a plantear nuestras nuevas ideas.

    - Opino lo mismo que Alexa, aunque queramos, no todo puede darse a nuestro favor. Así que sí, sería mejor movernos con lentitud… - adhirió Joaquín, un moreno de pelo corto que se movía en su silla de un lado a otro, mientras tomaba de un vaso, un poco de whisky.

    Y así fue el comienzo. Hablaban de algo que Eva ni siquiera comprendía.

    ¿Movimiento? ¿Revolución? ¿Marchas? ¿Qué era de lo que hablaban?

    El humo de las diferentes sustancias se convulsionó en aquella habitación olorosa y descuidada. Ellos gritaban para expresar lo que pensaban, pocas veces se reían y, de vez en cuando, le hacían preguntas personales a Eva para conocerla más.

    - ¡No sólo el estado está promoviendo esto! La sociedad también. ¡Estamos dejando que este maldito sistema nos consuma! – gritaba emocionado Matías.

    A Eva, ese joven le parecía atractivo. Tenía una diferencia en los demás, se imponía y demostraba lo que pensaba con tal fervor que a todos silenciaba.

    - Pero hay algo que no me cierra… - añadió luego de unos segundos – quizás sea la mentira más grande, pero que la gente se está volviendo depresiva… ¡se está volviendo depresiva!

    ¿La gente se está volviendo depresiva? ¿Qué es lo que quería decir?

    - Las estadísticas lo muestran, la gente deja el empleo, llora sin ninguna razón, se irrita con más frecuencia, habla del pasado como si estuviera viviendo en él. Eso es una verdad.

    Eva miró a los ojos de Sofía, intentando encontrar una respuesta en ella. Acto seguido, su amiga le devolvió la mirada.

    - Vení conmigo – agregó.

    Ambas caminaron hacia un pasillo angosto, cruzaron una habitación y se metieron al baño. Sofía se apoyó en la pared y sonrió.

    - Ellos creen que sabés lo que sucede…

    - ¿Qué sucede, Sofi?

    Se quedó pensativa por unos segundos observando la nada. Luego la miró a los ojos a Eva y comenzó a relatarle lo que pasaba.

    - Hoy a la mañana desperté para ponerme a estudiar. Me preparé un café, me senté en la mesa de la cocina y prendí el televisor. Como ya sabés, chismerío y más chismerío. Vedettes embravecidas porque una le robó el novio al otro, nada de otro mundo. Cuando cambié de canal, estaban dando las noticias diarias. Fue extraño, estaba la periodista hablando de algo que no me entraba en la cabeza con facilidad. Estaba dando una especie de largo testamento sobre cómo unas pastillas podrían influir sobre el comportamiento humano. Lo que más me llamó la atención, fue que, indudablemente, esas pastillas iban a ser para toda la sociedad.

    - ¿Qué?

    - Sí, una pastilla diaria para toda la sociedad.

    - Y… ¿por qué?

    - No sé de qué país hablaban, pero se realizó una teoría, o quizás una idea científica, ¡bah, ni siquiera sé lo que se realizó! En fin, todos estamos volviéndonos tristes porque sí. No hay motivo, no hay nada. Según los periodistas, o los científicos, en realidad, hay una especie de “nueva epidemia” que todo el mundo está padeciendo sin saberlo. Si nos vamos contagiando entre las personas o es un virus de la naturaleza, eso nadie lo sabe. Lo que se postuló fue lo siguiente: excesiva cantidad de depresivos de lo que va el año, un aumento creciente de población en los psiquiátricos. También, como dijo Mati, hay mucha gente que está dejando su empleo, o que se deprime sin razón. Suicidios, asesinatos y demás cosas que antes ni siquiera eran tan recurrentes.

    - ¿Es un virus que afecta nuestro sistema nervioso?

    - ¡No, no, no! Nadie lo sabe… si postularías eso acá estarías muerta. Los chicos creen que quizás, no hay virus y no hay epidemia. Sino que el modelo del mundo está cayendo y que todos estamos frente a estas consecuencias. Que esto es una mentira más para tenernos atrapados en el mismo sistema de siempre.

    - ¿Querés que te diga la verdad, Sofi? Esto me parece una locura. Incluso esta reunión me parece una locura. No es racional creer lo que dicen los medios. Quizás fue una teoría así, sin más, creada porque a esos científicos se les dio la gana de crear algo porque estaban aburridos. ¡Esto me parece una tontería! Quiero irme…

    - ¡Esperá, esperá! ¿y qué si, en verdad, esto es cierto? ¿Vas a irte a tu casa, seguir tu vida como siempre?

    - Sí, ¡claro! Ya te dije, Sofi, esto me parece una locura.

    - ¿Te parece una locura? Está bien, hacé lo que quieras, Eva. La tristeza no es algo ajeno a nadie, es el único sentimiento que todo ser humano tiene en común con el otro. Pero cuando escuché la noticia, no era para menos. No se hablaba de una tristeza así, como cualquier otro podría decir. Hoy lloro y mañana estoy bien. No, se hablaba de una depresión en realidad. ¿Te imaginás un mundo deprimido? Imaginate que mañana me suicide sin razones de hacerlo, sólo porque mis pensamientos se anularon y estaba deprimida.

    - ¡Es una estupidez, Sofía! ¡vamos! Ni siquiera sabés lo que estás diciendo. Ustedes están drogados y borrachos. ¿Quieren hacer algo por el mundo? Vayan y primero hagan algo por su vida.

    Sofía largó una carcajada.

    - ¿Sabés qué es lo más triste, Eva? Que en realidad, sos la persona más triste que conocí en mi vida, la persona que más sola está en esta tierra. ¿Y negás que pueda existir esto? ¿Que un día te levantes y todo el mundo esté muriéndose de tristeza?

    Eva se quedó observándola a los ojos por unos largos y pesados segundos. Cuando pestañeó, tomó consciencia de todo. Abrió la puerta del baño, pasó por el largo pasillo y agarró su cartera. Sin despedirse, salió de la habitación, bajó las escaleras y miró con otros ojos el nuevo mundo. El mundo del que Sofía le había hablado y no había creído. El mundo donde la gente se volvía triste porque sí.

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    1. Avatar de Lualla

      Lualla

      21 octubre, 2013

      Muy mal Fran, no deberías acostumbrarme a que publicas con tanta frecuencia; ahora voy a querer ya el tercer capítulo! Jajaja

      Genial compañero, genial. Me está encantado tu historia, es atrapante, narrado divertido y con ideas muy interesantes. Ya me va encantando tu personaje colorada ;)

      Un gran abrazo!

      • Avatar de FranFierro

        FranFierro

        22 octubre, 2013

        Jajaja, pero hay que esperar. :p
        Gracias, gracias, Lualla… espero que te siga gustando. Me alegra que te guste la historia :)
        Un abrazo grande, nos hablamos!!

    2. Avatar de VOLIVAR

      VOLIVAR

      22 octubre, 2013

      FranFierro: he leído con gran atención lo que nos has compartido, y te digo que el tema es muy bueno, que sabes desarrollarlo, sin salirte del camino trazado.
      los diálogos que enriquecen tu obra. Bueno, amigo, a seguir con el siguiente capítulo, que espero con ansias.
      Mi voto y un saludo
      Jorge Martínez

      • Avatar de FranFierro

        FranFierro

        22 octubre, 2013

        Muchas gracias por tu comentario, Volivar. Sobre todo, porque es un escrito largo y muchas veces da fatiga leerlo, y vos, sin duda, continúas leyéndolo como Lualla. Son ambos, dos lectores muy compañeros.
        Gracias, gracias y gracias!!!!!!!
        Ya estoy en marcha con el tercer capítulo.
        Un abrazo enorme!

    3. Avatar de alca

      alca

      23 octubre, 2013

      Interesante y bien contado. Esperamos la continuación de la historia. Mi voto y saludos desde España.

      • Avatar de FranFierro

        FranFierro

        24 octubre, 2013

        Gracias, alca. Por leer, comentar y votar. Un abrazo grande y saludos desde Argentina ;)

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