Era como si todas las hojas que el otoño marchitaba se dejasen caer con lentitud sobre sus hombros. En la calle sólo llovía bajo las luces naranjas de las farolas, sobre los charcos que nadie pisaba y contra la fría cristalera de la taberna. La dolorosa caricia de las sombras en su nuca, las palabras atascadas en la garganta y el silencio arañando sus labios.
El vaso de whisky temblaba entre sus manos, llevándolo como tantas veces al naufragio de los infelices, y él, náufrago en medio de la tormenta, bebía esperando encontrar el mensaje que lo salvara en el fondo de la botella. Pero no estaba, no había bote salvavidas, ni faro y todas eran ya noches sin luna, sin brújula ni rumbo: el romper de las olas hacía añicos las esperanzas de encontrar el tesoro.
Podía sentir bajo sus pies el abismo que lo separaba del mundo y en las muñecas las sogas que lo ataban a la vida. Podía sentir el sinsentido tiritar bajo su piel y a las dudas haciendo noche en sus pupilas. Pero nada de lo que pudiese sentir era ya importante, la vida tenía la fragilidad del recuerdo, y su mismo sabor.
El sólo contacto con el tiempo lo aterraba, las agujas del ahora clavadas en la espalda, como espinas que guardan la soledad de su rosa; la realidad, un puñado de cristales rotos que hay que sostener aunque hieran, porque cuando se dejan caer, el alboroto puede despertar al mundo. Y él,que había despertado, velaba la noche por todos,abría los ojos en la penumbra, descosía el chaleco antibalas.
En el segundo que lo separaba del siguiente latido, un último suspiro se desprendía de unos labios, una mujer le clavaba las uñas en la espalda a su violador, un niño rebuscaba comida en un vertedero. Allá afuera la sangre inundaba las calles y la gente se ahogaba en sus propios problemas. Un hombre veía desdibujarse sus raíces desde la patera, una anciana que olvidaba su nombre, alguien fabricando armas, alguien lanzándolas contra el suelo con impotencia. Un salmón en ascenso a la muerte, un billete que cambia de manos, un sueño cayendo de la cama, el lloro ahogado de Gaia tras las cortinas del salón.
Y en medio de ese espantoso silencio él, borracho de realidad y abrazándose las rodillas bajo las estrellas de la isla. Huyendo del mundo con los ojos fijos en el techo de una habitación oscura. Viviendo en el fondo de una botella de la más triste de las tabernas.


Mabel
Madre mía, que narración, me ha encantado, te felicito, un abrazo y mi voto desde Andalucía
Lualla
Muchísimas gracias por leerme Mabel, un gran abrazo!
VOLIVAR
Lualla: si yo pudiera, por este relato anotaría 100 y más votos. Un saludo, y como sólo admiten uno, ahí va, con un gusto inmenso al saber que es ocasionado por un texto hermosamente escrito a la tristeza, a la nostalgia, al abandono, a la impotencia, a la triste realidad que nos rodea.
Jorge Martínez
Lualla
Muchísimas gracias volivar, com comentarios como el tuyo, lo mínimo que cabe es sonreír!
Un gran abrazo!
DavidRubio
Excelente Lualla
Lualla
Como lo es contar con tu lectura y opinón
Un gran abrazo!
FranFierro
Luallaaaaaa
Me ha gustado mucho! Sin duda alguna, tenés un talento único. Siempre que leo tus textos me veo ahí, sin ser ése.
Un abrazo grande!!!
Lualla
Ya sabes que es mutuo, muchísimas gracias compañero, un gran abrazo!
P.D: Ya imaginarás la alegría de volver a verte por aquí
Carla-Andrea
Es, definitivamente, de lo mejor que he leído en Falsaria. Muy bien escrito. ¡Felicidades! Va mi voto y un abrazo.