El afluente de gentes bajo su mirada; sonrisas que se entrecruzan, silbidos que se pierden en el aire, pasos sordos sobre el pavimento, pensamientos que se alejan y saludos a media voz. El tic-tac de los relojes, el humo de los motores, las luces intermitentes, la naturaleza cambiante de los semáforos. El roce de los abrigos, las vistas perdidas en el horizonte, una lengua que chasquea, el ladrido de un perro y el vuelo lejano de las aves.
Mira el reloj, vuelve a llegar tarde. Apresura el paso no sin lamentar pasar de largo la cafetería de la esquina. Quizás un café, aunque no le guste. Siempre ha querido entrar en una cafetería una noche de lluvia y escribir envuelta en ese vaho, con los dedos aún enrojecidos por el frio e inventando las historias de los transeúntes. Quizás otro día.
Llega a su parada de bus y vuelve a mirar el reloj con impaciencia, en la boutique de enfrente, una joven mujer le devuelve la mirada desde un póster gigante. Es imposible no pararse a ver: la mujer es muy alta con una melena larga que deja caer suave sobre la parte derecha de su cuerpo, mostrando así un bonito broche que adorna el vestido negro sobre el cuerpo delgado y frágil. Tiene una mano sobre la cintura y los labios ligeramente fruncidos.
Tiene que hacer deporte, se dice mientras se pasa con disimulo las manos por las cartucheras. Tiene que hacer deporte y empezar a arreglarse. Tiene que hacer un cambio de vestuario. Quizá debería empezar a probar algo más atrevido, debería comer menos y vestir más elegante. Con un extraño sentimiento de culpa sobre los hombros, la mujer se sienta en el bus y saca una pequeña agenda llena de notas y tachones en los márgenes, la comprueba asintiendo con la cabeza y deseando el momento de llegar a casa y quitarse los tacones.
Después de un suspiro largo, vuelve a colocar la agenda en su lugar y deja que la multitud se pierda al otro lado de la ventana. Es su momento del día, diez minutos del día enteramente para ella. Una vez el bus arranca, no se permiten preocupaciones. Entonces piensa lo bonita que debe ser la India o que le gustaría volver a retomar las clases de pintura, que algún día compartirá paraguas con un desconocido en las calles de París, que le apetece un helado de vainilla, que que bonitas las nubes y que quiere hacer equilibrios descalza sobre los bordillos del mundo.
Entonces el bus abre las puertas y ella vuelve a sumergirse en la ciudad, en su gente y sus sueños breves. Desde la tienda de enfrente, unos cachorros la miran con tristeza tras el cristal, rascando con las patitas la esquina, sin poder salir, dan vueltas y más vueltas sobre su reducido espacio y se echan, conformados a ver pasar los días tras la vitrina. Conformados a ser tan solo un poquito de lo que pueden ser, a que la vida sea el pasar de las horas. Pobrecillos, piensa con pena, y echa una mirada al reloj, vuelve a llegar tarde.


VOLIVAR
Lualla: eso es hermoso; nos transmites tus percepciones y nos las haces vivir, lo que consituye una gran cualidad de un escritor. Te felicito, Mi voto. Un saludo desde México
Jorge Martínez
Lualla
Muchas gracias Volivar, por leer y comentar.
Un gran abrazo.
VIMON
BUEN RELATO.
Lualla
Gracias Vimon. Un gran abrazo!
DavidRubio
Me gusta mucho. Estás añadiendo a tu hermosa pluma la estructura de excelentes relatos. Un abrazo
Lualla
Muchas gracias DavidRubio, de verdad.
Un gran abrazo!