Al final de un día típico de trabajo, Andrés caminaba por la misma ruta, la que siempre lo lleva a casa, una tarde fresca pero radiante, ciertas líneas de sol se dejaban extender entre los gajos de los árboles que con gran esfuerzo dan sombra fresca al parque del pueblo. Andrés despreocupado de todo tipo de asuntos, con la satisfacción de haber terminado sin novedades un día de trabajo más, dejaba concluir que hasta ese instante para Andrés todo era tan normal que sus emociones contaban con un equilibrio deseable.
A varias cuadras de terminar el recorrido, Andrés tuvo el infortunio de ver una señora abatida y llorando sobre una silla, era de esos llantos que se sienten salir como si el alma doliera, como si fuera el primer llanto de toda su vida. Conmovido, Andrés siguió su camino con el afán de no verse sorprendido mirando tan lamentable situación. Al llegar a casa, un poco desprevenido y ya sentado sobre su cama, se quitó sólo los zapatos y la camisa manga larga para reparar el sofoco de las varias cuadras que caminó; se echó hacia atrás sobre las sábanas y expulsó un resoplo que hacía notar más su necesidad de descanso. Estar allí acostado fue la cuartada para recordar, en su mente volvió a escuchar el sonido exacto que emanaba el llanto de la señora que a su paso, cerca del parque, le incrustó la inquietud por una sensación que hacía rato no experimentaba, Andrés lo pensó una y otra vez y hacía esfuerzos en vano de recordar la última vez que había llorado.
A fin de cuentas, no hubo manera de recordar el último momento ni el último motivo de su propio llanto, sin embargo, hizo un recorrido de los momentos llorados que más fácil llegaban a su memoria, un ejercicio que nunca había hecho pero que de momento le entretenía mientras miraba hacia el techo. No pudo contener la sonrisa cuando retomó aquél día de sollozos que su hermano mayor le observaba detenidamente y le hacía gestos rústicos sólo por molestarle, en razón de los mimos propios que un niño manifiesta, lloraba para llamar la atención de su madre y así formar un bochornoso reclamo hacia su hermano, era la edad en que los hermanos no se pueden ver, la lucha entre el mayor y el menor, entre el más simpático o el más veloz, el cariño de dos inseparables en guerra infantil. Al salir de esa agradable sensación nostálgica se volvió a ver allí acostado, a unos minutos de presenciar dolor en una persona, dolor expresado con lágrimas inconsolables.
Ya la tarde se daba la mano con la oscuridad de la noche, solo en la casa, Andrés se puso de pie y buscó prendas más cómodas, y en su mente el ocaso mismo de una reflexión atípica en sus días, el llanto como punto de partida del recuerdo y del sentir, como símbolo de la tristeza y como anhelo de la felicidad, porque llorar de felicidad debía ser la felicidad pura, según Andrés.





Escribir un comentario