Las ratas y las gallinas

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“Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno. Dante”

¿No escuchaste los ruidos Mónica? vienen de afuera y ya están adentro.

En el centro de la ciudad viven las sucias ratas. Agiles trepadoras y veloces para huir de las escenas luminosas. Saltan grandes distancias consiguiendo caer bien paradas, la flexibilidad del esqueleto y la grasitud de su pelaje les permite vivir en cualquier agujero. Poseen un oído y un olfato muy desarrollados, sentidos que son fundamentales para sus quehaceres diarios, al igual que una extraña capacidad intimidatoria. Las ratas son prácticamente ciegas. Es decir, no pueden distinguir los colores, sin embargo se orientan sin problemas en la oscuridad.

- La gente está contenta repitiendo que toda huida es para adelante –el mugriento cocinero vio una rata encima de la televisión, y terminó su idea –estúpidos, como si uno eligiera a donde huir.

Entre ellas se disputan las carnes que la mugre de la sociedad deja en los callejones. Cuando las calles están limpias –si alguna vez lo están –es porque las ratas se han peleado hasta la muerte. Épocas que la historia se empecina en descubrir y bautizar. Lamentablemente, la ley natural dicta que sobrevive una familia. La casta vencedora se divide la metrópolis, y mientras las mismas se reproducen en silencio, el lugar simula la paz. Pero en los túneles (que llegan a cualquier lado) los más viejos ratones empiezan a planear las próximas guerras. Saben por sus antepasados que la población de roedores será demasiado grande y se estorbaran entre ellas, saben que la mugre de la ciudad no alcanzará para todas, y así, la guerra comienza de vuelta. Infinitamente.

Hay un mundo, aunque sea utópico, donde las ratas han desaparecido. Es más fácil imaginar que nunca hayan existido, porque la extinción total de las ratas, se sabe que es empresa imposible. Una ciudad limpia y fértil, con ríos cristalinos, y vecinos con quienes nunca se puede conversar dos veces lo mismo. Más ilusión hay fuera de La Tierra que dentro.

En los suburbios se crían las gallinas, promiscuas e ingenuas, ponen ellas los huevos de cada día. Se diferencian a simple vista de los gallos que son más grandes y dictan sobre ellas. Las gallinas desconocen el oro de las yemas –creen en las ilusiones –por eso cacarean al poner un huevo como si de ahí nacería un ave fénix. Conformes con ser domésticas, ven la superficie confiadas y resueltas, no arriesgan cruzar los alambrados. Pelean al gallo que las despierta con su canto en el amanecer. Viven en peores condiciones que las ratas y aunque tienen alas, no pueden volar, son aves frustradas. Sus resignaciones son tantas que un casual gusano puede contentarlas por horas. Se acostumbran rápidamente a la rutina que la mano esparcidora de maíz les imponga.

Mafalda esta vieja y cansada, ya lleva catorce años. Las más jóvenes tienen mejor resistencia física, los ojos más abiertos y el pico más veloz. Les han inyectado la variante del gen apoteosis2.IV. Pondrán huevos hasta más viejas y tendrán menos años de pollito, servirán perfecto al decrepito dueño que las alimenta. Mafalda es lenta y picotea apenas unos pocos granos de maíz. Le alcanza su escualidez para mantenerse parada unas pocas horas al día. Sus fuerzas provienen de un secreto, se le hace fácil conservarlo en medio de tanto ruido y cacareo.

Alejado de la zona de explotación, Mafalda tiene un huevo. Escondido entre antiguos yuyos encontró una memoria de sus años jóvenes. Se trata de una amiga que un día desapareció, la búsqueda que efectuaron los gallos del corral no dieron ningún rastro de ella. Sólo se encontró la cascara de un huevo. Algunos la imaginaron libre en las tierras rojas, otros aseguran que fue degollada. El recuerdo, no perdonado por el olvido, motiva a Mafalda. Tras las jornadas, y en los breves momentos de libertad, la vieja gallina se esfuerza para llegar al huevo y darle su calor. Cada tarde siente más pesada su andada, pero ya no se pregunta mucho. Muy de viejita Mafalda ha conseguido creer en algo.

La mano del dueño la toma del cogote. Escuálida y sin plumas, la raquítica gallina anuncia con sus temblorosos ojos la proximidad de la muerte. Es llevada a la balanza, apenas unos tres kilos y medio, nada de carne. Aun así, el fallo es conocido: la anciana debe servir hasta en las últimas instancias. Toda una vida de sacrificios no alcanza, su último (quizá único) sueño le es arrebatado al unísono que la cuchilla picotea sobre la tabla. Se les exige mucho por muy poco de maíz.

Afuera de la casa nadie notó lo ocurrido. Las ciegas gallinas no ven que su final ya está sucediendo. Halagan entre ellas sus alas atrofiadas que jamás podrán levantar vuelo, pero que visten orgullosas con algunas plumas de colores brillantes. Ni si quiera pueden saltar un poco para llegar hasta esta tapia. No les interesa, tienen la comodidad del maíz servido.

Más alejado del gallinero, cerca de los altos pastizales, se ve un huevo profanado. Los ojos, negros y agresivos, ven hipnotizados el botín encontrado. Los cuatro dientes putrefactos mastican apresuradamente. Desaparece la tierna carne de la esperanza.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Asunfer

    Asunfer

    9 enero, 2014

    Muy bien escrito. Para releer, a pesar de la grima a los protagonistas. Un saludo.

    • Imagen de perfil de J.E.-Díaz

      J.E.-Díaz

      11 enero, 2014

      Que atinada la palabra grima para definir los personajes. Gracias por leer y devolver opinión!! Saludos desde Córdoba

  2. Imagen de perfil de

    VOLIVAR

    10 enero, 2014

    Horribles ratas, pero bello el texto en donde tambíen interactúan las gallinas de sabrosas carnes; muy bien narrado, utilizando un lenguaje perfecto.
    Mi voto y un saludo desde México

    • Imagen de perfil de J.E.-Díaz

      J.E.-Díaz

      11 enero, 2014

      Gracias por lo de un lenguaje perfecto, cuando los publico es para congelarlos, aunque sea así dejo de corregirlos. Saludos desde Argentina!!

  3. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    10 enero, 2014

    Muy buen relato, amigo, saludos y mi voto.

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