LA CUEVA DE LOS DESEOS
Suelves, undécimo mes del año 1128 d.C.
El invierno se anunciaba muy crudo en las inmediaciones de Suelves. A aquellas horas de la tarde, la taberna era el único resquicio de luz que mostraba la calle. El sol había mudado su manto y dejaba paso a una escarcha ansiosa por pernoctaren la aldea.
Sentado en un taburete, Pedro permanecía en silencio con cara de pocos amigos. Inmóvil frente a una jarra de clarete y con los codos apoyados sobre la mesa, su rostro reflejaba la angustia y el desamparo. Ni tan siquiera la sombra de Faustino, el mesonero, hacía mención de estar presente, distraído como de costumbre en sus cuentas.
Un brusco golpe despertó a Pedro de su letargo e hizo vibrar el cristal de su vaso. Por la desvencijada puerta apareció Joseph que, con fuertes y airados resoplidos, trataba de expulsar el demoníaco helor de su cuerpo. Por fin un espíritu amigo con quien conversar y expiar las penas, pensó Pedro.
Sin quitarse la capa, el recién llegado reclamó un vaso a Faustino, considerando que sería buen asunto compartir algo de vino de la jarra de su amigo. El mesonero, enfurruñado como todos los días del año, sugirió a sus clientes darse buena prisa y evitar extensas charlas, pues la noche estaba por llegar y no era conveniente importunarla.
— Como no despabiléis —dijo— se os va a congelar el vino en las jarras. Aun sabiendo que a ninguno de vosotros espera dueña, clavaré pronto el cerrojo, pues la mía reclama en casa algo de lumbre.
— No me importaría quedarme aquí a dormir si eso ayudara a consolar mis penas —comentó Pedro, en voz baja, a su recién llegado amigo.
— ¿Qué mal pensamiento te abate? —Preguntó Joseph, extrañado al escuchar aquel lamento de los labios de Pedro—. ¿Son deudas tal vez?
— Mucho peor amigo mío. Hace ya varios días que una gran pesadumbre se apodera de mí, negándome el sueño.
— Explícate mejor, que a estas horas de la tarde no estoy yo para charadas.
— Ya conoces la pasión que siento por Isabel, la hija del herrero. Tras varios y vanos escarceos, su padre ha accedido al fin a entregarme a su hija, estando cercana la fecha de nuestra boda.
— Tus palabras me confunden —interrumpió Joseph, alzando la voz con escasa discreción—. ¿Es acaso el desamor la razón de tu amargura?
— Todo lo contrario mi escandaloso amigo. No hallaría en este mundo mujer más hermosa y obediente.
— Acaba entonces tu historia, que la fatiga y el frío adormecen mis sentidos.
— Mi amor hacia Isabel es puro y verdadero, mas esta dicha no es completa. Dios nos ha hecho siervos de nuestro amo debiendo atender de este modo a obligaciones de escasa honra. La misma noche de los esponsales, como es necia costumbre en ésta y otras tantas aldeas, mi esposa será mancillada por el señor que nos gobierna, perdiendo de ese modo su tan preciada virtud. Es por ello que me hallo en este estado, avergonzado ante tamaña humillación.
Joseph deslizó la mirada. Discurrió sobre el conflicto que tanto amortecía el ánimo de su confidente, buscando entre aquellas paredes algo que no existía. Con gran parsimonia, cogió su vaso y alivió el gaznate con un discreto trago de vino. De repente, se reclinó sobre el taburete y agarró de sopetón los hombros de su amigo.
— Yo puedo ayudarte y evitar esta amarga ofensa —exclamó, al tiempo que golpeaba con rabia la mugrienta mesa, llamando la atención de los otros clientes.
— ¿Tú, un simple mielero, osarás enfrentarte al poderoso señor de Suelves?
— Debes creer en mis palabras y aguzar el oído (bajó la voz). El mismo día de tu casamiento y poco antes de concluir el acostumbrado banquete, Isabel y tú marcharéis del festín sin ser vistos, bajo alguna capa o pellejo que oculte vuestros rostros. Os llegaréis entonces hasta el pinar, muy cerca del arroyo. Desde aquel lugar guiaré vuestros pasos hasta una guarida que nadie conoce; un lugar apartado, lejos de incómodas miradas que puedan delataros. El paso del tiempo trenzará el cesto y seguro estoy que, antes de la primavera, nuestro señor olvidará tal afrenta.
— Ya pasó por mi cabeza marchar de la aldea —replicó Pedro, con cierta pesadumbre—. Créeme si te digo que sería absurdo obrar de este modo. Rodrigo, caballero y fiel vasallo de nuestro señor, estará presente en mis esponsales junto al resto de los invitados encargándose personalmente de llevar a Isabel hasta las garras de ese mal nacido. ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo?
— De ese tal Rodrigo nada ha de preocuparte, que ya me ocuparé yo de que no acuda puntual a tu boda. Marcha presto a casa, procura dormir y habla mañana con tu prometida. Cuéntale lo que te he dicho, mas sé cauteloso, pues nadie debe saber que esta conversación ha tenido lugar.
Y así fue como ambos tejieron aquella argucia, al tiempo que Faustino recogía sus últimos trastos y mascullaba improperios contra los clientes que aún permanecían en la taberna.
A la mañana siguiente, mula en mano, Joseph acudió al castillo cargado con un fardel repleto de tarros. Ante él, la enhiesta torre se alzaba orgullosa sobre el resto de la fortaleza, dominando el montículo donde reposaba la aldea. Tras la muralla ondeaban banderas y estandartes de vivos colores; lucían en las esquinas rancios sillares. Bajo las almenas, el escudo blasonado de la Casa de Suelves mostraba el poder que se ejercía sobre aquellos dominios. Al coronar la empinada cuesta que conducía hasta la cancela, un guardián desempuñó su espada con gesto amenazante.
— ¡Alto en nombre del señor de Suelves! —gritó—¿Qué llevas en esa saca, plebeyo?
— Me asombra tu desconfianza, soldado. ¿Qué acarrea el frutero más que dulces y jugosas frutas? ¿Y el herrero en su fardo? ¿Conoces acaso mi oficio? Como leal vasallo, he tenido a bien hacerme cargo de las obligaciones hacia el señor que nos gobierna. La miel que vengo a ofrecer saldará con creces el dispendio que corresponde a mi trabajo. Haz llamar a Rodrigo, pues él dará cuenta de tan preciada mercancía, satisfecho como estará de saldar este adeudo conmigo.
Al poco, Rodrigo acudió a la entrada del castillo. Ataviado con gruesa capa, mullidos guantes, calzas de malla y sobrevesta cuarteada, asemejaba con gran acierto el porte de un vanidoso. Mostraba asimismo cuerpo grande y poca sesera; largos cabellos y estrecha barba dividida en pequeños mechones, alrededor de los cuales se arrollaba un fino galón dorado. Era, sin duda, la verdadera imagen de la soberbia.
Inclinando su cabeza con obligado respeto, Joseph saludó al caballero elogiando con gran empaque su elegante vestimenta. Explicó a Rodrigo la misma historia y le ofreció la saca con los preciados tarros de miel. Éste, a pesar de su hosco carácter, aceptó de buen grado el presente, no sin mostrar cierto desaire ante aquel villano. Antes de regresar a la aldea, Joseph advirtió que se hallaban solos y se dirigió al caballero con suma cautela:
— Gracias señor, al haberos dignado aceptar esta preciada miel. El cuidado de los panales resulta ser tarea sumamente ingrata. Por fortuna, doy gracias a Dios por la inmensa riqueza que proporcionan sus frutos. Tanto es así que no hallo lugar apropiado para ocultar tal esplendor de los avariciosos ojos que me rodean.
Joseph descubrió bajo su capa una bolsa llena de escudos y se la ofreció a Rodrigo. Ante el asombro del vanidoso caballero, le rogó que tuviera a bien aceptar aquel regalo y le pidió que, a cambio, retrasara su asistencia a los esponsales del joven Pedro. Temió recibir castigo ante tamaña osadía, pues era poco usual que un vasallo espetara exigencias a su amo. Y bien a punto estuvo Rodrigo en negarse a tan burdo chantaje, pero, como suele suceder, la codicia y el brillo de las monedas cegaron su escasa honra. Aceptó al trato convencido del provecho que había logrado. Al fin y al cabo, pensó, el acudir con retraso al casorio de ese plebeyo no supondrá castigo por parte de mi señor.
Satisfecho y convencido de haber engañado a Rodrigo, Joseph regresó a la aldea.
Cuatro días más tarde, el sonido de las campanas anunciaba un hecho poco usual en la comarca. Durante años, la temida peste había diezmado la vida de muchos hombres y mujeres, dejando en aquellas tierras un rastro de muertedifícil de borrar. La fiesta era para todos un rebrote de vida, una esperanza para la supervivencia de Suelves.
La novia apareció muy hermosa, con un exquisito vestido de hilo blanco adornado con elegantes encajes y un cendal de gasa. El brillo de sus ojos obligó al sol a ocultar su rostro aquella mañana. Durante el transcurso de la ceremonia, el novio observaba con alivio la ausencia de Rodrigo en el interior de la iglesia.
Tras el casamiento sobrevino el banquete, la música y los juegos. A la algazara acompañaron cantos y bailes obscenos. Isabel fue obsequiada con delicadas joyas, animales de compañía y enseres del hogar. Su esposo le entregó un precioso anillo de oro como símbolo de eterna fidelidad. Poco antes de acabar el festejo y sin apenas despedirse, ambos saltaron como astutas liebres hacia el arroyo. Joseph les esperaba allí, con cierta impaciencia.
— Seguidme —dijo—. El camino es largo y nadie ha de ser testigo de nuestra presencia.
Con paso presuroso se adentraron en un tupido y lóbrego bosque, donde centenares de pinos, bojes y zarzales se mezclaban con el rumor lejano de las aguas. Cuando por fin llegaron, sumamente fatigados, les sorprendió la belleza de aquel lugar tan inhóspito. En un claro del bosque, un inmenso roquedal parecía surgir de las profundidades de la tierra. Tras unos zarzales se hallaba la entrada de la cueva. En su interior, el fuego luchaba contra la humedad dibujando sobre las paredes las temblorosas sombras de los tres visitantes.
— Este será vuestro hogar —exclamó Joseph—. Viviréis aquí hasta que el paso del tiempo y el acontecer de los días borren el recuerdo de esta fecha tan señalada. No os faltará alimento ni abrigo para sobrevivir a las inclemencias de los meses venideros. Os espera, sin duda, un largo invierno.
Y así sucedió. El frío fue dejando sus huellas en aquel paisaje; la escarcha apagó el brillo de las hojas en una tierra congelada y hasta la nieve hizo su tímida aparición, cubriendo con su lechoso manto aquel rincón apartado del mundo. Pese a las carencias y dificultades, los dos enamorados sentían la protección de los espíritus arropando sus cuerpos en aquella morada tan especial. En ocasiones, Joseph aparecía en la cueva con generosos acopios, obrando con gran cautela para que su presencia no fuese advertida por nadie.
Una de aquellas desapacibles tardes, Rodrigo paseaba a lomos de su caballo, procurando evadirse de la servidumbre a la que era sometido por parte de su amo. Desde la desaparición de Isabel, todos le trataban con absoluto desprecio; desconfiaban de él y le encomendaban tareas poco adecuadas al rango que ostentaba. Entonces, vislumbró entre los arbustos la figura de Joseph y vio como se internaba en el bosque. Extrañado, sospechó que algo tramaba, pues era bien chocante verlo por aquellos parajes a tan intempestivas horas. Desmontó de su caballo con gran sigilo, creyendo, sin duda, que el mielero ocultaba un fabuloso tesoro. En aquel instante sus ojos brillaron de codicia. Con gran cautela siguió sus pasos, escondido entre los arbustos para no ser descubierto. Entonces, se quedó pasmado al observar la cabeza de Pedro asomando por una minúscula grieta y reparó que había sido víctima de un burdo engaño por parte de ambos.
Al caer la noche, una sombra cautelosa acechaba entre la penumbra, quebrando con sus pasos el silencio de aquella gruta. En su interior, dos siluetas recostadas en el suelo y protegidas por gruesas pieles de cabra, ignoraban la amenaza que se cernía sobre sus cabezas. Sin apenas tiempo a revolverse, la espalda de Pedro sucumbió bajo el arma de Rodrigo: dos certeras puñaladas bastaron para robarle el aliento. El ruido despertó a Isabel. La muchacha, sobresaltada, no pudo reprimir un desgarrador grito de angustia al ver que un charco de sangre rodeaba el cuerpo de su esposo. Desesperada, trató de reanimarle. Todo fue en vano; su alma había embarcado ya hacia la otra orilla.
A la mañana siguiente, desde la torre del castillo, un centinela avistó la silueta de Rodrigo a lomos de su caballo. Satisfecho, a pesar de su vergonzoso crimen, llevaba prisionera a la desdichada Isabel. Esperaba de su señor una generosa y justa recompensa. Cuando le hizo entrega de la muchacha, el dueño del castillo, más mezquino aún que el propio Rodrigo, despachó al caballero sin mostrar gesto alguno de gratitud.
—No me interesa su cuerpo —dijo despectivamente—. Tan sólo deseo verla sufrir por haber osado enfrentarse al señor que la protege.
Entonces, apretó los dientes con rabia e hizo llamar a la guardia.
— Encerradla en el calabozo —ordenó—. En menos de tres días será ajusticiada en la plaza. Pagará de este modo su insolente burla, siendo ejemplar escarmiento para el resto de la plebe.
Isabel fue llevada a prisión. La echaron en el suelo, como una más de las muchas ratas que anidaban en aquella inmunda mazmorra. Con la mirada lánguida, acarició su abultado vientre. Supo que sus ojos no verían el rostro del hijo que esperaba; aquella criatura que anidaba en su interior. En aquel instante cayó una lágrima sobre su rostro. Luego otras más. Se apoyó sobre la pared, ocultó su rostro y dejo que sus pensamientos la sumieran, lentamente, en una profunda tristeza.
Fuera, en los aledaños de la fortaleza, Rodrigo montó en su caballo, dispuesto a regresar a la cueva. Imaginaba aquel lugar repleto de monedas y no quería desperdiciar la ocasión de enriquecerse a costa de Joseph. Cuando penetró en aquella gruta, alguien le esperaba allí. Sentado frente al fuego, sostenía un crucifijo entre las manos. Era Joseph. ¿Qué diablos? Rodrigo, asustado, quiso resolver por las bravas aquel inesperado encuentro y empuñó su daga, manchada aún con la sangre de Pedro. La codicia es a menudo tan convincente…
De repente, un espantoso crujido paralizó su mano y el tiempo se detuvo en aquella cueva. Las paredes se agrietaron de un modo sobrecogedor; de sus vísceras brotó una lava ardiente y amenazadora; cayeron del techo mortíferas rocas que se desplomaban bajo una asfixiante nube de polvo. Parecieron siglos hasta que el silencio se hizo de nuevo en aquel infierno. Un silencio realmente aterrador. Rodrigo, recobrando el poco sentido que le restaba, quedó paralizado al ver que Joseph continuaba sentado sobre aquella roca. El astuto mielero descubría en su rostro una inquietante mirada. Su voz retumbó entre el frío y la oscuridad:
— La entrada a la gruta ha sido sellada —dijo—. Puedes empuñar tu daga con total impunidad, pues nadie será testigo de este crimen.
Rodrigo vio al demonio en los ojos de Joseph. Sintió un agudo escalofrío. Quiso escapar, hallar una salida en aquella madriguera. Trató de apartar inútilmente toda aquella montaña de rocas que le aislaban del mundo exterior. Aterrorizado, notó la agonía del aire en sus pulmones.
Al cabo de unas horas, se hallaba él también sentado sobre una roca, sollozando como una niña desvalida. Joseph le observaba con cierta lástima.
— No debes angustiarte, Rodrigo. En esta gruta hay miel suficiente para alimentar a un ejército durante meses, aunque es cierto que morirás antes de que ésta se agote.
La sombra del caballero se movió entre el asfixiante hedor de la penumbra. Con la voz temblorosa, trató de hallar un último consuelo a su desesperación.
— ¿Dónde ocultas tus monedas? —preguntó, angustiado.
— Se hallan ante ti —respondió Joseph—. Mi riqueza es la miel que recolecto. Observa los tarros que se almacenan en esta gruta. No negarás que es un preciado tesoro, difícil de ocultar. ¿Qué mejor recompensa podría hallar, más que el fruto del esfuerzo?
— ¡Me has engañado!
— No es menester que te lamentes ahora. Tu codicia ha cavado este sepulcro tan singular del cual seremos fieles moradores. Ruega a Dios por la salvación de tu alma.
Aquella misma noche, voces de alarma sonaron en el castillo; alertaron a su señor y le expulsaron de la alcoba. Temiendo tal vez el ataque de alguna temible y nocturna razzia,observó que los gritos provenían de los calabozos. Con gran nerviosismo, acudió hacia allí.
— Mi señor, mi señor —exclamaron los guardianes al verle bajar por la estrecha escalinata—. La prisionera ha escapado. No entendemos cómo ha podido suceder, pues no hallamos en esta celda, señal alguna que delate su fuga.
— ¡Maldita sea! Esto parece cosa del demonio —gruñó, enfurecido—. Inspeccionadlo todo y encontrad a la muchacha si en algo apreciáis vuestras vidas.
Los guardianes, inquietos, dieron una y mil vueltas en aquella ratonera. Golpearon en cada losa, no fuera caso de la existencia de algún oscuro y desconocido pasadizo. Su búsqueda fue en vano: no hallaron rastro de la muchacha e imaginaron sus cabezas rodando bajo el astral del verdugo.
Angustiados, no dieron cuenta de la presencia de una pequeña abeja que zumbaba sobre ellos. Un ser diminuto que muy pronto alcanzaría la libertad.
¿Quién ha dicho que la magia no existe?




Marcos Castarlenas Gomez
Parece un cuento de hadas trasladado a la edad media. Me ha gustado mucho.
VIMON
Excelente relato, Vespasiano, te felicito y te doy la bienvenida a esta Red. Saludos.
Mabel
Que historia más conmovedora y más bonita, un abrazo y mi voto 10 desde Andalucía. A portada