La suerte del perro

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    Miren, aquí viene ese imbécil. Ahora sí que me levanto. De sólo verlo me esponjo del enojo. Yo que he visto tanta miseria y tanta ignorancia, no puedo creer que él vaya tan feliz por ahí. Ahora sí me levanto a partirle la madre. Uno, dos…, igh, me falta un soplo de aire para hacerlo. Sé que voy a morir, lo sé, y va ser pronto, quizá en una hora. Él no sobreviviría ni dos minutos si un carro le pasa por encima. Me emputa verlo caminar tan campante. Y ya se va, se va mi oportunidad de llevármelo entre las patas. Ya que mi cuerpo no respondió a esta última voluntad de levantarme, voy ahorrarle tiempo a la muerte y dejaré de respirar, sirve que descanso, porque aunque ignore al dolor, ya me cansé de traerlo conmigo.

    Con esta intención de erradicar la diástoles y la sístoles, me doy cuenta que el corazón hace que mi cuerpo tiemble en cada palpitación. Son las mismas convulsiones que mi madre sufrió cuando nos parió a mí y a mis hermanos. Pero ella sí aguantó varios días así, y hubiera aguantado más, hasta que alguien la mató con una pedrada en la cabeza, para que ya no sufriera, y como yo tenía días de nacido, no sentí el mismo dolor que sufro ahora. Esa persona que la mató, nos llevó a su casa. Nos subió a una canasta amarrada en la bicicleta y unos niños nos recibieron con algarabía. En ese momento me pusieron el nombre de Rambo, y a los demás: Pulgas, Negro y Princesa. Éramos cuatro, aunque yo recuerdo que dentro de la panza, antes de nacer, éramos seis. Sufrimos mucho frío, zarandeadas y olvido, pero nos daban alimento, y ahí nos quedamos siempre en la cobija que nos extendieron en el patio, hasta que comenzamos a caminar. Nos dimos cuenta de nuestra agilidad nata por la delgadez que ya venía de familia, y como nadie nos cuidó como al imbécil que pasó por aquí hace rato, vivimos para sobrevivir. A Princesa la regalaron. La persona que mató a mi madre la ofreció y una niña se la llevó con una felicidad que no volví a ver. Sin embargo no es cualquier cosa tener a uno de nosotros en casa. Andaba olvidando la tristeza cuando su madre llegó. Mi cola enloqueció al ver a mi hermana de nuevo, pensé que la regresarían, pero la niña lloró con unos gritos que me causaron temblores mínimos, y entonces la madre, para no escucharla llorar, accedió, y levantó a Princesa de una pierna y la arrojó hacia su hija de seis años, advirtiéndole que iba ser responsable de su mascota, que debía alimentarla, bañarla, sacarla a pasear y limpiar sus desechos. Allí fue la última vez que miré a mi hermana.

    El Pulgas nació miedoso y siempre se autoexcluyó. Un día como cualquier otro, ya sin acordarnos de Princesa, salimos yo y el Negro a conocer la calle, dejando al Pulgas en la casa. Descubrimos un montón de caminos, y sin tener conciencia de ellos, nos desvivimos siguiendo cada rastro como quien se deja llevar en las corrientes marinas. Habíamos descubierto nuestro olfato, y ya no volvimos a casa. No porque no quisiéramos… nos perdimos. Nosotros íbamos como mensos a morderles las manos a toda la gente que nos hablara, y a ellos les gustaba, también nos tocaban la cabeza y sonreían, pero nadie nos llevó consigo, y nos perdimos más. Había muchos caminos y elegimos el incorrecto. Para cuando vino la noche, no teníamos idea de dónde estábamos ni adónde ir. Extrañé la cobija donde dormíamos y las zangoloteadas de los niños. Le pregunté al Negro si Pulgas nos estaría extrañando, y él despreocupado, dijo que un miedoso como él extraña a todos, hasta a su sombra, y se recostó en una esquina y se quedó dormido. Yo estuve quieto a su lado, estático toda la noche, sin poder dormir, y cuando salió el sol de nuevo, ya no le tenía miedo a nada. Cuando el Negro se murió, arrollado por el camión urbano, habíamos aprendido muchas cosas. Vivíamos en una plazuela. Comíamos de todo. Una vez el Negro se comió un pichón muerto. Yo lo peor que he comido son huesos de pollo echados a perder con gusanos deambulando entre ellos, sin vomitarlos. Había días malos y días buenos, pero el peor día de todos no fue este en el que me atropellaron, y por eso me encuentro aquí medio muerto sin poder levantarme, con este surco de llanta moldeando mi panza, sino el día en que en que el Negro murió arrollado y untado en la calle por las llantas de un autobús. Es que no se fijan en nosotros y los accidentes pasan.

    Lo curioso es que cuántos carros no esquivé, cuantas veces no burlé a la muerte, cuantas veces me quise morir y no pude, y ahora tan absurdamente vine a caer dormido frente a una camioneta estacionada, vaya mi suerte, que cuando la encendieron no desperté y fungí como un blando tope para carro. No sigas amistades, persigue la comida. Ese era el consejo del Negro. Ya no andes como menso moviéndole la cola a todo el mundo, me decía, sigue al que te dé comida, y entre tanta persona que proporcionaba un taco, llegué a conocer a muchos tipos de humanos. Seguramente el idiota que por aquí pasa, ese labrador que nunca guarda su lengua, sólo ha tenido como amo al pelafustán que ni caso le hace. El Negro era muy sabio, una vez me dijo que los humanos no se hacen caso ni entre ellos mismos, entonces cómo iban hacerle caso a un simple perro con sarna. Pero ese imbécil que pasa por aquí no es un simple perro. Él tiene croquetas, un techo, seguramente no tiene ninguna garrapata y quizá él obtiene más atención que algunos miembros de la familia, y quién sabe si sepa ser perro, apuesto a que no les ladra a los desconocidos, apuesto a que no sabe ni comerse un hueso.

    Pero miren nomás, quién viene ahí, ese güero que duerme durante la noche y ladra durante el día. El perro que se hizo humano. Sólo le falta hablar al hijo de la chingada. Me cae que ahora sí me levanto y le parto la madre. Uno, dos, tres, arriba. Pasos lentos pero seguros. Ya me ubicó. Se cree muy bravo el canijo pero fácil que le gano así con mi mandíbula llena de sangre, mis patas enturbiadas, mi mirada bajando su efecto, subiendo al cielo… y miren, por fin lo tengo de frente. Su dueño es benévolo, pero alimenta su idiotez. Me limito a pelar los dientes, no puedo atacar, ¿qué pasa? ¡Ya me levanté! Se retiran. Tampoco puedo seguirlo. Mis mordidas ya no cierran, mis patas van a tumbarme, el perro hermoso se esfuma de mis alcances, siempre limpio, siempre con correa, siempre odioso, y yo como toda la vida, desapareciendo, viendo cómo se aleja tras el paisaje, mientras me desvanezco lentamente, sin sentir ya las corazonadas, muriendo al natural, sin cesar el respirar. Yéndome como llegué, en relativa soledad.

    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      4 febrero, 2014

      Muy buen relato, Julioko, te felicito y te dejo mi voto.

      • Avatar de Julioko

        Julioko

        4 febrero, 2014

        Muchas gracias por tu lectura Vimon, y tu voto

        saludos

    2. Avatar de VOLIVAR

      VOLIVAR

      4 febrero, 2014

      Un maravilloso relato, de lo que dices, las clases sociales de los perros. Te felicito, estimad paisano, y procura publicar más, convivir en esta red en donde tienes un chingo de amigos sinceros. Va mi voto y un saludo desde Michoacán (repleto de perros, hambrientos de huesos humanos, los méndigos)
      Jorge Martínez

      • Avatar de Julioko

        Julioko

        4 febrero, 2014

        tienes razón mi estimado Volivar, debería publicar más y estar más activo aquí dentro, donde la raza sí es bien buena onda, procuraré estar más apegado, gracias por tu lectura y tu voto,

        saludos cordiales

    3. Avatar de Agaes

      Agaes

      5 febrero, 2014

      Estimado Julioko, estoy convencido de que, si cambiases los animales por humanos, estaríamos viviendo la realidad misma… No sabemos lo que nuestros perros piensan, pero creo que ellos sí saben lo que pensamos nosotros… Felicidades. Mi voto y un fuerte abrazo!!!!

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