Sara: historia de una lucha por ser feliz (Historias que vuelan). Capítulo 6

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    VI

    Muchas veces me mandaba él [el Amor] que procurase ver a este ángel jovencísimo; por lo que yo en mi puericia muchas veces la iba buscando, y de tan nobles y loables actitudes la veía, que con certeza podía decirse de ella aquella frase del poeta Homero: “No parecía ella hija de hombre mortal, sino de Dios”.

    Dante, Vida Nueva.

    Se llamaba Soraya. Tenía dos años más que él y un carácter fuerte pero muy meloso. Unas veces podía mostrarse encantadora, en otras con una mala leche del copón aunque… finalmente solía soltar un soplido, casi bufido, e intentaba sobrellevarlo. Trabajaba en la pequeña panadería de la familia y era la mayor de las dos hermanas y de un chavaluco de tres con epilepsia. Eso la había hecho fuerte pero, a veces, se sentía débil y se ponía a llorar hasta por lo más mínimo, sobre todo en los días de la regla, en los cuales era una verdadera bomba de relojería. En esos días, cuando Julio y ella estaban juntos, uno de los dos acababa harto el uno del otro.

    Soraya, normalmente, lo poco que disfrutaba era en los días que iba por ahí con sus antiguas compañeras de clase, de mejores condiciones económicas a pesar, incluso, de que algunas con la crisis estaban jodidas, peladas de dinero, y fardaban de lencería y vestiditos. Ahorraba lo que podía y se lo compraba en ropa o en “pijerías” (que para ella tenían un valor enorme: era lo único que tenía y valoraba a nivel material), o en salir de fiesta: desmadrarse un día (pocas veces dos) y pensar, o más bien desear, que todo iba bien. No tenía las preguntas existenciales, ni de ideología —su familia era conservadora, de un conservadurismo liberal, muy relativo en realidad: que mandaban a la mierda al PP, o lo defendían a capa y espada, y luego se dejaban en el pesimismo de que qué va a hacerse, cosa muy penosa, eso de ver a alguien sumido en esa máxima: nada que hacer, siempre la misma mierda, y que pensamos las gran mayoría…—, ni tampoco las tenía en filosofías ni nada de eso. Sólo quería saber qué hacer tal día y ser feliz. Ser feliz. Después de estar haciendo panes, bollos y quedarse deslomada, era lo único que quería. Disfrutar de la vida, la que se pudiera.

    Sus pensamientos iban por caminos muy diferentes. Julio sólo se preocupaba de lo que Soraya desconocía totalmente, al igual que él desconocía todo aquello que la podía preocupar a ella. Julio casi pasaba del mundo entero, como si el mundo fuera en realidad basura y no quisiera aceptar esa idea preconcebida que tenía él mismo. Adoraba de Soraya ese carácter pétreo y sensible a las adversidades y su propio sufrimiento sobrellevado con cierto estoicismo mental, el que admiraba: el empaque con que se plantaba se asemejaba a una heroína de novela o tragedia greco-latina. Pero, Julio de vez en cuando volvía a pensar en Sara, como si él fuera Dante y ella Beatriz, y Soraya se convertía no más que en una sombra, en su esquema platónico. Fantaseaba con ello aunque en teoría no lo pretendiese. Un soñador quijotesco es lo que era.

    En aquel día que le conoció, Julio iba a lo tipo graciosete y caballeresco, y aunque al principio le costaba hablar, cuando empezaba a coger el ritmo de la conversación soltaba frases demoledoras y las sabía dar la vuelta, como un calzoncillo sucio. De repente era mierda, en otro parecía tener una gran limpidez, aunque, en el fondo, sabía que de lo que hablaba era de un calzoncillo maquillado, lleno de mierda. Todo tenía su doble cara, su falsedad. Y él se reía con ella, porque podía contagiar esa visión cínica de la realidad.

    Ya estaba un poco chispa, igual que Julio, y no sabía por qué, a ella le daba buena espina, le atraía. Pero, a veces, cuando había un tema que, Soraya no sabía bien el motivo, le tocaba, por mucho que éste se riese, ponía una cara de la que si uno tenía el talento suficiente para detectar ese gesto, veía perfectamente que le costaba expulsar sus propias carcajadas, como si éstas fueran forzadas y chirriaran, igual que un engrane sin aceite. Su risa era un bálsamo, pero como un bálsamo que encubría las carencias, la enfermedad, y también y principalmente, servía para curarse, sólo temporalmente, del dolor. Y seguía ahí, no se arreglaba el origen. Reflotaba, inevitablemente. Algo lo zahería, y Soraya lo veía pero intentaba apartar esa idea, que a la vez la atraía como la daba miedo.

    Ya la noche, tan entrada que se les iba a salir, y los dos bastante chispas además, tanto que cuando caminaban a veces se les iba un píe, o los dos, hacia donde no querían y tenían que hacer equilibrismo para que la gravedad no les rompiera la maldita crisma, dejaron de parlotear; fue cuando se quedaron mirando, en tensión, quedos e inmóviles por un momento, y supieron inmediatamente lo que quería el uno del otro. Con los ojos se lo dijeron todo. No hizo falta de más. ¿Para qué gastar en palabras para algo que está claro? Hambre en los ojos y manos para comerse.

    En el camino, se empezaron a reír muy tontamente, se abrazaban ya y de repente, en un momento en que pudo aprovecharse inteligentemente Julio, puesto que la borrachera, gracias a los dioses o veta a “usté” a saber, hacía que estuviera más lúcido, la besó en la boca con mucho garbo pero con mucha menos arte.

    En medio de la calle, se empezaron a morrear y a meterse mano como dos tontos muy necesitados. Hacía frío, y tenían calor. Y ya visto que no podían ir de punta a punta de Valladolid así, se cogieron un taxi.

    Les dio lo mismo que estuviera el taxista, aun cuando quizás de día sí les hubiera podido importar, sobre todo a Julio, el que siempre quería ser un chico formal. Siguieron, pues, a lo suyo. Sólo existía el disfrute, el deseo, el otro cuerpo enfrente del suyo, en la noche donde despertaba el disfrute. Algo así como en una burbuja que, para muchos, se rodearía hasta casi de viaje estilo Odiseo. Ellos no pensaban demasiado. No en esas chorradas, sino que estaban dentro de una especie de hipnotismo. El sexo. El sexo. Querían llegar a la alcoba, caerse en la cama, follar allí mismo. No era desenfreno, pero sí euforia.

    Al despertarse, Soraya se encontró cansada y a la vez bastante a gusto. Su cuerpo se encontraba como renovado, resurgido de sus cenizas mismas. La dolía algo la cabeza, pero lo recordaba todo y, por lo demás, se podía decir que se encontraba feliz. Julio dormía como un tronco, roncaba un poco… y la alarmaba pero la hacía gracia a la vez. No había estado mal. Pensaba irse, y le dejo su número en un folio en blanco. Soraya: 6………

    Cuando iba a cerrar con dulzura la puerta, Julio se despertó y la preguntó que si ya se iba, que esperase, que ya desayunarían juntos; sería mejor que durmiese un poco más y ya se iría después. La preguntó además, como última baza, con ese tono ácido, desesperanzado, si es que tenía ganar de irse. Soraya, en verdad, no las tenía y se quedó. No le dio importancia a esas maneras, las consideraba parte de su esencia, hilarante en demasía. Se volvió a echar en la cama. Julio la abrazó, y aunque la pareció extraño, la gustó. Encontró un calorcito que la amodorró muy pronto, con una sonrisita de felicidad, pequeña pero a plena vista, que relucía, destacaba en el cuadro tenebrista como un faro goyesco. Se zambulleron en un dulce sueño, que parecía acariciado por la mano de Morfeo.

    Se quedaron así, como decía, en un largo sueño, dando la una, cuando los padres de Julio, alarmados por la hora, fueron a avisar al “niño” y encontraron al “niño” con una “niña”.

    Fue el padre el que lo vio el primero: cerró la puerta con suavidad, riéndose del “mamón de mi crío”, y le dijo a la madre que preparase para cuatro. Lo entendió a la primera, y fue a comprobarlo. Lo comentó con el padre, y le dijo: “Joder, se la ha traído a casa y la ha hecho noche-mañana de hotel”, como quejándose. El padre la contestó con que le dejase. Los niños tenían que aprovechar esa edad y pasárselo bien.

    Soraya fue la que primero que se despertó y quien lo despertó a Julio: “Nos hemos quedado dormidos”. Sus padres la mataban. Entonces fue cuando se fueron a la cocina, donde esperaba la comitiva paterna de Julio, pensando que ellos seguirían dormidos, como si no fueran conscientes de la hora que era.

    Casi no hubo preguntas, salvo las de la madre, que lanzaba dardos en forma de preguntas-puyitas inquisitivas, todas ellas muy concretas, queriendo conocer… Pero, en general, la familia de Julio la dio a Soraya la impresión de una imagen muy amable. A ellos también les pareció una chica estupenda: pero, quizás, lo hubiera parecido cualquiera, porque Julio no solía traer chicas o por lo menos no se quedaban a desayunar.

    Se notaba que se gustaban y, sin reparo alguno, la madre, muy de meter la pata o querer meterse en esos berenjenales, la invitó a que volviera, que volviera cuando quisiera. Y en contra de todo lo esperado, ella dijo que no estaría mal. Julio se sentía avasallado: sólo podía sonreírla. La borrachera se había esfumado, y con ella el talante valiente que se crece en los hombres por el calor y el alcohol.

    La esperaban en la panadería; se excusó, terminó de desayunar y se fue. Pero la volvería a ver, le dijo, y le gustó a Julio: muchísimo. Su cabeza estaba hecha un revoltijo. Las cosas le vomitaban en la cabeza; eso no le gustaba, le gustaban las cosas ordenadas. Pero estaba atontado por el amorcillo que le debía de rodear, o las hormonas que a veces amodorran cerebralmente a los hombres.

    Para Julio, todo aquello volvía a serle nuevo. Hacía tiempo que no compartía cama, salvo por alguna chica ocasional, y tampoco ninguna intimidad con una mujer. Se sentía desanimado con el género contrario. Nunca había sido misógino, ni machista, ni era partidario de estos pensamiento cavernícolas varoniles, pero cuadraba a las mujeres en dos: las buenas, casi todas pilladas, o que se exhibían en público poco; las malas, hechas mayoría por culpa de esta época de chonis de Mujeres y Hombres y Viceversa, de querer ser como un hombre y mucho más por igualarse a ellos y finalmente ser peores que ellos; y, luego, toda una serie de tópicos, que, como todos, son ciertos y a la vez no lo son: es decir, que no siempre hay una regla para ello. Los tópicos, como todas las ideas, son muy relativas, flexibles: queremos limitar una idea para ser concretos y supuestamente veraces, y acabamos encajonándonos en un mundo conceptual tan real como el país de las gominolas de Homero Simpson. Así estaba Julio, en su país idílico mental.

    Al día siguiente no pudieron verse, pero ella fue a verlo a su facultad el lunes y ya sí que pudieron verla todos: estuvo paseándosela como si se tratase de un triunfo glorioso y apoteósico. Se la presentó a Alejandra y ésta no pudo sentir más feliz: ¡ya era hora! La cayó genial. Alejandra, tan sociable, muy pronto la hizo un examen: la preguntó por todo, la habló de todo, se lo contaron todo de golpe. Se la robaba, se reía Julio. No la quitaba un ojo de encima, necesitado de su cercanía. Y Soraya hacía igual, intentaba estar con él, porque sólo quería estar con él, pero Alejandra… no dejaba. Aun así, a Julio le pareció que les gustaba a todos y eso le dejó claro que ella era la chica perfecta. Una perla en bruto.

    Durante esos días Alejandra y ellas no se separaron, lo que comía el terreno al pobre Julio, que se sentía como subyugado. Parecían uña y carne. Alejandra y ella en poco tiempo hicieron muy buenas migas y más de una vez iban los tres por ahí. Julio no soportaba los días de “mujeres” en que se probaban medio Corte Inglés, caro de cojones, gastándose dinero en “esas tonterías”. ¡Cómo eran las mujeres! No estaba mal, de todas formas, ir a esas torturas con ella: el sexo al fin de aquello era lo mejor, un premio después de tanta “tortura”. Se lo pasaban increíble los dos. Ella estaba muy feliz con él, cada día en la casa de Julio, queriendo despertar al vecindario con su amor: hacer mucho ruido, ¡que todo el mundo se enterase! Y por eso, Julio podía aguantar la pesada unión de su nueva novia y de la encantadora Alejandra, pero que juntas eran como Chicho Terremoto…

    A veces, Alejandra incluso arrastraba al novio hasta allí, como en una cita doble. Su novio y Julio no se conocían, pero con la mirada confraternizaban cuando sufrían esas comitivas. Soraya sabía que no le gustaban esas cosas y solían intentar reducirlas al máximo. Por eso empezó a evitarla. Pero Alejandra la llamaba, sobre todo interesada en cómo iban. Era un encanto, decía Soraya. Y al final caía en tal encanto y se iban por ahí. Mientras, Julio quedaba en casa, a lo suyo. Estaba bien allí, alejado de aquello, y olvidándose de que tenía pareja. Así, acabó por tener novia por conveniencia.

    Cuando la cosa llegó a su límite, fue Alejandra quien más tiempo pasó con Soraya, más que el propio Julio. Y Soraya le contaba todo, con todas sus “impertinencias”. Y Alejandra se enfadaba y solía ir a Julio a reprochárselo todo, pero no valía para nada. Muy pronto, Julio ya no tenía nada que sentir por Soraya; él creía lo contrario, pero el que estuviera más preocupado por Sara que por su pareja, se podía apreciar como signo de ello. Aparentaba y se decía a sí mismo que no, pero ya le daba igual Soraya. Ella se había convertido en otra sombra más de su cabeza.

    Alejandra no hablaba con Sara desde hace mucho tiempo. Se había alarmado cuando Alberto le había insinuado, “disimuladamente”, que estaba con alguien. Eso la sorprendió. Durante todo ese tiempo lo pasó más con la nueva novia de Julio que con ella.

    Pero un día estaban en clase y la vio muy preocupada por algo; lo sabía porque la conocía casi desde cría, sabía interpretar aquellos actos nerviosos, casi histéricos que intentaba no mostrar pero que se podían ver: para ella eran un grito ante sus ojos. Aquello la puso en guardia. Había apreciado que evitaba a todos: a ella y a Julio sobre todo. Y aun así, a veces había notado que Julio y ella se separaban del grupo y empezaban a hablar aparte. Y eso, la mosqueaba mucho. Algo raro, y no la gustaba, ahora que parecía ir todo bien: no quería intervenir, porque no era cosa suya, pero la reventaba. Iba a producirla mal estómago, una ulcera.

    Julio y Sara ya no tenían esa tensión, pero Julio, estaba claro, no podía evitar la atracción que sentía por ella: por eso lo evitaba Sara; pero también lo necesitaba porque podía confesarse ante él. Podía hablar de sus miedos con él, mientras él prácticamente se callaba. Cada día se crispaba aún más por el cariz que tomaba su relación. Poco a poco le fue pareciendo insoportable verla. Carmen hasta entonces había ido más o menos a su bola, pero empezaba a ver que quería tener algo más serio: al principio no la importó el qué pasaría, ahora ya no. Quería más, y Sara no podía. El sexo le era más insufrible; la dolía, en su mente, que sus dedos la tocasen.

    Sara era infeliz. Ahora se sentía fatal cuando estaba con Carmen, y a veces se sentía arrepentida. Se mostraba fuerte, pero la presión lo era aún más. Y cuando la llamaba Carmen, se la paraban su mente con el solo sonido de sus palabras, diciéndola que si quedaban en su casa y se “abrazaban un poco”; y cuando disfrutaba “de esos abrazos”, llenos de lascivia y de esas cosas pecaminosas, y la gustaban, y la besaba, y quería comerla la piel con la boca, poco a poco la iba minando la cabeza. Y sentía más dolor y más inutilidad. Quería llorar, pero con su orgullo intentaba evitarlo. Expulsar un poco de ese miedo hubiera estado bien, pero el mismo miedo se lo impedía, la bloqueaba.

    Nunca había cerrado la puerta de su habitación en su casa, y ahora empezó a hacerlo. Su madre se fijó: cada vez que la veía la abría, y como la veía pensando, o leyendo libros, la extrañaba de una manera que pensó que estaba mal de la cabeza. Una vez la vio con la Biblia y la preguntó si ya estaba otra vez releyéndola y que qué leía de ésta. Sara, asustada y sorprendida, la decía que Sodoma y Gomorra. Su madre se quedó aturdida al oírlo, pues para ella eran episodios un tanto “oscuro”. ¿Qué la pasaría para atender a ellos? ¿Qué “ayuda” la ofrecían? Pero no tardó mucho en pesar en lo más evidente y cada vez que la veía sonreía para sus adentros.

    Fue cuando un día, Sara cortó tajantemente todo contacto con Carmen, y ésta se enfadó. Al principio intentó hacer lo mismo que hacía ella, ir con orgullo altivo, pasar de ella. Sólo al principio. Al poco se cabreó: a ella no la hacían eso. No, no iba a rendirse. No era cobarde; siempre luchaba por lo que quería. Ella tenía cojones, por mucho que fuera dulce y cariñosa. Por lo que su reacción, fue tardía, pero llegó…

    En esos días, mientras, Sara se encontró de un modo comparable a si la hubieran desangrado, al igual que si un médico antiguo hubiera pretendido curarla con ello. La veía muy pálida Alejandra, y la preguntaba, pero decía que nada, con un tono de voz que la asustaba aún más. La pasaba algo, y la dolía no poder saberlo y que no se lo dijera; pensaba que se había descuidado de Sara. Por esa razón empezó a no dejarla ni a sol ni a sombra. Sara se enfadaba, pero también sentía un gran amor por Alejandra: porque se preocupaba por ella, que era (o se consideraba) una miserable.

    A veces, fuera en su casa o en la facultad, buscaba un sitio que no estuviera nadie y poder desahogarse y llorar. En su casa, una o dos veces, en medio de esas ganas de llorar, sentía añoranza por Carmen y hacía algo que luego la parecía repugnante y se odiaba más por ello: se encerraba en el baño o en su habitación y se corría pensando en Carmen.

    Un día, en el que Sara estaba más sería e incluso pensaba que ya se olvidaba de Carmen y de su “desviación”, tuvo que salirse de clase, porque decía ponerse mala. Salió corriendo, y Alejandra fue tras ella. No sabía qué la pasaba. Todo lo que mostraba la desencajaba: la indiferencia con Soraya, esas conversaciones entre ella y Julio, la insinuación de Alberto de que tenía un rollo…

    Al entrar en el baño de mujer oyó cómo sollozaba en uno de los retretes. La pasaba algo, efectivamente. Se dijo ser una mierda por haberla olvidado. Se había olvidado de ella totalmente. Abrió la puerta, que no había puesto pestillo, y se la encontró fatal. Sara quería que se fuera, pero cuando la abrazó ya la dio igual que estuviera con ella. La calmaba que la abrazara. Lo necesitaba. La necesitaba abrazándola.

    - ¿Qué te pasa? —intentó Alejandra que se liberara.

    - No es nada. Es que…

    - ¿Qué te pasa? Soy tu amiga —Eso a Sara la alegró: sus ojos brillaron. ¿Por qué su querer le parecía asqueroso? Sintió un miedo estremecedor al pensar que incluso “su amor” por Alejandra quizás tuviera un tanto del “amor desviado” que sentía por Carmen y se asqueó. Y por ello agachó la cabeza. Y se puso a sollozar—. ¿Qué es lo que te hace llorar así, tonta? —la preguntó Alejandra.

    - ¿Alejandra, has querido a alguien y has pensado que estaba mal? —la preguntó Sara a Alejandra.

    - ¿Julio? —quiso saber. Sara se había mostrado muy indiferente para con la nueva pareja de éste, como si no quisiera mostrar sus sentimientos, y pensó que le gustaba y que ahora se sentía renegada consigo misma.

    - No; él… Es otro tema.

    - Entiendo. ¿Y…? ¿Por qué? Amar no está mal. Amar lo es todo. Todos necesitamos querer a alguien, ser queridos, follar… —resaltó, pensando que también había un poco de miedo por “aquello”. El amor no tenía que ser reprimido, pensaba. Era una romántica exagerada, tanto que a veces se podía decir que era una fantasiosa.

    - Pero… no está bien.

    - ¿Acaso… —tuvo que parar a pensar en lo que decir, porque hubiera querido decirla una burrada: le parecía que no amar a causa de lo que fuera era una tontería—, acaso cuando amas no eres feliz? Déjate. Déjate llevar. ¿Él te quiere?

    - Sí, me quiere —soltó sin importarse del “él”—. Cuando estoy…—intentó evitar el pronombre—, disfruto en su compañía; cuando lo hacemos, nos abrazamos, nos besamos… Pero tengo miedo.

    - ¿Por pecar? El cristianismo también dice que hay que amar: el amor lo es todo. El mundo sin amor no sería nada. Yo voy a misa y cuando follo, cuando lo hacemos mi novio y yo, siento —se quedó con los ojos cerrados, disfrutando de la imaginación cochinamente—, ¡buah!, como si estuviera en el cielo. Y después, al acabar y mirarle dormido, es, no sé: mirar a mi Dios, aunque decir eso no es correcto —se echó a reír—: es una blasfemia, aunque es una blasfemia bonita —Y la guiñó un ojo.

    - ¿En serio? —la preguntó miedosa y pensando que exageraba— Sí, y el Nirvana…—ironizó como hacía, aunque temblando.

    - Sí. Hombre, un poco exagerado —sonrió—, lo sé. Es una forma de hablar. Pero sí, es increíble. ¡Joder que sí! Déjate querer, ¡coño! Déjate hacer de todo —la soltó pícara—. No sabes lo que te pierdes, hija.

    Sara sonrió y se calmó. Salieron del baño y volvieron a clase. Aun así, se encontraba mal. Al volver a casa empezó a buscar todo lo referente al amor en la Biblia, por si encontraba algo sobre lo suyo. Sí, encontraba cosas que hablaba de “ese amor universal”. Pero luego había Sodoma y Gomorra, y otros también bien dispuestos a lo contrario. Eso la sumía en una duda enorme, que la tenía muy tensa, con el corazón en el pecho. Quería llamarla pero no podía. Tenía el móvil en la mano, sin saber qué hacer. Era una tonta. ¡Ay, cómo son de tontas las enamoradas! ¡Cómo son los enamorados! Si es que si fuera por Moccia todos acababan bien y/o llorando de alegría cuatro niñitas pijas. Pero aquí no había eso. No se sabía si habría un buen final.

    Cada vez, se enfadaba y se repugnaba más consigo mismo, y eso es lo que provocaba que se echara a llorar con rabia y un tanto de estupidez infantil. Parecía una niña pequeña desconsolada por la injusticia del mundo, que para ella, en el mundo feliz de la imaginación y la perfección, la parecía una cosa terrible.

    Su madre, al pasar como habitualmente hacía, por su habitación, escuchó su sollozo, y entornando la puerta, la vio. Se pasó a adentro. Su corazón de madre se estremeció. ¡Mi niña llorando! Sara en un primer momento quiso quitarse esa cara llorica, pero no pudo; y es que además, tenía ganas de liberarse y contar lo que la pasaba.

    - ¿Qué te pasa cariño? —la preguntó— ¿Hay alguien…que te hace llorar? —continuó pícara, con una mueca en la boca medio hilarante.

    - Es que…

    - ¿Qué? ¿Piensas que está mal?

    - Sí…

    - Bueno, hija, amar no está mal. Mientras no hagas… mal. Pero “eso”, bueno, ahora mismo es muy relativo—la insinuó sonriendo—. Si tienes miedo porque… —se quedó dubitativa—. ¡Ay, soy tu madre y estos temas no soy la más capaz! Pero, mira, déjate querer. Haz lo que tú creas que es lo correcto. Y si no, explícaselo y quizás lo comprenda. Y si no lo hace, ¡que le den! No habrá hombres en el mundo. Anda, venga.

    - Es que mamá… Es… más complicado.

    - Nada. ¿Quieres tomar un vaso de leche conmigo, a ver si así se te pasa? Eso hacíamos cuando eras una `nana´, ¿te acuerdas?

    - Gracias mama. Sí, me acuerdo, sobre todo con la abuela muchas veces, cuando venía… —Eso la trajo recuerdos del pasado, melancolías tristes y alegres a la vez de esas en que uno siente una enorme morriña a pesar de que sean recuerdos tontos o estúpidos.

    - Nada, mi niña —Y la abrazó como lo hacía de pequeña. Su hija se enamoraba; aunque fuera a los veintitantos y de aquella manera, se encontraba como una tonta, con esa ilusión idealista y burguesa de “objetivos” cumplidos: ya se veía con un yerno y con nietos.

    Sara, a pesar de todo, aún no se sentía con fuerzas de ver a Carmen ni de hablarla. Así que Carmen, medio enrabietada, acabó por ir a su facultad.

    Alberto la vio camino de su clase y la dijo que estaba dentro pero que no “hiciera nada por llamar la atención, que había mucho payaso”. Al verla, Sara la cogió del brazo. Alejandra se acercó a ellas, por esa curiosidad obsesiva con la que quería saberlo todo; pero Sara la dijo que tenían que hablar de cosas en privado, echándola con la mirada y las palabras.

    - Es que no se atreve a convencerse de que es lesbiana —soltó Carmen con reproche.

    - ¡Por favor!, aquí no, ¿vale?

    - Llevas semanas sin llamarme y no me contestas a ningún lado. ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo de irte al infierno? — Carmen se enfadó; tenía ganas de llorar de rabia y… (no sabía bien qué hacer pero hacerlo). Le gustaba bastante. La dolía que la hicieran eso. Era una cobarde, aunque era su cobarde.

    - ¿Entonces era eso? —se preguntó Alejandra. Se quedó a cuadros— Sara… No lo sabía. ¿La quieres y la haces eso? ¿Y por qué no lo has dicho?

    - Sí, iba a decirte esto: Alejandra, me gusta comerlas las rajas a otras mujeres —se sinceró, enrojecida y exaltada.

    - Pues podías —soltó Carmen—. ¿Es que de repente ya no sientes nada por mí? ¿Qué pasa, que ya te has olvidado de todo lo que hemos hecho y de cómo lo hemos hecho?

    - ¡No! Pero…

    - ¡Pero te acojonas por unas putas letras de un libro escrito hace 2.000 años! —gritó Carmen.

    - Baja el tono —se preocupó Sara.

    - No me da la gana. Te quiero. ¿A ti qué te importa, no? Todo por tu Dios…

    - Yo te quiero —dijo del corazón Sara—. Y sí, tengo miedo de que te canses de mí, pero es que… No lo entiendes. Yo creo en Dios y esto…

    - ¿Querer, Sara? —la preguntó Alejandra—. ¿Acaso te lo prohíbe, el amar, la Biblia?

    - Con una mujer sí, Alejandra. No puedo —intentó contestarla, pero Carmen no la dejó.

    - Pero sí que lo haces —la dijo Carmen—. Cristo es amor y tú no puedes amar porque Cristo te lo prohíbe. ¿Algo malo hay ahí, no?

    - Es que no sé si está mal, Carmen. No lo sé —la reprobó.

    - ¿Mal? ¿Matas a alguien por follarme?

    - Lo sé…—la contestó Sara resignada.

    - Si la quieres, Sara, ¿por qué andas dándole vueltas?—la preguntó Alejandra—. Dios no está en la Biblia. La escribieron unos hombres. ¿Acaso tienen razón unos tipos que escribieron hace no sé cuánto para que te vuelvas loca, loca pues el otro día estabas fatal?

    - Sí… —la contestó presionada por todo lo que la decían: quería a Carmen pero no se atrevía ni a sólo tocarla.

    - Dios te entenderá… Si no, no es Dios. No es un dios justo. Dios, de existir, habría de ser justo —siguió Alejandra.

    - Si existe un Dios, supongamos, no creo que lo que más le preocupe es si nos amamos; y si le preocupa, se habría de dar cuenta de que nos queremos —replicó Carmen—. Te quiero, reprimidilla… Déjate que te quiera, ¡narices! ¿Es que no sabes amar? —la atacó queriendo que reaccionara.

    - Quizás —se sinceró dolorosamente Sara.

    - Pues yo te enseñaré —jugó su última baza Carmen—. Yo te enseño a querer a otra mujer, a una bollera, a una desviada. Yo soy como otro ser humano, Sara.

    Sara la miró a los ojos fijamente. Entonces, Alejandra las dejo a solas, sabiendo que tenía que dejarlas intimidad, sorprendida, como no sabiendo si era un sueño. Aun así, en su fuero interno, Alejandra estaba muy feliz. Las observó al alejarse: Sara seguía mirándola sin poder hacer nada, a la espera de una señal. Carmen la cogió de la mano y a Sara le pareció la señal: por fin, de nuevo, se encontró con una calma arrolladora en su ser.

    Y Sara la metió en el baño. Y la besó. “Te quiero”, la dijo. “Te quiero”, continuó muy seguidamente, a la vez que la cogía de las muñecas, como por si se pudiera dar el caso, de que se arrepintiera ahora ella, y quisiera agarrarla fuerte para que no se fuera.

    - No es plan de hacerlo aquí —la contestó Carmen, no muy contenta pero ya no tan enfadada—. Anda, vamos a mi facultad y tomamos algo. Y que venga Alejandra y tus amigos. ¡Preséntamelos! ¿Acaso no soy importante?

    - Pero a mis amigos, Carmen…, porque…

    - Vale —la tranquilizó—. Sólo quienes pienses que deben saberlo.

    - Mis padres no deben saberlo, no…

    - ¿Son muy carcas?

    - Son conservadores.

    - Pues eso —sonrió—. Luego te pienso hacer lo que no te he hecho en todo este tiempo; yo te aviso, que no te vas a escapar, ¡eh…!

    - Claro —dejó sacar un deje de coqueterismo. Era feliz. Si Dios era justo la entendería. Su sonrisa, otra vez más, era la de una niña tonta y parecía hermosa: estúpida pero hermosa. De nuevo, floreció roja como una rosa roja.

    Salieron del baño y junto a Julio, Soraya, que había llegado en ese momento, Alberto y Alejandra, se fueron a la facultad de Carmen para tomar algo en la cafetería de ésta. Allí Sara se la presentó.

    - Es mi… pareja —les dijo allí Sara—. Mi novia. Mi amante. Mi amor.

    - Te has puesto muy cursi —se rio Alberto.

    - ¡Pues sí! —contestó—. Y la quiero —dijo mientras que se acercaba a Carmen; y luego, miró a un lado y a otro y preguntó:— ¿No hay nadie que nos vea y que me conozca, no?

    - ¡Anda, bésame! —la dijo Carmen y la metió un señor morreo.

    - Te quiero—la susurró—, Carmen.

    - Lo sé. Pero a veces te complicas mucho.

    - Ya… Es que es difícil para mí —Carmen la acarició el brazo a la vez que Sara se confesaba, queriéndola dar confianza.

    - Lo sé, lo sé. Oye, no todas nacimos sabiendo que nos gustaban “las rajas de las mujeres” —se rio Carmen.

    - ¡Qué bestia eres! —gritó Sara, enrojecida, mientras el resto se reía.

    - Anda, fue a hablar —replicó Carmen y se echaron todos a reír.

    - ¡¿Y, oye, Sara…, cuando tú y yo estábamos en mi casa, te apetecía?! —preguntó Alejandra para picarla.

    - ¡No! —volvió a gritar Sara.

    - ¿Sí? Bueno, que mi carne es tentadora…—volvió a intentar Alejandra.

    - ¡Nunca, en serio, Alejandra! —se preocupó Sara.

    - ¡Cómo te pones! —la dijo mientras se reía—. Ya lo sé. Eres mi amiga. Seas como seas, te vamos a querer. ¿A que sí, Alberto, Julio?

    - Sí. Mejor así: compartimos más cosas en común —se echó a reír Alberto—. Y, además, Carmen me cae genial. Formamos un dúo terrorífico.

    - ¿Y tú, Julio? —preguntó Alejandra.

    - Pues claro… —la miró Julio a Sara. Sara se sintió con una felicidad que nunca había sentido; tenía ganas de llorar; se notaba que iba a caer de algún limbo en el que la hubieran elevado y en el que hubiera estado todo ese tiempo.

    - Muchas gracias —dijo Sara, y besó de nuevo a Carmen—. Te quiero. Aunque sigo creyendo.

    - No pasa nada. Pero vas a ser una cristiana lesbiana.

    - ¿Ah, y eso importa? Lo ha dicho Francisco que no pasa nada.

    - Ja, ¿y porque lo dice él, no?

    - No, pero es el Papa.

    - Ya, y yo tu amante y punto. ¿A quién le haces el amor, al viejo ése o a mí?

    - Ya está la rojilla de mi novia metiéndose con la Iglesia…

    - No, pero me dirás, y más con lo nuestro, que no hay cosas malas en ella.

    - Bueno…

    - Dejemos el tema, anda —relajó Alejandra.

    - ¡Porque a Sara le gustan los conejos! —quiso brindar Alberto.

    - ¡Porque a mi novia le gusta mi conejo! —siguió Carmen.

    - ¡Carmen, no seas cerda! —la censuró Sara.

    - ¿Acaso no te gusta? —se mostró pícara Carmen mientras se reían todos salvo Julio, que esbozaba una media sonrisa.

    - Pero se puede decir de otro modo —aclaró Sara.

    - Bueno, a mi novia le gusta lamer mi vagina. ¿Ves, a que sigue sonando mal? —se rio Carmen. Y Sara se abrazó a ella.

    - Eres una tonta.

    - Y lo que te gusta… —soltó sin tapujos, y después la susurró:— ¿Vamos a mi casa?

    - Sí —le brillaron los ojos—. No nos ha visto nadie, ¿no?

    - No, Sara. No tengas miedo. Soy tu pareja, no tu enemigo —la acarició mientras Sara se encontraba de nuevo en el cielo. Estaba exaltada. Carmen era música en sus oídos.

    Sara iba con ella, por la calle, de su mano, aunque intentando que nadie las viera; tenía miedo que alguien las viera, pero quería estar con ella. Su melena resplandecía ante el sol, la iluminaba tanto la cara que no la podía ver bien a Carmen. Sentía vértigo, pero se reía: recordaba esa canción que durante bastante tiempo había aborrecido: Mujer contra mujer, de Mecano. Podía oír los sentimientos Torroja en su cabeza y temblaba con sus propios sentimientos. ¡Qué locura!, pensaba; su corazón no paraba de contraerse y bombear como una explosión de una dulzura tonta que incluso dolía: de tocar casi el cielo, se volvería loca. Nunca había sentido eso, nunca pudo comprobar lo que era amar y sentir amor y sentirse amada… De pequeña, había una serie de dibujos que no le gustaba del todo pero que veía por esas cosas de entretenerse en casa de su abuela: en ella, una de sus protagonistas, Rika, tenía un corazón partido por la mitad, era fría y no parecía sentir sentimientos. Aún en esos días, si recordaba esa temporada de su vida, con su abuela, la infancia, cuando creemos en la magia y en los sueños…, recordaba a Rika y su corazón partido en su camiseta. Y recordó su corazón partido y cómo luego consiguió un corazón entero. Quizás fuera ese momento para ella.

    - ¿Vamos a mi casa? —se la insinuó, lo que, por un lado, le quitó el enternecimiento a Sara de la cabeza, pero que no le disgustaba. En realidad, su corazón seguía en la misma tónica, segregando ese sentimiento romántico y ñoño, que seguramente le hubiera parecido tal cosa hacia no mucho tiempo. Pero en ese momento se había quedado hipnotizada en los bálsamos de los que, decían los clásicos, dejaba Eros o Amor a los enamorados: aunque, nosotros que ya sabemos que no hay dioses, diremos que las feromonas humanas estaban haciendo lo que en todo ser humano hacen: volvernos locos.

    Y Carmen la hizo lo prometido mientras Sara mordía con ansias el fruto de la vida, como todos los seres humanos en su exaltación por ésta. Por querer vivir. Su lucha por la vida. Aquello era la pieza de la cacería. Amor aquel día no estaba cabrón.

    Dioses, extraños en sus designios.

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