La final del Segundo Torneo Internacional de Pesca de Niños se presentaba, como siempre, apasionante para la multitud de espectadores que se agolpaban con sus barcas a la orilla del río Wattoki (pronúnciese /Batzoki/). Este año, el trofeo, que consistía nada menos que en una tan espectacular como práctica Toalla para Secar Niños Mojados (había sido un éxito de ventas aquel verano), se disputaba entre el vigente campeón Nicasio Biglietta y el debutante en la Pesca de Niños, pero hábil pescador de pescados, George O’Malley.
El trofeo, que en realidad era más práctico que espectacular, reposaba pulcramente doblado en las manos de Gill McButen, la propietaria de la tienda de cañas de pescar más importante a la derecha del río Wattoki. Esto era así porque era ella también la organizadora del Torneo, que utilizaba como método publicitario para promocionar su tienda.
La mujer observaba la competición con mucho interés. Ella tenía un candidato seguro a la victoria y deseaba encontrarse con alguien a quién retar a una apuesta de la que se sentía segura ganadora. Como por arte de magia, apareció a su lado derecho una barca de idénticas proporciones desde la que Olden Feidderbaum, propietario de la tienda de cañas de pescar más importante a la izquierda del río Wattoki, le sonreía divertido. Gill le saludó con un movimiento de cabeza, al estilo de la derecha del Wattoki, y él se dirigió a ella en los siguientes términos:
- Señorita McButen, un gran día para organizar su absurdo pero económicamente productivo Torneo.
- Desde luego que lo es, Feidderbaum. A éste lado del Wattoki siempre luce el sol.
- Teniendo en cuenta que el río solo tiene 20 metros de ancho, esa afirmación es aún más absurda que el propio torneo.
- ¿Le parece absurdo? Entonces supongo que no querrá hacer una apuesta conmigo.
Olden Feidderbaum dudó un segundo, pero luego pensó que en realidad nada perdía por animar aquella situación poniendo algo de dinero en juego.
- Acepto, señorita McButen. Aunque espero que no haya amañado usted el campeonato.
- Apostaremos 100 dólares cada uno. Si le parece bien, claro. Si gano, el año que viene tendré dinero para volver a organizar el torneo.
- Y si gano yo podré comprarme un bidet para mi sala de reuniones.
- Lo que usted desee. – y le dio sus 100 dólares al hombre para que los guardase él mismo.
- Es importante cuidar los detalles. En mi sala de reuniones ya tengo un bidet, pero me gustaría tener otro para los invitados.
- Puede elegir primero a su candidato, si así lo desea.
- No se me ocurre una manera más cómoda de hacer negocios que con un fresco chorro de agua golpeándote en…
- ¡Cállese de una vez, Feidderbaum! No me interesan sus reuniones. ¿A quién elige?
El hombre volvió a dudar, en esta ocasión tres segundos. Pensó en que lo lógico sería elegir al vigente campeón, y estaba a punto de hacerlo cuando volvió a dudar, en esta ocasión, dos segundos. Lo suficiente para caer en la cuenta de la trampa que le preparaba la inteligente y falta de escrúpulos Gill McButen.
- Veamos. Supongo que lo lógico sería elegir a Biglietta, dado que fue el ganador el año pasado y es el claro favorito para revalidar el título por palmarés. Aunque el palmarés se refiere solamente a un Trofeo.
- Una Toalla para Secar Niños Mojados, nada menos.
- Pero por otro lado, el hecho de que usted me haya dado la opción de elegir primero me hace pensar que el que yo y todos aquí creemos favorito puede que no lo sea. Al fin y al cabo, usted es la organizadora. – dijo guiñándole un ojo.
- Me sorprende que no haya necesitado sentarse en un bidet para llegar a esa conclusión. – contestó sin guiñarle nada en absoluto.
- Al otro lado del Wattoki somos rápidos pensadores.
- ¿Y no ha pensado que tal vez yo quisiera que usted sacase esa conclusión y así eligiera a O’Malley?
- No lo había pensado, la verdad. – dudó durante tres segundos una vez más. – Definitivamente, mi opción me convence más. Biglietta es un gran pescador, lo se bien, no en vano es mi cliente. Pero no pienso dejarme engañar por usted. Elegiré al debutante pero prometedor George O’Malley.
Así las cosas, los propietarios de las tiendas de cañas de pescar más importantes a ambas orillas del Wattoki se giraron a observar como se desarrollaba la competición.
La Pesca de Niños no era una competición tan sencilla como pueda parecer a ojos inexpertos. Se da el caso de que los niños criados a ambas orillas del río tenían modos de nadar bastante peculiares. En la orilla izquierda, dónde había una presencia muy importante de salmones, los niños nadaban dando saltos a contracorriente por encima del agua mientras agitaban sus pies como si fuesen aletas. En la orilla derecha, dónde no hay absolutamente ningún salmón porque viven varios cocodrilos, los niños nadaban moviéndose por la superficie estremeciendo todo su cuerpo al más puro estilo reptil.
Además, los cebos que obligaban a usar a los pescadores no eran los habituales bollos de canela que tanto gustaban a los niños. Para poner las cosas más difíciles, tenían que pescarlos con acelgas y, si ya de por sí eran nadadores muy escurridizos, huían a escape en cuanto olisqueaban el vegetal. Por lo tanto, lo más importante para ganar el más práctico que espectacular trofeo era la habilidad. O quizá no sólo eso.
Ambos pescadores luchaban porque los niños mordiesen el cebo. Con mucha inteligencia, el debutante O’Malley logró engañar a uno de los que nadaban cómo cocodrilos al moldear las acelgas con forma de Chupa Chups para atraerlo.
Feidderbaum ya se frotaba las manos pensando en el color del que elegiría su bidet. O’Malley parecía bastante seguro, movía la caña con habilidad por su experiencia en la pesca de pescados. Entonces Biglietta, en un golpe de suerte, logró cazar a uno de los que se movían como salmones, que se había golpeado la cabeza con la caña de O’Malley.
Feidderbaum se sujetaba con fuerza a la barca mientras veía como los pescadores luchaban contra los pescados mezclando capacidades y picaresca. Los adultos se empujaban, se mordían y pellizcaban, pero también los niños, que querían tener el privilegio de ser secados con el trofeo.
Cuando parecía que O’Malley estaba a punto de sacar del agua al niño, la caña cedió No llegó a romperse, pero el joven George se veía incapaz de tirar de ella lo suficiente como para alzar al niño. Olden Feidderbaum se llevaba las manos a la cabeza al ver como Biglietta sacaba cinco minutos después a su niño y le secaba con el trofeo que le había entregado una sonriente Gill McButen.
Una vez la gente se hubo dispersado muy satisfecha con el devenir del Torneo Internacional de Pesca de Niños y, por tanto, con la tienda de Gill McButen, ésta se acercó a Olden Feidderbaum para cobrar su apuesta, momento que él aprovechó para preguntarle como había sabido quién iba a ganar.
- Usted lo ha dicho. El ahora bicampeón Nicasio Biglietta es cliente suyo, y no hay que ser un experto para saber que sus cañas son mucho mejores que las mías. Si no, ¿por qué iba a tener que promocionar mi tienda con un torneo tan absurdo?





RafaSastre
Divertido y delirante relato. Daría cualquier cosa por asistir a uno de esos campeonatos. Un saludo, David.
VIMON
Muy buen relato, David, felicitaciones y mi voto.
VOLIVAR
David, emocionante lo que nos has compartido. Eres buen escritor, y te felicito. Mi voto y un saludo
Jorge Martínez
DavidCaina
Muchas gracias a los tres! Me aseguraré de que en el próximo Torneo Internacional de Pesca de Niños tengais un asiento reservado en el palco VIP. Pero cuidado con las apuestas.