Ayer mantuve una amena conversación con don Giménez, un taxista de mi barrio, mientras volvíamos de recoger algunos ropajes míos dejados en una sastrería hace ya un tiempo. Dicho taxista es un buen amigo de mi tía, sobre la cual vociferó los más turgentes elogios. Su afabilidad casi pueril espesaba el aire del automóvil con un suave aroma a juventud tardía. Me comentó que le gustaba su oficio así como también la zona de la ciudad en donde lo ejercía; ya que como la demografía común de sus clientes la conformaba la clase política/diplomática solía permitirse, como todo buen taxista la bien sabida la conversación de trasbordo, haciéndome notar que entre chácharas uno aprendía incluso más que cualquier escuelita pública ubicada en Areguá o en cualquier otro lugar, de una matriculación que podría ser n°342, o tal vez no –Lo habían expulsado en cuarto grado de su centro educacional, me había comentado jocosamente. La razón permanecerá como un enigma; la imaginación tendrá que cumplir deleitante su función primordial-. Por poco le dije que la educación es más arte que ciencia, y que para para el arte se necesita no solo de principios sino de una cierta predisposición espiritual hacia lo desconocido, cosa que veía en él, a diferencia de otras personas mal denominadas “educadas”(1) , pero no lo hice a razón de que dicho paréntesis me parecía demasiado presuntuoso y poético-malogrado, así que busqué una respuesta más humana pero al mismo tiempo igualmente fiel en mi silencio.
Don Giménez me relató durante todo el trayecto una historia sobre él y una mujer que por un tiempo fue su fiel cliente, la cual escuché de buena gana, y hasta podría decirse que con ansiedad. Él la solía llevar a todos los lugares a los que ella solicitase. Convirtiose, pues, en su taxista privatizado y de confianza. Tanto así que llegaron a volverse muy amigos. La vez que se conocieron, él la busco detrás del Shopping del Sol. Ella le pidió que fueran a la embajada americana y de vuelta. Me la describió como una mujer hermosa, alta, rubia, con unas facciones aguzadas y vivas, unos ojos verdes, tan verdes como los números del tablero digital de su taxi –ejemplo que se lo debo a él- y una expresión cuya sobriedad no contradecía su carácter notablemente ufano.
La mujer en cuestión, cuyo nombre don Giménez nunca mencionó, era americana, algo que descubrí más adelante, si bien aquello resultaba previsible por su fisonomía que me resultó bastante diferente a la del arquetipo femenino paraguayo.
En una de esas traqueteadas por la ciudad, la mujer lo citó para que la buscase de la embajada a las ocho de la noche. Don Giménez, pues, solícito fue a cumplir su deber ahora ya no solamente de empleado sino de amigo y confidente. Sin embargo, la mujer no se presentó sino una hora y media después, por lo que don Giménez tuvo que esperar bastante tiempo, lo cual no lo molestó, empero, sino todo lo contrario. Aguardó, de esa manera, con obsecuencia y ufanidad a la Mistress.
Si bien el taxista no me lo dijo, supongo yo que la mujer apareció bastante afligida al subirse al taxi. Ya que según don Giménez ella le reveló durante el viaje que había tardado a causa de algunas diligencias problemáticas (reclamos, creo yo) hacia y contra su supervisor, el cual aparentemente esa noche intentó propasarse con ella, vaya uno a saber cómo.
Al final del recorrido, la señora, ya un poco más calmada, le reveló a don Giménez que ella era nada más y nada menos que la consulesa de los Estados Unidos radicada en Paraguay, lo cual sorprendió verdaderamente al taxista, ya que nunca hubiera esperado encontrarse con una autoridad de tremenda jerarquía en su taxi (presuponiendo que todos los diplomáticos se manejaban en vehículos particulares o pertenecientes a la embajada.), y menos aún encontrar a una persona del carácter tan particularmente extrovertido y amigable en dicha posición dentro de la diplomacia extranjera.
“Ella era la segunda después del Embajador, encargada de todo lo importante –me decía-, ya sabe usted, manejar los papeleos de radicación tanto nacional como extranjeros, así como controlar el tráfico de personas que viajasen de ida o vuelta entre los Estados Unidos y el Paraguay…”. Asentí conforme y de acuerdo con la exégesis de don Giménez, ya que pensé yo también que el segundo al mando siempre debe ser el que más trabajo tiene. Y es que el jefe lo ocupa a él más que a los demás, por su cercanía a éste, condenándolo también su alto cargo y la dependencia que tendrán hacia él los empleados de cargos más bajos.
Luego de un breve silencio entre nosotros, le pregunté al señor hace cuánto había acontecido todo lo que me estaba contado, a lo cual don Giménez me respondió que hacía ya un buen tiempo. Deduje entonces que la mujer ya no era o no debería ser más su cliente, lo que se lo comuniqué preguntándole si la seguía viendo, a lo cual en efecto me respondió negativamente. Lo sentí de verdad por él, ya que se notaba que le había caído bien aquella dama. Le pregunté, entonces, si había tenido la oportunidad de despedirse de ella, a lo cual sorpresivamente me respondió que sí.
Ya habíamos llegado a destino y sin embargo don Giménez y yo no nos apeábamos todavía del taxi, ambos atentos a la conclusión de la historia. El taxista me contó como en carácter de despedida, la mujer le había dicho durante el que sería el último viaje con el hombre: “don Giménez, lo espero el domingo a las ocho de la noche en el Pizza Hut de España, lleve a toda su familia.”
Llegado ese domingo don Giménez, su esposa y su plétora de niños, llegaron al restaurante, dentro del cual vieron a la diplomática recientemente derivada a Chile (si mi memoria no me falla) sentada en una mesa bien a la vista. Me contó que ese día lo habían pasado muy bien, y con una sonrisa me comentó que probablemente nunca lo olvidaría.
Finalmente se permitió una apología final hacia la señora consulesa, ungiéndola de lisonjas. Me llegó a decir que (no sé cómo él llegó a saber esto, o tal vez no lo recuerdo) ella siempre se preocupaba por sus empleados, preguntándoles cómo se encontraban ese día, si tenían ganas de trabajar, y si no, por qué y qué era lo que les pasaba. Consentí con él y le dije que sonaba a que aquella señora era una muy buena líder, a lo que don Giménez me respondió “Uff… ¡ni te imaginás!”
Le pregunté por último, mientras descargábamos la parte de atrás del taxi de las bolsas que contenían mis pertenencias, si le había gustado la pizza de aquella noche, y él viejo taxista entre risas joviales me respondió “Fue la mejor pizza que he probado en mi vida.”
(1) Como la desagradable señorona que visitó esa mismo día un poco más temprano mi casa –y mi habitación, valga la mención- con su esposote, en vistas del probable alquiler de la misma. Para mayor información, se puede consultar a mi tratado, ahora en proceso de elaboración “Sobre la grandeza de la burguesía”.




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