18 de Febrero de 1518
El Capitán Wagner se había transformado.
De aquel hombre afable y generoso, al que tanto admiraban sus hombres, sólo quedaban los recuerdos que el viento removía por la cubierta. Cada vez eran más insistentes los cuchicheos procedentes de los más recelosos, acerca de que ese naufrago, que nunca se asomaba ni para sentir el aire golpear su rostro, le había hechizado con palabras melosas de oro, mujeres, y reinos que podría adquirir con una minúscula porción del tesoro.
En estos momentos de escritura, la noche ha acaecido sobre nuestras cabezas y los temores de los marineros han empezado a confirmarse. La Cortada ha sobrevivido a la más espantosa y escalofriante de las tormentas que el ser humano jamás ha podido presenciar. Las gigantescas olas a punto estuvieron de volcarla y acabar con sus días de gloria. Aquellas se abrieron paso entre las trampillas, alcanzando los niveles inferiores y la bodega. La mayor parte de los víveres se han perdido, y todos los pollos y gallinas están muertos, o han perecido ahogados bajo las aguas. De los cinco marineros que también cayeron, entre ellos, el carpintero y dos artilleros, sólo hemos podido rescatar a uno, que permanece medio moribundo, recostado en la primera cubierta, cuidadosamente vigilado por los suyos. El médico no cree que llegue a contemplar el nuevo día.
A raíz de los acontecimientos, el resto de los marineros, temiendo por sus propias vidas. rezaron para que el capitán cambiase de opinión, pero éste quiere continuar.
Cuán poco se parecen los jóvenes de ahora a los de antes. Apenas transcurrió un día y el chico, al que en el puerto de Jamaica ya habían bautizado con el sobrenombre de “El Rizado”, invirtió los escasos ahorros en una embarcación que sin ser más pequeña que un bote, apenas alcanzaba la mitad de longitud del más elemental de los veleros. Al menos, le bastó para dominarlo por sí mismo y aventurarse en busca, no de un tesoro, aunque tampoco le importara demasiado encontrárselo de cara, sino de respuestas. Con ellas, y una conciencia tranquila, todos los rumores de la maldición de La Cortada desaparecerían como la neblina que despunta al alba en las estaciones frías y las bajas mareas.
A pesar de haber estimado provisiones de más, a base de mucha agua, tocino y galletas saladas, El Rizado pronto comprobó que, tras tres días de navegación, la ruta seguida no conducía a ninguna parte significativa. Allá donde el catalejo alcanzaba, sólo había mar abierto. De lo contrario, aquel cartógrafo ya se lo habría advertido. Decidido y resuelto en su misión, racionó comida y bebida a la mitad diaria y prosiguió el camino. Hubo un detalle que le llamó la atención una vez que acaeció la noche del cuarto día: el espeluznante silencio que parecía proceder del mismo fondo donde el mar procuraba esconder los secretos más inhóspitos. Perplejo ante tan extraña situación, y previendo que el viaje apenas mostraba signos de culminar en un breve plazo, se dedicó a estudiar los siguientes pasajes del diario de La Cortada, en la esperanza de encontrar en alguno de sus párrafos una explicación coherente a ese desconcertante sigilo que dominaba las aguas.
27 de Febrero de 1518
Soy O’Bree, Allan O’Bree, marinero de La Cortada.
Lo primero que voy a aclarar es que el Capitán Wagner me ha nombrado a mí, como encargado de perpetuar las andanzas de La Cortada en el diario de a bordo, bajo pena de ahorcamiento si desobedezco sus órdenes o me retraso en mi labor. La razón es que, tras una acalorada discusión, el capitán ha terminado con la vida del responsable de la tarea que tengo ahora encomendada. Confío en que todo aquel que lea mis palabras se apiade de mi escasa experiencia a la hora de expresarme correctamente.
El viaje hacia un lugar desconocido por todos los que aún quedábamos vivos en La Cortada, continuaba sin demora alguna. Yo, que un día atrás acompañaba a los míos fregando la cubierta y cuidando cabos, conocía perfectamente sus pensamientos. Sabía que debían notar que los días se hacían cada vez más largos a medida que nuestra sangre se helaba ante aquella sensación de silencio que ensordecía incluso a los susurros de los fuertes vientos del Oeste. Ni los más viejos de entre nosotros podían encontrar un motivo para aquel escalofriante fenómeno, y lo hacía aún más siniestro el hecho de que el capitán apenas salía ya de su camarote, salvo para gritarnos, exigiendo más esfuerzo y premura en las tareas. Aquel condenado naufrago, que Dios nos maldiga por el día en que lo encontramos, siempre esta pegado al capitán como una garrapata; nunca se separa de él. En mi mente albergan dudas sobre si debo escribir acerca de mis temores, según los cuales, diría que es el propio naufrago quien gobierna al capitán, y por tanto, amo y verdadero señor de La Cortada.
Era cuestión de tiempo. Durante ese desgraciado atardecer tuvo lugar la primera rebelión. Pude presenciar cómo las dos terceras partes de los marineros, comandados por el último lugarteniente vivo, se encaraban al capitán, no para relevarle del cargo y controlar un navío sin rumbo alguno. Era tal el miedo y el pavor que congelaba sus músculos que sólo ansiaban abandonar el barco y arriesgar su suerte en los botes. Escuché con mis propios oídos cómo el capitán despreció su petición, regresaba a sus aposentos, para volver a cubierta un par de horas más tarde y encontrarse que se habían marchado definitivamente. Enfurecido, lo pagó con los pocos que aún creían en su buen hacer, y que ahora se arrepentían de no haber hecho lo mismo que los otros.
A la mañana siguiente, unos extraños golpes a estribor anunciaron al capitán la presencia de uno de los botes, destrozados, y varios de sus ocupantes, de los que habían desertado, flotando en el agua. Ya es habitual contemplar los aleteos mortales de los tiburones bordeando el barco. El silencio que dominaba las aguas contagió al propio barco e incluso al propio capitán, que no se manifestó al respecto, atizó con más ira y crueldad a los pocos que quedaban a continuar con el trabajo, y a seguir adelante, siempre adelante, hacia el misterio.
Estoy seguro de que El Rizado jamás olvidaría aquella noche, porque yo no lo he hecho… cómo permaneció durante varias horas en vela a causa de unas voces extrañas que no procedían de ninguna parte, advirtiéndole que se alejara de esas aguas lo antes posible. Se había ilustrado bien acerca de las leyendas de las sirenas que engatusaban a los grumetes con sus irresistibles cantos, para arrastrarlos luego al fondo del mar, y a su inmerecido final.
Pero lo negaba, El Rizado siempre se oponía a tales cosas, para él, desvaríos normales de la cabeza cuando uno lleva mucho tiempo sin pisar tierra firme. Hasta la presente, salvo el silencio que callaba las olas del mar, ninguna maldición se había aparecido, como tampoco ninguna presencia o rastro alguno de los barcos desaparecidos, una cuestión que sí le inquietaba cada vez más. Como no podía dormir, buscó el sueño en la aventura continuada por O’Bree, el marinero loco, sobre asuntos que cada vez se les antojaba más fantásticos.
2 de Marzo de 1518
Todos lo vimos.
Todos fuimos testigos de cómo el capitán asesinó impunemente a uno de los marineros más experimentados, simplemente porque le había rogado que reconsiderara dar media vuelta. Al poco rato, pasó por la quilla a otro, que aún le gritaba que estaba maldito mientras saltaba para dar de comer a los tiburones. Y el náufrago… algunos le han visto sonreír con certera malicia, siempre a la sombra del capitán, donde lo manipula sin que éste se percate de ello.
Los días se siguen sucediendo y las ratas ya deambulan por la cubierta sin riesgo alguno, pues ya constituyen la población más numerosa de La Cortada, teniendo en cuenta que apenas quedan unos pocos capaces de mantener unas mínimas condiciones de limpieza. El capitán pronunció con sonora voz, para que todos le escuchásemos, que más allá del último islote dejado atrás se encontraba el final de aquella macabra epopeya. Un tesoro, que como mínimo debía igualar el precio de tantas vidas perdidas inútilmente, les esperaba con los brazos extendidos de igual manera que las rameras se abren de piernas en las callejuelas oscuras de Panamá por unos cuantos escudos. Todos conocíamos hacia dónde señalaba con su dedo índice, un lugar más horrible incluso que el Cabo de Hornos, plagado de tiburones y peligrosas corrientes y tormentas. Nadie en su sano juicio se aventuraría a circular por esas latitudes. De sobra es conocido que ni los cartógrafos más reconocidos se molestan en señalar tal ruta en los mapas. Con los nervios con que la inquietud de las circunstancias agita mi alma, yo, O’Bree, escribo estas palabras como si fueran las últimas, temeroso y seguro de que ni tan siquiera me quedará tiempo para contemplar el despuntar del nuevo alba.
Las dos últimas páginas del diario estaban en blanco. El Rizado había completado la lectura.
Aquel paso, que ya era maldito por todos sin tener constancia de ello, resultaba estremecedor. Enormes desfiladeros que terminaban en puntas de granito cerraban el cielo y apenas dejaban pasar la luz. El paso se fue estrechando y El Rizado imaginó que la complicación que suponía conducir un navío como La Cortada por aquel estrecho pasaje, debía estar fielmente recogida en el diario. Pero ya lo había acabado. Entonces, comprobó que su pequeña embarcación iba camino de quedarse aprisionada por las piedras y los arrecifes que ya asomaban por encima de las aguas, de modo que la abandonó y caminó entre pedregales y pedruscos resbaladizos hasta llegar a una gruta. Aún quitando credibilidad a la maldición, reconoció sentirse excitado.
Encendió el pequeño farolillo que había alumbrado todas las noches de su viaje, y se adentró con cautela, cuidando dónde ponía los pies. A medida que avanzaba, el sonido de sus pasos, el único audible, se fue reverberando a su alrededor, indicándole que la gruta se estaba ensanchando. Entonces, se detuvo, y El Rizado abrió los ojos de par en par.
En la bóveda donde terminaba la oscura gruta, un lago de aguas cristalinas y brillo plateado descansaba apaciblemente como si fuera una fina y lisa sábana. De su centro emergía un islote.
El islote estaba repleto de montañas y montañas de oro.
Extasiado, el rizado dirigió su vista hacia arriba y acertó a ver depósitos esculpidos en el propio granito, en cuyo interior descansaban cientos de barriles de ron.
Y de los extremos del lago, mujeres de una belleza no escrita y una sed que no se calmaba precisamente con agua, se le acercaban con lascivo deseo, muy despacio.
El Rizado dio un paso hacia atrás y entonces, advirtió un extraño resplandor que llegaba de su mochila de cuero, en cuyo interior guardaba el diario. Al abrirla, contempló que la luz emanaba del propio libro. Lo sacó y comprobó que las mujeres, que ya estaban a pocos metros muy cerca de él, a punto de recibirle en sus ardientes brazos, se detuvieron. El rizado abrió el libro cuyo brillo cegador apenas dañaba sus ojos acostumbrados a la penumbra de la gruta y descubrió para su sorpresa que unas líneas finas surgían de las dos últimas hojas, hasta entonces exentas de palabras.
CONTINUARÁ


Valentino
Tu narrativa tiene´n preziosismo ce n´e visto´n las obras publicadas ací´n Falsaria. Cómo t´envidio. Saludos.
Agaes
querido valentino, sólo tengo dos secretos que ahora mismo pienso revelarte: escritores como tú que me animan más cada día que pasa, y muchas ganas de disfrutar escribiendo… gracias, un fuerte abrazo, amigo!!!!
Manger
Excelente, amigo Agaes. Sigo la historia. Un abrazo.
Agaes
gracias por seguirla, verte por aquí es garantía de seguridad y confianza!!!!
Nubepapel
Me está encantando. Tu narrativa es cautivadora. Mi voto y un gran abrazo
Agaes
diez abrazos para ti, nube, gracias!!!
Mabel
Me está gustando tu cuento Agaes, un abrazo y mi voto desde Puente Genil
Agaes
gracias a ti, querida andaluza, como siempre, una fuente de inspiración
ChristineCarcosa
Es genial, me llama mucho la atención el tema “marinero” que has elegido, no es muy frecuente de ver y a mi parecer, muy interesante y muy explotable. Mi voto, saludos
Agaes
muy pronto subiré el final. No tengo tiempo ni para mirar la hora… gracias por tu apoyo, chris, un fuerte abrazo!!!!
darwk
Hola amigo me encanta tu forma de escribir, simplemente es cautivadora, saludos y mi voto
Agaes
gracias, viejo compañero de armas y amigo… te ruego que disculpes la tardanza en mi respuesta, en gran parte, debida a que me encuentro en la temporada de mi trabajo más intensa… un fuerte abrazo!!!!
Ale
Muy buenooo, me encantó
Si quieres pasarte por mi perfil te lo agradecería mucho- un saludo
Agaes
ey!!! me alegra de que te haya gustado!!! no lo dudes siquiera un instante, querida Ale. De hecho, en estos mismos momentos, estoy leyendo algunas cosillas tuyas… un fuerte abrazo!!!!