Con mi padre los días sábados solíamos almorzar algo que él preparaba para luego sentarnos frente a la tele toda la tarde. El canal once emitía un maratón de películas de acción. “Sábados de super acción” se llamaba. De cowboys, de romanos, de mafiosos… comenzaba las 13 y se extendía hasta las 21hs.
Esperaba a la vera de la ruta sentado sobre su propia valija. El sol del mediodía se hacía sentir con fuerza en ese paraje perdido al cual, no sabía muy bien cómo había llegado. El aire era espeso y no se distinguían nubes en el cielo. A lo lejos, en el horizonte se recortaban algunas sierras lo cual hacía aún más extraño ese paisaje.
Munidos de papas fritas, gasesas (o alguna cervbeza para mi padre), consumíamos ese continuado de películas de los años ciuncuenta y sesenta en blanco y negro.
El hombre vestía un ridículo traje blanco, sombrero a tono y una raída corbata roja. Lucía una extraña elegancia, sin sentido para ese lugar extraviado. La valija, un pesado armatoste de cuero marrón, confirmaba su descripción de viajero. Ahí estaba él. Esperando sin saber muy bien que esperaba. Miró su reloj de muñeca y la hora parecía detenida a las doce.
Mi padre era un inmigrante en esta América Latina y todavía lo delataba un fuerte acento extranjero. Había llegado al país a los dieciséis años con su familia proveniente de un puerto de Francia, aunque en realidad eran judíos de Rumania. Huían de una castigada Europa del Este, primero de los nazis y luego de la ocupación rusa.
Finalmente, vaya a saber de dónde, tomó el impuso para emprender la marcha, teniendo por delante kilómetros de nada. El caminar se hacía pesado con ese sol que le perforaba la cabeza como un clavo. El calor era realmente insoportable. No llegó a andar doscientos metros cuando un vehículo se detuvo a la par:
- Hey amigo! No va a llegar muy lejos caminando por acá… quiere que lo lleve?
El caminante se detuvo atontado por el calor y el esfuerzo, levantó la vista y vio la destartalada camioneta con el granjero al volante, un hombre viejo de aspecto rústico.
– Eh.. si… si por favor… – balbuceó el caminante
- Bueno, suba entonces -invitó el granjero. – Hacia donde se dirige..?
- Eh, este… en verdad no lo sé…
- No lo sabe? Ja! Mejor no le pregunto cómo llegó acá, si quiere lo puedo acercar al pueblo más próximo, Viento seco…
- Viento seco… -repitió el caminante, como recordando algo…
Mi madre en cambio los sábados prefería ir al club, donde con sus amigas se reunía para jugar al tenis e intercambiar chismes sociales. Quien había comprado una mejor casa o quien había realizado un mejor viaje. A mi madre le fascinaba ese mundo y mi padre justamente odiaba eso. Yo, como era obvio, comulgaba con la visión que mi padre tenía del mundo. Creía en la libertad de deambular los sábados en calzones por la casa y mirar tele todo el día.
La camioneta comenzó resoplar un pesado humo gris mientras serpenteaba el camino irregular. Colgando del espejo retrovisor pendía una pequeña cruz de madera que oscilaba ante cada pozo, mientras desde la radio, se podían escuchar algunos valsesitos rancheros…
- Yo… le agradezco… déjeme pagarle el favor…
- Ja! Hombre no se haga problema…
El caminante buscó algo de dinero en el bolsillo interior del traje pero sus dedos palparon el frío metal de un arma… algo extrañado, porque realmente no recordaba que hacía eso ahí, sacó una 38 corta con tambor de seis tiros…
- Oiga Hombre – exclamó el granjero algo asustado, tómelo con calma… No tengo nada…
Mi padre fumaba como una chimenea. En esa época no estaba mal visto consumir un cigarrillo tras otro en cualquier lado y creo que en mi infancia fui un gran fumador pasivo por compartir esas horas de películas frente a la tele con mi viejo.
De pronto al doblar en la siguiente curva, se apareció de frente un enorme vehículo negro, de los que se usan en los cortejos fúnebres para llevar el cajón de finado. El granjero sólo atinó a volantear bruscamente para evitar el choque, lo que le hizo cruzar el camino transversalmente para así perder el control. La vieja camioneta comenzó a rodar dando tumbos entre las piedras al costado del camino… finalmente se detuvo con las ruedas hacia arriba todavía girando…
Cuando daban una peli de la segunda guerra en la que los americanos matan a cientos de nazis con un solo tiro, mi viejo hacía largos silencios con la mirada más allá del televisor. Supongo que esos uniformes alemanes le remitían a dolorosas vivencias que nunca nos contó. No sé si era por evitarnos escuchar las peores atrocidades de la guerra o bien porque no podía armar en palabras esas experiencias.
El caminante salió dificultosamente por la ventana, arrastrándose y aún con la 38 en la mano… en la camioneta quedaba el cuerpo inerte del granjero con sus manos al volante… El vehículo fúnebre se había detenido a unos cincuenta metros.
Mi madre retornaba del club a eso de las cinco y al vernos a los dos, desprolijos con platos de papa fritas y vasos de gaseosa en el piso e hipnotizados por la tele, se escandalizaba y solo atinaba a intentar regañarnos pero se encontraba con un silencio y una impasividad absoluta de nuestro lado.
Se abrió la puerta del conductor y salió un hombre de impecable traje negro. Llevaba una automática con silenciador en su mano enguantada. Comenzó a dirigirse hacia donde se arrastraba el caminante. Al llegar a su lado el hombre de negro dijo:
- No creía que sería tan fácil encontrarte… tú te quedas acá, pero mi dinero se viene conmigo… donde está la valija?
El caminante boca abajo mantenía su 38 bajo su pecho…
- No se de que me habla…
- Bueno, si lo quieres hacer difícil así será… sabés lo doloroso que es un tiro en las rodillas?
En un movimiento rápido el caminante giró sobre sí mismo y puso el cañon de la 38 en la entrepierna del hombre de negro.
- Y tú sabes lo que es quedarse sin pelotas?
El hombre de negro intentó levantar su automática pero le faltó un segundo que fue ganado por el estruendo de la 38. El disparo entró de abajo hacia arriba desde la zona inguinal para terminar a la altura del corazón…El hombre de negro cayó fulminado con su arma aferrada al guante…El caminante retornó a la camioneta invertida y pudo sacar la valija, la abrió y ahí vio los fajos de billetes prolijamente dispuestos… estimaba no menos de un millón… Imágenes de mesas de póker, humo de cigarrillo, mucha bebida y luces brillantes le salpicaban la mente pero aún no podía armar un relato coherente sobre los hechos… Cerró la valija y comenzó a andar nuevamente…
La leyenda THE END se agrandaba en la pantalla mientras empezaban a rodar los créditos. Muy de vez en cuando algunos sábados mi padre me decía “vamos a pescar” y nos encaminábamos hacia la laguna de Lobos. Nunca íbamos al club con mi madre.





Mabel
Me gusta el cuento, un abrazo y mi voto desde Andalucía
Maxriel
Gracias Mabel, saludos desde Parque Leloir, Argentina.