...y allí se repartían las mermadas raciones en las respectivas escudillas desde cuatro ollas de barro donde preparaban el ágape a base de aquella insípida sopa de tripas de cordero o patas de gallina, las veces más felices migada con el pan duro de centeno sobrante que el orfanato recibía de los lugareños para “ayuda” de los niños acogidos. Pero, en realidad, no había para más, y a veces ni siquiera eso… ¡Tiempos de dolor y hambre…!
(Continuación- Acto 4)…
-IV-
El aspecto de las cocinas era desastroso; el suelo, hecho de una fea cerámica que en su tiempo quiso aparentar el de una villa romana, estaba lleno de mugre, cucarachas, un montón de papeles arrugados y algunos utensilios rotos que en su día alimentaron las pequeñas y hambrientas bocas de los infantes huérfanos. En un rincón de lo que entonces sirvió como alacena, aunque llenos de polvo y espesas telarañas, aún se mantenían en pie los escobones con que Carlos y el resto de huérfanos varones eran “obsequiados”, después del frugal alimento, para limpiar con ellos hasta la última mota de desperdicios que hubieran podido quedar en el suelo o en las mesas del salón, aunque en realidad jamás los hubo, ni siquiera los huesecillos de aquellas amarillentas patas de gallina; las niñas, por su parte, eran las encargadas de lavar las lozas en los dos pilones que poco antes habían llenado con el agua del pozo, transportada por sus enclenques brazos en pesados cubos de hojalata desde un lejano rincón del jardín hasta las cocinas.
Mientras, los tutores, ellas y ellos, después de apartarse para sí dos de las mesas hasta el ventanal de mayor claridad, unirlas y decorarlas con un lustroso mantel y limpias servilletas de paño bordado, se quedaban sentados a su alrededor disfrutando de un suculento almuerzo que, a su término, siempre acababan engalanando con un aromoso café portugués de estraperlo y –cómo no- sus amigos los postres caseros. Siendo ellos los encargados también de la limpieza y del barrido posterior, esperaban con impaciencia tras la puerta a que acabaran de comer los mayores mientras escuchaban a escondidas y en silencio, todos ellos escobón en mano, sus serias conversaciones pegando bien la oreja a la gruesa madera. Después, una vez recibida desde dentro la autoritaria y altisonante orden del grasiento señor Cifuentes, entraban todos a una en la estancia y, cuando se hubieron marchado, rebuscaban entre aquellas sobras un decente hueso de chuleta que volver a roer, alguna que otra migaja de pan blando o, con mucha suerte, un descuidado trozo de aquellos apetitosos bollitos de azúcar y anís que veía devorar con tanta fruición a Doña Felicitas en alguna ocasión que se atrevió a entornar la puerta del salón y observarla por la estrecha rendija, mientras que a él y al resto de sus compañeros se les escapaba la baba por las comisuras de sus famélicas bocas…
Le pareció escuchar un ruido extraño y se detuvo poco antes de cruzar el umbral del salón procurando aguzar bien el oído… Fueron unos escasos segundos y, tras la corta espera, de nuevo creyó oír unos sonidos que parecían proceder de la entrada principal, como una especie de débil taconeo acompasado, los pasos de una mujer quizás… Pero eso era imposible, se dijo. Nadie en su sano juicio viviría en aquel ruinoso lugar, y menos una mujer. Por si acaso, retrocedió hasta las cocinas y tomó en sus manos una de aquellas carcomidas escobas; quizás hubiera necesidad de ahuyentar a algo o a alguien… Entró en el salón y, de súbito, sintió un fuerte hedor y la presencia de algo indefinible; la luz del atardecer entraba a duras penas por las estrechas rendijas que quedaban entre las claveteadas tablas que tapaban los tres ventanales, pero lo suficiente como para darse cuenta de que aquella estancia ya no tenía nada que ver con la de sus recuerdos… Las paredes aparecían desconchadas y apenas quedaban un par de mesas desvencijadas, mientras en el centro se acumulaban muy juntos toda clase de objetos herrumbrosos, cubos de estaño, tablas, cuencos rotos, ropa vieja y hasta un trozo mediano de una de esas piezas de material ondulado que servían para cubrir los chamizos a modo de rústico tejado… Se le antojó pensar que parecía el abandonado asentamiento de un explorador perdido en medio de una ciudad en ruinas. Mientras observaba aquel triste entorno, sintió como un susurro parecido al roce de telas entre sí y se mantuvo quieto y vigilante; algo oscuro parecía estar moviéndose entre aquellos cubos… Dejó la bolsa de viaje en el suelo y alzó enhiesta la escoba acercándose con sigilo hasta el irregular cúmulo de basuras, y en un momento descubrió por fin la procedencia de aquel mal olor… Un par de enormes ratas salieron bufando a toda velocidad tomando la salida del salón en dirección contraria a la suya, hacia las escaleras de la entrada principal, dejando a medio roer un pútrido conejillo que, para su fatalidad, debió tener la osadía de adentrarse en la casona a saber por cuál de sus ignotos agujeros…
(Continuará…)


The-lost-traveler
La cantidad de detalles y la diversidad lingüística que usas me deja asombrado otra vez. Siempre te tengo que leer despacito, cómo cuando era niño, para no perderme. Mi voto y un saludo
Manger
Muchas gracias, amigo TLT, por tu tiempo y amable comentario. Sé que -a veces- me pierdo en el “detallismo”; ése es uno de mis mayores pecados y procuro enmendarme. Un abrazo.
ChristineCarcosa
Excelente cuarta parte, Manger, muy cuidadosamente escrita, como ha comentado the-lost-traveler . Sigue deleitándonos con más partes, por favor
Mi voto, un afectuoso saludo!
Manger
Muchas gracias, estimada Christine; espero terminar de abreviar este ladrillo en la próxima entrega. Un afectuoso saludo.
Patxi-Hinojosa
Reitero lo comentado por los compañeros, algo que ya es sabido desde hace tiempo por todos los que tenemos la suerte de leerte. ¡Muchas gracias por compartir tus espléndidos relatos! Un fuerte abrazo, amigo Germán.
Patxi-Hinojosa
Se me olvidaba, al final habrá quinta parte como te sugerí…
Manger
Muchas gracias a ti, querido amigo, por tu siempre amable compañía a mis humildes escritillos. Tenías razon; tendré que volver a daros el latazo con una última entrega. Como ya te dije, estoy abreviando un cuento largo en estos pocos actos, e intentando ser lo más cuidadoso posible en re-hilvanar la historia para que no resulte incongruente tras los cortes. Un fuerte abrazo, Patxi, y muchas gracias por tu paciencia.
Manger
Muchas gracias, administradores de Falsaria, por vuestro apoyo. Mis saludos cordiales.
Manger
Muy agradecido, amigo Vicente (Vimon), por tu paciencia. Un abrazo.
Manger
Agradecido por tu grata visita, amigo Bicho Reactor. Un abrazo.
Manger
Agradecido por tu grata visita, estimado amigo David Rubio. Un abrazo.
Nubepapel
Excelente cuento Manger. Me encanta el suspenso que le das. Esperando la continuación. Mi voto y un gran abrazo
Manger
Muchas gracias por tu gentil comentario, Nubepapel. Otro abrazo para ti.
Manger
Muchas gracias también a Elisa por pasarte a leer y apoyar el texto, al tiempo que lo lanzas a portada. Un afectuoso saludo, amiga.
Manger
Muchas gracias también a Guillemelli por pasarte a leer y apoyar el texto. Un abrazo, amigo.
Quique
Un lujo leerte. Admiro profundamente tu escritura. Un abrazo.
Manger
Un lujazo es recibir tu visita, querido Quique, y disfrutar siempre de tus brillantes textos. Muchas gracias por tu amable comentario. Un fuerte abrazo, amigo.
Manger
Muchas gracias también a mis amigos Silvana y Joapasa por pasarse a leer y apoyar el texto. Un abrazo.
Mabel
Me dejas impresionada con tus relatos Germán, son buenísimos, un abrazo y mi voto desde Andalucía
Manger
No tanto como tus bellos poemas, estimada Mabel, pero te agradezco tu amable comnentario. Un abrazo.
Manger
Muchas gracias también a Víctor Manuel Caba por pasarte a leer. Mis saludos cordiales,
Manger
Hola, compañera Ale. Te agradezco tu grata visita y apoyo. Mis afectuosos saludos.