Annabel miraba por la ventana, sus sueños se veían reprimidos por un simple cristal y un par de paredes que se cernían sobre ella. Había tres niños jugando en el césped frente a la gran casa de campiña, corriendo a lo lejos y revolcándose por el suelo. Se veían felices pensaba sin dudar que debieran ser los hijos de las sirvientas, o incluso de la cocinera, creía recordar que tenía un hijo aunque no aparentara ser muy joven, debía de estar alrededor de los 30, suponía la joven. Mientras seguía con la mirada el recorrido de los niños, se fijaba en el maravilloso día primaveral que hacía en el inmenso prado, cómo las flores de diversos colores adornaban el paisaje, un espléndido cielo despejado se extendía sobre sus cabezas y el resplandeciente círculo amarillento en lo más alto estaba. Cómo deseaba Annabel estar allí, sintiendo la hierba bajo sus pies y el aire revolver sus largos rizos castaños. Pero eso era algo inalcanzable para ella y aún seguía sin comprender por qué.
-¡Señorita! Haga el favor de prestar atención, deje de distraerse con pequeñeces, si no tendremos que repetir todo desde el principio y no acabará hasta la hora de la cena- protestaba la señorita Marga.
La señorita Marga siempre había sido su tutora particular que venía desde la ciudad a enseñarle los avances del universo, como decía ella. Con el cuerpo delgaducho, el cabello atado en una cola baja y enfundada en ropa lúgubre como si estuviera siempre de luto. Annabel no la detestaba, pero tampoco le agradaba. Siempre estaba gritando y protestando por todo, que si no atendía, que si no prestaba interés por las asignaturas, que si no seguía los modelos de una señorita…y sinceramente ella estaba harta de tanto protocolo.
-Se ven tan felices ahí fuera, como si fueran pájaros volando por el cielo- suspiró aun mirando el paisaje- ¿Por qué yo nunca puedo hacer cosas como esa, Marga? Siempre tengo que estar aquí, pegada a esta silla y a esta mesa, memorizando cosas que no entiendo y aburriéndome cada diez minutos.
Annabel estaba irritada con su mirada azul inescrutable intentaba provocar algún reparo de comprensión en la señorita Marga, pero eso era casi imposible.
-Usted debe comportarse como una señorita, no puede ir revolcándose por ahí como los animales salvajes. ¡Qué diría la gente de la noble hija del coronel!-exclamaba la señora mientras hacía ademán de ordenar los papeles de la mesa.
-Pero yo también quiero disfrutar, no puedo estar siempre pretendiendo que estar encerrada es lo más divertido del mundo, y uff…sí, me encanta quedarme sepultada en casa mientras camino sin hacer nada como si tuviera un palo metido en…-la joven se detuvo al ver la exclamación de la Señorita Marga ante sus malas palabras.
-Señorita Annabel, tiene que cuidar su vocabulario, las señoritas tienen que saber comportarse en todo momento-afirmó con autoridad.
La mujercita no quería seguir discutiendo, con la señorita Marga no tenía sentido discutir, siempre iba a acabar por denegar lo que ella propusiera, era así desde que era pequeña.
Esa misma noche Annabel cenó sola en la gran mesa de baño caoba del comedor. Se preguntaba por qué no podría cenar en la cocina con el servicio de la casa, así por lo menos no estaría sola y tendría con quién hablar. Pero bajo la mirada asechadora de la señorita Marga tenía que mantener su nivel incluso cuando no hubiera nadie para acompañarla.
Terminó su pato a la naranja con puré de patatas y se levantó de la mesa. Rara vez dejaba el postre, pero no estaba de ánimos ni siquiera para la gran tarta de chocolate de Marcela, la cocinera de la casa, que tenía fama de ser de las mejores. Mientras subía las escaleras sentía la mirada de la señorita Marga siguiéndola, se detuvo y se despidió acordando la hora en la que tendría sus lecciones mañaneras al día siguiente. Al llegar a su cuarto se desprendió del corsé, de la voluptuosa falda y sedosa camisola beige que le incomodaban tanto cuando empezaban los días más calurosos de la primavera en Louisiana. Con rapidez se puso su blanca camisola de encajes bordados y se metió en su ancha cama. Dando vueltas antes de dormirse pensaba en lo diferente que serían las cosas si hubiera nacido en una familia normal y corriente, como las del pueblo de al lado.
La mañana siguiente fue cálida pero sin llegar a ser tan agobiante como la previa. Annabel repasaba mentalmente el sueño que había tenido la noche anterior mientras masticaba sus tostadas con mantequilla y arándanos. Había soñado con un caballo, galopando libremente por un extenso prado verde cubierto por flores silvestres e incluso semillas de maíz. No dejaba de sentir la agradable sensación que le producía recordar aquel sueño. Pero esa felicidad se acabaría cuando la señorita Marga llegara a las diez en punto. Al terminar su desayuno Annabel se levantó y se dirigió a la cocina con sus platos del desayuno, era algo que hacía cuando no había nadie en casa, ni siquiera la señorita Marga quien la obligaba a quedarse en la mesa y hacer trabajar al servicio. Cuando entró en la cocina se encontró con Marcela preparando baguettes para la hora del almuerzo. Con cariño le sonrió y le agradeció que trajera la vajilla hasta la cocina.
-¡Oh querida! Hoy hace un día estupendo, pronto saldré a rellenar los cubos de agua para barrer la entrada, también alguien tendrá que rellenar la pila de los cabritos, si no, quién sabe si nos darán con qué hacer esas deliciosas tartas de queso que tanto le gustan- decía Marcela sin dejar de sonreírle a la mujercita de la casa.
-¡Oh Marcela no se preocupe! Ya lo hago yo- se apresuró a salir por la puerta trasera de la inmensa cocina rústica, pero la amable cocinera escandalizaba ante tal sugerencia, he insistía en que lo dejara que para eso estaba ella- Tranquila, se lo dejaré en la puerta- contestó alegre Annabel.
Cuando dejó la cocina fue directa al altillo del establo donde se encontraban todos los trastos y herramientas, y cogió los dos cubos de la esquina. Al salir acarició a los cabritos recibiendo sonoros berridos de aceptación. Annabel iba derecha al pozo, dispuesta a llenar los cubos. Una vez repletos del agua dulce del pozo particular de la casa volvió cargando los pesados barreños hasta la puerta de la cocina. Pero al dejarlos en el suelo se encontró con una pelota desgastada a sus pies, y escuchó a alguien que la llamaba.
-Perdona, ¿me la puedes pasar?- decía uno de los niños en bombachos que había visto el día anterior.
Annabel le entregó la pelota pasándosela con un bote, y el niño agradecido se marchó. Ella se giró para volver al interior de la casa, pero justo en ese segundo reaccionó y pensó en hacer algo que nunca había hecho antes.
-¡Oye!- el niño a lo lejos se dio la vuelta para encarar a la joven- ¿puedo jugar con vosotros?-preguntó con su mirada excitada.
-¡Claro!- respondió sencillamente el muchacho.
Ella corrió hasta donde estaban los niños, y juntos se pusieron a jugar en el césped bajo aquel radiante sol. Aquellos niños le enseñaron en pocos minutos una serie de juegos que ella no conocía pero que la hacían reír y disfrutar como nunca. Comprendía el valor de la unidad que requerían los ágiles juegos y también lo simple que era encontrarse a gusto en compañía de las personas más simples.
Justo cuando Annabel creía estar más feliz, escuchó la voz alterada de la señorita Marga y desde el borde de la valla del recinto, contempló asustada a su tutora.
-¡Señorita! ¿Pero qué está haciendo? ¡Cómo se le ocurre ponerse a corretear descalza en ese mugriento suelo, y más aún con los hijos de las criadas!¡Vuelva adentro ahora mismo!- gritó la señorita Marga desde el camino principal de la casa.
Annabel estaba paralizada, justo ahora que se encontraba tan bien fuera de esa casa, tenía que volver a lo que más detestaba. Quien iba a decir, que ella pudiera si quiera dejar de contemplar lo que tanto quería y poder sentirlo bajo sus pies. Ella no podía volver dentro, no podía dejar que la monotonía le quitara el resquicio de libertad que sentía en ese instante. Se negaba a dejar que la señorita Marga volviera a atarla a algo que ella no había escogido. No podía dejarse vencer sin luchar, no ahora que sabía cómo era sentirse normal por un día.
Con la firmé decisión que tomó, se dirigió hasta donde se encontraba la señorita Marga, la miró a los ojos con la seriedad sentenciada en ellos y le dijo:
-Yo no quiero ser una señorita, quiero ser libre-afirmó con una sonrisa desafiante en su rostro.
La señorita Marga la miraba boquiabierta, por primera vez vio la determinación de una mujer en los ojos de la joven. Observó cómo Annabel se marchaba para seguir correteando con los niños. Y no se detuvo ante los reclamos de su tutora, ella seguía caminando orgullosa de lo que había hecho. Por fin se había revelado contra su propio destino, y no podía sentir más júbilo del que sentía en ese entonces.
La tutora intentó avanzar detrás de ella, pero vio como su bota de tacón negro se enterraba en un charco de barro y con la expresión marcada en disgusto retrocedió enseguida. Miró hacía la joven y se dijo a sí misma “nunca la había visto comportarse así, creo que se está convirtiendo en toda una mujer. Aunque aún tiene que aprender ciertos modales, pero que sea otro día no hoy”, mientras veía como Annabel mostraba la sonrisa más amplia, abrazando su propia libertad.


VIMON
Interesante relato. Saludos y mi voto.
Jay.Eirne
Muchas gracias!!!!!
Mabel
Que cuento más bonito, un abrazo y mi voto desde Andalucía
Jay.Eirne
Gracias Mabel, y otro para ti!!!!!
Orfeo
Rebelión y libertad. Dos palabras que muchas veces van unidas.
Jay.Eirne
Pues si la verdad, más unidas de lo que demás creen.