Allá por el año 2000 el director Roland Joffé, conocido anteriormente por sus obras: “Los gritos del silencio” y “La Misión”, se adentró en el mundo de la liturgia festiva y protocolaria en la corte de Luis XIV, el rey Sol, a través de la mirada del maestro de ceremonias: Françoise Vatel. Nos anuncia en la entrada que es “A true story”. Aunque la trama general nos emplaza a un hecho histórico: la corte itinerante viaja al palacio de un noble, éste debe agasajarlos con todo tipo de regalos, juegos, teatro, banquetes, etc…, ¿para qué?, sencillo, estar más cerca del rey, afán de todos los nobles por aquellos tiempos y hacer la guerra a Holanda, el leitmotiv es otro.
Esta propuesta cinematográfica franco-británica pudiera parecer sencilla si, únicamente, secuenciara clara y cuasi documental, la fastuosidad del aparato ritual en aquella época, que también lo hace, pero no, la percepción de Vatel, interpretado por Gérard Depardieu, ciñe, mejor dicho, nos abre el trampantojo intrahistórico de dicha centuria, así como aspectos aparentemente inéditos del personaje interactuando con los demás. “Secundarios” perennes en el metraje, Tim Roth como el Marqués de Lauzu, segundo del rey; Timothy Spall como Gurville, enlace del rey con el maestro; y Uma Thurman como la Marquesa Anne de Montausier, damisela del monarca; conforman el cuadro. Todo ello ambientado, nunca mejor dicho, en los escenarios reales de Fontaineblau, Chantilly, con sus palacios y jardines; también las cocinas, salones, artificios teatrales, intendencia, ropajes (a destacar la sastrería española Cornejo) en general, está bien hecho; música “circunstancial”, mejor, emocional, de Ennio Morricone. Metraje sobrio, bien ajustado, hora y media larga; la clásica estructura exposición, nudo y desenlace.
Vatel danza por las cocinas, ordena, trabaja en el obrador, mira, observa, contempla, espía; danza de nuevo solucionando problemas, se ve la tramoya para que el poder pueda aliviar su ansia de placer, mientras Depardieu, insisto danza, delicado, al detalle, como un orfebre, como un contable, como un decorador, como un regidor de escena. Todo ello trufado de breves diálogos sabios, punzantes, guerra dialéctica entre el cinismo de Tim Roth y el sarcasmo del propio Depardieu; un hombre que busca la PERFECCIÓN Y LA LIBERTAD, mala época el absolutismo; un superviviente, un artesano que se ha hecho a sí mismo, inteligente, culto, conoció a Descartes. Una de las escenas en las que Vatel mira a través de un ventanuco para que todos los fastos se desarrollen bien en palacio, la cámara baja a los pies y las ratas pululan libres; en otra, un mozo de tramoya muere para que el mecanismo funcione y el espectáculo continúe, pero la PERFECCIÓN ES LA PERFECCIÓN. Por momentos parece que estoy viendo a Anthony Hopkins en “Remanins of the day” (Lo que queda del día). Distintas épocas, aunque el mismo paño. Sólo Uma lo distrae -Uma Thurman llena con su sola gestualidad actoral-, y le hace soñar que el mundo puede ser de otra manera. Ahí vuelve el engaño de la vida, se percibe que Vatel toque el cielo, el rey lo quiere en Versalles como maestro de ceremonias, pero no puede ser. Finalmente se suicida.
El leitmotiv, amén de virtuosas florituras técnico-históricas, es el individuo en su infructuosa búsqueda de la PERFECCIÓN Y LA LIBERTAD, en una época que ya presagiaba cambios importantes.




Bicho.Reactor
Interesante reseña.
Mabel
Me ha gustado, un abrazo y mi voto desde Andalucía
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