Bastó una sola exhalación para darme cuenta de lo diferente que sería mi día, el aire tenía otro sabor, los rayos del sol me acariciaban de una manera extraña, parecía que intentaba seducirme, convencerme de permanecer en este puto mundo.
Pero yo, yo era una fortaleza, no estaba dispuesto a escuchar a nadie, únicamente le prestaría atención a aquella desconocida pero a la vez conocida voz interior, esa linda vocecita que me susurraba ¡Hazlo ya! ¡Tú puedes!. Y entonces decidí iniciar el primer paso: levantarme de mi cama, de mi prisión.
Camine hacia el baño y con nostalgia contemple mi amada guarida, no era lamas lujosa ni tampoco la más sofisticada, pero era mi sitio, mío y de nadie más.
Una frágil sonrisa se dibujó en mí, al darme cuenta de que mi amada habitación se había mantenido intacta por 20 largos años, como si una gran capsula se hubiera colocado sobre ella y el tiempo se hubiera detenido, aún conservaba ese azul marino que tanto me encantaba, la sucia pero suave alfombra café-blanca, y todas esas fotografías de personas que jamás había conocido y que sin embargo sentía por ellas una extraña admiración, no creía en dios, pero ellos lo eran para mí.
Mi ropero, una descripción exacta de mí, era como un gran laberinto, un gran laberinto de prendas oscuras, así era yo, un laberinto de tortuosos pensamientos, pensamientos que intentaba mantener dentro, pero estos estaban cansados de permanecer ocultos.
No podía marcharme sin antes dar un paseo por mi humilde morada, tenía que despedirme de la casa que me había hecho vivir los mejores momentos de mi vida, pero también los más oscuros y perversos que jamás alguien experimentó.
No encuentro una definición para mi casa, era grande pero me hacía sentir pequeño, era opulenta pero dentro de ella me sentía miserable, lo que más me desagradaba era que estaba situada en la nada, papa no ganas mucho con su empleo de carpintero, por lo que no nos alcanzaba para tener un lugar cerca de la “civilización”, así que opto por comprar una pequeña cabaña muy lejos de la ciudad, pero cerca de la naturaleza, a mama le fascinaba la idea pues “La naturaleza nos brinda todo lo que la ciudad no nos puede ofrecer” repetía incansablemente, no sé si lo decía de corazón, o simplemente trataba de convencerme de las ventajas de vivir en el campo.
Pero a mi toda esa paz, todos esos desquiciantes sonidos de aves que surgían de la nada, me hacían querer vomitar, me sentía como un pez dentro de un vaso de agua. Añoraba vivir entre todo ese alboroto que tanto me excitaba.
Pase por el pasillo que dividía mi habitación de la de mis padres, me dirigí a su habitación, tratando de no hacer demasiado ruido y abrí la puerta, casi vomito al ver a mi padre desnudo, no le importaba exhibir su enorme barriga, no me explicaba como mi madre se había fijado en un gorila como el, ella tan linda, tan diminuta, todo lo contario a él.
-¡Me voy!-grite fuertemente.
Mis padres saltaron de la cama muy asustados, y admito que me produjo una enorme satisfacción ver la cara de terror de mi amado padre.
-¿Qué demonios crees que haces, estúpido? ¡Son la 6 de la mañana!-pronunció tajantemente.
-¡Me voy!
-¿A dónde demonios te vas maldito marica? ¡Eres un holgazán, no tienes no un centavo, ¡largo de aquí, antes de que me vista y te agarre a golpes!.
-¡Cielo por favor, vuelve a la cama!-suplicaba temerosamente Elizabeth, mi madre.
-¡Adiós!
Y entonces saque de mi bolsillo el revolver de padre, y sentí un inexplicable paz dentro de mí, me sentía valiente, me sentía poderoso, la dirigí a mi cabeza y ¡Cataplúm!, dulce coro celestial.


Mabel
¡Impresionante!!! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido