Nadie pareció comprender por qué, pero Akim tuvo que sentarse en un escalón, sentía que el suelo le daba vueltas, aquello no podía ser, no era posible. Muntassir, preocupado, lo tomó por los hombros.
- Muchacho, ¿Qué ocurre? ¿Te sientes mal?
- Yo…. – balbuceó apenas Akim, mirando al mercader con ojos que se veían enrojecidos.
La única persona allí presente que había comprendido lo que sucedía era Nasila, no le costó relacionar lo que sabía de su amigo que permaneciera en Bagdad con la noticia dada por el visir, quien por cierto se acercó, extrañado por aquél malestar.
- Parece que nuestro héroe tiene problemas. ¿Puedo saber qué le sucede, señor El-Fharid? – dijo y se le quedó mirando a un lado con ojos escrutadores. Algo no le gustaba a su sempiterno sentido de la suspicaz desconfianza, mas no comprendía cuál era el origen de esa molesta incertidumbre.
El rostro de Akim se había tornado una máscara de piedra, pero de pronto fue consciente de que debía mantener su papel o todo se echaría a perder, de manera que reunió toda la entereza que pudo y se puso en pie, viendo al visir directo a los ojos.
- Ha sido una…. indisposición momentánea, no debe preocuparse usted por mí. – y tras decir eso caminó hasta donde estaban Nasila y su padre.
- A sus órdenes, Excelencia. – dijo haciendo una reverencia como le había enseñado Tau.
Entonces el califa le invitó a seguirle a él y a su hija, ordenaría preparar tres días de festejos para celebrar el haberla recuperado y de paso agasajar con honores a su oportuno salvador. Akim a duras penas podía oír las voces a su alrededor, había momentos en que sentía que le faltaba el aire y sólo deseaba salir al exterior. Pero debía hacer lo que debía hacer. Rafiq, su amigo del alma, su hermano en la vida que compartieran siempre, al que había prometido regresar a buscar, había llegado demasiado tarde y estaba muerto, asesinado por orden del visir o del califa, o de ambos. Sintió deseos de llorar amargamente cuando recordó, estremecido, a los cuerpos descarnados colgando pútridos sobre la muralla.
- Rafiq…. – apenas susurró para si – no merecías que nadie te hiciera algo así….
- Muchacho, - oyó de pronto en su oído la voz de Muntassir – creo que debes hacer un esfuerzo por cambiar esa cara tuya…. aunque ya la has cambiado, en esencia, bueno, quiero decir que ese visir no nos quita la vista de encima, va a acabar dándose cuenta de quién eres.
- No sabrá nada, anciano, ya tranquilízate.
Fueron destinados a sendas habitaciones, dotadas de comodidades dignas de un noble mandatario, de hecho casi más lujosas que las del propio visir. Akim lloró aquélla tarde a solas todas las amargas lágrimas que no conocía estuviesen dentro suyo. Había perdido para siempre al único amigo que había tenido, uno que estuviera a su lado cada vez que lo hubo necesitado, sin esperar nada a cambio, tan sólo su amistad. Aunque intentaba no hacerlo, le resultaba tarea imposible no imaginar cómo y cuánto debió de haber sufrido su querido amigo corriendo tan espantosa suerte, sin nadie que tomase su mano en el final.
Akim lloraba como nunca antes recordaba haberlo hecho, sentía fuertes deseos de vomitar y no dejaba de crispar sus puños cuando, en ramalazos, una furia casi animal se apoderaba de él. Así se fue la tarde entera, todos le creían descansando del arduo viaje, mas la verdad era que había hecho duelo amargamente por su amigo, casi hermano. Para cuando llamaron a la puerta de su habitación anunciando que el califa le invitaba a su mesa en el comienzo de las festividades por el regreso de la princesa, ya había conseguido calmar su dolor, apaciguarlo, y su rostro adquirido una engañosa calma, una máscara que ocultaba las espinas que torturaban el alma.
Lavó su rostro, acomodó sus ropas nuevas, elegidas del guardarropa abundante que existiera ya en los armarios de la habitación para que eligiese a voluntad, y salió al pasillo caminando tras el guardia que tenía la misión de guiarle hasta su anfitrión. Mientras avanzaba iba viendo en derredor, llegando en cierto punto a reconocer el área donde estuviese la tarde en que se introdujo hasta los que resultaran ser los aposentos del propio visir. Cuando arribaron al amplísimo salón, vio al fondo, tras una larga mesa al califa, Nasila y a toda una cohorte de personas sentadas a los lados, y encima de dicha mesa una asombrosa cantidad de manjares que Akim ni siquiera identificaba, eran de hecho cosas que se veían deliciosas pero que jamás hubiese visto antes, eso era seguro.
Al verle, el califa hizo ostentosos ademanes indicándole que se acercara, y al tenerlo al lado dio órdenes de que se corrieran todos para dejar lugar a quien anunció era sin lugar a dudas el invitado de honor de aquéllas fiestas. Akim acabó sentado sobre un mullido almohadón, con el califa a su izquierda, y Nasila al otro lado de su padre.
La muchacha lucía verdaderamente hermosa, con una cofia de pequeñísimas piedras preciosas labradas que caían sobre su frente, y en más de una oportunidad la vio mirándole furtivamente. Akim procuraba sonreír ante todo, mas por dentro sabía que algo había cambiado en el plan general.
Lo que ocurriera con su amigo Rafiq no iba de ningún modo a quedar impune, él vería de un modo u otro que el culpable pagara por ello, fuese quien fuese y al precio que fuese.
Continuará……….


Mabel
Me encanta como relatas la historia, es como si la estuviera viviendo, un abrazo y mi voto desde Andalucía
Merlin
Supongo que ese es el mejor elogio que se le puede hacer a alguien que escribe algo, te lo agradezco mucho y te mando un abrazo para ti.