El espanto de Bucarest - Capítulos 46 y 47

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    46

    Todo se paga en esta vida, hasta las malas miradas

    ___

    Popescu despertó en medio de un cúmulo de rocas; estaba casi desnudo, dolido y desubicado, con la ropa hecha jirones. Tenía un hambre que le pegaba el estómago a los huesos.

    «Ay, mi cuello», gemía, sobándoselo. «¿Qué lugar es éste?». Vio a su alrededor un tupido bosque de coníferas, y a lo lejos, en una panorámica de fotografía, una especie de castillo fortificado en medio de dos colinas.

    –¿El laboratorio de Estigia? –se preguntó a sí mismo. Dudaba; aunque había sabido de su existencia, por el continuo envío de sustancias químicas, no estaba seguro siquiera si estaba en… ¿los Montes Metálicos?… Pero ¿por qué?

    «¿Cómo llegué aquí?», volvió a cuestionarse.

    Entonces se interpuso una masa musculosa entre él y el paisaje.

    «¡Oh, Dios mío!», exclamó para sí. «El monstruo del Baneasa».

    Se le acercó con la pesadez y el sigilo de un depredador, acechándolo, y lo observaba sin pronunciar palabra con los ojos entrecerrados. De pronto le lanzó un espeluznante rugido que lo hizo cabecear y aferrarse contra las rocas. Se sintió cogido por los sobacos, elevado en el aire.

    –¿Me tienes miedo, Popescu? –le preguntó el balaur. El agente calló; los ojos abrochados, en espera de la descarga de un golpe tremendo–. ¡Habla, habla! –lo zarandeó.

    –Sí, sí –le contestó al fin, lloriqueando–. Le temo, ¡le temo, le temo…!

    –¿Dónde está tu pose orgullosa, tu arrogancia sabionda y tu seguridad de asesino? –le dijo, riendo macabramente, enseñándole los puntiagudos dientes–. No eres más que un pobre diablo, uno que creyéndose fuerte vivió para oprimir a los más débiles e ignorantes. Ahora tienes enfrente a uno más fuerte que tú: ¡Enfréntame, enfréntame, maldito! ¡Saca tus armas y pelea conmigo! –y lo aventó en dirección a los árboles.

    Popescu cayó de panza, dando con la cabeza en las ramas de un abeto. Tuvo la intención de escapar, pero el balaur, en un salto increíble, le salió por delante. Agarrándolo de los cabellos, despaciosamente, lo alzó hasta la altura de su pecho hipertrofiado.

    –¿Sientes dolor? –lo indagó. Popescu afirmó dando gritos; el balaur le cogió un dedo, el meñique–. No seas mariquita –le dijo sarcásticamente–; ya empezarás a quejarte de verdad –y le arrancó el dedo de un sólo tirón. Un chorro de sangre le salpicó los pies al monstruo.

    No obstante, Popescu volvió a desmayarse, incapaz de resistir el dolor y la impresión siniestra que le causaba la visión y los actos del balaur.

    El balaur había echado un vistazo lejano a las instalaciones del laboratorio la misma noche de su llegada cuando siguió el auto de Stefan, quien, para su contento, no pudo distinguirlo entre la maleza.

    Para su mala fortuna, ignoraba que Stefan, a kilómetros del parador, urgía a Dobre y a sus ingenieros en la preparación de dispositivos cibernéticos que implantaría en la cabeza de sus hiperhumanos, quienes ya estaban a horas del nacimiento, según marcaba el Contador de la Vida.

    PROCESO DÍAS HORAS MINUTOS SEGUNDOS

    GESTACIÓN 269 13 59 37…

    –Ocho horas –le dijo a Zamfir–, a ocho horas de la gloria divina.

    –¿Puedo preguntarle algo, Stefan? –le pidió el doctor–. Con sinceridad y sin ánimos de debatir.

    –Hágalo –le contestó serenamente Stefan.

    –¿Cómo hará para controlar estos seres? Serán miles de veces más poderosos físicamente que usted. Imagine que algún día decidieran no obedecerle, por cualquier motivo, digamos, por un simple enfado, ¿no cree que correría peligro su vida? Recuerde lo que le pasó a Cronos, el dios griego.

    –Je, je… –rió el financiero–. Ya lo había pensado antes, Zamfir. Y sí: ya solucioné ese problema.

    –¿Puedo saber cómo?

    –Se lo diré, aunque no debiera, por mi propia protección: utilizaré dos mecanismos de control, uno, la mente, y el otro, la fuerza.

    –Lo de la mente lo entiendo por los dispositivos, pero si uno de ellos falla, que es lo más seguro, por el principio de entropía, entonces, ¿cómo procederá?

    –Con el segundo: la fuerza.

    –Eso es imposible –dijo Zamfir–. No podrán ser vencidos ni con armas, a menos que con una bomba atómica. Ellos –los señaló– serán casi perfectos en fuerza e inteligencia desde el nacimiento, pero usted, a quien estoy viendo ahora mismo, no es más que un humano corriente como nosotros, es decir, que no se diferencia en fuerzas e inteligencia del común de los mortales.

    –¿Recuerda la «CAJA», aquella cámara que lo cautivó, y de la que tanto habló Dobre?

    –Sí –Zamfir lo entendió enseguida–. O sea que usted piensa alterar su genoma para intentar convertirse en hiperhumano.

    –Seré su líder natural.

    –Pero la cámara está en etapa experimental, ¿no teme usted por su vida, por algún proceso fallido durante la operación o quizá en alguno degenerativo a futuro?

    –Claro que sí –le respondió Stefan–. Sin embargo, Zamfir, si algo he aprendido en la vida es que si no arriesgo, jamás llegaré a ganar. Esa sola forma de ver las cosas, de proceder ante los desafíos, ha sido la máxima que ha enhebrado los hilos de mi destino. Hasta el día de hoy, a pesar de que pegué de narices muchas veces contra el fracaso, puedo decir, satisfechamente, por lo que he logrado, que no me equivoqué al aplicarla.

    –Es usted osado, Stefan –le dijo Zamfir–. En verdad podría emplearse en usted la otra máxima, de que «el mundo es de los audaces».

    –Como dicen –le contestó carcajeándose–: Los locos crean al mundo, pero los tontos lo viven… Ja, ja… Yo tengo tanto de loco como de tonto… Ja, ja, ja…

    –En gran medida –Zamfir se echó a reír–. Aunque esté en desacuerdo con usted, Stefan, déjeme decirle que posee usted una personalidad fascinante, carismática. Es difícil que alguien se le resista… ¿Me imagino que le va bien con el bello sexo?

    –¿Bello sexo? –Stefan se extrañó.

    –¡Las mujeres!, digo –le aclaró Zamfir.

    –¡Ah!, ya le entendí. Es que ya me había olvidado de ese eufemismo –se rascó la barbilla–. Las mujeres… ¿Qué bellas son, verdad? –encendió un cigarro–. ¿Quiere que le diga una cosa? –Zamfir parpadeó, inclinando la cabeza–. Yo jamás me he enamorado en la vida… –el doctor contrajo la boca–. ¿Se asombra? Véame, y eso que tuve muchas en la cama. Sin embargo… no sentí por ellas un amor verdadero. No sé por qué.

    –Pero si no las amó es porque usted no hizo el esfuerzo por amarlas…

    –Lo hice, créame –chupó del cigarro–. Ahora que lo pienso, a esta edad, caigo en la cuenta de que quizá mi mente estaba más ocupada en hacer dinero que en el amor. Por otra parte, sincerándome, ellas, en muchas ocasiones, se me daban tan fácilmente, que era natural para mí el despreciarlas. Total, ya pronto vendría la otra. Pero otras veces creo que, de alguna forma, influyó el haberme criado sin mi madre. ¿Me entiende? La amaba tanto –se tragó el humo–, y no la tenía conmigo, que esperaba ver su cara en el rostro y la personalidad de mis amantes, la cara y figura de ella, así como sus hipotéticas atenciones para con un hijo, caricias, consejos, ¡qué sé yo, si nunca la tuve!, en una oración, deseaba encontrar en las mujeres esa figura materna que me fue negada. Todas ellas, según mi retorcida opinión, me decepcionaron en ese punto con el correr del tiempo, y así seguí buscando más y más mujeres, no tan sólo para complacerme físicamente sino para encontrar un refugio emocional que me estabilizara. Lo conseguía a medias, pero en cuanto empezaban los problemas, daba marcha atrás y las despedía.

    –¿Y qué pasó con su madre?, si es que puedo hacerle la pregunta –lo indagó Zamfir.

    –Se alejó de mi padre y volvió a Israel –le respondió tristemente.

    –¿Y ha intentado últimamente con otra relación sentimental?

    –Ja, ja… Claro. No puedo vivir sin ellas… Aunque, no hace mucho, me enamoré de ojos –el famoso amor de pendejo, je, je– de una mujer que vi en el cementerio y de quien he sentido un afecto por años.

    –¿En el cementerio? Dios mío…

    –Je, je… Es decir, ¿se acuerda de Emile Cervini? Pues bien, yo asistí a su funeral. Fue allí donde por primera vez sentí lo que podría yo calificar de amor. ¿Sabe por qué? Porque jamás antes –tengo cincuenta años– lo había sentido bullir en mi corazón. Fue tal el sentimiento, que ni siquiera pensé en lo que normalmente busco en una mujer, el sexo. No; lo que sentí fue ternura, deseos de hacerla feliz, de llenarla de obsequios, los más caros si era posible, de hacer lo que ella me pidiera y sin rechistar, de entregarme, sin condiciones, a su mandato. Ella, por otra parte, me salvó la vida.

    –¿Y la conoce usted, sabe quién es ella?

    –Es lo más insólito del asunto: sí, la conozco, por años, aunque de vista y por un amigo, pues nunca hemos sostenido una charla íntima juntos. Siempre la tuve a mi alcance, o sea, a mi vista, como le dije, y yo creo que de tanto verla, pues, el tiempo, usted sabe, termina por hacer su trabajo. La olvidaba por algún tiempo, pero luego volvía a pensar en ella, e incluso hice algunas cosas contra mis adversarios para que ella brillara en su trabajo. Vea, doctor Zamfir, lo divertido que es el asunto: muchos me catalogan de conquistador, y no obstante, en su presencia, me apoco, y se me nubla el pensamiento, sin saber qué decir ni cómo atenderla, en fin, me vuelvo una nulidad como hombre. Tiene un cabello negro tan lindo… hasta parece judía…

    –Vaya –rió Zamfir–, ya veo… ¿Me dijo que ella lo había salvado?

    –Sí, del balaur.

    –No le creo.

    –Por cierto, doctor –le dijo Stefan, taciturno–, ¿qué sabe usted del balaur? ¿Cree que sea una creación de Adrian Dendiu?

    –Por los datos que he obtenido, creo que se trata de una criatura parecida a los hiperhumanos que usted intenta engendrar –le dijo con seriedad.

    –Entonces Dendiu… –se apostó frente a las paredes de vidrio–… Dendiu me sigue los pasos. ¿No cree que esté haciendo lo mismo que yo?

    –Por la existencia del balaur, creo que sí.

    –En cierta forma –dijo Stefan amargamente–, el grupo Libertad fue tanto como una bendición y maldición al mismo tiempo. Lo pregonan los gerentes de mis empresas cuando tratan de justificarse: «Fue un mal necesario».

    Dobre apareció abriendo la puerta.

    –Ya el equipo está listo, señor Stefan –dijo.

    –Bien –le contestó–, ahora a esperar ocho horas nada más, ocho horas…

    Ocho horas, las suficientes para que Stefan hiciera historia en los anales humanos, aunque muchas para que el ser que ahora emprendía camino, con un Popescu en hombros, iracundo, llegara por él con el único objetivo de aplacar su sed de venganza.

    –¡Stefan, Stefan! –gritaba la bestia a cada salto que daba por la campiña transilvana, rompiendo árboles, deshuesando lobos, evadiendo ríos y el atisbo asesino puesto en las instalaciones–. ¡Tú, tú me pagaras con sangre hasta la última de tus malas miradas!

    47

    El Leviatán del Colentina

    «Los frutos del destino caen por su propio peso cuando están maduros»,

    Proverbio popular.

    ___

    –¡Maldito Popescu! –exclamó Muma–. No me contesta el teléfono. Le dije que fuera a Catastro Municipal por los planos del edificio.

    En pleno día, contemplaba, desde el auto y con dos de sus ayudantes, el edificio de Adrian en el Colentina. Aunque ya había planeado cómo introducirse, no sabía qué puntos de apoyo derribar con los explosivos para hacer implosionar el edificio.

    «No debí haber ido a la fiesta de Sergiu», se dijo, atontado por la resaca. «¿Pero y cómo? ¡Las mujeres estaban de miedo! ¡Ay, Daniela, Daniela, te amo, te amo!», hacía memoria, gozoso de verse en una cama de agua, bebiendo ron mezclado con cerveza, fumando hierba y con la morena retorciéndose bajo su pelvis. Jaló del cigarrillo, sin apartar la vista del blanco.

    –Bueno, idiotas –incitó a sus asistentes–: es hora de trabajar. Tú, Voiculescu –le pidió a uno de ellos–, toma, aquí tienes la credencial de la compañía de jardinería; no olvides el maletín. ¡Pascu! –le gritó al otro–. No vayas a abrir la boca en ningún momento; déjame hablar a mí, ¿entendido? –asintió–. Lo mismo va para ti, Voiculescu: silencio, silencio…

    Se asomaron al portón de la entrada principal. El guardia los recibió.

    –De la Compañía Nazdravan, oficial –dijo con naturalidad Muma, sacando una hoja de itinerarios del bolsillo y unas credenciales, que le entregó en el acto–. ¿No me recuerda? Estuvimos aquí hace quince días… ¿verdad, chicos? Qué raro…

    El guardia negó; luego, como acordándose, dijo:

    –Quizá ha de ser porque estuve haciendo el turno de noche. En fin, muchachos –dijo, haciéndoles una seña con la mano e ingresando a la posta, para llamar al jefe de planta y comprobar las palabras de Muma–. «¿Ingeniero Rus? Soy yo, Karoly, el guardia de turno del portón principal… Fíjese que los empleados de una compañía de jardinería están aquí… ¿Que cómo se llama? Permítame…» –salió de la posta y le gritó a Muma–. ¿Cuál es el nombre de la compañía? –Muma le dijo que echara un vistazo a las credenciales que le había dado en las manos–. ¡Bien, bien! «¿Ingeniero Rus? De la Compañía Nazdravan… ¿Los dejo pasar? No. Entendido».

    Se volvió el guardia con las malas noticias.

    –Dice el ingeniero que vuelvan otro día.

    Muma, escondiendo su cólera, le respondió:

    –No hay problema, oficial. Volveremos cuando realmente nos necesite el señor Adrian –dio la media vuelta junto a sus hombres.

    El guardia los despidió con una sonrisa. «Que les vaya bien, muchachos»; segundos después, los llamó precipitadamente. «Chicos, chicos: no olviden estas credenciales», se las alcanzó.

    Las tomaron.

    –Por cierto –le dijo Muma–, si el señor Adrian Dendiu pregunta por nosotros en la Compañía, dígale que vinimos pero que no pudimos ser recibidos porque están ustedes con mucho trabajo. ¿Nos haría ese favor, oficial? Es que si no, nos deducen el día de la planilla…

    –Sí, claro –le contestó; sin embargo, al escuchar la última parte del discurso de Muma, sintió un impulso por ayudarles–. Esperen –les pidió–. ¡Ah! Primero díganme si en verdad le urge al señor Dendiu el trabajo que vayan a hacer ustedes.

    –Yo mismo hablé con él y me pidió que le limpiara unos solares de la parte de atrás de las instalaciones, que están bastante enmontados y que empiezan a ser una molestia para la gente de la planta, por las alimañas. Mire –sacó una pequeña maquina podadora manual, de lazo.

    El oficial se levantó el kepis. «Cada quién tiene derecho a ganarse el pan del día», pensó. «Estos buenos hombres sólo buscan hacer su trabajo». Cogiendo las llaves que le colgaban de la cintura, abrió el candado y las hojas del portón.

    –Pasen –les dijo–. Hagan las cosas rápido, ¡y cuídense de que no los vaya a ver el ingeniero Rus! ¿Avisados, eh?

    –Sí, oficial –le dijo un Muma sonriente–. Pierda cuidado: terminaremos lo más rápido posible.

    No lejos de allí, en casa del diputado, el equipo de agentes y los demás se habían reunido para tomar decisiones de último minuto.

    –Ustedes –dijo Rosa señalando a Tassus y cofradía–, deberán volver a sus labores, a vivir su vida normal.

    –¿Labores, vida normal? ¡Por Dios, agente! –la refutó el profesor–, ¡cómo puede pedirnos eso después de lo que hemos vivido juntos! Mi laboratorio está destruido. ¡Cómo podría!

    –Entiéndanos, profesor –le replicó Rosa–. Estos asuntos nos competen ya como autoridades.

    –Pero podríamos ayudarles como peritos –intervino Scott–. Es decir, Tassus, Sonia y yo estamos capacitados para emitir, al momento, un dictamen científico en caso de presentarse alguna evidencia.

    –Tiene razón –dijo Blue.

    –Pues yo creo que no –lo contradijo Baros–: podrían entorpecer las labores de investigación…

    –Yo pienso… –quiso opinar Blue.

    –Déjeme terminar –lo interrumpió la agente–. Señores –dirigiéndose a ellos–: agradezco su interés por acompañarnos; no obstante, dadas las circunstancias, como miembro de la policía que soy, debo pedirles que vuelvan cada uno a su casa. No insistan, por favor.

    Los afectados conciliaron entre ellos.

    –Pues yo no me muevo de aquí –dijo Razvan–, si mis amigos no me acompañan. Lo siento.

    –No importa –dijo Baros–. Pediremos una cita sin la intervención suya.

    –¿Qué es lo que tiene, agente Baros? –le preguntó Faina, acercándosele–. La veo como resentida. ¿Descansó bien?

    Se le encarnó el rostro a Baros, y sentía, con dolor, que estaba siendo vejada por todos. Calló. Blue y Rosa concertaron entre sí..

    –Está bien –les dijo Blue–. Ustedes ganan. Iremos todos juntos.

    El ambiente se tornó festivo, aunque Baros, ensombrecida, se alejó en busca de la puerta.

    –Espérenos –le pidieron–, que Faina, Scott y Razvan subirán con usted en el auto.

    Ella no dijo palabra.

    Llegaron a Químicas Colentina justamente cuando el guardia acerrojaba el portón.

    Bajaron Baros y Razvan.

    –Agente Cecilia Baros de la Policía de Investigación Criminal –le dijo, alargando lo más que podía el título para intimidarlo–. El señor, aquí presente, diputado del Senado, Razvan Snagov. Tenemos una cita con el señor Adrian Dendiu.

    Tales presentaciones y el cariz de los recién llegados no requerían de mucha documentación ni recomendación de ningún tipo. Empero, el guardia, aun con sus temores, les pidió ceremoniosamente que le otorgaran un minuto de su paciencia, pues debía hacer una consulta.

    «¿Ingeniero Rus?»

    «¿Qué putas quieres ahora?»

    «Tengo a una señora de la policía en la entrada…»

    «Pregúntale, imbécil, qué es lo que busca.»

    «Además un diputado la acompaña…»

    «¿Un diputado? Espérame en la línea.» Bip, bip, bip…

    «¿Señor Adrian? Habla, Rus. Muy bien, gracias a Dios. Fíjese que el guardia de posta me dice que un policía y un diputado quieren verlo. ¡Ah, que pasen! Está bien. Gracias, señor.» Bip, bip, bip… «¿Karoly? Déjalos pasar.»

    «Captado».

    El oficial, complaciente, se allegó:

    –Pasen –les dijo; Razvan le preguntó si podían ingresar los autos–: Sí, sí, que pasen. Enfrente de las oficinas está el parqueo. Qué tengan buen día.

    Muma, que rondaba las bases del edificio, observó aquel movimiento de vehículos. De pronto, creyó reconocer algunos rostros.

    «Yo a esas mujeres las conozco», e hizo memoria. «¿Ésa, la de pelo castaño, no es acaso la novia de Popescu? ¡Qué diablos! ¡La otra es la agente Baros, su compañera!».

    –¿Qué ocurre, jefe? –le preguntó Voiculescu, con el carrete de cable eléctrico en la mano.

    –Sácame de una duda, ¿no es ésa, la que va caminando junto a la otra, novia de Popescu?

    Voiculescu aguzó la vista.

    –¡Sí, sí, es la maldita perra del Pope! ¿Ahora qué hacemos? Cuando caiga el edificio, morirá soterrada.

    –Pues ni modo: no vimos ni supimos nada. Je, je… Le haremos un gran favor al Pope, que no sé a qué horas se le ocurrió meterse con una mujercita tan simplona como ésa…

    –Pero está bonita, jefe, por lo menos para el gasto.

    –Para el gasto… ¡para pellejo de perro, tal vez!

    –Ah, entonces sí hizo bien el Pope…

    –¿Por qué?

    –Ese hijueputa es gran perro, jefe. Ja, ja…

    Se echaron a reír a carcajadas; Baros, que se sentía observada, giró la cabeza hacia ellos; éstos hicieron como si podaban las flores, viéndola, empero, de reojo. Segundos después, apareció Pascu con uniforme de obrero electricista.

    –Le traigo una novedad, jefe, aunque no le va a caer nada bien…

    –Déjate de pendejedas, y habla.

    –El edificio tiene sótano.

    –¿Sótano?

    –Sí. Entré al área de producción por una puerta trasera, luego, en busca de las bases, di con las oficinas administrativas, que logré husmear disfrazado de electricista con este uniforme que robé de unos lockers. Exploré los salones. En uno de ellos, encontré un pasamano que acababa en una puerta de metal, con cerrojo electrónico. No la pude abrir.

    ¿No cree que Dragos tenga su oficina allí abajo?

    –No importa, Pascu, el peso de la estructura lo sepultará por completo.

    –¿Usted cree?

    –Mira lo colosal que es este edificio, Pascu. ¡No seas pendejo!

    –¿Y si no ocurre como usted cree? Estigia no nos perdonará, jefe.

    –¡Empieza a podar, empieza a podar! –le cuchicheó al detectar los movimientos de Baros.

    Cuando ésta, seguida por los demás, ingresó junto con Razvan a la recepción donde los recibía una bella mujer con la típica cordialidad de los ejecutivos de alto nivel, Muma le pedía a Pascu que no la perdiera de vista. «Síguela, síguela».

    Dentro del edificio:

    –El señor Dendiu los espera en la Sala de Juntas –les dijo amablemente la ejecutiva con esa provocativa rigidez de cuerpo que tanto gustan de conquistar los hombres de poder–. Acompáñenme.

    A Scott le gustó la ejecutiva, bien perfumada, frágil y delicada pero a la vez ruda y fortísima. Baros, por su parte, no vio aquello con buenos ojos, pues se sintió desvalorizada, aunque no sabía por qué, pues días antes esto ni siquiera le hubiera importado. Trataba, además, de alejarse de la presencia de Blue, a quien no le dirigía la mirada, sino a escondidas, cuando éste se hallaba de espaldas.

    –Ah, mi estimado Razvan Snagov –lo saludó Dendiu abriendo la puerta de la Sala, abotonándose el saco, y consultando enseguida el reloj de muñeca–. ¿Se encuentra bien? Supe que tuvo usted un percance

    –Un desliz nada más –le contestó secamente el diputado.

    –Espero que haya sido involuntario –ironizó sutilmente Adrian–. Bien, ¿en qué puedo ayudarlos?

    Razvan se enardeció, aunque, guardándoselo para sí, dijo:

    –La agente de investigación desea hacerle unas consultas.

    Baros se presentó y, sin irse por las ramas, sacó la fotografía del bolso que le mostró a Adrian. Ya había recreado los crímenes en su mente, desde el ataque en la Piata Romana, pasando por la muerte de Rahova y Dinga, hasta llegar a los anteriores a éste.

    –¿Es el logo de su compañía? –le preguntó.

    –Por supuesto –le contestó Adrian, sereno.

    –¿Puede decirme cómo llegó este logo al bulevar Ana Ipatescu?

    Adrian alargó los labios, confiado de enfrentarse a una Baros ingenua.

    –No tengo idea –le contestó–. Podría ser que un empleado descontento la tomara de los talleres…

    –¿Podría ser? –lo inquirió, incrédula–. ¿Pero es su logo, verdad? Como gerente y propietario de esta fábrica, debería saber todo acerca de las operaciones que aquí se realizan; eso incluye la aparición, en el bulevar Ipatescu y la noche del ataque, de esta marca registrada.

    –¿Cómo puedo saberlo todo? Yo no soy Dios –le respondió, carcajeándose–. Por eso delego; tengo jefes de planta, de producción, almacén…

    –De acuerdo –suspiró Baros–. Está bien.

    Guardó las fotografías, y riendo también, le preguntó a Adrian de frente:

    –¿Qué me dice de los nuevos hombres del PMRU de los que usted habla? He recibido informes de que pretende usted comercializar robots para uso doméstico.

    Adrian, repentinamente azorado, desvió los ojos hacia Razvan. « Delator».

    –Je, je… Es una posibilidad que contemplo como hombre de industria. ¿Quiere que le explique cómo se me ocurrió? Seré brevísimo. Acaricié la idea de «empoderar al ciudadano común» al facilitarle, vía licencia comercial, por un lado, y la vía política, por el otro, un medio de producción. Es decir, adquirirían estos ciudadanos un poder completo sobre su vida al relegar la tarea de obtención de recursos al robot. ¿De eso me habla?

    –No –lo contradijo Baros; sacó un periódico del bolso–. ¡De esto! –y le aventó el diario con la página abierta donde aparecía la fotografía, a colores, del balaur luchando contra el qrobot.

    –Oh –exclamó–. Impresionante. ¿Asume que son robots?

    –Usted ha de saberlo –le replicó Baros, concentrada–. ¿No estudió robótica en el extranjero?

    Adrian cogió el diario.

    –Uno de ellos lo parece –agregó.

    –¿En serio? –exclamó Baros con ironía–. ¿Ya se fijó en la armadura de pecho del que aparece a la izquierda?

    Adrian no podía negar ya más su participación. Nítidamente, se leía la palabra «QROBOT» en el tronco de una criatura, la que emitía destellos luminosos. «Maldito Cervini», pensó. «Te dije que me meterías en problemas».

    –Ah, robots… robots… –murmuró mientras se acariciaba la mejilla.

    –Me pregunto –inquirió Baros–, ¿por qué? ¿Por qué, señor Adrian Dendiu?

    –¿El qué?

    –Es evidente que esta criatura es un robot propiedad suya. Y cómo aquí no hay más tonto que yo, los demás han advertido que a pesar de las buenas intenciones que usted profesa, sus artefactos sirven para algo más que trabajar para la gente –se llevó la mano al arnés–: ¡Sirven para matar!

    Adrian se vio al descubierto. ¿Cómo rebatirla? No podía hacerlo en este momento de presión. La había subestimado. Observó a los demás, a Rosa y Blue, que estaban estupefactos por la perfecta lógica de una desconocida Baros para ellos, una perspicaz agente que tenía la habilidad de ver más allá de la agudeza. En menos de cinco minutos, había resuelto un misterio de dos años. Adrian, sonriendo y sin perder el control, negó con una sonrisa.

    –Me acusa injustamente de crímenes que no he cometido. Soy un industrial y científico antes que un vulgar asesino. ¿Qué pruebas físicas tiene para acusarme?

    Parecía tan convincente, tan bien embotado en su traje de Armani, que incluso Tassus y Razvan, sus enemigos, le dieron un beneficio más allá de la duda. ¿Qué necesidad tiene un hombre tan poderoso de hacer tales cosas?, se preguntaron. Sólo hay que verlo nada más: correcto, educado, bien vestido. Incluso Baros flaqueó cuando éste le preguntó por las pruebas que supuestamente lo incriminaban.

    –La policía posee evidencias tanto biológicas como materiales que lo involucran a usted en los asesinatos.

    –Ah, sí, ¿cuáles? –Adrian lo dijo con sorna.

    –El logo de su compañía adosado en el cuerpo del robot que asesinó a los señores Chilia Gusa, Illie Puwak y Geoghe Barbu en la Piata Romana, aparte de cientos de declaraciones de testigos presenciales que estaban en el lugar esa noche. Súmele a esto, la declaración de otro testigo y su hijo que lo vieron cuando segaba la vida de los señores Ion Rahova y Calin Dinga en las cercanías del aeropuerto Baneasa el día 2 de febrero. Y por el patrón de ejecución de las víctimas, las garras metálicas, la descripción de testigos, las fotografías del robot y el logo de su compañía, asumimos que fue este mismo robot quien asesinó a los señores Eugen Oprea, biólogo molecular, Constantine Gaspar, físico, Vasile Iorgulescu, bioinformático, Florin Nastase, astrofísico, así como al ingeniero en genética, Emile Cervini, todos profesores de la Universidad de Bucarest y miembros del grupo «Libertad».

    Adrian, soliviantado de verse cogido por la cola, decidió acabar con la entrevista.

    «Bien», caviló. «Me ha atrapado. Sin embargo, ninguno de ustedes verá la luz del día. Los eliminaré ahora mismo, en el taller de robótica, utilizando el poder del qrobot».

    –Le repito –dijo, tranquilo–: me acusa injustamente. La pobreza material de sus evidencias no podrá adquirir nunca la suficiente fuerza legal de un medio de prueba con que pueda usted establecer la autenticidad de sus afirmaciones.

    –Su forma de replicar me lo confirma totalmente –lo atajó Baros, segura de sí misma–, y tendrá que demostrar mi equívoco en los tribunales.

    –¿Quiere que le demuestre que sus acusaciones son infundadas? –le dijo Adrian–: Sígame: quiero que vea mis robots para que me diga si es el mismo que usted dice ver en las fotografías. Por otra parte, Sé quién es el verdadero culpable.

    Baros pronto maquinó: «El hombre trata de hacer su coartada. Ahora va a decirme que el autor de los crímenes es Stefan David».

    –Si considera que enfrentará un juicio injusto a causa de mis suposiciones erróneas, dígame entonces quién es el verdadero autor de los crímenes.

    –Stefan David –le dijo Adrian lavándose las manos–. Él, él ha estado creando, por medio de manipulaciones genéticas, a seres sobrenaturales. Lo sé, lo sé, porque mis informantes me lo han confirmado. Me aseguran también que él lo pregona públicamente, con lo de sus «ayudantes corporativos».

    –Es cierto –lo secundó ingenuamente Razvan, que había estado atónito durante el interrogatorio, mas al ver la apostura y corrección de Adrian, sentía que Baros había tomado el sendero equivocado–. Yo mismo escuché a Belinca hablar al respecto, e incluso vi cómo una de esas criaturas nos salvó la noche del ataque.

    –No acostumbro a decir mentiras, agente Baros –dijo Adrian, reconfortado–. El diputado Razvan me da la razón. De todas formas, sígame. Quiero que salga del error por usted misma.

    Salieron de la Sala de Juntas, al tiempo en que Adrian, por el teléfono celular, le pedía a Cervini que se colocara el qrobot. Cuando introducía los datos en el cerrojo electrónico, de reojo, percibió que un sujeto lo observaba desde el fondo del pasillo; se volteó.

    –¿Por qué no estás en la planta de producción? –lo requirió, enojado; Pascu, uniformado de electricista, hizo a creer a Adrian que era uno de sus empleados.

    –Ando en labores de mantenimiento, señor –le contestó Pascu–. Me pareció ver que pispileaban algunas lámparas. Usted perdone, señor Dendiu –y giró al final del pasillo.

    Volvió Adrian al llavín electrónico, y la hoja metálica se movió, tras lo cual entró junto a sus concurrentes a una sala enorme, asestada de cilindros saturados con una especie de líquido amniótico, en tanto que Pascu corría por Muma, a quien relataba todo lo sucedido.

    –Jefe –le dijo todavía jadeante–: ya tengo la clave para entrar al sótano. Es un taller de robótica; lo escuché decir en boca del señor Adrian.

    –¿Dragos con un taller de robótica? Estigia tenía razón.

    –Tengo la clave, jefe –repitió Pascu, contento–. ¿Qué dice, entramos?

    –No –le respondió Muma, montando el detonador–. Ya no hay tiempo. Casi estamos listos para implosionar el lugar. ¡Va a ser impresionante, Pascu, ya lo vas a ver, impresionante!

    –¡Impresionante! –exclamaron igualmente Scott y Tassus al dar de narices con aquellos cilindros; estaban perplejos–. ¿Esto señor Adrian es…?

    –Es parte de la maquinaria de procesamiento químico –les contestó, rápido, temeroso de que éstos pudieran descubrir lo que yacía en el interior y lo oscuro de las soluciones—. Vengan, por acá, señores. No se despeguen de mí.

    Cruzaron el largo salón, hasta que llegaron a una pared donde había incrustado otro llavín electrónico. Hizo de nuevo la operación Adrian. Era un elevador. Le pidió a cada uno que lo abordara. «Por favor, agente Baros», le dijo. «Después de usted». Se condujeron pisos abajo.

    –Lo que van ustedes a ver –habló– los sacará de cualquier duda para siempre. Se los aseguro.

    Se abrió la puerta. Cervini, con un aspecto fiero, los esperaba del otro lado. Faina y Scott se retrajeron ante la visión. Al salir, no pudieron más que pensar en que ¡éste era el mismo robot que habían visto en las fotografías y el mismo ente que Scott alcanzó a entrever en el hotel! Blue cogió a Sonia de la mano, pues ésta lo abrazó por el miedo, a la vez que Iliescu, Tassus y Rosa, siguiendo a Razvan, se adelantaron.

    –No es el balaur –le susurró Faina a Baros–. No es el mismo que nos atacó en el Sportiv Dinamo.

    Baros asintió. Por dentro, sabía que el balaur, a pesar de la mala prensa, no era el asesino, sino este robot. ¿Por qué? Porque aquél les había dicho que él sólo estaba interesado en vengarse de Stefan y Popescu, y lo confirmó cuando recordó el enfrentamiento que tuvo con él en el cementerio. Stefan había estado allí. Las declaraciones de Tassus acerca de sus investigaciones y el uso del óxido nítrico le señalaban que se trataba de otro personaje, lejano a las acciones de Adrian. Aun así, ¿por qué se empeñaría Adrian en asesinar a los científicos? ¿Por qué el balaur no atacaba Adrian sino a Stefan?

    –Este el qrobot –dijo el químico.

    –El que asesinó a políticos y científicos –lo acusó Baros–. ¡El mismo!

    Adrian se lanzó una gran carcajada. Con una mirada maquiavélica, siniestra, le dijo:

    –Sí, agente, mi creación asesina!

    Lo supieron en aquel momento: morirían como becerros en el degolladero. Sin despeinarse, implacable, Adrian le ordenó con pasmosa tranquilidad al qrobot:

    –Mátalos.

    –¡Es usted un hombre vil! –le gritó Baros, sacándose el arma.

    –Espera –contuvo Adrian al qrobot–. Debo hacer las cosas bien, como corresponde a cualquier otro personaje novelesco de un asesino. Confesaré mis crímenes a la agente antes de que ella muera, para que sepa lo tonta que fue y vanagloriarme de lo listo que soy.

    »Sí, agente Baros, yo los asesiné, yo mismo, con mis propias manos, uno por uno – parecía regodearse de sus hazañas; habló después de una manera desconcertante para sus oyentes–. Un Imperio, un Árbol de la Vida como el que erigiré, necesita ser regado con sangre. No ponga esa cara de perturbación y repudio, agente Baros. Ya verá cómo me dará la razón con el tiempo y hasta justificará mis actos.

    »Usted sabe que mi padre fue un gran hombre entre los suyos, el «Químico» le apodaban, un hombre a quien yo amé muchísimo. Pero murió asesinado, vilmente asesinado, por otro hombre, el más ruin de esta Tierra, y usted sabe quién es: El Estigia.

    –¿El Estigia? –preguntó Baros, que sabía de la existencia de este mafioso, pero que jamás nadie había podido ver en público.

    –¿No sabe usted quién es el Estigia? –le preguntó Adrian, riendo–. ¿De verdad no lo sabe? Pues debió preguntarle a su compañero Popescu que trabaja para él.

    –¿Popescu, un soldado del Estigia?

    –Más que soldado, es ya capitán dentro de la organización. Y también uno de los asesinos de mi padre.

    Blue y Rosa no se creían lo que escuchaban.

    –Pero yo participé en la detención de su padre Alexandru y no trabajo para el Estigia.

    –Pues se ha pasado de tonta. ¡Vea cómo vive Popescu! ¿Cree que con su sueldito de investigador podría pagarse esa vida? ¡Ni en sueños! Estigia le da dinero; es uno de sus sicarios. Popescu, mandado por el Estigia, hizo desaparecer a mi padre y al profesor Oprea…

    –Es decir que Oprea fue asesinado por Popescu. ¿Por qué?

    –Por los descubrimientos del grupo «Libertad» y por temor a que yo me hiciera de sus investigaciones.

    –¿Pero cómo se dio cuenta el Estigia de ellas?

    –La respuesta la tiene enfrente: Cervini.

    –¿Tú, Cervini? –se dirigió al robot–. Tú iniciaste esto…

    El qrobot se mantuvo inmóvil.

    –Sí, mi querida, agente –continuó Adrian–. Estigia supo que yo deseaba desarrollar un proyecto de laboratorio ambicioso, pero no lo conocía al detalle: creyó que yo me embarcaría en la creación de alguna droga sintética que podría afectarlo en sus negocios de tráfico ilegal de estupefacientes. Erró en ese punto. Como le dije, receloso, decidió crear la suya propia, por miedo a que, aún si habría eliminado a Oprea, yo me hubiera hecho de sus conocimientos. En este punto, el cazador se volvió cazado. No dejaría por ningún motivo que se me adelantara. Fue entonces cuando decidí eliminar a todos los miembros del grupo que se le acercaran…

    Al llegar a este punto, el qrobot se volvió a verlo.

    –¿Pero y el balaur? –le preguntó Baros, nerviosa.

    –¡El balaur, el balaur! –exclamó irónicamente Dendiu–. Es una creación de Stefan, una criatura maldita que ha sido creada para frenarme. ¡El Estigia es un pobre tonto! Nada ni nadie podrá resistir el poder del qrobot.

    –¿Ha luchado contra él?

    –Yo –le respondió indiferente–, una vez, y Cervini otra, en suma, dos veces. La primera fue cuando quise borrar de esta tierra al estúpido de Popescu en el Hanuc lui Manuc.

    Scott y Faina se volvieron a ver entrecruzando miradas con Rosa y Blue.

    –La segunda fue Cervini, allá, en la Piata Romana, durante el mitin político…

    –¿Por qué quiere matar a Stefan?

    –¡Por qué quiero matar a Stefan, por qué quiero matar a Stefan! –gritó encolerizado Dendiu–. ¡Bah, usted es una tonta, Baros! ¿Acaso no entiende?

    Se le acercó y, mirándola fijamente, le dijo:

    –¡Stefan David es el Estigia, el líder de la Mafia Roja!

    Cayó la venda de la agente rumana.

    –El maldito judío no se conforma ahora con ser un hombre poderoso en recursos económicos, no; quiere el poder político. ¡Eso jamás lo permitiré! –continúo–. Fue entonces cuando decidí emprender el «Proyecto Qrobot». Me le opondría en igualdad de fuerzas a ese maldito que hizo de mi vida un desastre, un dolor permanente en vez de una alegría. Usted no sabe, Baros, lo que es el sufrimiento todavía, y no hablo solamente del físico sino del emocional. Fui enviado años antes al extranjero por mi padre a causa de los atentados del Estigia. Sufrí, sufrí mucho en tierra extraña, solo y sin consejo, exiliado en el extranjero y sin posibilidad de vengarme… ¿Sabe usted lo qué es estar bajo la tutela de gente que uno no conoce, de personas que no hablan tu idioma, seres a quienes les importa un pepino si estás bien o no? Yo sufrí ese calvario por muchos años, sumido en mis estudios, pero me juré que volvería a Rumania, y juré también de que jamás volvería a ser ese chico miedoso y tímido a quien cualquiera podía pegarle una patada en la escuela. ¡Lo juré por mi padre, por su memoria!

    »Regresé al morir mi progenitor, henchido de orgullo, ávido de venganza. Mi objetivo: el judío Stefan, el Estigia. Sin embargo, el muy maldito se había vuelto poderoso y yo todavía era incapaz de pensar como guerrero; era timorato e indeciso. Los amigos de mi padre me ayudaron, me enseñaron las artes de la guerra encubierta y de la necesidad de poder. Asumí la única empresa legal de mi padre, su lavandería, pero que yo convertí en una industria, una gigantesca gracias a mis contactos en el extranjero. Rápidamente me volví más poderoso que el mismo Estigia, y le planteé batalla, la que después de hoy será la última.

    »A propósito de batallas –reemprendió el dialogo como acordándose de presto–. Hoy he ganado otra, en el campo político. Me refiero a usted, diputado Razvan, ahora ex candidato y ex presidente del PMRU…

    –¿Ex?

    –En primer lugar debió aliarse conmigo desde el principio, Razvan, aunque no lo hubiera hecho por afinidad, a lo menos por la cantidad de recursos que poseo. Verá, antes de entrar a este salón, recibí una llamada que me declaró las buenas nuevas: Pita es el nuevo presidente del partido y candidato a elección popular. Como ve, no debe usted desafiar a los que manejamos los destinos de este país. Con Pita en la presidencia del PMRU, y después de Rumania, seré el poder detrás de la silla y consumaré en un golpe mis ansias por tanto contenidas: destruir al Estigia y crear mi propio reino.

    Adrian había adoptado una postura arrogante, de apatía manifiesta, y una vez que hubo concluido de hablar, le ordenó al qrobot con un gesto acabar con la vida de Baros. Éste encombó la manos, y del reverso, por encima de sus dedos relucientes, surgieron, chillantes, unas grandes cuchillas.

    –¡Ustedes al elevador! –les gritó Baros a sus acompañantes cuando vio aquella amenaza–. ¡Rápido, rápido, busquen refugio! –y descerrajó la Beretta.

    Cerrado, el elevador estaba cerrado. El qrobot se elevó en el aire con la elegancia y gracia de un gimnasta olímpico, girando enteramente el cuerpo, para caer silenciosamente a los ojos de Baros. Extrañamente, lo único que hizo el ente fue tocarle la barbilla.

    –¡Mátala, Cervini! –le exigió Adrian, desenfundado también su arma, una Smith & Wesson.

    –¿Emile? –Baros alzó la mano con ternura y le tocó el rostro–. ¿Eres tú? ¿En verdad eres tú?

    Adrian, furioso, disparó contra ésta, pero el qrobot se interpuso en la trayectoria de la bala, al tiempo en que advertía además que Blue descargaba su arma en el químico. Volvió a elevarse, y con un rozón de pie derribó al agente. Rosa, que había estado en suspenso, al ver la caída de su compañero, empezó a disparar descontrolada contra el ente robótico.

    Los demás, gritando del horror, corrían a esconderse debajo de los mesones donde se ensamblan los dispositivos electrónicos. Baros, arrebatándole la pistola, cayó encima de Adrian, en tanto que el qrobot cogía a los agentes del cuello.

    –¡No, Cervini! –le suplicó–. ¡No los mates! ¡No! Por favor…

    Adrian, que logró zafarse de Baros, corrió en dirección a la zona de ensamblaje. Uno de los qrobots, silente y con sus partes extendidas, lo esperaba. Se embutió en él. Sintió que una gran potencia lo revestía.

    –¡Debiste haberme obedecido, Cervini! –dijo, haciendo volteretas en dirección a Baros–. ¡Debiste matarla!

    Cuando Cervini escuchó la voz sin articulación de Adrian emitida desde el interior del qrobot, lo buscó con la mirada, girándose, pero entonces se percató de que las paredes, el techo y el piso, se agrietaban. Sendos escombros empezaron a caer desde arriba, inundando de polvo la habitación, y uno de ellos tumbó a Adrian al suelo.

    –¡Se derrumba, todo se derrumba! –gritó Scott.

    Cervini, cargado con los agentes, se acercó a Baros: «Sígueme», le dijo. «Llama a tus amigos, ¡pronto!». Los condujo hacia una puerta, la misma por donde salían para hacer sus incursiones nocturnas. Era un conducto subterráneo.

    –Huye, huye con tus amigos.

    –¿Pero tú te quedarás aquí? –Baros no pudo contener el llanto.

    –No –le contestó Cervini–. Ayudaré a Adrian y saldremos juntos…

    No pudo terminar la frase, ya que, comprometido, veía con espanto cómo lo abatían cantidad de brozas sobre la cabeza. «¡Fuera!», le gritó y la empujó cerrando la puerta. En medio de aquella catástrofe, Cervini luchaba por encontrar a su patrón, perdido en una espesa cortina de polvo mortal.

    Con Baros en la cola, los demás corrieron por aquel pasadizo como si tuvieran patas de gacela, y a los pocos minutos se encontraban ya tendidos, atrás de las instalaciones, sobre la grama del solar baldío, tosiendo ceniza y agitados por el terror. Se escuchó el chillido de un barrido de llantas al otro lado, en la calle.

    Pronto avizoraron la existencia de un gentío enloquecido que se aglomeraba en el parqueo de la fábrica, gentes que gritaban con horror desmedido, arañándose las caras y clamando a Dios que les hiciera amainar el delirio.

    Poco a poco, empezaron a levantarse del suelo, cogiéndose de las manos unos a otros; fue entonces cuando advirtieron que, del fondo mismo de aquel océano destructivo, surgía, tras unos crujidos apocalípticos y a la velocidad del sonido, un leviatán robótico poderoso que ascendía en la forma de una bola de luz y que maldecía con extremo furor el nombre de su enemigo:

    –¡Stefan! ¡Stefan!

    Se perdió del cielo.

    –Partamos enseguida hacia los Montes Metálicos –dijo únicamente Baros, perpleja–. Debemos atrapar al asesino.

    Los demás, todavía conmocionados y sin saber a cabalidad lo que había ocurrido, arrugaron el rostro. Iban de pena en pena, aunque al parecer, mientras aún alzaban la vista en busca de aquella infausta señal en el firmamento, sospechaban que sufrirían la última en la rocosidad de los Cárpatos.

     

    Comentarios

    1. Avatar de Mabel

      Mabel

      27 junio, 2014

      Una buena Novela, me encanta, un abrazo y mi voto desde Andalucía

    2. valentino

      27 junio, 2014

      Grazias Mabel. Un abrazo desde Xolomac.

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