El plagiado canto de la angustia

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    Todos tenemos recuerdos de los que dudamos. A veces los creemos sueños, muy pocas, en cambio, solemos pensarlos como fantasías incrustadas en la memoria. Borges mismo, en algún reportaje, defiende el derecho que todo hombre tiene a crear su pasado. Pero yo, si bien me siento atraído por esa postura, no puedo otorgarme ningún permiso al respecto, porque si así lo hiciese desataría las irracionales fuerzas de la paranoia que aun estando ceñida desmenuza el curso de mis consideraciones. Es aquí donde las formas de mi pasado se diluyen y donde corro el peligro de sentir y creer que mis recuerdos son fantasías con efecto de realidad. ¿Qué impediría que una vez descubierto el primer falso recuerdo, un inagotable efecto dominó develara la falsedad de todo aquello que denomino “mi pasado”? ¿Acaso puedo poner en duda un recuerdo sin poner en duda la facultad que selecciona, archiva y recupera los recuerdos? ¿Qué sería de un hombre si descubriese que sus recuerdos son ficciones?

    Esta es la tonalidad del espíritu que eyecta mis meditaciones, una tonalidad descarnada, masoquista si se me permite, puesto que busco, ya sin liviandades, el recuerdo del que no pueda dudar.

    Es la hora de la espada, de la angustia y del plagio. Leopoldo Lugones hace su aparición en mi historia personal. Todo comenzó cuando la profesora de Literatura Arpirez nos hizo leer El Canto de la Angustia. Corría el año 1981 y estaba en el cuarto año de la escuela secundaria.

    El piano, el tintero, la borra de café en la taza y el traje negro del yo poético de Lugones me situaron en la proto-escena del amor y el amor, que aún no me había hecho actor, ya reclamaba mi puesta en escena. A los quince años y siete meses de edad, llegaba a mi vida una irresistible mujercita de catorce y semanas – escribo bien, llegaba porque no era yo quien la había encontrado; ella, como suelen hacerlo las mujeres, se encargó de hacerme saber el papel que debía interpretar.

    Cabello lacio y áureo; el rostro oval, armonioso, de trazos delicados y piel levemente cobriza, como de águila guerrera; los ojos del color del cielo, del sol nacidas sus pupilas; el cuerpo descarnado, ágil, cercano ya a las mejores flores de su esplendor.

    Hija de un abogado de buen pasar, ya en edad de ser abuelo más que padre, mi primer amor era una muñeca criada como una gema inmerecida. Todo en ella destilaba ese tipo de pureza que encarnan las estatuas. Su cuerpo no parecía segregar más que una suave emanación inhumana. En su boca siempre encontraba un recodo de frescura. Una frescura que me libraba de la insoportable situación de mi familia – derrumbe económico, decadencia de las relaciones, enfermedades mortales, etc. Pero como esa misma situación me hacía sentir indigno de ella, su frescura también me daba frío. No hallaba en mí nada que diese valor a mi existencia. Es escribir, tendía la alfombra del melodrama para amortiguar el golpe de la caída.

    Ella, como la niña de mi primer argumento, era llevada adonde quisiera ir en un Toyota Célica azul vibrante; yo, en un taxi que manchaba con aceite quemado las baldosas del garage. Ella vestía a la moda, con lo último, y yo siempre era el último en estar a la moda. Ella era alumna del colegio privado más cool de Villa Ballester, mientras que yo cursaba mis estudios secundarios en el más prosaico y populoso de los colegios estatales de la zona. Y entre otras diferencias mucho más importantes – padre abogado/padre taxista -, a ella no le interesaba en lo más mínimo la poesía.
    Pero sí la música, y en especial la música disco que se empezaba a bailar en las fiestas adolescentes. Y yo, que ya me hacía anteceder por una leve fama de poeta, era, junto a mi amigo Adrián, disk-jockey – quizá cuente alguna vez mis historias como disk-jockey, disk jockey durante la Dictadura, en medio de una guerra de pandillas juveniles.
    Así fue que ella me conoció. No en una refriega callejera entre adolescentes violentos, sino en un cumpleaños de quince en el que pasamos música con Adrián, cumpleaños que terminó en una batalla entre los mozos y tres o cuatro jóvenes que expulsados decidieron convocar a sus amigos para sitiar y apedrear la distinguida casona donde se desarrollaba la fiesta.

    Recuerdo haberla advertido sin siquiera soñar con tenerla entre mis brazos. Estaba entre seis o siete chicas, todas con sus saludables caritas aterradas, alejándose de un ventanal para prevenir los insistentes piedrazos. Pero no quiero contar la historia del asedio al cumpleaños ni tampoco la historia del primer flechazo entre ella y yo. Lo que quiero contar es la historia del plagio.
    Cuando la tuve entre mis brazos ya no pude contenerme. Debía compensar las diferencias. Debía emplear ese embrionario impulso poético para acrecentar mi valor. Ahora sí me recuerdo ante la hoja en blanco, buscando las palabras que pudiesen sostener al amor por sobre las diferencias. Pero no era mucho lo que se me ocurría. Todos los versos que lograba tramar se deshacían como las piedras de tierra seca que arrojaban los energúmenos que sitiaron al cumpleaños de quince.

    Aquí es donde tercia Lugones. No en ese estúpido asedio: El Canto de la Angustia, puf: ese poema me hechizó. La psicosis de Lugones iluminaba los susceptibles brotes de la mía. Si había una aterradora inminencia en la casa sola del poema, esa inminencia no me resultaba extraña. De niño había dado distintos nombres a ese peligro de las noches solitarias. Fantasmas y extraterrestres poblaban la oscuridad de mi dormitorio. Sabía de la nuca erizada por el miedo. Sabía del pavor a tal punto que durante varios años estuve convencido de que mi padre era un extraterrestre que se había apropiado de la apariencia de mi padre. Tampoco quiero contar esa historia, la de la noche en que mi padre, escondido en la oscuridad y alumbrándose el rostro desde abajo hacia arriba con una linterna, me dio el susto superlativo de creerlo un marciano – días después comencé a sospechar que él no era él y aún hoy, a veces, me pregunto si los extraterrestres fueron los que le destruyeron el cerebro, pero éste, el cerebro de mi padre, también merece otro relato.

    Ninguna relación guarda esta parafernalia esquizofrénica con mi primer amor y con el poema de Lugones – creo que ya lo sé. Lo que sí quiero dejar en claro es que este sustrato dio apoyo a la loca idea de plagiar El Canto de la Angustia. Pero no era el único sustrato. Los policías vigilaban nuestros recreos – casi escribo recuerdos. Se sabe: el hijo de Lugones fue policía e introdujo la picana en esa repudiable institución. También se sabe: Lugones salpicaba con semen las cartas a su amada. Esta nota amarilla no es arbitraria. Eros y horror. Plagiar ese poema de presuntuoso terror romántico para mi primer amor ilumina plenamente las causas de semejante desición – la diferencia es que yo aún no me masturbaba, pero ésta es otra historia, que no sé si debo narrar, la historia de cómo me di cuenta que teniendo diecisiete años y semanas nunca me había masturbado.
    Sabemos también: Lugones proclamó la hora de la espada y los militares voltearon a Yrigoyen en el treinta. Parece ser que Yrigoyen era un onanista compulsivo. De ello deduzco que no sería descabellado suponer que mi abuelo, radical consecuente, también se masturbaba en casa de gobierno.
    Es escribir: Lugones fue una pieza importante de la maquinaria fascista que encarceló a mi bisabuelo, al mediocre poeta tuberculoso. Y Lugones fue quien con más convicción Homerizó, si se me permite el verbo, a José Hernández, llevando la figura del gaucho a la cúspide del Olimpo argentino, y haciendo del Martín Fierro el divino molde de un género, la poesía gauchesca, la poesía que mi bisabuelo diluía en un calabozo cordobés.

    Claro está: Yo no establecí estas relaciones cuando la profesora Arpirez nos hizo estudiar de memoria El Canto de la Angustia. Pero creo que todo estaba dado como para que ese poema me hechizara.

    Eros y horror. Pensaba en ella y la pavura pasaba por la casa su trapo siniestro. Pero no sólo eros y horror me empujaban al delito intelectual. También existieron motivaciones superficiales como para que yo plagiara esos versos. Porque el engreimiento aristócrata que se desprende del poema y de casi toda la obra de Lugones, despabiló en mí al patricio displicente que en soledad me hacía creer superior a los demás. Justo lo que necesitaba para equilibrar las diferencias entre mi amada y yo.
    Pobre pero limpito, decía mi abuela, la hija del poeta prisionero. Pobre pero plagiario, ese fue mi lema – un Fouché a mínima escala: La decadencia era oro en mis manos – ya escribiré sobre Fouché, el hombre que venció a Robespierre y a Napoleón.
    Eros y horror: Me hice entonces del poema y lo edité.
    Estaba loco pero no era un tonto. No podía dejar el piano. Yo no tenía piano. Qué habré puesto. Debo reconocer que no lo recuerdo. Tampoco sé qué puse en lugar del tintero y del traje negro. Seguramente dejé intacta la borra de café en la taza. De la estrofa tercera debo, supongo, haber eliminado estos oscuros versos: “(Los cabellos que resisten a la muerte/Con la vida de la seda, en tanto misterio)”, y estos otros, no menos tenebrosos: “Tu garganta/Donde veo/Palpitar como un sollozo de sangre, /La lenta vida en que te mece durmiendo”. Sí recuerdo haber trocado “vientecillo” por “brisa” y “tiritaba” por “temblaba” en la cuarta estrofa, cuyos tres últimos versos me parecían buenísimos. A la quinta estrofa creo haberla descartado por completo. No me gustaba el hinchado remate: “Un angustioso cielo ceniciento”, aunque me fascinaba el último adjetivo. A partir de la sexta estrofa ya no recuerdo ni intuyo qué pude haber hecho, puesto que el poema deja de rozar al amor para adentrarse en la inmanente locura de Lugones, el miedo-pánico a morirse. ¿Qué hice con semejante texto, que ahora sólo puedo concebir en la boca de Vincent Price?
    No lo sé. Sólo sé que algo hice y que luego entregué ese mamarracho a mi primer amor. Y de sólo suponer que ella haya leído esos tremebundos versos de Lugones, creyéndolos míos, tiemblo.

    Eros y Horror: Lugones se suicidó, creo que tomó veneno. A mi bisabuelo lo mató la tuberculosis infame en la celda. Lugones y mi bisabuelo han de ser entonces fantasmas antagónicos. Podrían haber protagonizado una patriótica y anacrónica remake de “Sexto sentido”. Viejos y abroquelados fantasmas que me frecuentan y a los cuales sólo yo puedo ver. Claro que esta pre-versión sería de índole erótico-política – no sé porqué pero la imagino filmada por Leonardo Fabio, con el clímax incrustado en la secuencia en la que Lugones y mi bisabuelo se masturban, uno entre candelabros, sobre el manuscrito de El Canto de la Angustia; el otro, en un rincón del sucio cubículo penal, al tiempo que escupe sangre sobre el manuscrito de Mi pingo pangaré.
    Confesaré que junto al texto plagiado entregué dos o tres poemas de mi propia inspiración. Lo paradójico es que nada he retenido de ellos. Creo recordar que ninguno era muy extenso. Pero una bruma empecinada flota sobre esas palabras que, al igual que las de Borges, tal vez nunca existieron. En mi memoria sólo se conserva intacto el recuerdo del plagio con el que había intentado otorgarme valor.
    La relación no duró más de un año, tal vez mucho menos. De a poco empecé a desparecer. No concurría a las citas. No iba a las fiestas. La remedada sombra de Lugones me seguía. Ese espíritu fatal apostaba en mi pecho pulsiones mucho más trágicas que las que habían animado la escritura del poema. Estaba malditamente hechizado. Décadas después, leyendo “Cuentos Fatales” vislumbré – escrito sea de paso: Esos cuentos de Lugones que, al menos para mí, son sorprendentemente buenos, prefiguran algunos temas y procedimientos de Borges -, vislumbré, insisto, cuán certera era la suposición de haber sido víctima de un sortilegio sellado por el controvertido poeta. Pero no abrevaré en esas aguas enredadas, como tampoco narraré el insípido final de mi primer amor. Sólo narraré que semanas después de la separación definitiva, Adrián, mi amigo y socio disk jockey, consiguió rodear con sus brazos a mi primer amor, y que semanas después de haberla rodeado con sus brazos me contó que ella le había mostrado mis textos.
    Horror sin eros ya: Horror a que la melodramática tonalidad espiritual que me llevó a plagiar el texto, quedase al descubierto, desnuda, violada. Ningún horror me provocaba, en cambio, la posibilidad de que lo descubierto fuese el plagio. Tanto Adrián como su flamante primer amor no podían distinguir un poema de un horóscopo. Eran ese tipo de jóvenes que llegados a la madurez, me recordarían sin dejar de sentir cierta ironía, cierta extrañeza y cierto desprecio.

    Horror justificado al fin de cuentas porque Adrián no se privó el goce de ridiculizar mis textos y mis cartas, empleando esa mundana practicidad que de un revés disipa la torpeza del mundo.

    - Esos poemas parecen de viejo puto – opinó sin disimular una sonrisa.

    Así concluyen, por lo general, estas meditaciones en torno a mis inicios en la literatura. Con la sonrisa irónica de uno de mis primeros lectores y con mi fracaso. A veces titila también otro episodio con la profesora Arpirez, del que sólo recuerdo un adjetivo, “carmesí”, subrayado con tinta roja, ladeado por impetuosos signos de pregunta, en medio de otro poema que forcé como ejercitación. Pero la intensidad de este reverbero lorquiano – de Lorca había sacado “carmesí” – apenas alcanza para cerrar un párrafo más.
    Luego sobreviene el silencio y el silencio lentamente se puebla con los sonidos del jardín. Miro las palabras en la pantalla pero no las leo. Advierto que no he visto fotos de mi bisabuelo. Me llamaron Enrique en su memoria y yo ni siquiera sé cómo era su rostro. El súbito canto de unos benteveos me resitúa. La teoría del hechizo y la trama que urden Lugones y mi bisabuelo alrededor de mis primeros escritos, me desagravian. Luego desconfío de la palabra “hechizo”. Me viene entonces a la mente la imagen del down que me inspiró para armar mi primer argumento. De ese down y de su hermano menor, también down, me acuerdo: los dos parados en una esquina, mostrando con gusto sus enormes penes a todo el mundo. Me pregunto qué habrá sido de ellos. Un zorzal se posa en la reja de la ventana. La oración de Borges. Decía algo así como que el tiempo que pasa nos mata. Jamás la hallé. Creo que escribo para valuarme. Desde el plagio me pienso escritor. Años después del plagio y la ruptura, mi primer amor se recibió de arquitecta y fue madre – No fue Adrián quien la embarazó.

    Pían los gorriones y ríe desquiciado el hornero. Hace ya un rato que tengo la mirada perdida.

    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      17 junio, 2014

      Un texto excelente. Saludos y mi voto.

    2. Avatar de Mabel

      Mabel

      17 junio, 2014

      Quique tu escritura tan bien hecha y el texto es excelente, me ha encantado, un abrazo y te doy mi voto desde Andalucía

    3. Avatar de Manger

      Manger

      18 junio, 2014

      Buen relato, amigo Quique. Mis cordiales saludos.

    4. Avatar de Patxi-Hinojosa

      Patxi-Hinojosa

      18 junio, 2014

      Relato denso, complejo, casi una confesión liberatoria, a mi humilde parecer, este es un texto excelentemente construido. Mi enhorabuena por ello, mi voto y un muy fuerte abrazo.

    5. Avatar de Pedro-Buda

      Pedro-Buda

      2 julio, 2014

      Me gusta, lo veo como un sueño, donde nada tiene una explicación racional, donde las acciones se dan, sin un orden racional aparente, más allí están las acciones, crece la narración, surge el cuento y no podemos dejar de leerlo. Me encantó. Alguien suele decir que todos los escritores terminamos locos o por ahí. Creo que otro alguien dijo: El loco no puede salir de su mundo fantástico, el escritor sí. Esta ficción invita a leerlo nuevamente.

      • Avatar de Quique

        Quique

        2 julio, 2014

        Pedro, gracias por leer mi texto y por el comentario. Es uno de los textos más personales que he subido. Casi todo en él es verdad. Te mando un abrazo grande y pronto estaré leyendo tus textos.

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