Mi madre nos ponía la merienda en una fiambrera dentro de la mochila. Se preocupaba por mí, que comía poco y andaba mucho, que era una cría nerviosa, un culo de mal asiento. Recuerdo que me la llenaba con un enorme bocata de queso hecho con pan de higos secos y pipas de calabaza -para evitar las lombrices-, pero igual no había manera de que yo me lo comiera todo. Un día le dije: “Madre, ponme algo ligero”; porque ya empezaba a hacer calor y a mí la comida siempre me cae pesada cuando hace calor. Jonás estaba ahí conmigo, llenando su mochila sin prestar atención.
Cuando llegó la hora de la merienda, me tumbé en un banco con mis colegas y la saqué. Al notar que se movía, di un grito y la fiambrera voló por los aires. ¿Qué demonios había allí dentro?
Mis colegas y yo formamos corro alrededor, pero nadie se atrevía a abrirlo. “Bocata no”, dijo una niña, “porque esas cosas no saltan en las fiambreras”. Insecto ponzoñoso o mascota, tampoco, pensé, porque yo tenía un radar con esas cosas y me habría dado cuenta enseguida. Si de algo estaba segura era de dos cosas. Una: de que mi madre no había tenido nada que ver con lo que fuera que hubiese ahí dentro. Y otra, de que la curiosidad puede ser más fuerte que el miedo. Así que la abrí como pude con la punta de la zapatilla, y lo que encontramos en el fondo fue un pajarillo atontado hecho una bola de plumas. El animalito no tardó nada en desperezarse y echar a volar, lejos de nuestra vista. Nos quedamos felices y atónitas.
Entonces tropecé con Jonás, que estaba ahí, a metros de mí. Al instante supe que había sido él.
“¿No querías algo ligero?”, me dijo.
Una semana después se fue a vivir con su madre.


Mabel
Me ha gustado mucho el micro, un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido
RAB
Gracias! Un abrazo desde Argentina