Una sombra azul trasciende en monocromía. Su propietario la mira con recelo. Es tonto caer, piensa, en toda esa nostalgia del tiempo, en aquel recuerdo del celoso sentimiento que reza: ¿estará ella sintiendo? Oh sí, el propietario de “la sombra azul que trasciende en monocromía” ha sido víctima de la más cruel y fiera de todas las bestias, esa que desgarra desde adentro y nos destruye a nosotros, sin dejar rastro de que solo queda el cuerpo. No obstante lo cual, el piensa, y no puede detenerlo, intenta decodificar cual insípido traductor el último acto de esta obra. Él la conoció, él la enamoró, el se enamoró, y ahí ,cuando todo pasó a plural, ellos se distanciaron. “Adios”, revolotea en la mente del propietario, hombre de corazón que reflexiona sobre el sillón de cuerina.
Las grietas caen, los corrales se abren, el alma del mundo oscurece, el propietario toma a la princesa, la salva de la caída hacia la dimensión donde la gente viaja. La sube a sus brazos y juntos atraviesan el salón, cubiertos de telas, cubiertos de azul. Salen al pasillo, chocan ojos por un ratito, el piso quema, pero no importa, porque el recuerdo también. El acelera, no la dejará jamás caer, pasan las luces, se asombran de la falta de aventura, de la sobra de cordialidad… un haz de luz entra con escándalo por la ventana de la habitación, el propietario se sacude con violencia en su cama, con la tristeza de encontrarse en su hogar, acompañado, inhumanamente solo, en la espera de que el reencuentro no sea entelequia.
El nuevo día avanza, el propietario se estaca a su sombra, quién lo persuade así como persuaden las sombras. Lo convence de ser solo una parte más del decorado, elemental, desechado a pura vista. Aumenta el pulso con la imagen de su quimera, la sien se derrite de a poquito, la sombra ríe.
Y él escapó.
Ya los pájaros han cesado su búsqueda. El sábado tiñe sus cielos. El tiempo se regocija de placer. Él corre por la ciudad. Las bocinas atacan. Ella descuelga, a los saltos, la ropa que esa misma noche iba a usar. Están lejos, están distantes, ya no comparten la misma melodía.
La casa antigua de provincia la tiene como único huesped vivo. Ve las bandadas de aves en formación, detrás de las guayabas, huyendo de todo destino. De vez en cuando regala una lágrima. Se acostumbró a sentirse acorralada por ese sentimiento de impotencia, perdió, aquel día que no supo como decirle que lo quería, sin rendirse ante él, por que claro, si ella se rinde ante él, él sería dueño de toda ella. La gata blanca se sienta en su regazo, bautizada con el nombre de un color, bosteza sin cerrar los ojos. La temperatura baja.
Sigue la carrera en curso, a cada paso resta valor todo lo que ya pasó, su memoria, más puntual que nunca, se desvela por el recuerdo. “Dos más por ésta, después a la izquierda hasta el kiosco…” susurra el portador para sí. Repitió el camino muchas veces en el pasado, pero nunca sin ella. Carga una pesada mochila en sus hombros, que por supuesto, nadie más vé.
El cielo amaga, los transeúntes levantan su mirada implorando piedad, la sombra continua en movimiento.
En camino, algunos policías lo molestaron, creyendose dueños de la suprema autoridad desafiaron con llamar a esos entes formales que discrepan su bienestar. Varias personas lo molestaron con preguntas. Otros malandras se apiadaron de él. No hubo ton ni son, no hubo ceniza ni volcán, con viento y marea, contra todo estatus social llegó a destino, su cuerpo tembló, su cabeza se separó de toda realidad, pero su mano no, frente a la puerta actuó.
Para Rosa, hoy fue un día movido. Cansada de la indesición que provocaba el cielo, decidió cebar sus mates en la cocina, gritando cada 5 minutos, a su única hija, que entre a la casa, que el viejo techo de nubes iba a ceder. La niña, con la supuesta euforia de las vacaciones de invierno, no obedecía.
Pero mamá…- Repetía cada vez, y continuaba allí, jugando a ver.
Rosa estaba cansada, de cuidar a la niña, de ser ama de casa, de repetir la exquisita rutina.
Hasta que alguien, algo, golpeó la puerta.
-Un momento- Gritó la señora y, amagando los viejos muebles ocre, trotó hacia la damisela de madera, que temblaba antes del baile. Abrió, lo vió a él, que había golpeado por ser el timbre un objeto infinito.
-¿Juan?- Alcanzó a decir, mientras se agolpaban en su frente las ideas aburridas. El propietario se escabulló entre sus piernas, corrió patinando por el piso flotante. Rosa, atonita, lo sigió y vió, junto al caminito de piedra, la calma que sucede a la tormenta. El eterno primer beso de la lujuriosa pareja. Ninguno llegaba a la primer rama del árbol, ninguno raspaba los 8 años.
Una gota cayó en su sien.
-Esta noche va a llover.


Mabel
Es muy bonito el cuento, me ha gustado mucho, un abrazo y mi voto desde Andalucía
FranB
Gracias Mabel saludos!
Noe
Sencillamente esencial y genial!
FranB
Gracias Noe!