Scorpus

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    falsaria1403779764Relatos

    Escuchaba el bullicio de la muchedumbre y supo que tenía que prepararse. Se colocó bien la pechera y observó sus guantes. Unas viejas marcas provocadas por las riendas, tras años de constante uso, quedaban disimuladas por un corte en medio de uno de ellos. Dejando una cicatriz al descubierto. Apretó con fuerza los puños y cerró los ojos. Uno de los dos tenía de morir. El emperador había apostado por él, y por primera vez en muchos años, notó un hormigueo en el estomago. Sabía a quién tenía que matar pero desconocía su identidad, su amo Quintus tenía que habérselo dicho pero todavía no se habían cruzado. Respiró hondo y trató de calmarse, los caballos estaban inquietos. Eso no presagiaba nada bueno, se acercó a ellos y trató de tranquilizarlos. Les dio unas briznas de avena y volvió al interior. «¿Él lo sabrá?» se preguntó mientras comenzaba a moverse para entrar en calor.

    En el exterior sonó una trompeta, e inmediatamente se dirigió al altar. Cruzó la estancia, saliendo al atrio. El jardín estaba en silencio cuando lo atravesó acariciando las hojas de las flores que le rodeaban. El altar estaba rodeaban por completo por hojas de laurel. Se arrodilló ante él, extrajo un puñal de su pechera y contuvo la respiración. Lo miró y tras musitar algo en voz baja, se hizo un corte profundo en la mano. El corazón comenzó a latirle más deprisa cuándo alzó la mano, dejando caer la sangre sobre su cabeza. Cerró los ojos de nuevo e inspiró con intensidad mientras las gotas le caían lentamente. La fragancia del pebetero le invadió mientras notaba el calor de la sangre cayendo por su frente. Abriendo los ojos, cogió la figura de barro que había en el altar y la besó. Era la figura de un caballo moldeada en una oscura arcilla gastada por el paso del tiempo. La dejó en su lugar y se concentró.

    Sumido en sus plegarias como estaba, le costó escuchar la trompeta sonando otra vez. «¿Quién es?» se maldijo a si mismo levantándose. Volvió al interior de la sala y se limpió la mano y el rostro con agua. Tenía que ir a los carceres y prepararse. Al entrar observó cómo el esclavo a cargo de los animales se alejaba con sus caballos dirección al circo. «Quintus. ¿Por qué no has venido a buscarme? ¿Cuándo piensas decirme a quién debo matar?» pensó mientras salía al exterior siguiéndole en la distancia. De camino allí se cruzó con Barbatus, un joven talentoso muy delgado, y Rufus, un hombre alto y rudo, sus compañeros de equipo, quienes le saludaron.

    —Ave, Scorpus —le habló Rufus—. Tienes mala cara. No te preocupes esta carrera la ganarás—Dándole una palmada en la espalda— .Intentaremos estar en tus flancos para evitar contratiempos.

    —Ave hermanos —saludo a ambos con una sonrisa—. Estoy tranquilo —mintió desviando la mirada—, no es mi primera carrera con alguien poderoso, apostando por mí —concluyó con tono desafiante.

    —Lo sabemos, pero… —intervino Barbatus frenándole en seco y mirándole a los ojos—. Quintus nos ha dicho que el senador Terencio ha apostado mucho dinero por los Blancos.

    —¿Quintus? ¿Cuándo? —preguntó mientras se le aceleraba el pulso.

    —Sí. Nos lo ha dicho mientras comíamos.

    —¿Los Blancos?

    —Sí. Han hecho un cambio de equipo a última hora. Por lo visto los aurigas son unos griegos que competían allí —Scorpus frunció el ceño y escuchó con atención a su amigo—. Uno de ellos, Eryx, ha ganado varias carreras en Olimpia —explicó Barbatus—, y no de formas muy limpias…

    —De hecho, se rumorea que lleva casco porque perdió una oreja —le cortó Rufus.

    —¿Una oreja? —preguntó por curiosidad.

    —Le gusta frecuentar tabernas y apostar en los dados. Una vez enfadó a quién no debía y… —explicó Rufus para sorpresa de sus compañeros.

    —Para eso os tengo a vosotros ¿Verdad?— dijo Scorpus sonriendo—. ¡Vamos, tenemos una carrera que correr! «Eryx, ya puedes despedirte de este mundo.» se dijo mientras caminaba junto a ellos hacía su posición.

    Cuando salieron a la arena observaron con asombro el lleno absoluto que había en el Circo Máximo. Las primeras filas estaban ocupadas por las figuras más ilustres de la ciudad, senadores, magistrados y sacerdotes, quienes iban a disfrutar del espectáculo. Al llegar a su posición de salida se despidió de sus compañeros. Desde dónde se encontraba buscó al auriga con casco sin éxito. «Podría matarlo ahora y así olvidarme de todo esto.» se dijo. Se llevó la mano al pecho y notó el puñal oculto bajo la pechera. Miró a su alrededor, todos estaban preparados para la carrera. Subió a su carro y acarició a los caballos, quienes respondieron con relinchos. «Aún siguen nerviosos.» pensó mientras se ataba las riendas al pecho.

    —Tranquilos, todo saldrá bien —les dijo tratando de convencerse a sí mismo.

    Dirigió la mirada hacia la tribuna presidencial, esperando la llegada del emperador. El hombre más poderoso del mundo apostaba a su favor. Era todo un honor. Pese a convertirse en poco tiempo en un gobernador querido por el pueblo, también se había ganado muchos enemigos dentro del senado.

    El graderío estalló en una mezcla de silbidos y aplausos cuando este apareció. La toga púrpura que vestía resaltaba sobre la blanca túnica. Nada más llegar a la tribuna se sentó y observó el lleno que había en el circo. Hizo llamar a unos de sus asistentes personales y tras darle un par de órdenes, este se acercó al trompetista.

    El emperador se levantó, sosteniendo la mappa en la mano se acercó al borde y ante la expectante mirada de todos, la dejó caer, momento en que el sonido de la trompeta daba por comenzada la carrera. Los carceres se abrieron y los caballos rompieron en una estampida por la victoria.

    Scorpus tardó más de lo habitual en reaccionar y nada más salir tuvo a seis carros por delante. Consiguió ver como Rufus iba en cabeza, seguido muy de cerca por Eryx, quien fustigaba a sus caballos para que aumentaran su velocidad. Miró atrás buscando a su compañero Barbatus y le pareció ver la pechera verde en última posición, siguiendo muy de cerca a dos carros del equipo Rojo. Corría muy pegado a la espina cuando volvió la vista al frente y una nube de polvo se levantaba delante de él. Observó con sorpresa uno de los carros del equipo Azul, volando por los aires a poca distancia suya. Se vio obligado a maniobrar de forma arriesgada, desviándose hacia el exterior de la misma curva, esquivándolo en el último suspiro.

    El grito de los espectadores le avisó de un nuevo naufragio, el compañero de Eryx había hecho colisionar con la espina al carro que había ido hasta aquel entonces en tercera posición. El líder de la carrera no estaba muy lejos de él pero era incapaz de localizar a su víctima entre la nube polvo. Continuó corriendo con un ojo en la arena y otro en los aurigas. «Lo tengo delante.» se digo cuando sobrepasaba el carro destruido en medio de la arena.

    El primer huevo ya estaba abajo cuando Scorpus pasó por su lado. Al llegar de nuevo a la curva observó como Rufus quien había perdido el liderato en favor de Eryx, luchaba por mantener la tercera posición. Este al salir en paralelo con uno de los carros del equipo Rojo no pudo evitar colisionar. El auriga voló por los aires golpeándose violentamente contra el suelo. Scorpus que corría directo hacía él, no pudo evitar arrollarlo, desestabilizándose. Cuando pudo controlar de nuevo a las bestias se percató de que el público no estaba mirando la carrera sino que estaba pendiente de la tribuna.

    Dirigió su mirada hasta allí y observó con horror como el emperador rodeado por completo era asesinado por un grupo de senadores, surgiendo entre todos ellos pudo distinguir a Terencio, quien subió hasta la tribuna presidencial y tras asestarle dos puñaladas en el pecho, arrojó el cuerpo sin vida a la arena del circo. El cuerpo golpeó con dureza en el suelo. La toga otrora blanca comenzaba a teñirse de rojo. El púbico ante aquella situación comenzó a correr para poder escapar de allí, el caos se apoderó del lugar tan rápido como habían muerto el emperador.

    Scorpus observó como la carrera se había detenido, parecía que todos los aurigas se habían percatado de lo ocurrido y el pánico les invadía a ellos también. Miró a su alrededor y trató de escapar por la entrada que utilizaban los esclavos para recoger los destrozos de la arena situada no muy lejos de él. Por lo que cortó las rienda que lo unían a sus caballos y corrió hasta una de las salidas. La puerta estaba cerrada por el otro lado. Era el momento perfecto para huir, y no tendría otra oportunidad como aquella. El emperador había muerto, y no era necesario acabar con Eryx. Lo importante era salir de allí con vida. Estaba en el final de la recta, lejos de la única salida de la arena, los carceres. Por lo que corrió hasta allí y cruzó el pasillo y subió por las escaleras que daban acceso a las graderías, estas estaban casi vacías, volvió la vista hacia la tribuna y observó con horror como Terencio era vitoreado por sus iguales. Desde allí trató de buscar la salida al exterior del recinto.

    Entró en el vomitorio y se cruzó con su compañero Barbatus. Estaba herido, sangraba por un profundo corte en el abdomen.

    —Scorpus —gimió nada más verlo.

    —¿Qué te ha pasado? —quiso saber mientras se acercaba a él y lo cogía por debajo del brazo.

    —Han asesinado al emperador —consiguió decir mientras se dejaba caer al suelo—, traté de huir y uno de los soldados al verme me atacó…

    —Saldrás de esta. Solo es un corte —mintió intentando levantar a su compañero del suelo.

    —¡No! —le paró Barbatus—. Soy un lastre para ti. Yo ya estoy muerto…. Sálvate tú.

    —No digas estupideces.

    —Eres el único que puede salvarse. Rufus ha muerto durante la carrera… Vi su cuerpo aplastado en la arena.

    Scorpus recordó el momento en que sus caballos y él no pudieron esquivarlo. Sin darse cuenta Barbatus le había arrebatado el puñal y se lo llevó al cuello sonriendo.

    —El Hades me aguarda hermano —Fueron sus últimas palabras antes de deslizar el filo del arma por su garganta.

    «¿Por qué has hecho eso? Necio.» Escuchó unos pasos acercándose a ellos. Se arrodilló ante Barbatus y le besó en la frente al mismo tiempo que le cerraba los ojos. Los pasos estaban más cerca cuando se levantó y corrió dejando atrás el cuerpo sin vida de su amigo allí. Pero al doblar la esquina un soldado le frenaba el paso, lanzándole el pilum, nada más verlo, esquivándolo tras dar una voltereta en el suelo. Con la agilidad de un gato y la fuerza de un toro, se abalanzó sobre su agresor y le golpeó en la cabeza, dejándolo inconsciente.

    —¡Alto!—escuchó una voz detrás suyo—. No irás muy lejos.

    Se giró para ver quién era y recibió un golpe en la cabeza que le hizo caer al suelo. Un hilo de sangre le caía por la cara cuando entreabrió los ojos y observó como Eryx se le acercaba con un puñal en la mano. Sin poder hacer nada para evitarlo volvió a recibir otro golpe, esta vez con la empuñadura.

    —Tú no vas a ningún sitio, escoria —gruñó cogiéndole de pelo—. El senador Terencio quería que murieras en el circo y así será.

    —¿Acaso no has visto que han matado al emperador? —dijo Scorpus—. No tenemos porque matarnos…

    —Claro que lo sé. Nuestro pequeño juego era tan solo una estrategia para distraerlo.

    —Suéltame —gimió Scorpus—. Déjame… —Sin mediar palabra el puño de Eryx impacto directo en la sien haciéndole tambalear.

    —Voy a disfrutar matándote—dijo levantándole del suelo y arrastrándolo de vuelta a la arena.

    —¿Crees que Terencio no se deshará de ti cuándo no te necesite? —consiguió decir mientras forcejeaba por liberarse—. Eres otro esclavo más, no lo olvides…

    El rostro de Eryx cambió de semblante, observó como la duda recorría sus pensamientos, y Scorpus aprovechó para golpearle y escapar. Dobló una esquina, atravesando una gran arcada, y allí encontró la salida. La luz le cegó por completo por lo que se llevó las manos a la cara y una vez en el exterior, saboreó la brisa de la libertad. «Por fin, libre.» se dijo con los ojos cerrados disfrutando de esa sensación, hasta que un sonido metálico le hizo descubrir la dura realidad. Abrió los ojos y se encontró con un muro de soldados cerrándole el paso. No había forma de escapar de ellos por lo que tuvo que detenerse y retroceder, pero Eryx espada en mano salía del circo caminando hacia él.

    Terencio, seguido por Quintus, se abrieron paso entre los soldados. Colocándose a pocos pasos de Scorpus.

    —Lo siento —se disculpó Quintus—. No tuve elección.

    —¿Por qué? —exclamó sorprendido.

    —Teníamos que acabar con el emperador —intervino Terencio—. Acaba con él —le ordenó a Eryx.

    —Por favor Terencio —dijo Quintus mientras se interponía entre ambos—. Recapacita…

    —¡Cállate! —gritó furioso Terencio—. Acaba con ambos. No quiero cabos sueltos…

    Eryx con un movimiento rápido hirió de muerte a Quintus, quién cayó de rodillas al suelo. Cogió el arma con ambas manos y se acercó a Scorpus.

    —Nos volveremos a encontrar en el Hades… — musitó cerrando los ojos.

    —Te lo dije. Voy a disfrutar matándote—dijo Eryx mientras le clavaba la espada en el estomago sonriendo de oreja a oreja.

    Comentarios

    1. Avatar de Mabel

      Mabel

      26 junio, 2014

      Un buen micro, felicidades, un abrazo y mi voto desde Andalucía

    2. Avatar de ChristineCarcosa

      ChristineCarcosa

      28 junio, 2014

      Muy bueno, Wolfdux, y mira que los relatos históricos no son mi pasión. Tienes estilo. Te dejo mi voto y un saludo :)

      • Avatar de Wolfdux

        Wolfdux

        28 junio, 2014

        Muchas gracias Christine, es la primera indagación que hago en temática histórica y la verdad es que estoy bastante contento.

        Un saludo.

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