Al agente Jack Cooper le molestaban esos ruiditos que emitía su compañero, el gordo Steve, cuando devoraba donuts en el coche patrulla.
—Los mejores son los clásicos, sin rellenos ni confites. ¿Qué opinas Jack?
—Espero que después limpies el volante.
—Tienes que relajarte y disfrutar de los pequeños placeres. ¿Con qué disfrutas tú?
“Unidad 437”, emitió la radio.
—Aquí unidad 437 —respondió Cooper con premura.
“Hemos recibido una llamada, vayan al ciento veinticinco de la calle siete”.
—¿De qué se trata?
“Estaba aterrado. Solo hemos entendido que en su casa suceden cosas raras”.
—¿Cosas raras? —apuntilló con desagrado—. Pasaremos cuando podamos.
“Deben acudir inmediatamente. El hombre que nos ha llamado es el padre de Laura Flint”
—¿La chica desaparecida? —intervino Steve.
“Exacto. Conocen la cera que nos está dando la prensa con este caso, y la facilidad con la que el Sr. Flint aparece en los medios. No queremos verlo mañana en televisión acusándonos de que no atendemos sus llamadas”.
—Está bien, nos pasaremos por allí y les cantaremos una nana —dijo Jack.
“Gracias. Cuando terminen infórmennos inmediatamente.”
—¿Pero qué te pasa, Jack? —Recriminó Steve mientras giraba la llave de contacto— Imagínate el infierno que están viviendo esos padres.
El coche patrulla inició la marcha.
—Yo creo que haría lo mismo —dijo Steve tras apretar el botón del ascensor que llevaba a la quinta planta.
—El qué —inquirió Jack.
—Utilizar a la prensa. Es la única manera de que los de homicidios se lo tomen en serio y atrapen a ese asesino.
—¿Asesino? Que yo sepa, todavía se trata de una desaparición.
—Vamos Jack, han pasado tres semanas. Todos sabemos que esa chica ha muerto. Me han soplado que mañana empiezan a fondear el rio —dijo el gordo Steve, mientras se alisaba el uniforme— Vamos a ver qué nos encontramos —concluyó una vez el ascensor se detuvo.
El Sr. Flint les esperaba en el rellano. Vestía una cara de cansancio, sudor y miedo.
—Gracias por venir con tanta rapidez.
—Tranquilo, es lo menos que podemos hacer. —dijo Steve con amabilidad—¿Qué sucede?
—Ahora todo está… tranquilo pero…—El Sr. Flint bajó la cabeza y se quedó callado, ensimismado.
Los agentes se miraron desconcertados hasta que, finalmente, se decidieron a entrar.
Les recibió un silencio que embotaba los oídos pero, sobre todo, sintieron un frío que congelaba los tuétanos. Al alcanzar el salón vieron que, dispuestos sobre el suelo, había tres colchones. Sobre uno de ellos se encontraba la Sra. Flint, abrazada a sus dos hijos pequeños.
—Es solo para pasar la noche —apuntó avergonzado el Sr. Flint—. Los niños se sienten más tranquilos así.
—Ya… —Steve entró en la estancia mientras Jack se quedó en el pasillo— Sr. Flint, ¿a qué se refería con: “suceden cosas raras”?
—Es esta maldita casa —Respondió dirigiéndose a su mujer—. Le he dicho mil veces que nos marchemos, pero ella prefiere quedarse aquí, sufriendo las locuras de esos demonios.
—¡No hables así de tu hija! —Replicó la Sra. Flint aferrada a sus pequeños.
Steve buscó la cara de Jack que miraba perplejo la escena. Después se volvió hacia la mujer.
—¿Su hija? ¿Va todo bien, Señora?
De repente, unos gritos desgarrados retumbaron en toda la casa. Los niños escondieron sus cabezas en el regazo de su madre.
—¿Hay alguien más? —Preguntó Jack al padre.
—No… vienen de la habitación de Laura. Ya empieza otra vez.
Con cautela los agentes atravesaron el pasillo para llegar a la habitación. Estaba cerrada. Steve exclamó:
—¿Quién anda ahí? ¡Abra!
Los gritos cesaron.
—Cúbreme, Jack. Voy a entrar.
Steve cogió el pomo de la puerta y lo giró. Pero no consiguió abrirla.
—¡Sr. Flint! ¿La puerta está cerrada con llave?
En ese momento, un enorme estruendo les sobresaltó. Los policías volvieron atropelladamente, a tiempo de ver como los Sres. Flint y los pequeños salían corriendo de la vivienda. Al llegar al comedor se quedaron boquiabiertos. Los cajones y puertas del armario se abrían y cerraban con frenesí, los cuadros se precipitaban contra el suelo y la lámpara se balanceaba enloquecida. Un horror de luces y sombras que perduró hasta que las bombillas comenzaron a estallar una a una, provocando una lluvia de chispas macabras.
—¡Dios Santo! ¡Qué locura es esta!
—¡Vámonos Steve!
Marcharon hacia el recibidor. La puerta estaba abierta, pero cuando los policías iban a traspasar el umbral, se cerró de golpe.
Jack desenfundó su pistola.
—¡Apártate!
Disparó tres veces hasta reventar la cerradura. Pero la puerta permaneció cerrada.
—¡No quiere que salgamos! ¡Nos quiere aquí! —Gritó Steve.
—¿No pensarás que este caos lo está provocando un fantasma?
El silencio regresó. Los policías aferrados a sus pistolas, volvieron al pasillo. Un olor a podrido comenzó a inundar el aire. Y entonces un escalofrío les erizó la piel: sobre la pared, empezaron a dibujarse trazos de color carmesí que, poco a poco, formaron una sola palabra:
“Asesino”.
De nuevo, atronaron los ruidos y golpes. Sin saber hacia dónde apuntar, retrocedieron sobre sus pasos. Así llegaron a la cocina, donde observaron el mismo aquelarre que vieron antes. Una locura en la que los platos volaban cruzándose con los cubiertos, que salían en tropel de los cajones.
De repente, un cuchillo se lanzó contra ellos, clavándose con furia en el pecho de Steve. El agente cayó de bruces.
Jack se agachó y dio la vuelta al cuerpo. La sangre manaba a borbotones por la herida, pero no fue eso lo que le aterró; fue su cara de tonos azulados y marcas de putrefacción: como las de un cadáver descomponiéndose en las aguas de un rio.
Aquel ser, que ya no era su compañero, se abalanzó sobre Jack y comenzó a estrangularlo. Impotente, trató de zafarse de la presa que lo ahogaba. Sintió el aliento de su boca acercándosele al oído.
—Asesino —Le susurró.
Los ojos del agente Cooper se desorbitaron. Reconoció aquella voz. No era la de Steve. Era la voz de una adolescente: era la voz de Ella. Agarró las manos que le apresaban, pero sus fuerzas no ofrecían la menor resistencia ante aquella mole encolerizada. A punto de desmallarse vio su pistola en el suelo. Consiguió alcanzarla y dispararle en la sien.
Se quitó el cuerpo de encima y vomitó. Fue apenas un segundo de paz, hasta que, pese a su cabeza deshecha, aquel engendro volvió a ponerse en pie. Le disparó de nuevo. Pero las balas le atravesaban sin derribarlo.
Jack huyó por el pasillo hasta encontrar refugio en el cuarto de baño. Cerró la puerta y apoyó su espalda contra ella. Su cuerpo exudaba sangre, miedo y horror. Agarró su pistola y comenzó a llorar.
El ruido cesó.
—No tienes nada que temer, soy policía —Dijo aquella voz al otro lado de la puerta—. Eres muy guapa para andar sola por este lugar.
Cooper sintió el calor húmedo de la orina empapando la pernera de su pantalón.
—Princesita, sé buena, verás que bien nos lo pasaremos.
El policía clavó el cañón de su pistola entre sus ojos.
—Princesita… voy a entrar.
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P.D, Hace tiempo que no compartía relato con vosotros y habréis comprobado que en los últimos meses solo he votado, sin comentar. Espero que me disculpéis pero llegó un momento que me quedé sin tiempo para escribir. Espero volver a paticipar como antes muy pronto.
Un abrazos a todos y cada uno de vosotros


Quique
Me ha atrapado. Mi voto y un saludo desde Argentina.
VIMON
Excelente relato de terror, David, que marca tu regreso a Falsaria. Saludos y mi voto.
Mabel
Un cuento que te entretiene y sobretodo atrapa, es maravilloso. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
Manger
Qué gusto leerte de nuevo por aquí, querido David… Entretenimiento a tope y, en este caso, un excelente uso del terror llevado hasta las últimas consecuencias. Un fuerte abrazo, crack.
ChristineCarcosa
Tremendo relato, que atrapa al lector desde el comienzo, muy bien llevado. Me ha encantado, de modo que ahí va mi voto y un saludo
DavidRubio
Gracias a todos queridos Rafa, Germán. Mabel, Vicente, y Orfeo. Un gusto conoceros Quique y Cristine.
(Orfeo, te agradezco tu corrección sobre las mayúsculas, detrás del guión. Es cierto, van en minúscula cuando se refieren a decir, la verdad es que las pongo en mayúscula para mayor claridad, no sé, un vicio que tengo, pero me gustó muchísimo tu corrección. Saludos)
alex vargas
me alegra q hayas publicado d nuevo, s echaban d menos tus cuentos de terror y fantasía. un abrazo
DavidRubio
Gracias, Alejandro, aunque creo que exageras. Un abrazo querido amigo
Dora-Rosendahl
Qué mal rollo David… pero qué mal rollo tan bien escrito. Estáis que os salís todos leñe…
DavidRubio
Gracias Dora, me alegra haberte dado un “mal rollo”. Un abrazo