Alberto
- No tengo nada que decir.
- Entonces túmbate. Ahora vuelvo.
Alberto se desató los zapatos, bajó su cremallera, desabrochó los botones de su camisa en una sinfonía textil. Ya desnudo completamente, se echó con cuidado sobre la colcha.
Mientras aquel extraño hacía ruido en la cocina de aquel apartamento, se preguntaba cómo había llegado allí y dónde estaba exactamente, pues en el taxi, aquel extraño no había sacado la lengua de su boca durante todo el trayecto.
- ¿Tienes hambre?
- No. ¿Cuál es tu nombre?
Aquel extraño puso una bandeja sobre la cama al lado del Alberto desnudo. Contenía un pollo frito perfectamente partido, mutilado para los ojos de Alberto. Aquel extraño era tremendamente atractivo, al estilo de los hombres que le atraían Alberto: rudo, masculino, gordo, con barba. Los dos estaban excitados.
- Date la vuelta. Coge una pechuga o ¿prefieres muslo?
Alberto ante los ojos hipnotizadores de aquel extraño, hizo lo que él le pedía. Aquel extraño lo penetró lentamente por detrás dejando caer todo su peso. Alberto pensó que el plan de desayunar con aquel extraño no era como había imaginado. El muslo era una antorcha grasienta que aquel extraño mordía a cada embestida. Alberto estaba completamente abierto, excitado y perturbado al mismo tiempo. Se sintió como ese pollo. El olor invadía toda la habitación y al mirar hacia atrás un instante observó por un momento la barba rojiza y grasienta de aquel extraño. No era la idea que tenía Alberto de un polvo salvaje pero al menos era algo nuevo. Pensaba que el sexo tenía gracia porque no era necesario nada externo para pasarlo bien, pero otro pensamiento se antepuso a éste que le decía que probablemente aquel extraño quería combinar todo le que le gustaba. La comida y el sexo.
- ¿Puedo darme una ducha?
Aquel extraño continuaba comiendo el resto del pollo frito ya satisfecho apoyado sobre el cabecero, devorándolo como un león. Alberto se dirigió al baño, se puso debajo de la alcachofa y abrió el grifo. El jabón de chocolate que encontró le dio arcadas. El champú de miel más de lo mismo. Por mucho que frotaba su cuerpo contra el chorro de agua parecía no poder desprenderse del olor a grasa animal. Se meó encima.
Roberto
Roberto se encontraba en la sala número 250 del Hospital. No le había sentado demasiado bien el atracón que se había dado en uno de los mejores restaurantes del Barrio gay. Era del tipo de clase media que no podía evitar rebañar los platos en este tipo de restaurantes y ya que estaba allí, repetir alguna vez más el primer plato. Ahora no podía respirar.
- Es un simple empacho. Le daré unos masajes. Túmbese.
Roberto se desprendió de sus Adidas a golpes de talón, bajo sus calzonas y subió su camiseta mostrando un embarazo masculino de tres meses. El médico amasaba su barriga con la delicadeza y la fuerza de un panadero fortachón haciendo deliciosos profiteroles. Esa fantasía le hizo tener una erección tan intensa que su pene salió del calzoncillo como un conejo se asoma en su madriguera.
- No le dé vergüenza tirarse pedos. Es lo que tiene que hacer.
El médico se introdujo el pene de Roberto en la boca mientras con las manos continuaba presionando su estómago en un ejercicio de coordinación circense. A cada pedo le acompañaba un escalofrío, lo que le produjo un estado hipnótico producido por la combinación entre dolor y placer. El olor invadía toda la habitación.
- Al llegar a casa tómese una manzanilla acompañada de estas pastillas.
Roberto entre avergonzado y aliviado le dio la mano al médico. Salió de Urgencias todo lo rápido que le permitió andar su dolor de barriga. Se montó en el coche y salió disparado con la única idea de llegar a casa, acostarse en la cama y masturbarse con el recuerdo de lo que había pasado con aquel médico.
Aquel Extraño
Aquel extraño viajaba un día a la semana, bien los sábados bien los domingos, a casa de su madre, y conducía a 200 kms por hora hasta llegar a la aldea donde había vivido toda su infancia y adolescencia antes de mudarse a la Capital. La pequeña casa de campo a la que llegaba se llenaba de polvo cuando aquel extraño aparcaba en el porche.
- Hola mamá.
Entonces se dirigía al corral atestado de gallinas viejas que revoloteaban despendoladas al mínimo movimiento y se sentaba en el centro, sobre la paja. A veces leía revistas de hace una década que encontraba tiradas por el corral. Aquel extraño se sentía menos extraño en medio de ese cacareo y disfrutaba recogiendo los huevos de las gallinas jóvenes, blancos y marrones, que colocaba cuidadosamente sobre la cesta de mimbre que había fabricado su padre fallecido. Siempre que se sentaba en medio de aquel corral le recordaba. No a su padre sino a Eladio. Para él era un fantasma de la infancia pero que seguía vivo en su mente. Reproducía perfectamente las imágenes en las que durante los tediosos días de su infancia jugaban a penetrar a las gallinas más dóciles. Siempre empezaba Eladio y aquel extraño observaba excitado como lo hacía aprovechando que su madre les pedía coger alguna de ellas, la más vieja de todas, para hacer un caldo. Aquel extraño tenía que sacudir la cabeza ante la idea de que aquellas gallinas eran primero sodomizadas y posteriormente degolladas, pero esas sombras desaparecían en cuanto eyaculaba.
-Vuelvo a casa mamá.
Aquel extraño condujo a 250 kilómetros por hora de vuelta a su casa en el centro de la Capital. Al aparcar en frente del café que estaba debajo de su portal los adolescentes que bebían en la terraza gritaron por el estruendo del motor y aquel extraño salió triunfante de su coche saludando a todos con la mano que quedaba libre. En la otra llevaba una bolsa que goteaba con la cena para esa noche.
El Médico
El médico terminó su turno de noche en Urgencias y el sol del amanecer le cegó la cara al salir por la puerta principal. Se aflojó la corbata y pensó que antes de volver a casa y a pesar de llevar casi veinticuatro horas sin dormir, tomaría un café americano en la cafetería de enfrente del Hospital, donde amablemente, se le atendería y se le sonreiría como si tuviese buena cara.
- Buenos días.
- Un café americano. Por favor,
El médico revisó el periódico, leyendo de reojo el horóscopo. Leyó: “Leo: Jornada para descansar. Póngase cómodo, siéntese y disfrute del momento. Se lo merece”. Mientras pensaba en que la predicción era acertada, se sobresaltó cuando el camarero vertió el café caliente sobre su pantalón de lino blanco.
- No te preocupes.
El médico fue al baño de la cafetería pensando en que ahora la predicción no le parecía acertada. Una vez dentro se quitó los pantalones de lino que ahora pesaban y los calzoncillos negros, y desnudo integralmente por abajo sólo con calcetines y zapatos cómodos, enjuagó con la precisión de un médico las prendas. Aprovechó para observar frente a su espejo su culo, marcadamente blanco tras unas vacaciones en la Costa y adoptó frente al espejo la posición de las estrellas de Hollywood en la alfombra roja. De repente, escuchó un estruendo y un grito contenido en el baño colindante, en el baño para paralíticos y su impulso de médico hizo que rápidamente entrase sin llamar.
- Perdone ¿se encuentra bien?
- Ayúdeme a sentarme sobre la váter.
El médico recogió a aquel paralítico por las axilas y lo sentó en la taza abierta del váter. Los dos se percataron de que estaban desnudos de cintura para abajo y tuvieron una fuerte erección al unísono. Aquel paralítico le cogió de la corbata y con sus fuertes brazos lo modeló hasta que el médico se sentó lentamente sobre él hasta penetrarle por completo. Así permanecieron un minuto con las bocas abiertas apuntando al cielo. El sonido de la mierda cayendo en el agua del váter de aquel paralítico animó al médico a saltar sobre el pene apoyando las manos sobre las paredes. Cuando aquel paralítico terminó de defecar pidió al médico que no saliera de él hasta limpiar su ano con aquel rollo de papel higiénico áspero de formato industrial. El olor invadía todo el cuarto de baño.
Eladio
Para Eladio todos los días eran exactamente iguales. Se levantaba al amanecer para trabajar en el huerto familiar: calabazas, espinacas, guisantes, patatas, lechugas, pepinos y algunos árboles frutales repartidos por el terreno en forma hexagonal. Siempre acompañado de su transistor hasta la caída del sol sólo paraba para comer y merendar sobre su pedrusco favorito desde donde podía ver la sierra de la Capital en todo su esplendor. Y miraba al infinito pensado en ella, en Marilia, la locutora de radio especializada en vinos y gastronomía del programa radiofónico que se retransmitía a diario y cuya voz llegaba hasta ese recóndito lugar donde Eladio, zacho en mano, manipulaba la tierra y el agua.
- Buenas tardes a todos. Hoy hablaremos sobre postres y vinos olorosos.
Eladio sobre el pedrusco se despojó de su mono verde caqui y lo dejo caer hasta sus tobillos. La pelambrera densa pero bien repartida de su pecho se erizo y sus pezones se pusieron duros por la leve caricia del viento serrano. Sus calzoncillos de un blanco cal cobraron vida ante la tremenda erección que los enderezaba al escuchar la sintonía de cabecera que adelantaba la voz de Marilia: “Flanes, bizcochos, frutos secos, queso y vino de Oporto para una sobremesa ideal”. Eladio colocó su transistor sobre el bulto blanco. La reverberación que producía la radio atravesaba las venas del pene de 25 centímetros de Eladio.
- El queso puede ser un postre perfecto sin tener que ser un entrante.
Eladio estiró hasta el máximo la antena del transistor hasta que su boca pudo chupar el extremo mientras frotaba el aparato contra el aparato. Subió el volumen al máximo hasta que se corrió empapando todo el calzoncillo. Eladio se lo arrancó de un tirón e hizo un hoyo donde lo depositó y donde tiró una cerilla encendida en una especie de ritual.
- Colocar en una copa nata montana y nueces picadas. Un poste soso puede ser ligero y antioxidante.
Eladio volvió a tener una enorme erección. Esta vez se corrió sobre el pedrusco pensando en como sería Marilia, en como le gustaría tenerla cerca y poder taparle la boca con su verga y después invitarle a comer una gran ensalada hecha con sus verduras cultivadas de forma ecológica.
Aquel Paralítico
Aquel paralítico todavía no lo era cuando se montó en aquel Ford Focus negro metalizado recién comprado. Quería estrenarlo ese mismo mediodía a pesar de que una lluvia fina caía sobre la ciudad. Aquel paralítico que todavía no lo era pensó que sus llantas nuevas aguantarían los posibles resbalones de la A43 y el sonido del arranque era tan preciso para él, tan delicado el motor que su cuerpo subió de temperatura y se frotó en el asiento con satisfacción en los primeros metros.
En dirección contraria a aquel futuro paralítico conducía hace unas horas Darío. Había hecho un alto en la hamburguesería de carretera y había pedido una doble con patatas, aros de cebolla y cola gigante. También helado de caramelo y pastel de manzana
- Quédese con el cambio.
Darío volvía de su trabajo desde un polígono industrial donde trabajaba en una tienda de productos deportivos. Ese mediodía tenía tanta hambre que no pudo contener el deseo de hincarle el diente a la hamburguesa doble mientras conducía.
Aquel paralítico futuro se iba calentando a cada diez kilómetros por hora sumados a su motor. Los vaqueros le oprimían tanto el pene endurecido que tuvo que sacárselo para dejar pasar la sangre con facilidad. Sin saber que lo hacía comenzó a masturbarse lentamente y a acelerar. El contraste entre la velocidad del coche y el masajeo del miembro de aquel futuro inmediato paralítico parecía superar la barrera del tiempo y el espacio.
Un chorro de ketchup salió disparado desde el interior de la hamburguesa hacia la ventanilla del coche de Darío. Aquel inmediato paralítico piso el acelerador hasta el fondo y el chorro generoso de semen salpicó el impacto frontal entre los coches.
Marilia
Marilia se sentía mareada en la última media hora del programa. Sus ojos se fijaban en una de las esquinas de la cabina insonorizada mientras recitaba pacientemente la receta del pollo al limón para que sus oyentes pudieran apuntarla con facilidad. Pero su mente estaba en ese punto que se extendía al infinito y sobrepasaba las paredes rojas enmoquetadas del espacio. No soportó la primera de las arcadas y vomitó sobre la mesa en forma de media naranja del estudio. El silencio se apoderó de la onda durante unos segundos.
- ..Por último, presentar en una bandeja en forma de lágrima y decorar con una rama de tomillo.
El piloto del estudio se encendió permitiendo la salida rápida de Marilia que corrió avergonzada hasta el pasillo de la primera planta donde acurrucada esperando al ascensor, lloró. Salió balanceándose por la puerta principal del edificio. Respiraba con dificultad y sólo pensaba en salir a la calle para tomar una gran bocanada de aire y visualizar un espacio abierto.
- ¡Marilia!
El portero de seguridad encargado del control y acceso a los estudios la siguió hasta la calle donde cogiéndola por detrás la llevó hasta el callejón a la vuelta de la esquina. Marilia comenzó a vomitar de nuevo y el portero agarrándola por la cintura con una mano le apartó el pelo de la cabeza con la otra. Marilia había salido sin la chaqueta y el bolso y estaba lo más desnuda que se podría suponer en ella. El portero frotó su paquete contra el culo de Marilia y cuando crecía a cada arcada de ella, acercó la punta de su porra a los agujeros de Marilia por debajo de la falda. Mientras frotaba su arma blanca contra sus bragas Marilia abría más sus piernas hasta que la porra retirando suavemente la braga se hundió firme en su vagina. El vómito formaba un pequeño charco bajo ellos.
- ¿Se encuentra mejor Marilia?
Darío
A Darío le encantaba el sonido de la máquina registradora al abrir y cerrarse. En ocasiones cuando no había nadie en la tienda la abría y cerraba durante largo tiempo ensimismado en como los billetes entraban y salían de su vista. Lo prefería al hilo musical de la tienda de deportes donde las ofertas se relataban como si fuera un mantra.
Alrededor de la caja estaba, toda clase de envoltorios de dulces y de chucherías, chocolatinas, chupachups, gelatinas, pipas, caramelos, nubes. Y los cajones de la caja central estaban llenos de basura colorista.
- ¿Tiene estos shorts en una talla mayor?
- Ese modelo es de talla única. El material con el que están hechos se estira y adapta. Con su talla le quedarán muy bien. Pruébeselos. Acompáñeme.
Darío y aquella mujer de mediana edad embutida en una camiseta dos tallas menos de la que debería usar y unas mallas negras se dirigieron con paso militar a los probadores en la otra punta de la tienda. Todo un camino, ya que la tienda estaba situada en una antigua fábrica de conservas en un polígono industrial y era enorme. Aislados en una de las puntas, la mujer de mediana edad con una melena rubia oxigenada se introdujo en el probador que Darío le indicó.
- Vaya al último.
Darío le ayudó a cerrar la cortina y después se introdujo en el probador colindante. A través del agujero en la pared pudo ver como aquella mujer de mediana edad con grandes aros en la cabeza se bajaba las mallas con cierto sobreesfuerzo y subía los shorts adaptables. Coqueta, aquella mujer de mediana edad se miraba en el espejo haciendo posturas exageradas en las que su culo generoso era el protagonista incluso se puso a cuatro patas y realizó un estiramiento. Darío vació en su mano derecha y cerró el puño. Salió apresuradamente del probador y corrió hasta la caja central tropezándose con esquís, patines y chutando involuntariamente un balón. Abrió y cerró la caja registradora una veintena de veces hasta que consiguió aclarar su mente y se centró y concentró en las oferta que sonaban y retumbaban metálicas por la antigua fábrica.
- Me los llevo.
El Portero de Seguridad
Cada tarde a la misma hora el portero de seguridad se sentaba en el mismo banco del mismo parque a comer su mismo sándwich de atún que le preparaba su madre todos los días. Con el envoltorio plateado hacía una pelota e intentaba encestar en la misma papelera. Nunca acertaba y siempre tenía que levantarse para meterla dentro. Esa misma tarde mientras recogía la pelota fijó sus ojos en Paqui, que podaba uno de los setos en el parque acercándose al arbusto y alejándose alternativamente como si estuviera apreciando un cuadro de grandes dimensiones. Paqui, ayudada por una tijera cortaba sonoramente ese seto en forma cuadrangular. El portero de seguridad pensó que era nueva en el servicio de jardinería y que tenía mucho trabajo pues el parque contaba con árboles caídos, arbustos asalvajados, caminos sucios, riachuelos plagado de insectos.
- ¿Le gustaría probar mi sándwich de atún?
Paqui dio un muerdo y asintió con la cabeza. Las tijeras podadoras cayeron al suelo a los pies del portero. Se introdujeron entre las ramas bajas de uno de los árboles centenarios cercanos. Paqui se apoyó en el tronco y mientras terminaba el sándwich de atún el portero de seguridad abrió el mono fluorescente hasta la altura de la vagina y estrujó con sus dos manos los pechos talla cien copa c de Paqui.
- Para. Pasa alguien.
El portero le metió a Paqui en la boca una de las pelotas plateadas que encontró en su pantalón y arrancó su sujetador. El olor a atún atrajo a un par de gatos negros que observaban la escena subidos en las ramas. Paqui se arrodilló, escupió la pelota y se me metió en la boca el pene del portero de seguridad que agarrado a una de las ramas gimoteaba lo más silencioso posible. A lo lejos entre las hojas podía ver a unos niños jugar al escondite. El semen aliñó la garganta de Paqui y al retirase su aliento a atún había desaparecido.
La mujer de mediana edad
La mujer de mediana edad iba cada mañana al gimnasio tres barrios al sur del suyo. Iba hacia allí andando pues lo consideraba un calentamiento adecuado y extra. Después de una hora de aeróbic al ritmo de las canciones de los últimos diez veranos y de trabajar su musculatura con máquinas, volvía al vestuario donde las duchas comunes se convertían en un sueño vaporoso y sensual. Las mujeres deambulaban desnudas, se frotaban con jabones perfumados sus genitales y peinaban sus cabelleras con ahínco frente a los espejos. Aquella mujer madura tímida se desnudaba lentamente y echaba una ojeada a los cuerpos caídos de las mujeres más maduras que ella, a los pechos puntiagudos de las mujeres más jóvenes que ella. Adentrándose en la niebla de las duchas comunes se derretía con el agua caliente y olvidaba por un segundo sus preocupaciones matrimoniales. El sudor desaparecía. De pronto, alguien le tocó la espalda.
- Perdone. ¿Podría prestarme un poco de su champú?
Los pezones de la mujer de mediana edad se pusieron duros y los pelos rubios de su piel se erizaron ante la visión de aquella joven mojada. Sin responder le pasó su bote y volviendo la mirada a la pared de baldosines blancos chorreantes no pudo volver a tocarse de la misma manera. Ante esta sensación placentera y miedosa recogió su toalla fucsia y se dirigió a uno de los espejos al lado de los retretes. Mientras se miraba al espejo y escarbaba en las raíces negras de su melena. La joven mojada apareció a su lado.
- Olvidaste el champú, gracias. Aquí tengo una mascarilla para el pelo hecha con huevos, aguacate y miel. Te la pondré.
La mezcla de olores de la mascarilla la embriagó de tal forma que cerró los ojos. Podía sentir como los dedos de la joven mojada presionaban su cráneo dulcemente. Le pareció estar en una cocina en la que se preparaba un postre muy exótico y su imaginación voló hasta concretizar la imagen de la joven mojada besándola con la boca untada en miel.
- ¿Sueles venir mucho por aquí?
Paqui
Paqui acostumbraba a comprar las revistas del corazón todos jueves en el quiosco de la esquina. Disfrutaba con las peripecias de la monarquía europea sobre todo y se imaginaba como una de las princesas. Esa mañana se fijó en una de las revistas que el quiosquero tenía colgadas en uno de los extremos: “Princesas y Putas”. La portada mostraba a una princesa con corona pero sólo con la corona. Completamente desnuda y sentada sobre un trono detrás de una mesita dorada donde se exponían todo tipo de manjares: langosta, champán, caviar, fresas…a pesar de que la princesa en cuestión tomaba una taza de té en aquel instante. Movida por un impulso y aprovechando un descuido del quiosquero la descolgó y la dejo caer en el carrito de la compra.
- ¡Que pase buen día Paqui!
Paqui caminó rápido por la calle y su carrito de la compra saltaba tropezando con los agujeros de la acera. Quería llegar a casa lo antes posible y echar un vistazo a esas páginas donde aparecía esa princesa tan atípica. Su cuerpo subía de temperatura a cada paso y cuando se detuvo en el paso de cebra tuvo la necesidad de mear.
Al llegar a casa y tras soltar el carrito de la compra que rodó hasta el fondo de la cocina, se sentó en el sofá orejero y perpleja, observó la portada de aquella revista todavía cubierta de plástico. Abrió una bolsa industrial de magdalenas y como si fueran pipas devoró una por página. Lo que estaba viendo de algún modo no le era ajeno porque aquellas posturas siempre habían estado en sus fantasías. La imagen de una princesa comportándose así no hacía más que desear con más fuerza querer ser como ella, hacer lo que hacía con sus súbditos y comer lo que ella comía cambiando el té por el café.
La Joven Mojada
La joven mojada tuvo que hacer una cola de hora hasta que llego a la taquilla.
- Una para la sala 5. Última fila.
La joven mojada tuco que hacer una cola de un cuarto de hora hasta llegar cerca de la máquina de palomitas.
- Una de palomitas tamaño grande.
- ¿Desea extra de mantequilla?
Caminó por los pasillos de forma decadente debido a sus tacones de trece centímetros. Se sentó unos segundos antes de que empezara la película y se arrepintió de no haber accedido a la proposición de la mantequilla. La cara pálida de la joven mojada reflejaba la luz que proyectaba la película como si fuera la luna llena. Después de los trepidantes traileres de aburridas películas americanas de acción sintió la presencia de alguien a su lado. Era Curro que le había llevado su extra de mantequilla en una servilleta. Curro se ayudaba de una pequeña linterna para identificar su cara, parecía un fantasma pero la joven mojada al ver su gorra en forma de perrito caliente no puedo contener una risa tímida. La joven mojada le pasó el paquete de palomitas tamaño familiar a Curro que comió lentamente mientras miraba la pantalla. Curro devolvió el paquete de palomitas y aprovechó para apuntar con la linterna las piernas de la joven mojada que estabn abiertas esperando quizá un extra de mantequilla. La joven desabrochó el pantalón de Curro a tientas y metió la mano bajo el calzoncillo. La luz de la linterna subió al techo de la sala y bailaba temblorosa. Algunos de los dos dejó caer las palomitas sobre el suelo y los tacones de la mujer mojada las aplastaban por sus aspavientos ya que, Curro, se vio masturbándola como si estuviese buscando una aspirina en una habitación oscura. La boca salada de la joven mojada lamió el pene de Curro. Los primeros fotogramas de la película que había visto una veintena de veces se reflejaban en el pelo de la joven. Apunto con la luz de la linterna la escena como si fuese un arqueólogo en una gruta. El semen de Curro cayó sobre las palomitas que estaban en el suelo y sus piernas lo golpeaban como si fuera un toro apunto de embestir ante el intenso orgasmo que le produjo la salada boca de la joven mojada. La luz de la linterna destelleó por toda la sala durante treinta segundos y despareció fundiéndose con la oscuridad de la sala.
- ¡Shhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
Los dos miraron a la pantalla y el protagonista de la película observaba pasmado la película que se proyectaba en la sala de cine donde se encontraba.
El quiosquero
El quiosquero mascaba chicle y hacía enormes pompas rosadas mientras esperaba asomado a la ventana del quiosco a que llegara algún cliente. A lo lejos veía a Juan repartir periódicos de prensa gratuita con su cara aniñada y el delantal verde que le quedaba grande hasta casi llegarle a los pies. Juan también macaba chicle pero en cambio jugueteaba con su lengua arrastrándolo, agujereándolo y mordiéndolo en divertidos gestos nerviosos como si fuera una ardilla.
Las pompas del quiosquero cada vez eran más grandes según se ensimismaba más con la boca de Juan. La última de ellas le explotó en la cara dejando restos rosas por todo su espeso bigote castaño.
- ¡Chaval!
Juan miró en dirección al quiosco e intuyó como el quiosquero a los lejos le hacía señales. Sin dudarlo pero con una mueca en la cara de duda cogió su carrito lleno de periódicos gratuitos y se dirigió al quiosco donde el quiosquero marcaba una sonrisa de medio lado. Invitó a Juan a entrar en su minúsculo habitáculo lleno de periódicos, revistas y colecciones por fascículos antiguas. Juan entró en él incluso con el carro y sus cuerpos inevitablemente quedaron cerca el uno del otro emparedados por periódicos. El quiosquero cerró la ventanilla.
- No sabes hacer pompas con el chicle.
Abrió un paquete de chicles de fresa ácida y le entregó dos al chaval. El quiosquero le pidió que masticara con calma y le metió en la boca otros dos. Juan reparó en su bigote con trozos de chicle y sonrió todo lo que la bola rosa que tenía en la boca le permitía. El quiosquero se metió un chicle en la boca y le bajó los pantalones de chándal y los calzoncillos de Mickey Mouse. Levantó las piernas al chaval que estaba apoyado en su carrito retirando hacia un lado el delantal. Metió su lengua engomada en el culo del chico que se dejaba caer ante la seguridad que le daban esos dos brazos musculazos sujetándole los muslos. Los dos agujeros de Juan estaban llenos de chicle. Intentó hacer una pompa pero los dedos del quiosquero hacían que sólo pudiese abrir la boca completamente. El quiosquero escarbaba con tres dedos el ano del chaval cada vez más relajado. Los cuatro dedos dentro de Juan le recordó que debía volver a intentar convertir aquella pelota rosa que le asfixiaba en un a bola de aire. El quiosquero abrió la boca cazando al vuelo la bola de chicle que el muchacho lanzó sin poder remediarlo ante el esfuerzo por combinar aire y lengua. El quiosquero con la boca rellena hinchó todo lo que pudo la masa de chicle y cuando le explotó en la cara ya tenía el puño dentro del muchacho.
Curro
Curro salía de los multicines pasada las doce de la noche después barrer, fregar las salas, los baños y el bar. Siempre era el último que se marchaba pues su autobús no salía hasta media hora más tarde de la que terminaba su turno y no le gustaba esperar en la parada mientras los otros empleados de negocios cercanos criticaban a sus jefes. Esa noche aprovechó que se encontraba solo para mear dentro de algunos vasos de cartón que dejó preparados para el día siguiente.
- Fanta de limón…
Los fue dejando en fila, incluso echó hielo a algunos de ellos. Escupió varias veces en la máquina de hacer palomitas y en los brownies. Cogió la pala plana para alisar el helado, se bajó los pantalones y los calzoncillos y en una postura como si fueran a ponerle una inyección se golpeó fuerte en una de las nalgas hasta que quedó roja y después morada. Cuando su ano estaba completamente abierto se introdujo una de los chupachups que estaban expuestos y se lo metió en la boca en un éxtasis que solo podría explicar Curro; intentó introducir una pajita en su uretra. Fue imposible por el dolor. Cogió una bandeja y de cuclillas cagó sobre ella limpiándose con los salvamanteles de papel con las ofertas de esa semana. Aprovechó el siguiente trozo de mierda que le venía para controlar su salida y sintió una sensación tan fuerte que le hizo eyacular sobre los baldosines brillantes.
- Menú completo.
Curro cerró la última de las puertas y la verja de los cines y anduvo satisfecho hasta la parada de autobús. Daniela llegó a la parada y tiró su mochila contra el mapa acristalado.
- Acaban de despedirme.




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