Desde lo alto de la colina, la posición para ver el valle donde las tropas mongolas se preparaban para su partida, era privilegiada. Montados en sus caballos estaban el Khan Hulagu y Shalihah, y algunos metros más atrás una escolta de guardias de ambos. Dominaban la escena que se desarrollaba allá abajo, lo que constituía un espectáculo que Shalihah no había presenciado en su vida. Ciento cincuenta mil guerreros mongoles alistándose febrilmente para la inminente partida era algo que fuera de esas tierras no se veía todos los días, y en más de un sentido era algo que podía llenar de pavor el alma. El ejército mongol no era como muchos creían una masa desordenada de guerreros borrachos y carentes de disciplina; por el contrario, constituían una aceitada maquinaria de guerra, una poderosa máquina de matar casi imposible de detener.
Hacia la amurallada y hasta ese momento inexpugnable Bagdad, marchaba una bestia de guerra que saboreaba la sangre pero sabía también tener la paciencia para acechar y desgastar a su presa. Contaba con ciento cincuenta mil guerreros y una corte de vasallos chinos, armenios, georgianos y persas, la mayoría destinada al manejo de la maquinaria y el cuidado de los animales, así como la alimentación de las tropas.
Estaba la infantería, los soldados de a pie, aquéllos que cargaban finalmente contra las murallas de una ciudad; también la caballería ligera, encargada de la primera parte de los asedios, integrada mayoritariamente por arqueros, encargándose luego de las batallas de perseguir a las tropas que huían; finalmente estaba la caballería pesada, con hombres que iban equipados con armadura y armas largas, quienes tenían la misión tanto de combatir a campo abierto si la batalla se daba de esa forma, y la de entrar a la ciudad primero, destruyendo todo a su paso.
Hulagu observó brevemente a la princesa musulmana a su lado y pudo notar en su mirada que estaba asombrada, y también en cierto modo, preocupada.
- Parece que abrigas dudas, princesa. ¿Es que crees que no serán suficientes?
Ella pareció sorprenderse ante sus palabras por un momento, pero rehizo su compostura rápidamente, mirándole con altivez.
- Tus tropas son más que suficientes, superan tres a uno a la guarnición de Bagdad, tu victoria no está en duda, Khan Hulagu.
- ¿Entonces? – insistió el mongol.
- Entonces…. sólo pienso que te sería muy sencillo no cumplir el trato que tenemos. Una vez vencedor y con Bagdad en tu poder ¿Qué te detendría para ejecutarme con el resto?
El Khan Hulagu sonrió y volvió la mirada hacia su ejército en la planicie.
- Nada me detendría, princesa musulmana, pero como lo veo, creer en mi palabra es todo lo que tienes. Porque he de tomar esa ciudad con tu ayuda o sin ella. Por supuesto, será más fácil con tu ayuda.
Un cuerno sonó desde allá abajo, anunciándole al Khan que las tropas estaban en condiciones de iniciar la marcha. Hulagu miró una vez más a aquélla muchacha que hacía ingentes esfuerzos por mostrarse fuerte, por no dejar que su semblante la traicionara mostrando sus dudas, y entonces alzó una mano, y la mantuvo arriba por varios segundos, para finalmente dejarla caer. Allá debajo en el valle, los cuernos de las diferentes divisiones sonaron con insistencia, haciendo que las tropas se pusieran en movimiento. Era una masa de hombres que cubría buena parte de la planicie, el brillo de las armaduras, la maquinaria que iba detrás, todo estaba en marcha con un destino fijo. La horda mongola había puesto rumbo a Bagdad.
La caravana de fugitivos de Samarcanda que integraban Azim Mudhayfa y su hija Farida llegaba finalmente a las puertas de lo que era su destino, la anhelada protección de la mítica Bagdad. Tras los controles de rigor les fue permitido franquear la entrada e ingresar en ella, lo que hizo a los viajeros arribados exhalar un suspiro de alivio, finalmente estaban bajo su protección. Los tenientes de la Guardia se encargaron prontamente de organizar a los recién llegados, enviándoles a los lugares destinados a albergarlos hasta que cada uno concretase sus objetivos, continuar viaje o establecerse en tal o cual parte de la ciudad, esto decidido según fuera su poder económico, algo que determinaba que los mercaderes y comerciantes iban hacia los sectores más favorecidos y quienes no poseían sus riquezas – o cuando menos sustanciales ahorros – iban a engrosar la población de los barrios pobres.
Akim había salido a pasear un rato, con el objeto de ver qué había sucedido a raíz de su incursión de la noche anterior por las murallas, soltando los cuerpos de su amigo y el médico. Aunque caminó, no consiguió sin embargo captar ninguna clase de revuelo causado por ello. Se sentía tentado a salir a ver fuera de las murallas, pero difícilmente eso no se viera sospechoso. Además no era conveniente darle al sagaz y desconfiado visir medios para justificar las sospechas que parecían bailar en sus ojos todo el tiempo.
Se mantuvo recorriendo el mercado cercano a las puertas por donde había llegado, y se encontró con el ajetreo de la caravana recién arribada. Su primer instinto fue el de acercarse y ver qué podía aprovechar y llevarse de allí, pero un segundo después recordó que ya no era Akim el ladrón sino Kharim Sayyid El-Fharid, aventurero a quien la ciudad y su califa le debían el regreso de su adorada princesa. Así que allí permaneció, recostado a la fresca sombra de una palmera, observando. Entonces vio a uno de los viajeros, un hombre de cierta edad ya, que estiraba sus manos para ayudar a descender de su camello a una mujer envuelta en un fino mato de seda que cubría hasta su cabeza.
Una vez hubo puesto sus pies sobre el suelo, la mujer se descubrió haciendo bajar el manto hasta sus hombros, y entonces Akim se apartó de la palmera, enderezándose y prestando suma atención. La mujer era en realidad una joven muchacha, de cabello largo, ondeado y muy negro, como una noche profunda, enmarcando un rostro ligeramente afilado, de facciones suaves, y un par de ojos casi tan hermosos como los de la princesa, aunque se dijo a sí mismo que estos eran reales, no como los de la hija del califa que más bien constituían un sueño, una aventura cuyo desenlace era difícil de desentrañar.
Continuará……….


Mabel
Que buena Novela, felicidades, un abrazo y mi voto desde Andalucía
Merlin
Poco a poco se intensifica el drama de la historia, gracias a ti y un nuevo abrazo.