Fuma en la ventana,
a la luz de la luna,
a un costado de la cama.
El aire cálido lo roza,
insoportable,
viniendo desde otro continente,
de ultramar,
desde un desierto.
Un aire que aunque no quiera,
no para de acariciarlo.
Fuma con bronca y culpa.
Bronca por no tener a su amor,
a su mitad ahí, a su lado,
bronca con Dios,
con la vida, la distancia
que con cada pitada
no quiere disminuir,
bronca con el mundo
por tenerlos separados.
Y culpa porque bien sabe,
que a su amor le PARTE EL ALMA
cada cigarro que toca sus labios.
Culpa porque no es el vicio que quiere,
ni necesita, ni sirve,
pero que cree que no puede evitarlo.
Quiere llorar, y no puede,
todo el agua de su cuerpo
parece haberlo abandonado;
pero no, el bien lo siente.
Siente el cuerpo empapado.
Y en su piel blanca,
ante la noche,
destellan imperceptibles,
pequeños brillos perlados.
Termina con un suspiro
con ese vicio asesino,
y siente que hay vacío.
Su amor no se ha presentado,
ni del humo,
ni del molesto aire cálido.
No puede llorar, no,
y entonces mira su mano.
Ahí esta, en su anular,
ese pequeño lazo plateado.
Cuatro letras hacen magia,
y entonces ahí… el llanto.
Cuatro letras hacen tangible
ese cuerpo tan deseado.
Y se dibuja una sonrisa,
entre esos prominentes labios.
Llora y ve la ceniza,
de su reciente vicio apagado.
No está ahí su alegría,
ni su amor tan esperado.
No es su piel, ni su sonrisa,
ni su voz, ni sus caricias.
Sabe que el momento está cerca,
“en la vida todo llega”,
y los días son contados.
Él espera y así respira…
aire de enamorado.
Abraza su almohada e imagina,
la piel de su amor amado.
Y lejos, pero no tanto,
su amor mira una foto,
toma el tubo con su mano
donde reposa brillando
un pequeño lazo plateado.
Marca un número y espera,
una voz del otro lado:
“Hola amor, hola mi vida
no sabes cuanto este día
mi alma te ha extrañado”.
“Me duermo” dice su amor.
“Descansa, estoy a tu lado”
“Si, te siento. Estás acá.”
“Eso mismo. Tomando despacio tu mano.
Eso mismo, ahora duerme…
…que yo te estaré cuidando.”


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