La mariposa blanca-IV

Escrito por
| 16 | 5 Comentarios

 IV

Lola

El despertador sonó a las seis y media, ni un minuto más ni un minuto menos; pero Lola ya estaba despierta. Lo cierto es que apenas había podido pegar ojo. Con los pies empezó a tirar de la sábana rosa que había cubierto su cuerpo durante la noche, lo más probable era que si no se levantaba en ese momento no se sintiera con las fuerzas de hacerlo nunca más.

Posó sus pies sobre la alfombra que tenía en el suelo de su dormitorio y cogió la bata que estaba tirada un poco más allá. Aquella noche había dejado la habitación hecha un desastre y no le quedaba de otra que recogerla. Levantó la persiana y la luz de la farola exterior bañó su enorme dormitorio: apreció en todo su esplendor la cama con dosel rosa, la alfombra circular del mismo color, y el pequeño puf blanco al lado de una mesita en la que estaba enchufado el ordenador portátil. En las estanterías, nuevamente, volvía a haber multitud de fotos y algunos adornos de cerámica como gatitos y niños sentados en columpios. Estiró la ropa de la cama ligeramente, le dolía la cabeza y sentía un pequeño zumbido en los oídos que dotaba a todo lo que veía de un halo de irrealidad. Llevó la ropa sucia a la lavadora y puso los playeros en el alféizar de la ventana para que se airearan un poco.

Cogió ropa limpia del armario: una falda fucsia, una camisa rosa palo, unas medias y unas bailarinas del mismo color. Ella no se solía poner el uniforme que sí llevaba la camarera, como siempre iba vestida de ese color no le hacía falta.

Fue al baño, se quería dar una ducha larga y relajante y dejar de pensar en las palabras que le habían dicho la noche anterior, aunque no se las había podido quitar de la cabeza desde que habían salido de la boca de Martín: sus padres habían sido asesinados. No lograba entender quién quería hacerles daño, eran personas normales que vivían en un pueblo pequeño donde nunca pasaban ese tipo de cosas.

Abrió el agua caliente y cuando empezó a salir vapor, se quitó el pijama de ositos que llevaba puesto. Se metió debajo de aquel chorro ardiendo que, sin duda alguna, se llevaría todas y cada una de sus preocupaciones por el desagüe.

Salió de la ducha, se secó el pelo y se lo ató en una coleta, se puso la ropa y se echó un poco de maquillaje en el rostro, debía ocultar las ojeras que le habían salido bajo los ojos. Tenía que desayunar algo, le esperaba un largo día de trabajo y era completamente necesario que llenara su estómago sino quería acabar desmayándose; pero lo cierto es que sentía que una mano invisible le había cerrado el esófago y que no sería capaz de comer ni una miga de pan. Tomó un café solo y pensó que, si durante el día le entraba un poco de hambre, podía comer algo en la cafetería.

Salió de casa a las siete en punto, poco a poco la noche había dejado paso al día. Esa era una de las cosas que más le gustaba del verano: los días eran tan largos que cuando salía de casa ya no estaba oscuro, podía usar ropa ligera, faldas y pantalones cortos.

Las calles estaban prácticamente vacías y así pudo apreciar lo mucho que le gustaba su pueblo. Después de la muerte de sus padres se había tenido que ir unos meses a vivir con unos familiares a Francia ya que solo tenía diecisiete años, cuando cumplió la mayoría de edad regresó porque sabía que en Treñuelo se encontraba su vida. Su futuro estaba en aquel pueblo de casas bajas y de vecinos cotillas.

Le había costado mucho superar el accidente, había necesitado toda la ayuda de sus amigos y la de unos buenos profesionales de los que se había rodeado. Y esa herida se volvía a abrir para hacerlo con mucha más fuerza que nunca. Aún no había tenido mucho tiempo para asimilar las palabras de Martín, tampoco sabía si debía creérselas, al fin y al cabo: ¿quiénes eran sus padres para que alguien los quisiera asesinar?

«Tengo que dejar de pensar estas cosas —se dijo— no me ayuda en nada esta actitud». Se sacudió la cabeza y fue caminando al quiosco que había cerca de la cafetería, tenía que comprar los periódicos y unos caramelos que siempre ponía con los cafés.

Cuando llegó, la puerta se encontraba cerrada pero la persiana estaba medio levantada, así que decidió entrar. Una campanilla anunció a Ramón que tenía un nuevo cliente. El quiosquero era un hombre de unos cincuenta años, casado y con dos hijos en la adolescencia, pero tenía la necesidad de regalar piropos a todas las mujeres que pasaban por allí.

—Pero que guapa me vienes hoy, Lolita. Así le alegras los días a todo el mundo, ya sé yo porque van a tu cafetería, no es por ese maravilloso café que haces, es para mirarte las piernas.

—Pero mira que eres zalamero.

Ramón empezó a meter en una bolsa los periódicos que Lola ponía a lo largo de la barra, eran de todo tipo y condición para el amplio abanico de clientela que tenía en su cafetería; periódicos de deportes, de sucesos, alguna que otra revista del corazón…

 

Se marchó de allí un poco más animada; eso era lo que necesitaba: normalidad. Nada de pensar en días pasados, nada de lamentarse nuevamente por todo lo que había perdido, nada de meterse en la cama y negarse a comer; nada, en definitiva, de paralizar su vida y hacer que girara en torno a aquel fatídico día.

Llegó a la cafetería y abrió la puerta, encendió las luces y bajó todas las sillas de encima de las mesas; así lo solía dejar la mujer que limpiaba todos los días. Se metió detrás de la barra y se puso el delantal, en la cocina la estaban esperando un montón de aperitivos por hacer, pero hasta que no llegara la panadera poco podía hacer. Esperó durante quince minutos, aquella mujer tardaba más que de costumbre, y la inactividad empezaba a impacientar a Lola. Quería, mejor dicho, necesitaba tener la mente y las manos ocupadas con algo para no pensar en días pasados y sombríos. Cuando la vio entrar por la puerta casi le dio un beso, no le puso mala cara por llegar tarde solo se alegraba de tener compañía y de que, cuando la otra se fuese, tuviera mucho trabajo que hacer.

—Lo sé, y lo siento. Llego tarde —le dijo la enorme mujer de ojos azules y larga cabellera negra recogida en un moño—. Pero es que el día que nada quiere salir bien, nada lo hace. Primero se me averió la furgoneta y la tuve que llevar al taller rapidísimo. Me dijo el chico que no era nada, no sé qué de una válvula, tuve que volver corriendo a la panadería a meter todos los sacos y demás. Y justo cuando estaba llegando, me di cuenta que se me había olvidado meter lo tuyo…, así que otra vez a buscarlo. En fin, aquí lo tienes, guapa. Lo de todos los días, échame una firmita aquí…, y el saco es todo tuyo.

La mujer lo llevó hasta la cocina después de que Lola plasmara su nombre en el folio que aseguraba que había recibido el pedido.

Lola no pudo decir ni una sola palabra, aquella mujer hablaba por los codos, y un día como aquel se lo agradecía.

—Guapa, ponme un cafecito que creo que lo necesito. Bien cargado, ya lo sabes —y le guiñó un ojo.

La chica se dio la vuelta para encender la cafetera, sacó de una de las estanterías una taza enorme con un plato, y del cajón que estaba debajo de la cafetera una cucharilla y el azúcar. Una vez que el café estuvo listo se lo puso delante a la panadera.

—¿Te espera un día duro? —Quiso saber Lola.

—Pues como todos, ya sabes de aquí para allá, encima hoy todos se pondrán en plan borde porque llego tarde. Pero es que si no me tomo mi cafecito no puedo funcionar correctamente. Bueno, guapa, me voy. Por cierto, esa falda te sienta… —E hizo un gesto con la mano que daba entender que le encantaba.

 

Nada le hizo sospechar que aquel día sería distinto del resto, algunos clientes madrugaban mucho para poder ir a desayunar allí antes de ir al trabajo; otros iban a tomar algo después de dejar a los hijos en el colegio; y otros simplemente necesitaban un café como descanso. Aquel día todo el mundo se puso de acuerdo y la veía muy guapa; algunas personas le habían lanzado indirectas sobre la visita que había recibido la noche anterior, pero ella fue lo suficientemente hábil como para esquivar todas y cada una de las indiscreciones de sus vecinos.

Pero algo distinto pasó aquel día, y es que los pensamientos de una persona en ocasiones se pueden convertir en una auténtica trampa mortal. Cuando la afluencia de clientes fue más baja, Lola empezó a darle vueltas a las palabras de Martín, y a la necesidad que tenía de conocer la verdad o la mentira que se escondía detrás de ellas; no se podía quedar de brazos cruzados cuando alguien estaba ensuciando la memoria de sus padres.

Llamó a la camarera y le dijo que necesitaba que estuviera sola hasta el cierre, que ella tenía unos asuntos privados que atender. A las cinco de la tarde por fin pudo salir de allí y se encaminó a la casa en la que había vivido con su familia durante los primeros diecisiete años de su vida.

Estaba a las afueras de Treñuelo, a su madre le hubiera gustado vivir con vecinos alrededor, pero su padre había insistido en lo importante que era la intimidad para una persona como él; Sofía, como no, había acabado cediendo ante los deseos de su marido.

Era, por tanto, una casa solitaria, con una enorme verja verde que el paso de los años había hecho que adquiriera un tono anaranjado. Cuando la atravesó se percató de que la hierba crecía sin ningún tipo de control en el prado en el que había jugado toda su infancia. Decidió en ese mismo momento que debería llamar a alguien y empezar a preocuparse un poco por asuntos como aquellos, si seguía ignorando la existencia de ese lugar acabaría por irse a abajo, y ella no quería destruir por lo que tanto habían trabajado sus padres.

 

Sacó la llave y la metió en la cerradura, le costó un poco que la puerta cediera pero después de varios golpes pudo entrar en la casa. Todo estaba lleno de polvo, una película gris dotaba al que había sido su hogar de un halo de misterio. Le parecía que olía a muerte a pesar de que nunca había habido un cadáver entre aquellas paredes.

Las caras sonrientes de los cuadros que colgaban en las paredes apenas se veían, los colores de las alfombras habían desaparecido, el marrón otrora brillante del suelo se había convertido en algo oscuro, frío y sin vida.

Lola caminó despacio, un millón de recuerdos se estaban instalando en su mente. Recordó el día que había cumplido diez años y sus padres le habían dado una fiesta sorpresa con todos sus amigos, habían llenado la casa de globos y de regalos, ella simplemente no podía dar crédito cuando vio todo aquello. Recordó todos los siete de enero, aquel día siempre hacía un «día de chicas» con su madre, compraban chucherías y veían películas de los ochenta hasta caer rendidas; era la despedida de las Navidades. Recordó cuando su padre le leía cuentos y ella le obligaba a poner distintas voces a los personajes. Recordó cuando tenía tanto miedo que se levantaba de su cama e iba corriendo a la de sus padres, se metía en medio de ellos dos y ya no eran capaces a sacarla de allí por mucho que lo intentaran.

 

Llegó al despacho en el que trabajaba su padre, no solía hacerlo en casa ya que ese tiempo era de su familia, pero en algunas ocasiones era completamente necesario que le dedicara un par de horas a sus negocios.

Una vez que estuvo dentro se sentó en el escritorio y empezó a abrir cajones, no encontró nada más que facturas, nóminas y cosas parecidas, que para ella no tenían ninguna importancia ni ningún significado. Lola no sabía lo que estaba buscando, no esperaba que apareciera un documento titulado «motivos por los que alguien me asesinaría»; bueno en realidad sí que esperaba encontrar algo así, pero era un poco iluso por su parte.

Siguió buscando en las estanterías que estaban allí, pero solo había libros, cogió algunos de manera aleatoria y empezó a sacudirlos por si acaso hubiera algo entre las páginas; allí no había nada. Cuando estaban todos en el suelo, palpó la madera que los había sostenido durante años pero no encontró nada, ningún papel que su padre hubiera ocultado para que ella lo encontrara diez años después. Nada.

Se agachó para volver a colocarlos en su sitio, y cuando alzó la mirada se encontró con algo que la hizo susurrar: «¡Bingo!». Ante ella había un cuadro, un enorme cuadro que su padre había hecho pintar cuando Lola solo tenía siete años.

En él aparecía ella, vestida con una falda azul marino y una camisa de rayas, con el pelo rubio peinado en una larga trenza, estaba sentada a los pies de un butacón en el que se podían ver las piernas de Dolores Bacceliere ‒su abuela‒. Lola estaba jugando con un pequeño perro que le había regalado su Nonna por su séptimo cumpleaños. Pero lo importante no era lo que hubiera en el cuadro, sino lo que había detrás de él: una caja fuerte.

Durante mucho tiempo había visto a su padre abrir y cerrar esa caja cogiendo documentos importantes para la empresa, Lola supo en ese instante que si él había ocultado algo sin ninguna duda estaría dentro de esa caja fuerte. Por fin podría presentarse ante la policía y exigir que dejaran de investigar a su familia porque ellos no tenían nada que ocultar.

Descolgó el cuadro y se encontró ante ella la puerta metálica que ocultaba los secretos que había tenido su padre en vida. Necesitaba saber la combinación para abrirla, pero ¿qué números habría puesto como guardianes? Lola tecleó el cumpleaños de su madre, no se abrió; tecleó el cumpleaños de él mismo, tampoco se abrió; tecleó la fecha en la que se habían casado, más de lo mismo; tecleó su fecha de nacimiento y, por fin, escuchó el «clic» por el que llevaba suspirando media hora.

En una primera inspección concluyó que estaba vacía, hasta que se percató que al fondo había un sobre que antaño debía haber sido blanco, pero que había adquirido un color amarillento no muy vistoso. Lo cogió y se dio cuenta que pesaba un poco, se sentó en el suelo para poder ver todo lo que había en el interior. Se encontró con una pequeña llave, una carta con la letra de su padre, pero no iba dirigida a ella sino a su madre, y una autorización firmada para poder acceder al contenido de una caja de seguridad en un banco.

 

Sofía,

si estás leyendo esta carta es que algo me ha pasado. Sabes que siempre he luchado por ti y por nuestra hija, pero el monstruo contra el que lucho tarde o temprano me acabará derrotando como a todo lo que tiene a su alrededor. Cuida mucho de Lola, no permitas que sepa nunca la clase de padre que tiene, un cobarde.

Sí, Sofía, soy un cobarde que no ha podido hacer lo que debía. Y como soy un cobarde quiero que seas tú quien haga mi trabajo. La pequeña llave que hay en este sobre abre una caja fuerte que hay en el Banco Principal, esa caja tiene como titular a Dolores Bacceliere ‒nuestra pequeña‒. Por favor, Sofía, coge todos los documentos que se encuentran en esa caja y destrúyelos. No permitas que nunca vean la luz, no permitas que nadie sepa las cosas tan horribles que he hecho. Te pido perdón de antemano, lo siento de todo corazón, entenderás mis palabras cuando veas lo que hay en el interior de la caja.

Siempre tuyo,

Carlo.

P.D. Adjunto una autorización para que puedas sacar el contenido de esa caja“.

 

Leyó, releyó, volvió a releer la carta, ¿qué había hecho su padre? ¿Y si Martín estaba en lo cierto? ¿Y si su padre había hecho algo que había puesto en riesgo tanto su vida como la de su madre? ¿Y sí habían muerto por el contenido de esa caja fuerte?

Salió de la casa unos minutos después, aún quedaban un par de horas de luz solar y no se sentía preparada para volver a casa; sabía que el resultado de aquella pequeña excursión no iba a ser algo positivo. Decidió ir al cementerio, estaba bastante cerca de allí y llevaba varios meses sin ir, solía poner de excusa que estaba muy ocupada con la cafetería, pero no se sentía con ganas de estar ante la tumba en la que yacían sus padres.

Empezó a subir la enorme cuesta que la llevaba hasta el campo santo, se percató que recientemente habían segado la hierba que crecía a ambos lados del camino, lo que lo hacía todo mucho más fácil. En invierno era imposible acceder a ese lugar sin unas buenas botas de agua, el lodo estaba por todos lados mezclado con las hojas de los árboles, lo que hacía de aquel camino una trampa mortal.

Al lado del sendero solía pasar el río, pero los días sin lluvia habían hecho que se secara hasta el extremo de convertirse en un pequeño hilo de agua.

 

Llegó ante la tumba de sus padres: eran tan jóvenes cuando murieron y la habían dejado tan sola. Las lágrimas empezaron a recorrer su rostro sin ningún tipo de control, la rabia se estaba apoderando de ella. Cogió una piedra que estaba en el suelo y la tiró contra la lápida en la que estaban inscritas las señas de su padre, el golpe hizo un enorme agujero en ella y algunas letras se descolgaron.

—¿Qué hiciste? —Empezó a gritar—. ¿Cómo pudiste hacer algo que pusiera en riesgo su vida? ¿Cómo?

Se agachó y recogió más piedras del suelo, no hacía más que lanzarlas pero ninguna volvió a impactar contra la losa de mármol frío y gris que tenía delante.

—¿Cómo pudiste consentir que le pasara algo malo a ella? ¿Cómo pudiste dejar que me quedara sola en el mundo?

Empezó a llorar desconsoladamente, se tiró en el suelo y empezó a pegar puñetazos sin percatarse del dolor físico y de la sangre que le recorría los nudillos con cada nuevo golpe.

—¿Cómo…?

Se quedó allí durante horas hasta que sintió una presencia a su lado, alguien le estaba acariciando la cabeza con suavidad, en círculos, alguien quería que notara toda su ternura y su cariño atravesándole el cuero cabelludo. Cuando alzó el rostro vio al padre Ángel erguido, con su largo brazo extendido hacia ella, le estaba pidiendo en silencio que se levantara, que dejara de estar tirada en el suelo.

El cielo se había ido oscureciendo, en ese momento tenía un tono morado, la luna había hecho acto de aparición, grande, blanca, pero con uno de sus lados siempre oculto.

Lola se levantó y buscó refugio entre los brazos del padre Ángel. Este hombre la había ayudado mucho después de la muerte de sus padres; él no los había conocido, ya que había llegado unos meses después de que ella regresara de Francia.

La chica había tenido una pequeña crisis de fe, no podía creer como un Dios como el que solía vender el catolicismo podía permitir que le sucedieran cosas malas a personas normales como ellos. El padre Ángel le había explicado que la mano de Dios no había tenido que ver con ese accidente, que eso eran cosas que ni él mismo podía controlar, que las fuerzas del mal a veces eran demasiado poderosas para poder combatirlas. Y Lola, gracias a sus hábiles palabras, había vuelto al redil que no debería haber abandonado en ningún momento.

El padre Ángel ya estaba cerca de los sesenta años, aunque la buena vida que había llevado pesaba mucho más que el paso del tiempo, apenas tenía arrugas en el rostro, su paso era ágil, sus manos, juveniles y llenas de vida. Era alto y delgado, algunas personas solían afirmar que su figura era esbelta, él se afanaba en conservarse así y hacía deporte prácticamente a diario. Sus ojos eran marrones y llenos de vida, aunque ocultos la mayor parte del tiempo por unas gafas oscuras; su pelo era color ceniza y siempre peinado hacia atrás con mucha gomina.

Tenía una fuerte presencia en la sociedad de Treñuelo que, además, era un sitio donde la gente aún creía en la Iglesia y, por supuesto, en la palabra de su representante allí. Las señoras mayores iban a misa todos los domingos así como los niños de tres a ocho años si en algún momento querían hacer la comunión. Era cierto que la gente joven se había alejado un poco de la presencia del padre Ángel, a excepción de Lola que seguía ayudándole siempre que era necesario, que creía en todas sus palabras, a pesar de que en su interior sabía que no tenía mucha razón…, ella solía decir que todo era poco para aquel hombre tan bondadoso.

 

El padre Ángel rodeó los hombros de Lola con su brazo y la llevó caminando hasta la Iglesia. Les costó bastante tiempo llegar hasta la sacristía en la que tenía su despacho y en el que la joven había estado cientos de veces planeando eventos para los feligreses de Treñuelo.

Nada más llegar la sentó en una silla y se fue, volvió unos cinco minutos después con un vaso de agua y un botiquín en las manos para poder curar los nudillos tan magullados de Lola. Los dos estaban en silencio mientras el hombre trabajaba, a ella le escocía cada vez que el algodón impregnado de alcohol hacía contacto con su piel. Una vez que todo estuvo tapado con gasas, el padre Ángel metió los utensilios en la caja de color blanco y la dejó sobre la mesa. Esperó y esperó, pero de los labios de Lola no salió una explicación de lo que había presenciado.

—Hija, sabes que me puedes contar lo que sea que te está atormentando.

—Padre, no ha sido nada.

El rostro del sacerdote se cubrió de preocupación, lo que había visto él no lo definiría como «nada». Le daba un poco de miedo que la chica se volviera a alejar de la Iglesia como había sucedido en una ocasión, él apenas era un recién llegado pero habían sido muchos lo que le insistieron en lo importante que había sido, y que debía seguir siendo, la presencia de Lola Bacceliere en la Iglesia de Treñuelo. Se había afanado para conseguir que la chica confiara en él, y podría asegurar que era una de las personas a las que más cariño le tenía en todo el pueblo.

—Tengo miedo por ti, hija —le dijo, mientras sostenía entre sus manos las de la chica, enrojecidas por los golpes—, ábreme tu corazón, dime qué pesa en este momento sobre tu conciencia.

Lola pensó durante unos minutos y después empezó a hablar con su confesor.

—No sé qué opinión me merece una persona que está muerta —suspiró nada más decir estas palabras.

—Hija, debemos perdonar a aquellos que ya no están entre nosotros —ese era el discurso habitual de perdón que aquel hombre solía repetir—, Dios acoge a todos por igual, él los perdona, no mira los errores cometidos en la Tierra.

—No sé si en esta ocasión será así, espero y deseo que esa persona se esté pudriendo en el Infierno.

—Lola, esas palabras no son propias de ti. —El hombre se levantó y la miró desde arriba—. ¿Puedes explicarme qué te está sucediendo?

—Digamos que he descubierto que mi padre no es la persona que yo creía que era.

—Hija, tu padre falleció hace diez años. No puedes juzgar a un hombre de esa manera tan severa por algún error cometido en el pasado. Piensa que él está con Dios en este momento y que puede ver todo lo que haces tú, su querida hijita.

—El caso es que estoy bastante convencida que a él no le importábamos ni mi madre ni yo. Padre, me quiero ir a casa. Le agradezco de verdad que me haya ayudado, reconozco que había perdido el control de la situación… Por favor, no le comente a nadie lo que vio.

—Permite que te acompañe, estaré más tranquilo cuando estés en tu casa.

La acompañó hasta su casa, se encontraron con algunos vecinos por el pueblo, pero a nadie le parecía raro ver a Lola acompañada del padre Ángel. Durante el trayecto el hombre no dejaba de hablar de lo importante que era el perdón, de los muchos pasajes de la Biblia en los que se decía que no había que juzgar con severidad a los otros. Lola no estaba escuchando sus palabras, simplemente tenía la mente en blanco, le dolían la cabeza y los nudillos; solo deseaba meterse en la cama y que ese maldito día llegara a su fin.

 

En cuanto se despidió del padre Ángel asegurándole que al día siguiente iría a verle para que pudieran hablar más tranquilamente, pudo cerrar la puerta y correr hasta el teléfono. Solo quería hablar con una persona: Ana.

Ana era su mejor amiga, una mujer alta de grandes ojos marrones y pelo negro y rizado, su tez era de un color tostado que llamaba la atención allá dónde iba; era idéntica a su padre, un cubano que había llegado al pueblo hacía cuarenta años y que se había casado con una de las residentes de Treñuelo. Lola la había conocido el primer día de colegio, desde aquel día se habían sentado juntas en clase, habían jugado juntas en los recreos, habían ido cultivando su amistad con el paso de los años hasta llegar a sentirse como hermanas.

 

Marcó su número de teléfono entre temblores, fue necesario que colgara tres veces, ya que había pulsado alguna cifra equivocada, a la cuarta por fin consiguió hacerlo de manera correcta. Cogió el auricular con fuerza y esperó tres tonos hasta que oyó la voz de su amiga al otro lado de la línea telefónica.

—Lola, por fin, estaba preocupada, me pasé por la cafetería hace media hora, ¿dónde estabas? —Le preguntó la otra sin darle tiempo a abrir la boca.

—¿Te importaría venir a verme?

—¿Ahora?

—Es importante, Ana, ya sabes que no te pediría que salieras de tu casa tan tarde para una tontería.

—Voy ahora mismo, no te preocupes, ¿ha pasado algo?

—Tu primo me ha dicho que mis padres fueron asesinados.

Comentarios

  1. Profile photo of Mabel

    Mabel

    24 septiembre, 2014

    ¡Impresionante! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

    • Profile photo of María

      María

      25 septiembre, 2014

      Muchas gracias por tus palabras. Últimamente he tenido un poco abandonado todo esto, espero poder ir subiendo más seguido.
      ¡Gracias!

    • Profile photo of María

      María

      25 septiembre, 2014

      ¡Muchas gracias!
      Espero poder ir subiendo los capítulos de la historia más seguido, pero es que les estoy dando un buen repaso a todos ellos porque parece que siempre les encuentro algún fallo.

Escribir un comentario

Currently you have JavaScript disabled. In order to post comments, please make sure JavaScript and Cookies are enabled, and reload the page. Click here for instructions on how to enable JavaScript in your browser.