Pablo y la casa embrujada

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LA INOCENCIA

El sonido de la chicharra, bañó de alegría al grupo de cuarto grado dentro de la escuela primaria de la ciudad de Durango. Ese dulce sonido (que indicaba el fin del día escolar), ponía de buen humor a todos los niños, en especial a Pablito, quien ya tenía planes para esa calurosa tarde, sin contar con la más feliz de las noticias, ¡comenzaban las vacaciones de verano!

Tras un mar interminable de niños corriendo prácticamente en todas direcciones, Pablo caminó con pasos presurosos rumbo al área en la que los estudiantes, aparcaban sus bicicletas; con la agilidad de un felino, montó su “bici” y pedaleó con grandes ánimos. Su casa no estaba alejada de la escuela, por lo que el viaje rumbo a su hogar, no sería demasiado largo.

Mientras avanzaba con gran júbilo, pensó en lo que haría llegando a casa, se imaginó toda una escena rodeada de sus juguetes favoritos. Quizá tendría una batalla entre los soldados y los “Power Rangers”, o mejor aún, soltaría a “Godzilla” para que provocara problemas en la ciudad y tal vez aparecería “Batman” para hacerle frente; se imaginaba a ese gran animal, destrozando casas y comiendo ciudadanos, “Debería de comerse a Juan Manuel”, esa idea le hizo sonreír aún más, “¡Sí! Que se lo coma, tal vez dentro del gran estómago de Godzilla, ya no pueda molestarme más, ni pueda pegarme, ni robarme el dinero de mi almuerzo, tampoco podrá romperme los lápices ni ponerme el pie para que tropiece”; Pablo era demasiado tímido y vergonzoso para contarle semejante barbaridad a sus padres; el señor Martínez trabajaba todo el día en una fábrica que elaboraba arneses en grandes cantidades, como supervisor en jefe de producción. Por su parte, la señora Patricia, era empleada de tiempo completo en una tienda departamental, por lo que, en todo caso, no había nadie en casa a quién comentarle su “bochornosa” situación. Hasta el momento la mejor opción para detener los abusos de Juan Manuel, era Godzilla y, para su desgracia, Godzilla no existía, no en la vida real.

Después de un viaje a la imaginación en donde vencía a Juan Manuel con ayuda de un lagarto gigante, recordó otra gran opción, estaba ese X-Box que El Niño Dios amablemente lo depositó entre el nacimiento y el gran árbol de navidad en la temporada pasada. Jugaría un buen partido de futbol y elegiría el modo campeonato, se lo había imaginado, el sería México y ¿por qué no? Ganaría la Copa del Mundo, él solo; haciendo grandes jugadas con el número diez de la selección, a quién nombraría “Pablo Hernández”, “¡Pablo Hernández! El mejor jugador de la selección nacional”, pensó entre sonrisas y algunas piedras que hacían (en ocasiones) el camino agreste. Continuó su marcha, en donde hasta el momento no había surgido ningún obstáculo.

Por fin había llegado a casa, sacó rápidamente de su gran mochila, las llaves de su hogar. Abrió la reja principal, dejó a la mitad del césped la bicicleta, abrió la puerta y… “Oh si, Godzilla no podrás contra los golpes de Batman”, pensó mientras arrojaba la mochila en el sillón frente al televisor. Con gran audacia y habilidad, lanzó los zapatos lo más lejos que pudo, ¿por qué no habría de hacerlo? Estaba solo y mejor aún, en vacaciones de verano. Subió a su recámara, situada al fondo del pasillo, los golpes de sus pies descalzos eran atenuados por la alfombra color azul pastel que su madre había elegido. De inmediato puso la formación adecuada “veinte soldados estarán ¡aquí!, esperando la desgracia, Godzilla no puede seguir destruyendo la ciudad”. ¿Y qué pasaría entonces con Batman?, en el último minuto tuvo otra genial idea, ¡Godzilla pelaría con los “Power Rangers!”, ¡cinco contra uno! Las cosas para ese gran lagarto se pondrían difíciles. “No, no me comerás ¡Puag! Venga Ranger Azul, dale su merecido ¡Pum!”. El calor de la batalla estaba siendo muy intenso, el dinosaurio gigante se había comido a los soldados y a otros más que pasaban por ahí, por supuesto que ¡Juan Manuel no se salvó!

Eran tantas las estrategias que estaba pensando y realizando que no escuchó (a causa del estruendo de los cañones y los rayos laser de los héroes multicolores) a su madre que había llegado, justo a tiempo para ir a comer. “¡Pablo! ¡Traje pollo y papas con queso!”. El día no podía ir mejor ¡Papas con queso! No puede haber pollo sin papas con queso. Después de un regaño o cuando se recuperaba de alguna fiebre molestosa o una terrible gripe, llegaba la recompensa, papas con queso; el platillo básico en la dieta de Pablo, no podía evitar hacer un gesto (caricaturizado) al sacar la lengua y relamerse los labios cuando escuchaba “papas con queso”. Cuando alzó la vista para ponerse en pie, notó algo diferente. Cerca del mueble en donde guardaba sus juguetes favoritos, había un hueco, un hueco que no tenía por qué estar ahí, ¿dónde estaba Tomás? El pequeño payasito con cabeza de madera, apariencia enternecedora y cuerpo de almidón ¡Apenas si un día antes había visto su rostro desgastado por el uso! Recordaba sus ojos hundidos y sus zapatos con pequeños agujeros; volvió a preguntarse “¿Dónde está Tomás?”. ¿Quién había tenido el atrevimiento? Se supone que es su cuarto, que es su recámara, que son sus juguetes, que son sus cosas, que es su payasito, que es su Tomás ¿Por qué no está? Sintió un hueco en el estómago y enseguida se dispuso a buscarlo bajo la cama, bajo el librero, bajo todo mueble que tuviera cuatro patas. Entonces, tras una búsqueda infructuosa, volvió a sus interrogantes “¿por qué me agarran mis cosas? ¿No tienen las suyas?”. Las papas con queso podrían esperar, ahora buscaba algo mucho más importante, su amigo estaba extraviado en algún rincón de su hogar, habían “crecido juntos” y tenía que encontrarlo. Tras una larga espera, su madre subió a la recámara para descubrir el motivo por el cual Pablo no había bajado a comer. El rostro del pequeño, tenía un aire de sutil enojo combinado con preocupación. “¿Tomás? Lo tiré en la mañana, ya estaba viejo, muy usado y olía mal… tienes muchos juguetes nuevos, tienes un X-Box, ¡hasta una tablet! ¿Para qué quieres un juguete apestoso y viejo?”. ¡Apestoso y viejo! ¡Qué barbaridades estaba escuchando! Parece que la idea no había quedado clara, era su cuarto, sus cosas, sus juguetes, ¡su Tomás!; su madre sonrió al escuchar una réplica de un niño que pretendía en ese momento, ser un adulto, reclamando su espacio personal.

EL RETO

Después de comer perezosamente y seguir pensando en su amigo desaparecido, decidió salir de su hogar antes de que su madre regresara al trabajo, ella tenía dos horas para comer, así que fácilmente podía dar un paseo en bicicleta y encontrarla al volver; se alistó y entonces comenzó a pedalear por algunas calles de la colonia, saludó a la vecina, rechoncha con las mejillas rosadas, que había salido a la tienda a comprar sus aspirinas, parte de su botiquín diario.

Miró con tentación el interior del complejo deportivo situado al fondo de la colonia, pensó en probar algunas nuevas acrobacias (que en realidad no eran más que algunos saltos ligeros, ya que no se atrevía a saltar bardas o escalones). Se disponía a dirigirse hacia ahí, cuando un viento (tibio y al parecer sin humedad alguna), movió con fuerza el portón de una casa abandonada en la esquina; volteó con lentitud para descubrir el origen del rechinido tenebroso que había escuchado. Quedó quieto, en silencio observando el interior oscuro que se lograba visualizar por medio de una de las ventanas, con los vidrios rotos y las cortinas roídas por el tiempo; éstas se movían con delicadeza, en una danza simulando “telas bajo el agua”. Se imaginó que ese sería el hogar de las más horrendas creaturas, que salían en la noche para espantar a los niños o a cualquiera que pasara por ahí. Duendes, brujas y vampiros seguramente habitaban esa construcción ennegrecida por el tiempo.

De pronto, tuvo una idea “¿y si Tomás estaba ahí? ¿Y si se escondió para no ser tirado por el basurero?” ¡Sintió horror y angustia! Por lo que decidió acercarse de manera sigilosa, ahí cerca del portón, a las afueras de la oscuridad. En una abertura, cerca del marco de la puerta, alcanzó a mirar entre sombras varios muebles destruidos, algo de tierra en el piso y una carriola al fondo del pasillo; su vista estaba enfocada al frente, por lo que no se percató de la llegada de su peor enemigo, Juan Manuel; pedaleaba en una bicicleta más grande estilo de montaña. Traía pantaloncillos cortos y por su musculatura que comenzaba a desarrollar, uno podía adivinar que sería una persona robusta, lo que seguramente le permitiría, proclamarse como el abusón oficial de cualquier escuela a la que asistiese.

Cuando por fin notó su presencia, la sorpresa provocó en él un pequeño sobresalto. “¿Qué haces, marica?”, Pablo no entendía muy bien eso de “marica”, pero su archienemigo lo decía con tanto desdén, que seguramente era algo muy malo. “¡No soy marica!”, respondió sin tener la certeza de lo que significaba aquella palabra tan “mala”; “¡Claro que eres marica! Hasta tu bici es marica”, ¿cómo podría una bici ser marica?, Pablo miró su bici, para encontrarle lo marica, pero no lo logró. “¿Qué estás viendo, marica?”, preguntó el grandulón al fijar su mirada a la pequeña abertura. Pablo no contestó y Juan, adivinó la situación, “¿Tienes miedo verdad? Ves ¡eres un marica! Te da miedo la casa ¿no?”, de nuevo esa palabra. “¡Que no soy marica!”, se cansó de repetírselo. “Entonces, demuéstralo… marica”, una vez más lo dijo, estaba a punto de…

Pablo miró la estructura salida de un cuento de terror y tragó saliva, el viento nuevamente había aparecido, su tibieza acariciaba el cabello de ambos jóvenes. “Anda, demuéstrame que no eres marica, entra a la casa, si entras ahí te dejaré en paz para siempre.” Pablo abrió sus ojos, demostrando incredulidad ¿cómo iba a entrar ahí? A un lugar tan horripilante, que olía a madera mojada, enmohecida y en ocasiones a sala de hospital. Volvió a mirar la pequeña abertura y lo consideró “Si entro ahí… me dejará de molestar”. Con una actitud valiente (en principio), colocó su bicicleta cerca del portón; una extraña amabilidad por parte de Juan, “Te cuidaré tu fea y marica bici mientras cumples con el desafío”, lo convenció de dejarle su medio de transporte. Pablo volvió a tragar saliva, caminó sin prisa hasta llegar al portón; se sorprendió al ver que no había candado alguno, por lo que se dispuso a entrar sin contratiempos.

Miró el piso del lugar, tapizado por una gran maleza que había crecido gracias a las lluvias de primavera, llegó a la puerta de aquel castillo del terror y miró de nueva cuenta por aquella abertura; se recargó en el marco y para su sorpresa, la puerta de metal oxidado no tenía seguro de ningún tipo, por lo que el aullar de las bisagras viejas y desgastadas, le indicaron que podía entrar sin problemas.

Pablo, que había accedido a un reto absurdo, miró hacia atrás y Juan Manuel lo fulminaba con la vista “¡Vamos! ¡Lo prometiste!”; él lo sabía, había hecho una promesa y la tenía que cumplir. ¿Por qué precisamente tenía qué estar abierta esta puerta?, era una pregunta que carecía de una respuesta, pero así era, la puerta estaba abierta y el pequeño Pablo no encontró explicación para ello. Tras una veintena de palabras motivantes por parte de Juan Manuel, entre las cuales resaltaban “miedoso” y “gallina”, se adentró en la terrorífica casona abandonada. Temblando, con los hombros encogidos y la respiración agitada, entró directo al pasillo que lo guiaba hasta la sala de estar, caminó con pasos temerosos mirando su alrededor y como resultado de su inspección, se encontró con una habitación sin puerta o cualquier otro tipo de protección. Se detuvo frente a ella, intentando escudriñar con su vista el interior de aquel lúgubre cuarto; un montonal de periódico estaba en una de las esquinas, amarillento por el paso de los años y en un lado había un mueble improvisado, con el fin de sostener infinidad de “cachivaches” inservibles.

Los ojos de pablo se iluminaron cuando descubrieron un cubo rubik, de esos que se tenían que acomodar por color y en muchos casos representaba un dolor de cabeza; se apresuró para sostenerlo en sus manos, mirándolo con curiosidad y dándole vueltas sin saber en realidad su funcionamiento; en un costado, en una repisa que estaba en un nivel más alto, pudo ver una caja musical tallada en madera, la miró fijamente por varios segundos, hasta que recordó el lugar en el que estaba; recordó aquellos pensamientos en donde ahí habitaban monstruos con garras y terribles colmillos, “¿Cómo lo pude olvidar?”, depositó el cubo en su lugar. En el momento en el que se disponía a salir de la habitación, la cajita musical cayó al suelo, como si hubiese dado un pequeño salto; en ese momento una pieza musical dulce y nostálgica, inundó el ambiente; la pequeña bailarina hacía lo suyo con dificultad, a causa del mal estado en el que se encontraba aquella cajita musical. Si “Para Elisa” fuese una canción que anunciaba un momento de sentimientos encontrados, Pablo lo estaba viviendo; “No tenía por qué haber caído, no la toqué”. Caminó en reversa hasta salir de ahí y corrió con premura hasta la puerta principal, dio un jalón pero nada sucedió, “¿por qué no abre?”, dio otro jalón con el mismo resultado, hasta que escuchó una risa burlona del otro lado. Juan Manuel estaba deteniendo la puerta; Pablo la sacudía con todas sus fuerzas, pero de nada había servido. Aquella canción que la caja musical estaba dejando salir, pareció subir de volumen, no tuvo conciencia si fue su imaginación o en realidad así era, Para Elisa retumbaba en sus oídos. “¡Ya! ¡No, ya por favor! ¡Ya, te lo ruego Juan! ¡Déjame salir!”, comenzó a gritar con desesperación y en un instante de paranoia infantil, tuvo la certeza de estar siendo observado, lo que provocó que sus gritos estuvieran a un paso de ser chillidos y sollozos; “¡ya, déjame salir! ¡Por favor! ¡Juan, no ya, no ya!”; Pablo continuó sintiendo una extraña mirada que traspasaba su nuca mientras daba innumerables golpes a la puerta. Juan Manuel, con una risa despreciable, dejó de custodiar la entrada, “Te lo dije, eres un Marica”, desapareciendo por una de las calles aledañas.

Pablo, con lagrimones que escapaban de sus ojos color marrón, escuchó que aquel brabucón, se había ido. Su respiración estaba muy agitada y difícilmente logró estabilizarla. Con las piernas flaqueando y aún sintiendo un extraño cosquilleo en su estómago, al saber que su enemigo se había marchado, jaló la puerta una vez más y para su sorpresa, no había cedido, no se había abierto. “¿Cómo era eso posible? Juan ya no estaba estorbando en la entrada”, lo intentó de nueva cuenta sin resultado. Para Elisa continuaba su curso, nostálgica y sombría. Pablo comenzó a sentir el aire pesado y frío a pesar de que el verano estaba cayendo con todo su peso en la ciudad del norte. Algunas lágrimas nuevamente aparecieron entre un par de sollozos que se escapaban tras algunos gimoteos. Se mantuvo en la puerta, sentado con las rodillas al pecho, sollozando desconsoladamente.

La canción de la caja musical, paró de un momento a otro, Pablo comenzó a escuchar un eco fantasmal que inundaba todo el ambiente, un eco que con atención y aguzando el oído, representaba el llanto de un bebé; la carriola situada al fondo del pasillo, comenzó a balancearse suavemente, de atrás a adelante en un rítmico vaivén. Pablo, cerró los ojos deseando que todo terminara. Cuando dejó de escuchar ese sonido proveniente del más allá, abrió los ojos y a sus pies, estaba el viejo cubo rubik, armado y acomodado en sus respectivos colores; se levantó mirando el artefacto con incredulidad, solo había cerrado los ojos por un pequeño lapso y entonces la puerta de metal se abrió, dejando libre al pequeño Pablo.

Un par de minutos de viaje fueron suficientes para llegar a su hogar, dejó como de costumbre la bicicleta a la mitad del césped, abrió la puerta y sintió gran alivio al ver a su madre. “¿Qué te pasó?”, preguntó ella al verlo pálido y con los ojos enrojecidos. “Un perro me persiguió”, contestó ocultando la verdad. “De seguro fue El Chato, le gusta perseguir gente en bicicletas o motocicletas, bueno, me voy que se me ha hecho tarde, ya lo sabes, no debes abrir a nadie”. Pablo era un chico obediente y su madre jamás había tenido problemas con él, siendo una colonia tranquila, confiaba (quizá demasiado) en su hijo de apenas ocho años. Pablo no tuvo el valor para decirle que fue encerrado en una casa abandonada por un chico mayor que él, aquel chico que lo molestaba en la escuela y que tenía vergüenza de expresarlo, prefirió mantener su secreto ahí, consigo. Por un momento se sintió amenazado ante la soledad que en poco tiempo experimentaría, estaría solo por largo rato, hasta que llegara su papá. La salida de su trabajo era a las seis de la tarde, pero a veces su horario se extendía hasta las siete. Miró a su madre salir, ahora estaba solo por completo.

Pablo fue a la cama a la hora acostumbrada. Comenzó a cavilar, dejando rienda suelta a su imaginación. Miró nuevamente el hueco en el pequeño estante y recordó a Tomás, “si Tomás estuviese conmigo, quizá no sentiría tanto miedo. Si deseo con todo mi corazón (apretó los ojos) que Tomás regrese, tal vez suceda; quizá me pueda ayudar a vencer a Juan Manuel.”

TOMÁS

A la mañana siguiente, Pablo tuvo la certeza de haber escuchado algunos ruidillos apenas perceptibles; recordaba entre sueños una risa tenue y rara, su nombre en susurros y una pregunta con una voz proveniente de alguien que estaba cerca de su oído: “¿Estás dormido?”.

Salió de su habitación y su madre, que hacía un desayuno rápido tenía puesto el uniforme de su trabajo. “Vamos, Pablo… hoy viene la tía Mariana a cuidarte un buen rato, quiero que te alistes y sobre todo te portes bien”, tocó su barbilla y acarició su cabello en la última frase, era una costumbre que Pablo encontraba agradable. La tía Mariana llegó diez minutos después de la salida de su madre, era una mujer joven, agradable y siempre dispuesta a jugar con él. La mañana y gran parte de la tarde, Pablo disfrutó de varios juegos de mesa, algunas anécdotas fantásticas que su tía inventaba y un paseo por el deportivo cercano a su hogar. Ahí jugó futbol con una pelota que su tía le había llevado en esa ocasión. A lo lejos observó a Juan Manuel, quien guardaba distancia. Pablo leyó con mucha claridad los labios de Juan: “Marica”. Su tía notó el momento en el que estuvo distraído, “¿Pasa algo, corazón?”. Pablo evadió la pregunta y, por alguna razón, sus ánimos de seguir jugueteando con la pelota, habían desaparecido. “Si tan solo…”, la frase estuvo incompleta en su propio pensamiento, quizá por miedo a lo que pudiera seguir, el lo sabía y fue lo que más lo asustó “Si tan solo desaparecieras… si te murieras, ya no me molestarías”.

Llegada la noche, Pablo quedó perplejo en la entrada de su cuarto; sus ojos estuvieron desorbitados por largo rato y su respiración estuvo entrecortada; Tomás estaba en su lugar habitual, en el estante cerca de Batman y de Godzilla. Tomás no tenía por qué estar ahí, tuvo un sentimiento entre desconcierto y temor, su mejor amigo había regresado. Corrió al cuarto de sus padres y preguntó con timidez a su madre “¿Regresaste a Tomás?”, ella contestó que eso no pasaría jamás, estaba en la basura y ahí debía estar, ya no era de utilidad. La respuesta sólo avivó las dudas, si su madre no lo había regresado ¿por qué estaba ahí? “no tenía por qué estar, ahí… no tenía por qué estar ahí” se repitió antes de entrar a su cuarto. Tomás yacía allí, inmóvil, sonriente y con un par de ojos más vivaces que cualquier otro día; Pablo notó tierra seca en los zapatos del muñeco. Llegó a pensar que Juan Manuel lo puso en su habitación, para asustarlo, pero la ventana estaba cerrada por dentro. ¿Acaso era su imaginación?, no lo sabía con ciencia cierta. Tras algunos minutos de cavilaciones, no supo en realidad el momento en que cayó dormido.

Durante la noche, algunos ruidos incesantes lo hicieron despertar, pasos apresurados en todo su cuarto, murmullos y una extraña conversación “¿Está dormido?”, preguntó una voz. Pablo apretujó aún más los ojos, “No, se está haciendo el dormido, el se da cuenta de todo”, contestó otra. Su respiración comenzó a agitarse más de lo normal, ¿Quién estaba en su cuarto?

Con temor se puso en pie y en ese momento, otra serie de pasos se escucharon bajo la cama, Pablo de inmediato corrió a encender la luz, pero no vio nada raro. Cuando el silencio estuvo en el ambiente, “Para Elisa” comenzó a escucharse, aquella caja musical estaba en un estante, cerca del buró y en ese momento, despertó de forma abrupta sudando frío y con el corazón a punto de salir del pecho. Miró el estante y ahí estaba el hueco, sintió gran alivio, “fue solo un sueño”.

LA AVENTURA

Pablo estaba ahí de nueva cuenta, mirando la casa abandonada, ¿realmente aquello fue solo un sueño? ¿O una mala jugada por haber cenado pizza con refresco de cola? Sus ojos intentaron ver a través de las paredes, trató de encontrar en sus recuerdos aquella canción (Para Elisa) en algún lugar de sus sueños o experiencias pasadas. Juan Manuel había llegado de nueva cuenta, dando un golpe seco en la espalda del pequeño Pablo, “¡Auch! ¿Qué te pasa?”, Juan Manuel parecía estar satisfecho con su acto abusivo, “¿Qué pasa nenita? ¿Vas a llorar?”. Pablo hizo caso omiso mirando de nueva cuenta aquella casona. “¿Qué tienes tú con esa casa?”, preguntó el chico mayor, “Creo que está embrujada”. Juan Manuel echó a reír de forma desmesurada; “ríe lo que quieras”, en ese momento a Pablo se le ocurrió una idea fabulosa. “Si tan valiente eres, entra conmigo a la casa”. Juan Manuel, en un ataque de furia tomó del cuello al pequeño, con un puño simulaba que en cualquier momento, le daría un fuerte golpe, pero no fue así y Pablo por extraño que pareciera, no sintió miedo. Juan se mantuvo callado, “lo haría mil y un veces, aquí el miedoso eres tú”.

Juan ocultaba bastante bien el temor que invadía hasta la última parte de su ser, pero no podía permitirse mostrar debilidad ante Pablo, y eso él lo dedujo desde un principio. “Muy bien, veo que has dejado de ser un poco marica, ¡Entremos!”, exclamó el bravucón. Ambos entraron a aquella casona “embrujada”, como le habían denominado.

Estando dentro, Pablo miró nuevamente aquella habitación y la carriola en el fondo de aquel pasaje tenebroso. Miró hacia el estante, cerca de los periódicos amarillentos y descubrió allí el cubo rubik y la caja de música. Juan continuó caminando hasta el fondo del pasillo. Pablo tomó de nueva cuenta el cubo, miró hacia atrás y escuchó un grito espeluznante que empapó todo el ambiente de angustia, “¡¡No te mueras!!”. Su corazón comenzó a palpitar desenfrenado, palideció y Juan llegó corriendo hacia donde estaba él, “¿lo escuchaste?”, preguntó con miedo en sus ojos, “¡¡Sí!! ¡Sí que lo escuché!”. La caja musical por tercera vez comenzó a reproducir por sí sola aquella canción que llenaba de nostalgia el corazón de Pablo; ambos miraron por la ventana y en cuestión de segundos, un gran nubarrón que oscilaba entre los colores negro y gris, selló por completo el cielo, un gran relámpago estremeció a los niños que se dirigieron a la salida; Juan dio un fuerte jalón pero la puerta estaba trabada, “¡Otra vez!”, gritó Pablo. El llanto proveniente de la carriola apareció en medio de un gran chubasco, “¡Mi mamá debe estar preocupada! ¡Tengo qué irme de aquí”, espetó el más pequeño.

Si se adentraban en la casa, no tenían idea de lo que se pudieran encontrar. De pronto, Pablo sintió algo en la mejilla, un roce helado y triste, como si unos labios le hubieran dedicado un beso nostálgico. Palideció una vez más y corrió por el pasillo hasta llegar cerca de la carriola. Juan quien le seguía el paso, se detuvo en un instante. “¡Me tengo que ir Pablo!”, no entendió el significado de sus palabras. “¡Perdóname por haberte llamado marica! ¡Perdóname por favor! Perdóname Pablo, ¡Perdóname!”, aquel grandulón, estaba desecho en llanto, y Pablo, quien veía una escena casi imposible de creer, estuvo en total desconcierto. De repente, un remolino de voces acallaron el sonido del torrencial, “¡Pablo! ¡Pablo! ¡Te amo hijo, te amo!”, No encontró sentido ante lo que estaba escuchando, “¡Basta!”, vociferó con fuerza, se sentó en medio del pasillo y sollozó como nunca lo había hecho.

“Para Elisa” nunca había terminado de reproducirse, el cubo rubik nuevamente estaba frente a sus pies, Juan Manuel no dejaba de llorar en un rincón pidiéndole perdón y allí cerca de la pared, estaba Tomás sonriendo, como siempre, pero no solo estaba Tomás, ahí uno junto del otro, estaba Godzilla y el Ranger Azul. Estaba absorto e inmóvil en suma confusión, ¿cómo llegó a ese lugar oscuro en donde estaban ocurriendo cosas extrañas?, aquellas voces volvieron a hacerse presentes, “¡Tomás! Aquí está Tomás y Godzilla”. De alguna forma tenía qué salir de ahí, miró la puerta con lágrimas en sus ojos, aquella que se rehusaba a abrirse.

Apenas unos días antes había salido a vacaciones de verano, había jugado con sus juguetes, jugó con la tía Mariana y anduvo en bicicleta en la tarde, ¿Por qué entró a ese lugar tan horripilante?

“¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué llora?”, Pablo escuchó una voz femenina y trémula que hacía una pregunta al aire. “Le trajimos todos sus juguetes, mi esposo le trajo el cubo que tanto pedía por las noches… Yo le traje mi cajita musical, aquella con la que dormía con gran tranquilidad… doctor… después de este interminable mes ¿algún día mi hijo despertará del coma?”

Aquella tarde lluviosa, en el nosocomio de la calle Cinco de febrero, estaba Pablo Martínez en la cama número doscientos doce; las enfermeras paseaban con algunos niños en brazos que en ocasiones su llanto era escuchado en casi todo el edificio, Juan Manuel lloraba desconsolado a sus pies, pidiéndole perdón, en una repetitiva cantaleta entre lágrimas y arrepentimiento. Y Tomás estaba ahí frente a él, su mejor amigo yacía inmóvil esperando el despertar de un niño que había preferido soñar antes que morir.

Comentarios

  1. Mabel

    18 septiembre, 2014

    ¡Impresionante! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

    • J.F.Zeus

      20 abril, 2015

      Muchas gracias, un abrazo y un saludo desde Durango.

  2. Dave SepCor

    9 octubre, 2015

    Genial!! de verdad me tenias pegado al monitor, imaginando cada detalle del texto… voto!!

    • J.F.Zeus

      11 octubre, 2015

      Muchas gracias por tus palabras, ¡saludos Dave!

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