Agenda negra (I)

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Ahora todo ardía. La ceniza se elevaba danzando abrazada por las llamas.

La ciudad ya no era tal, sino una ruina teñida de rojo, una masa de fuego que hacía gritar a los habitantes que dia antes habían celebrado hasta la fecha más insignificante. Los llantos desesperados se mezclaban con los sollozos infantiles de la calle, todos corrían por todas partes, como si se hubiera echado gasolina a una ratonera y después se hubiera arrojado una cerilla al charco.

Curiosamente una gigantesca tormenta se había formado allá arriba, en un cielo violeta, pero la lluvia que caia no hacia sino empeorar aquella estampa apocalíptica en esa parte del planeta.

De pronto se oyeron tres explosiones, cada una más cercana a la anterior, y tres edificios tan altos como una montaña, se derrumbaron por los cimientos. La nube de polvo que levantaron se fusionó con el humo y los gritos de terror se vieron ahogados por el sonido de toneladas de cemento impactando contra el asfalto y la tierra.

Una multitud de ojos permanecía ciega, y sus oidos estaban ensordecidos, solo quedaba el dolor.

 

Roland se detuvo en seco y se tambaleó un instante debido a la inercia de su apresurada marcha, había llegado tarde, al final habia ocurrido tal y como el terrorista lo predijo. Aunque lo que más le asustaba es lo que podía venir después.

El terror se apoderó de él al ver como ardían por igual adultos y ancianos. Vio una masa uniforme de pánico a traves de sus prismaticos- ¡Mierda! Al final lo ha hecho…- Exclamó, aunque el enfásis que uso al quejarse fue desinflándose a medida que la frase terminaba.

Buscó en el horizonte al causante de tanta masacre mientras intentaba a la par explicar como alguien podía ser tan sádico. Y lo encontró, alejándose en su característico barco flotante negro, desapareciendo a través del último claro del cielo, que se cerró tras de si con un poético trueno que fue a chocar contra la monolito Omega, haciendo que estallara en pedazos. «No puede simplemente haberlo hecho, acabar con todo, después de todo» pensó para si mismo mientras volvía a enfocar los prismáticos hacia la ciudad.

 

El teléfono móvil de Roland sonó, haciendo que se sobresaltara y lo buscara apresuradamente dentro del bolsillo de su desilachada gabardina, que tenia el color de un desierto mojado.

-¿Si?- Contestó con un deje de pánico en su voz.

-Esto solo es el principio- Contestó una voz relajada pero oscura.

 

Lo siguiente fueron más explosiones. La tercera hizo volar a Roland por los aires.

 

Comentarios

  1. Mabel

    22 octubre, 2014

    ¡Impresionante! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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