En tantos años – toda una vida, ciertamente – de caminar mil caminos, Muntassir había presenciado una buena cantidad de hechos curiosos, extraños o decididamente inexplicables. Sin embargo en ese momento casi podría jurar que ninguno le había provocado tal asombro como aquél que ahora tenía ante sus ojos.
El hombre que descendió de la alfombra junto a Shamzaar era Akim…. y en parte no, o cuando menos eso parecía al observarle. Era diferente a la transformación que tuviese antes cuando en la caravana el artista Tau le enseñara a camuflar su identidad. Muntassir juraría que se veía más alto, sus hombros aparecían notoriamente más anchos, sus brazos semejaban dos garrotes y su pecho y vientre eran musculosos y de apariencia dura como la roca. Incluso vestía diferente, pues no llevaba encima ya la ropa desastrada con la que abandonara Bagdad, sino que lucía un chaleco negro de cuero con pantalón del mismo color y no tan amplio como el anterior, rematando con unas botas hasta por encima de los tobillos, a todas luces muy buenas para cabalgar.
Pero lo que realmente llamaba la atención del mercader era su rostro, ahora enmarcado por una larga melena negra que le llegaba hasta los hombros. Su piel parecía más morena que de costumbre, y sus ojos tenían una profundidad y fuerza en la mirada que nunca le había contemplado antes.
- Muchacho…. – sólo atinó a decir cuando aquél llegó y se detuvo ante él. – ¿De verdad eres tú?
- Para ti sí, amigo mío, para los demás seré Tamujal. – respondió Akim, y su voz sonaba más grave, no costaba mucho imaginar que con enfadarse tan sólo un poco sonaría incluso amenazante.
- Bien, tal parece que tienes lo que deseaste. Y dime, ¿cómo se supone que te ayudará a combatir al ejército mongol?
- Cálmate, aún falta la otra parte de mi deseo, y aquí nuestro amigo mágico ya se ha encargado de ella.
- ¿He de preguntarte por cada detalle? ¡Por Alá, cuéntame! – inquirió con notoria ansiedad Muntassir.
- Ha dirigido palomas con un mensaje de Tamujal a cada ciudad, cada tribu, cada oasis, todos sabrán que Tamujal los convoca en nombre de Alá para una guerra santa que nadie debe ni puede eludir.
Muntassir se paseó pensativo por delante de su amigo.
- Mmmm…. ¿Y no pensarán los receptores de esos mensajes que Tamujal sea sólo una historia?
- Tamujal es una leyenda, y una leyenda es lo que necesitan para levantarse en estos momentos.
- Asumiendo que estés en lo cierto…. ¿Y ahora qué sigue?
- Pues aguardar. – dijo Akim por toda respuesta, sentándose en la misma pose en que solía hacerlo Shamzaar.
- Aguardar, aguardar…. – farfulló por lo bajo el mercader, sentándose junto a Akim – ¿Cuánto? Mis huesos no se dan bien con la impaciencia.
- No más de un par de días, supongo.
- Podías haberle pedido un ejército ya formado y armado hasta los dientes. – susurró Muntassir
señalando con cuanta discreción le fue posible al gigantón cerca de ellos.
- Lo pensé. – sonrió Akim – Pero si los mongoles van a ser expulsados deben serlo por los hijos de esta tierra, no por la magia. La magia debe ser nuestro apoyo, no la razón que nos una.
Muntassir se le quedó viendo durante unos instantes, con aire pensativo.
- ¿Qué ocurre? – le preguntó Akim al notarlo.
- Nada, sólo pensaba los extraños designios que transforman a un bribonzuelo en un hombre
responsable, haciéndose cargo no sólo de su vida sino de las de otros.
- Aún está por verse lo que nos deparan esos designios. Sólo espero que ella resista, que esté bien.
- ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! – excalmó exultante Muntassir, poniéndose de pie. – ¡Sabía que tu corazón pensaba en esa muchacha, aún cuando te empeñabas en ocultarlo!
Akim se sintió algo turbado ante aquélla reacción de su amigo, pero en el fondo le quitaba un peso de encima el reconocer sus sentimientos. Recordaba que alguien le había dicho mucho tiempo atrás que éstos eran como el agua, es imposible contenerlos por mucho tiempo, de una forma u otra tarde o temprano se abren paso. Pero sabía bien que debía dominarlos, no eran momentos para permitir que lo perturbasen más de la cuenta, así que también se puso en pie y se dirigió a Shamzaar.
- ¿Los mongoles también podrían tener magia de su lado? – preguntó.
El gigante se pasó una mano por la cabeza y luego encogió levemente sus hombros.
- Todo es posible, mi amo.
- ¿No puedes…. presentirlo? ¿O algo así?
- Claro que sí, mi amo, pero no he sentido nada. A veces existen circunstancias que nos bloquean.
- ¿Sentiste estando dentro del cofre al que nos atacó en el desierto?
Por primera vez vio Akim cómo se turbaba durante un segundo el semblante del gigante, mas enseguida retornó a su aire jovial.
- Así es, mi amo, y debo decirles que estuvieron muy certeros en esa ocasión, no recuerdo que humanos hayan salido con vida de un enfrentamiento directo con uno de esos.
- Lo conoces….. – dijo Akim acercándose unos pasos – Vi tu expresión hace instantes, lo conoces, sabes de quién hablo.
- ¿Es tu deseo que yo te lo cuente, mi amo?
- Déjate de juegos, genio, dime lo que te he preguntado, nos lo debes, estabas indefenso dentro de ese cofre. Sin embargo retrocedió porque te presintió de pronto dentro de él. ¿Por qué?
Ahora Ahamzaar se rascó la sien, emitiendo luego lo que pareció un pequeño silbido.
- Se trata de Ynniblar, principal lugarteniente de Iblis, supongo que te es familiar el nombre, mi amo. En la batalla por el Gran Trono de las Nubes, las fuerzas de la Luz se enfrentaron a las de la Oscuridad, y como supondrás triunfaron las fuerzas enviadas por Alá, más hubo algunos costos, uno de ellos fue mi condena.
- ¿Tu condena? ¿Cuál? – preguntó Akim.
- Ynniblar me odia porque yo fui quien lo derrotó y confinó en una lámpara, es todo lo que debes saber, mi amo…. a menos que saber el resto sea uno de tus deseos. En ese caso….
- No te apresures, no entiendo esa prisa que pareces tener en concederme los deseos.
- Oh, es que si algo te sucediese antes de concederte el último de los deseos yo quedaría mil años en el limbo sin sentido ni propósito alguno, y regresar al cofre es mucho mejor que eso.
- ¿Volverás al cofre cuando me concedas el último de mis deseos?
- Es mi destino, mi amo. Siempre vivimos confinados en algún objeto, a menos claro que el último deseo de algún amo sea el de liberarnos, lo que nos otorgaría un alma y una conciencia humana. Pero claro que eso es algo que jamás ocurre, nadie va a gastar su último deseo en algo que no lo beneficia. Por lo tanto, asumimos que nuestra vida está en nuestros claustros, para la eternidad.
Akim iba a decir algo compadeciéndose por esa condición cuando un repentino rumor llegó hasta ellos, y no provenía de muy lejos.
Continuará……….




Mabel
Interesante, que gusto leerla. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
Merlin
Y yo encantado de que te guste, un nuevo abrazo para ti.