La crecida

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LA CRECIDA

 

Fue una brazada elegante, nítida, técnicamente perfecta, que salió del agua y volvió a ingresar en ella sin salpicar una gota; impulsando con velocidad el fibroso cuerpo del nadador hacia adelante.

Avanzó por el cauce del río, corriente arriba, desatendiendo los reclamos musculares de sus brazos y piernas, ya cansados de tanto luchar; sin por ello perder el estilo. Se había preparado mucho en los últimos meses para la competencia, aunque jamás imaginó tener que poner en práctica su resistencia y capacidad en una inundación, producto del inesperado desborde del afluente.

Su nombre era Flavio Sardo y representaba el orgullo deportivo de su pueblo natal. Con seis medallas ganadas en los Juegos Interprovinciales de Verano, el “Delfín” —como solía llamarlo la prensa local— encarnaba las mediocres aspiraciones que todos los pueblerinos tenían de trascender más allá de los límites de la jurisdicción departamental.

Y trascendieron, pero no por los logros deportivos de Sardo, sino por la caótica circunstancia de vivir a orillas del Registro, un río poco previsible que, al menos una vez cada quince años, se salía de su cauce normal destruyendo todo lo que encontraba en su camino: puentes, casas, rutas y vacas.

Ese año se cumplían —sin que nadie lo recordara— la nefasta década y media de las estadísticas y el torrente mestizo, de lodo, troncos y agua, visitó la región con una furia que, incluso los más viejos, desconocían.

En escasas dos horas, los barrios marginales del casco del pueblo quedaron bajo las aguas y hubo familias enteras que debieron esperar en los techos de sus propiedades la llegada de las lanchas —muy mal equipadas, por cierto— de la Defensa Civil. Las cosechas se perdieron y cientos de cabezas de ganado desaparecieron bajo las oscuras turbulencias de un río desbocado.

La avenida principal, para la medianoche, era un corredor líquido que subía de nivel, minuto a minuto. Casi un metro y medio de agua dentro de las casas fue suficiente para que casi todas las pertenencias se perdieran para siempre. La desesperación se propagó al ritmo de la corriente y hacia la madrugada, cuando recién empezaba a despuntar el sol, la gente pudo advertir con claridad el grado de la catástrofe.

Más del setenta por ciento del pueblo quedaba bajo un manto líquido en constante movimiento. Nunca habían experimentado una inundación con esas características; pero no había tiempo para teorizar sobre las causas del siniestro. Debían rescatar a mucha gente, salvar lo que se podía y resguardar las vidas lo mejor posible.

Hacia las nueve de la mañana una mujer, con un claro cuadro de histeria, gritaba nombrando a su hijo de sólo seis años.

—¡Me lo dejaron allá!—exclamaba entre gritos señalando el otro extremo del pueblo— ¡Se lo dejaron en las casas! ¡Está en las casas! ¡Hagan algo!…

Fue entonces cuando Flavio Sardo entró en acción.

Los dos botes a motor de la municipalidad estaba ocupados muy lejos del sitio y no se podía esperar más. La vida de una criatura estaba en peligro.

Sin pensarlo dos veces, se quitó la ropa y, sólo con sus calzoncillos puestos, empezó a nadar en dirección a la casa en cuestión.

Recién cuando estuvo en el agua sintió la tremenda potencia de la corriente que lo arrastró hacia el cauce mismo del Registro, distante unos doscientos metros de donde se había zambullido. Primero se dejó empujar, pero más tarde, cuando advirtió que esa fuerza imparable lo alejaba demasiado de su objetivo —poniendo en peligro su propia vida— inició un movimiento de brazadas constantes, en el que trató de poner toda su técnica y conocimiento.

Aquello era un pandemonium.

Las olas le daban en el rostro, impidiendo que aspirara aire cada vez que asomaba su cabeza. Basura, troncos y miles de ramas le picoteaban el cuerpo, las piernas y los brazos. El lodo flotaba casi en la superficie. Lo podía sentir chocando contra su cabello. Pero siguió nadando.

Nadó y nadó.

Por último, cuando la corriente se apaciguó un poco, se detuvo y trató de orientarse.

Entonces sintió el tirón en el pie.

Algo enorme le mordía su pie derecho. Lo sentía metido en una boca dentada que no podía identificar. Experimentaba la punzante punta de dos caninos filosos lacerándole la piel; aunque, extrañamente, no lo oprimía con la potencia suficiente como para producirle dolor.

Metió la cabeza en el agua y abrió los ojos.

No pudo ver nada.

Aquello que lo retenía debería estar a menos de un metro y medio de distancia, pero no era factible distinguirlo. El agua era demasiado sucia, demasiado turbia. La visibilidad era nula.

Pensó en sacudir la pierna un poco, pero fue ahí cuando sobrevino el primer dolor. No debía moverse. No debía tirar. Si lo hacía, perdería el pie y posiblemente también toda la extremidad.

¿Qué animal lo retenía?

¿Qué animal existía por ese lugar, lo suficientemente grande como para impedir que Sardo continuara nadando?

Pensó en nutrias, pero —de ser así— esa debería ser una nutria colosal.

No era posible.

¿Bagres gigantes?

Los más ancianos del pueblo hablaban de bestias como esas, pero todos sabían de la exageración de los viejos. Los bagres gigantes no existían. Además, esos peces no tenían dientes y Flavio Sardo podía experimentar en su talón la presión de unos incisivos duros e irregulares.

Una vez más trató de zafarse. Todo su pie quedaba dentro de esa boca desconocida y extrañamente compasiva.

Imposible.

De seguir tirando iba a desgarrarse la pierna. Lo más conveniente era quedarse quieto y dejarse llevar por el agua. Flotar como una boya y esperar el momento justo para desembarazarse de su rémora misteriosa.

Extendió los brazos buscando equilibrio y, zarandeándose al compás de las olas del río, recorrió una de las calle laterales del pueblo.

Debajo suyo, el animal no se movía. Permanecía estático. Sólo la boca se acomodaba de vez en cuando, contra los huesos del talón.

Un sin fin de malos augurios llenó la mente de Sardo.

Con un golpe, con sólo un golpe, sería devorado por las aguas, sin posibilidad de alcanzar la superficie. La bestia tenía la fuerza suficiente como para llevárselo al fondo mismo del río; o, en el mejor de los casos, arrancarle parte de su cuerpo, como si éste estuviera hecho de fango primigenio.

Pensó en su familia, en sus amigos, e imaginó su propio funeral.

La falta de movimiento empezó a dar sus frutos: todo su cuerpo se entumecía por el frío.

Mientras pasaba frente a las casas semitapadas por el agua vio algunos vecinos subidos en los techos que lo observaban con asombro y resignación.

Eran unas miradas vacías, sin esperanzas, que parecían despedirlo.

Nadie podía hacer nada y Flavio Sardo siguió flotando en dirección al centro de la ciudad.

—¡Eh, muchacho!—gritó intempestivamente un anciano desde la copa de un árbol— ¡Agarra el cable!… ¡El cable!…

Sardo siguió con la mirada el dedo extendido del viejo.

Sí, allá adelante, a unos cincuenta metros, en el cruce de dos calles, un alambre se combaba hacia abajo.

Con sólo extender uno de sus brazos podría alcanzarlo; pero ¿qué pasaría con esa boca que lo aprisionaba? ¿Se lo permitiría?

Además, ¿y si el cable estaba electrificado?…

Veía como se le aproximaba. Pensó rápido. Tenía que tomar una decisión. Era una oportunidad única. Debía hacerlo. Tenía que arriesgarse.

Levantó el brazo derecho y en el instante preciso sus cinco dedos se prensaron al alambre.

Experimentó un leve tirón en el pie y cuando menos lo imaginó sintió que alguien tiraba del cable, tensándolo, y sacándolo del agua.

—¡Nooo!— gritó espantado.

Pero ya era tarde.

Media docena de ciudadanos, que no había visto, tiraban desde el techo de una verdulería.

El aire frío golpeó contra sus hombros, contra su abdomen, contra sus piernas. Entonces sintió las exclamaciones de sus salvadores y una fuerte mordida en el talón.

 

Nadie se puso de acuerdo qué cosa era aquella que había salido del agua junto con Flavio Sardo. No hubo tiempo suficiente para observarla con detenimiento, pero los comentarios circularon y, con el paso de las semanas, los escasos seis testigos de los hechos, se transformaron en decenas de admirados protagonistas de la historia. El rumor circuló por años en el pueblo y la memoria del “Delfín” quedó inmortalizada en una placa de bronce, que el intendente colgó en una de las paredes del municipio.

El diario local identificó a la bestia, de más de seis metros de largo, con un cocodrilo. Otros sostuvieron que era una serpiente gigantesca; por último, hubo quienes afirmaron haber visto un tiburón. Pero la extraña criatura nunca fue identificada concretamente.

El pueblo volvió a su ritmo normal. La gente lloró a sus muertos y la crecida del Registro quedó en la memoria colectiva de todos.

Por años se esperó la próxima inundación, pero jamás se repitió. Los diques y esclusas construidas al efecto, cumplieron perfectamente sus funciones.

Flavio Sardo se casó. Tuvo tres hijos y pudo coleccionar, antes de jubilarse, tres medallas más en los Campeonatos Interprovinciales de natación.

 

Comentarios

  1. Profile photo of Mabel

    Mabel

    25 octubre, 2014

    Me ha encantado el texto. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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