A todo el mundo ella le decía que su nombre era Estrella; y honestamente, daba igual si era verdad o una absoluta mentira. El nombre es lo que menos importa cuando lo que está en juego es una maravillosa noche de placer. Lo único que importa es saber menear el cuerpo con la misma maest6ría de las diosas de antaño, esas que con una simple mirada lograban que todos los caballeros cayeran rendidos a sus pies. Estrella sabía que ella era poseedora de algo de esa misma gracia, y por eso, dejaba que la disfrutaran lentamente.
Ella jamás sintió necesidad por apresurar una sensación tan deliciosa como la de saberse el húmedo objeto del deseo de varios caballeros. Como poseída por un ritmo hipnótico, ella entraba en trance y se olvidaba de todo pudor, simplemente dejando que su cuerpo se moviera lentamente al compás marcado por el sudoroso cuerpo de su amante en turno. Honestamente, ella se sintió bastante culpable las primeras veces que lo hizo. Pero la sabiduría que otorga los años, la hizo relajarse cada vez más. Hoy en día, ella ya no siente temor a la hora de un encuentro, ¡al contrario! Sin mayor reserva, su cuerpo se abre como una flor deseosa de sentir la suave caricia del agua entre sus delicados pétalos. Y así, sin más, deja que todas sus preocupaciones se ahoguen en un mar de sudores y deseos compartidos.
Estrella sabe que al día siguiente, cuando el sol se aparezca en la lejanía, seguramente su amor en turno se olvidará de ella, dejándola sumergirse de nuevo en el profundo pozo del olvido. Pero aun así… a ella no le dolía. Después de todo, ya nadie le podría quitar esas horas de placer que se quedaron tatuadas para siempre sobre cada milímetro de su morena piel.




Mabel
Me gusta el Cuento, un abrazo y mi voto desde Andalucía