Amazonas

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“Húmeda, salvaje y exuberante, así es la selva; así es la mujer”

Tras 56 días de viaje por el sistema de ríos Ucayali, en búsqueda de nuevos afluentes por catalogar, me había internado en una zona prácticamente desconocida para el hombre moderno.

Dos nativos temerosos me acompañaban, balbuceando entre ellos historias sobre hombres que iban río arriba y nunca regresaban. Patrañas supersticiosas pensé, y no volví a ponerles atención.

Así avanzamos sorteando nubes de mosquitos, aguas pestilentes infestadas de pirañas y por último el único obstáculo que nos venció; una enorme cascada de casi 80 metros, ahí tuvimos que dejar todo el equipo pesado y escalamos con lo poco que pudimos cargar.

Arriba en la meseta de donde caía la cascada nos recibió un follaje tan espeso que nuestros brazos quedaron adoloridos de tanto golpe de machete que dimos para avanzar; tras el follaje el paisaje era más amigable, casi como si la mano del hombre ya hubiera pasado por ahí, pastos bajos y lagunas cristalinas.

Era un gran descubrimiento, un edén oculto a bajo las tupidas copas de los árboles y elevado en una meseta que le hacía permanecer virgen. Decidimos acampar en un claro, un sueño en el paraíso pensamos…

La noche era tranquila y sumada a mi cansancio me hizo caer en un profundo sueño, sueño donde escuchaba voces de mujeres a mi alrededor, me despojaban de mis ropas y luego me trasladaban cargando hasta una tienda grande y bien iluminada por antorchas, luego ya no recordé más…

Al despertar, busque a tientas mi cantimplora, pero algo era distinto, el suelo era de piedra y yo estaba desnudo, ¡el sueño había sido real!, me encontraba en la misma tienda, me incorpore y me asome por la entrada, lo que vi después fue una escena añorada por el más lascivo de los hombres; casi un centenar de mujeres deambulando semidesnudas por doquier.

Todavía no salía de mi asombro por el descubrimiento de la aldea cuando un golpe en mi pecho me hizo entrar de nuevo a la tienda, eran dos de esas mujeres, unas gemelas de voluptuosos atributos y labios carnosos, armadas con unas lanzas, y consigo venia una mujer más joven, de unos veinte años a mis cálculos, pero todavía más hermosa y por como la veían debía de ser su líder.

Mediaron palabras entre ellas, aunque para mí era un dialecto ininteligible, acto seguido la joven ató una correa a mi cuello y me llevaron jalando hasta una de las lagunas donde había acampado, la noche anterior, busqué con la mirada pero no vi rastro de los nativos que me acompañaban en el viaje.

Ya en la poza cristalina me introdujeron y comenzaron a bañarme, los primeros tratos oscos y rudos dieron paso a unas caricias que mi cuerpo agradecía, besos y roces de mi piel con la de ellas, aderezados con platas aromáticas me hacían olvidarme de que era un cautivo.

Pronto, mi instinto dominó mi mente y fui presa de la excitación, mis manos torpes jugueteaban con las nalgas de aquellas mujeres, y mi lengua, mi boca chupaba sus senos, pasaba de una en otra, y mi sexo estaba duro, firme, tanto que lo sentía a reventar.

Al ver mi erección una de las gemelas se agachó y con sus manos comenzó a masajear mi sexo, al tiempo que lo hundía en su cálida boca y succionaba queriéndome sacar todo.

Viendo esto la otra gemela se puso de espaldas y agachándose me hizo una seña de que debía penetrarla, acto que dispuse a hacer pero en ese instante la líder le gritó una reprimenda y me sacaron del agua para llevarme de nuevo a la tienda de donde me habían sacado.

De regreso en mi primer morada, me ataron al camastro donde había despertado, primero la correa de mi cuello, luego pies y manos; finalizado esto, la joven se untó un aceite en todo el cuerpo y se recostó sobre mí, moviéndose y ronroneando.

Se volteaba y me mostraba su vulva, que estaba afeitada a diferencia de las demás, su olor me llamaba a abalanzarme sobre ella, pero atado solo podía dejar todo a merced de ella. Y en efecto a su merced me acerco su clítoris sentándose sobre mi pecho, era grande, hinchado tanto como mi sexo, de inmediato hundí mi boca en ella y me dedique a saborearla, al tiempo que soltaba gemidos y gruñidos intensos.

La sentía terminar cuando se alejó de mí y poniéndose en cuclillas se dejó caer sobre mí clavándose mi erección, para luego iniciar un vaivén caótico con sus caderas, vaivén que se unía al compás de todo su cuerpo, y remataba en su largo cabello, era una visión imponente de una mujer en celo. Una y otra vez, parecía no tener saciedad de mi sexo, parecía quererme hacer estallar, y lo estaba por lograr.

La chica parecía llegar a su clímax, y el mío también estaba en puerta, era como una carrera, como si ella quisiera acabarme primero, y así fue, no pude más y explote de placer dentro de ella; que pareció verlo como una victoria, y luego se dejó venir también, quedando inmersos en un éxtasis que nunca antes había sentido.

Tanto agotamiento fue premiado al instante, ella se levantó, gritó algo y se fue, no sin antes dirigirme una mirada como de aprobación.

Luego ingresaron las gemelas con trastos con frutas y me dieron de comer…

Meses después, aprendí su lengua, entendí quiénes eran, y qué me necesitaban para ser su amante, su semental; además que si decidía irme lo haría río abajo, pero muerto.

…decidí quedarme, al fin, el mundo moderno no podía ofrecerme tanto como ellas.

Comentarios

  1. Mabel

    8 noviembre, 2014

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Txentxo

    15 noviembre, 2014

    Cómo excitan tus historias. Un erotismo claro y limpio. Con gran imaginación. Votado

  3. adrian

    26 febrero, 2016

    La parte donde hace el amor cunado a el lo atan a mi me paso igual pero yo no estaba atado, fue en iquitos, era una lujuria de sexo, y al final la chica se sonrrio y se fue como si nada hubiera pasado.

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