Eran las tres de la tarde. Un día gris de xirimiri en Donostia. Lo que algunos también llaman “calabobos”.
Eva había salido a caminar. Su médico se lo aconsejó hace dos años en una revisión rutinaria. Eva se resistía a envejecer pero era consciente de que tenía que empezar a cuidarse. Después de sufrir constantes violaciones por su marido y de tener ocho hijos su cuerpo aún no había sido atacado por la fuerza de la gravedad. Eva empezó a vivir cuando su marido falleció. Sus hijos ya crecidos y emancipados y su marido muerto fueron su liberación después de casi cincuenta años dedicándose por completo a la crianza de los niños y las labores del hogar.
Como todas las tardes, Eva iba camino de la casa de Maria, su vecina, amiga y confidente. En el ascensor una vecina que siempre hablaba de todo y de todos le estaba contando a Eva que tenían nuevos vecinos y que se trataba de una casa de citas. Eva no prestó mucha atención. Maria le esperaba
María perdió a su perrita con quien vivía desde que enviudó y fue entonces cuando Eva, para acompañarle en esos momentos de dolor por la pérdida de su perrita, inició una fuerte y profunda relación de amistad con ella.
Al abrirle la puerta, Maria le sonrió. La lluvia sobre la camisa mojada de Eva dibujaba la forma perfecta de sus pechos. Sus incisivos pezones a punto estaban de traspasar su camisa.
FIN DE LA PRIMERA PARTE





Mabel
Me ha encantado. Un abrazo y mi voto desde Andalucía