Cuando el amor no es suficiente

Escrito por
| 147 | 10 Comentarios

Cuando llegué a la puerta de tu casa aquella noche amenazaba con derrumbarme. No creía que mis piernas pudiesen sostenerme, temblaban violentamente. Mis manos sudaban, mi respiración convertida en jadeos de pura angustia, los latidos de mi corazón, tan fuertes y tan frenéticos, que podía sentirlos en mis oídos. Aquella última noche frente a tu puerta creí perder la conciencia. Te imaginé abriendo la puerta y encontrándome tirada en el suelo sobre el felpudo que yo misma te había regalado. Rechacé esa idea y traté de serenarme, cerré los ojos y respiré profundamente calmando mis nervios y concentrándome en lo que había venido a hacer. Y tratando de alejar la tristeza por un rato. Pero aquello último era más complicado.

Me acerqué a la puerta y apoyé la frente y las palmas en la fría madera tratando aún de llevar aire a mis pulmones. Y te recordé. Nos recordé a ambos atravesando aquella puerta por primera vez, cómo me alzaste en tus brazos con tanta fuerza que conseguiste golpearme en la cabeza con el aldabón… aquella primera vez contigo fue tan rápida, tan intensa… no nos dimos tiempo a desnudarnos, tal era el ansia que nos teníamos. Habíamos estado tanto tiempo dando vueltas el uno alrededor del otro, nos habíamos retado con tanta saña… que cuando entraste en mí lo hiciste desesperado, como un viajero que ha estado perdido en el desierto sin agua durante días… y yo no me sentía diferente. Cuando te tuve dentro aquella primera vez, estirándome dolorosamente, sin saber dónde acababa uno y empezaba el otro, no me importó si en aquel momento el mundo entero se iba al traste. Recuerdo como dormiste enterrado en mi cuerpo aquella noche, cómo enganché mis piernas alrededor de cintura para no dejarte ir. Recuerdo tu rostro completamente relajado por primera vez, sin el ceño fruncido o sin esa expresión de fingida arrogancia tan tuya. Recuerdo que te miré mientras dormías durante horas…

Nos habíamos deseado tanto y tantas veces… nos quisimos tanto… cómo habíamos llegado a aquel punto era algo que no lograba entender y estaba segura de que pensabas lo mismo. Con un largo suspiro di un paso atrás en aquella puerta que tantos recuerdos guardaba, agarré mi corazón con las dos manos y me preparé para llamar. Pero te me adelantaste. Abriste y te paraste allí de pie, mirándome fijamente, sin decir una palabra… como si hubieras sabido todo el tiempo que estaba allí, como si hubieses estado esperándome.

Entré en tu casa en silencio y cerraste tras de mí con suavidad. Ver en tus ojos lo mismo que tú podías ver en los míos realmente consiguió quebrarme. Ser consciente de que tú sabías, como yo, que aquella era la última vez. Lágrimas amenazaban con desbordarse de mis ojos, pero te acercaste y, cogiéndome el rostro en tus manos, negaste con la cabeza. Aún no, supe que quisiste decir.

El beso que vino después hizo que acabara con cualquier pensamiento funesto. Era lo que siempre conseguía el sentir tus labios sobre los míos, tu lengua moviéndose dentro de mi boca lenta y profundamente como una marea. Nos besamos como lo que era. Nos besamos como si fuese la última vez… Y no nos deshicimos de aquel beso en ningún momento. Caminamos hacia tu cuarto y caímos juntos en aquella cama en la que habíamos sido tan felices. Nos recuerdo arrancándonos la ropa. Nunca fuimos muy amables en ese aspecto ¿verdad?, teníamos siempre demasiada prisa por sentir nuestras pieles rozarse, por unirnos completamente… Tus manos trazaron mapas en mi cuerpo y las mías hicieron lo propio en el tuyo. Me encantaba sentir tu piel caliente y suave contra mis manos, tu vello haciéndome cosquillas mientras te movías sobre mí, los espesos mechones de tu pelo enredados en mis dedos, tu respiración agitada en mi oído. Me encantaba saber que eras tan mío como yo era tuya, y que lo seguirías siendo, al menos, hasta que terminase aquella última noche… aunque yo sabía que iba a ser tuya para siempre.

Amaba anticiparme a tus necesidades y qué tú lo hicieras a las mías. Siempre habías sido muy intuitivo con mi cuerpo, acertando qué botones presionar para llevarme a lo más alto. Y habíamos aprendido tanto juntos… la pasión, la complicidad, la confianza plena el uno en el otro… cómo nos habíamos ayudado a descubrirnos a nosotros mismos…

Aquella última noche te agarrabas a mí con fuerza. Nos recuerdo temblando, girando en la cama seguidamente, ambos queriendo ser el primero en ocuparse del placer del otro. Finalmente te tumbaste de espaldas y te dejaste hacer, tus ojos me miraban con párpados pesados mientras yo regaba de besos tus hombros, tu pecho y tu vientre. Conocía tu cuerpo mejor que el mío y me dediqué a adorarlo. Cuando tu miembro entró en mi boca lanzaste un gemido entrecortado, abriendo las piernas más para mí, invitándome a hacer todo lo que quisiera. Y lo hice, besé, lamí y tragué tu longitud desesperada, tu placer era el mío. Seguí bajando, lamiendo tus testículos y más allá invitándome sola y pidiendo tu permiso a la vez, el cual me otorgaste. Oírte gemir y maldecir mientras te abría con mi lengua mientras te masturbaba fue demasiado, tuve que pedirte que te tocaras para poder llevar una mano a mi propio desbordado sexo. Estaba demasiado excitada y necesitaba llegar, necesitaba llegar contigo. Aquello te gustó, a ambos nos encantaba tocarnos para el deleite del otro. Empezaste a subir y bajar por tu longitud furiosamente, yo no te di tregua, más rápido, más rápido… supe el momento justo en el que me necesitabas, llevé un dedo dentro de ti suavemente mientras volvía a atrapar tu erección en mi boca. Me corrí en cuanto te sentí estallar contra mi paladar y te vi completamente abandonado al placer, la espalda arqueada, la mandíbula apretada y la cabeza echada hacia atrás en un grito agónico de puro éxtasis…

No te diste tiempo a ti mismo para recuperarte, te lanzaste a mí con violencia. Supe que al día siguiente tendría marcas en mi cuerpo… las de mi alma perdurarían para siempre. Me encantaba verte tan desesperado por mí como yo lo estaba por ti y te entregaste a mi placer completamente. Para cuando llegaste a mi sexo sollozaba más que gemía, me dolían los pechos, sentía los pezones duros como diamantes contra mis palmas tras tus húmedos besos… me comiste hasta hacerme estallar en tu boca un par de veces. Ardes decías pegado a mi sexo, mordiendo, lamiendo y absorbiendo… tus largos dedos dentro de mí, tu lengua moviéndose implacablemente. Cuando terminaste de trabajar en mi, tu erección ya se había recuperado completamente… subiste por mi cuerpo y te enterraste dentro, hasta la empuñadura, de una sola estocada, reclamándome. Yo, lejos de quedarme desmadejada después de tu ataque oral, me moví contra a ti, acompañándote en tus largas y profundas embestidas. No sé de dónde sacamos las fuerzas para amarnos de aquella manera en la situación en la que estábamos, destrozados. Parecía que tocarnos, que estar el uno en los brazos del otro nos revitalizaba. Por unos preciosos minutos éramos invencibles, eternos. Estar contigo era la libertad plena, sin restricciones, y sentirse completamente parte de una persona al mismo tiempo. Para mí era la sensación más maravillosa del mundo. Y estaba cerca de terminarla…

Te empujé para apartar ese pensamiento de mi mente y me coloqué a horcajadas encima de ti, tu miembro no había abandonado mi cuerpo ni un segundo. Sacudí mis caderas violentamente, buscando nuestro placer, tú me mirabas desde abajo con tus grandiosos ojos entornados, tus grandes manos viajando por mi cuerpo. Volví a estallar allí, mientras te montaba y tú te mordías el labio para no acabar conmigo. Aún no.

Te incorporaste rápidamente y me diste la vuelta. Besaste mi cuello, mi nuca, olías mi pelo mientras amasabas mis pechos. Llevaste una mano a mi sexo empapado, recogiendo mi humedad y llevándola hacia atrás, preparándome. Aquella noche estarías en todas mis partes, profundamente, para siempre conmigo. Me penetraste lentamente hasta el final, dejando un momento para que me acostumbrara. En ningún instante dejaste de masturbarme suavemente ni de besarme… yo había girado mi cabeza y me había abrazado a tu cuello tenso mientras tú entrabas y salías de mi imponiendo un ritmo, resbalando fácilmente. Te sentía en todas partes. Empezabas a descontrolarte, cada vez más rápido, tus caderas moviéndose como pistones, yo iba a tu encuentro, gemías en mi boca y yo en la tuya… antes de terminar saliste de mí y, rápidamente, volví a estar de espaldas en la cama contigo sobre mí, tu miembro profundamente enterrado en mi sexo, en casa como solías decirme… Después de algunas salvajes embestidas más finalmente te tensaste y, hundiéndote en mí hasta el fondo, te vaciaste en mi interior desatando mi orgasmo. Cuando caíste desplomado, jadeando, sobre mi cuerpo ambos temblábamos. Nos costó minutos enteros empezar a recuperarnos…

Unos instantes después tus brazos me abrazaron con fuerza, giramos hasta quedar de lado abrazados, escondiste el rostro en mi cuello… y lloraste… y yo lo hice contigo. A ambos se nos cayó el mundo encima después del placer, después de aquella última vez. Lloré más aún cuando sentí que intentabas consolarme en medio de tu propio dolor, tus manos trazando círculos en mi espalda, besabas tiernamente mi rostro lleno de lágrimas… Odié verte así. Odié haber llegado a aquello. ¿Pero había otro modo? Ya habíamos agotado todas las oportunidades que nos habíamos dado, ya lo habíamos intentado de todas las maneras. Odié no haber encontrado arreglo. Odié que el amor no fuese suficiente.

Pasó un largo rato hasta que ambos conseguimos calmarnos. A mí aquella agonía me pareció que duró horas. Ninguno de los dos dijimos nada, simplemente nos sostuvimos la mirada hasta que llegó el momento… Finalmente nos movimos, dejé a tu cuerpo salir del mío por última vez… Ambos nos levantamos en silencio y comenzamos a vestirnos sin demora. Yo sentía el peso de siete mundos sobre mí, casi no podía moverme, pero hice lo imposible para mantenerme entera. Un instante después me acompañaste a la puerta. Creí que te quedarías ahí y cerrarías en cuanto saliera, pero cogiste las llaves y saliste conmigo. En el rellano volví la mirada a aquella puerta, con el número siete de madera, una puerta que estaba segura que no volvería a cruzar. Sabía que no volvería allí, ni destino, ni reencuentros ni más oportunidades. Tan segura estaba como que caen las hojas de los árboles en otoño, como que el Sol salía cada mañana… tan segura como que dejaba una parte de mí allí contigo para siempre.

Ninguno de los dos pronunciamos palabra alguna en todo el trayecto del ascensor a la calle. Te  sentaste en un banco mientras observabas cómo yo llamaba a un taxi. Me costó un horrible esfuerzo empujar las palabras a través de mi garganta, pero lo conseguí. Pocos minutos después el taxi llegó. Ambos nos pusimos en pie y nos miramos a los ojos durante un momento. No hubo adiós, no hubo beso ni abrazo ni un te quiero. Todo estaba de más. Ambos éramos conscientes de aquello y de todo lo que sentíamos. Entré en el taxi y le di mi dirección al conductor con la voz rota. Y no pude evitar mirar por la ventana trasera cuando el taxi se puso en marcha. Mientras me alejaba, tú seguías allí, de pie, con una triste sonrisa en el rosto, los ojos brillantes, las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros. Finalmente, sin poder evitarlo, alcé una mano temblorosa y sonreí entre lágrimas cuando me devolviste el saludo. Luego diste media vuelta y empezaste a alejarte en dirección contraria, caminando despacio… Se había acabado.

No despegué la mirada de tu espalda hasta que mi coche dobló la esquina y finalmente te perdí de vista. Y en un fugaz instante pensé en el futuro y en cómo sería mi vida a partir de ahora. Y en cómo sería la tuya. Pensé si encontrarías a otra a quien amar y si está te querría como yo lo hacía. Si trazaría la mancha de nacimiento que tienes en tu tercera costilla izquierda con los dedos… si hablaría contigo durante horas en susurros debajo de las sábanas… si pelearíais por estupideces… si te observaría dormir… si le contarías los lunares como solías hacer conmigo, si la mirarías de la misma forma en que me mirabas a mí… si sabría acertar en abrazarte y no decir palabra cuando estuvieses mal… si sabríais entender los silencios del otro sin que hicieran falta palabras…

Y me encontré deseando de corazón que así fuera. Y decidí quedarme con eso y con todo lo demás. Para siempre.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    10 noviembre, 2014

    Me ha gustado mucho. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

    • mingus

      15 noviembre, 2014

      Muchas gracias como siempre Mabel! Un abrazo

  2. Imagen de perfil de Txentxo

    Txentxo

    12 noviembre, 2014

    Vaya que si, Excelente. Votado y seguidor tuyo. Me gustaría que también lo fueras mio.

    • mingus

      15 noviembre, 2014

      muchas gracias por pasarte y por supuesto! Un saludo

  3. DracoR

    21 noviembre, 2014

    Cautivador. Me declaro fan tuyo. Mi voto y mi petición de que continúes con el estilo mingus. Un saludo.

  4. Imagen de perfil de Patxi-Hinojosa

    Patxi-Hinojosa

    19 diciembre, 2014

    Sencillamente magistral. Has construido un texto, amiga Noelia, que consigue atraparnos desde el primer al último párrafo. Enhorabuena. Mi voto y un muy cordial saludo.

  5. Miriam Valadés

    20 diciembre, 2014

    Un relato impresionante, realmente has conseguido encogerme el corazón.
    Mi voto y un saludo, te sigo.

    • mingus

      22 diciembre, 2014

      Gracias por tu comentario, un saludo! :)

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Abrir la barra de herramientas