Dos noches

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Dos noches. Llevaba dos noches sin dormir y el cansancio retratado en el rostro. En lo alto de una pared manchada por una cenefa con motivos vegetales, un reloj viejo y cansado marcaba la 1:53 de la madrugada, y un peso cada vez mayor se empeñaba en aplastarle sin cesar el órgano batiente.
 
Varias veces había oído ya el desordenado tintineo de las llaves, esperando a que fuesen torpemente introducidas en el cerrojo, pero no ocurría; era producto de su imaginación, de su temor, de su miedo. Exhausta y vencida por una mente farsante, esperaba sentada sobre una incómoda silla de cocina bajo el reloj abrumador, con los codos inestablemente colocados sobre la mesa y las manos trémulas corriendo entre las blancas montañas de su boca. Hacía unas tres horas que los niños dormían y en la casa solo podía distinguirse sus monótonas y profundas exhalaciones. “Dormid plácidamente, hijos míos”, se dijo con voz rota. En ese instante, levantó la cabeza y se encontró de frente con su propio cuerpo, con su reflejo. Sobre la metalizada puerta del frigorífico, se trazaba de manera amorfa un ser abandonado, agredido por las circunstancias. Fue entonces cuando reparó por enésima vez en los hematomas de los ojos y los cortes en los labios, aquellos mismos labios que tiempo atrás habían respondido a una función totalmente distinta, o incluso contraria. Se desgarró por dentro y un mar de lágrimas se apresuró a inundarle los ojos, causando un dolor añadido, y bajó la vista en un intento de salir de aquella cárcel, de aquella realidad. De pronto, un llanto inocente cortó en seco aquella riada de agua salada; uno de sus hijos lloraba. Se levantó forzosamente de la silla y deambuló hasta la habitación de los niños, sus niños. Se acercó a uno de ellos y le acarició el rostro con las manos, magulladas pero enternecidas por amor. Instantáneamente, el llanto se redujo a unas simples quejas y algunas palabras inaudibles hasta finalmente llegar al silencio etéreo, a la calma perdida.
 
Un fuerte e innegable tintineo de llaves le conmovió el cuerpo. Seguidamente, un sonido brusco y breve le indicó que la llave se había abierto paso por el cerrojo. Movida por el instinto, corrió repentinamente afuera de la habitación en la que se encontraba y cerró la puerta con cautela. Unos primeros pasos torpes y pesados le indicaban que ya estaba allí. El golpe de la puerta principal al cerrarse le confirmó por fin lo que hacía rato esperaba. Apretó los dientes y una lágrima se precipitó por su rostro envejecido mientras en su cabeza solamente podía oír una y otra vez: “Dormid plácidamente, hijos míos”.

Comentarios

  1. 4hands

    8 noviembre, 2014

    muy bueno!! lo dice todo. Excelente!
    Sugerencia: “repentinamente” parece sobrar porque está movida por el instinto. Se interrumpe el ritmo impecable de la narración con esa palabra que no agrega nada que no esté ya dicho.

  2. Profile photo of Manoli.Vicente.Fernández

    Manoli.Vicente.Fernández

    8 noviembre, 2014

    Tu relato es como un espejo que refleja, sin maquillajes, el rostro de tantas víctimas y que además, habla por ellas. Mi voto y mi saludo, Jaime.

  3. Profile photo of Mabel

    Mabel

    8 noviembre, 2014

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  4. Profile photo of VIMON

    VIMON

    8 noviembre, 2014

    Muy buen relato, Jaime. Saludos y mi voto.

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