Aquella noche de luna llena no cabía duda que el frío era intenso.
Tan intenso que Fer podía experimentarlo en su piel. Cada uno de sus poros se había erizado como si se tratara de un topo buscando la salida a la superficie, un cráter recién abierto en la superficie de la luna, aportándole una textura rugosa a toda la complejidad de su cuerpo. Cada parte de él se mantenía erizada, puntiaguda, y cada pelo no dudaba en mantenerse recto y desafiante al igual que una espada en ristre. Era la noche más fría que había vivido desde hacía años, quizá, y la sensación que experimentó su cuerpo con el viento helado le recordó a otras tantas que había experimentado en noches anteriores, y mientras encendía un cigarro con lentitud, para intentar aumentar su temperatura o al menos darse un alivio hasta llegar a su casa, su mente se perdió entre los recuerdos y pensamientos de la noche posterior.
Y volvió a hallarse frente a la misma chica rubia, en el mismo bar, a la misma hora, como si pudiera sentir y ver todo lo que había ocurrido otra vez. Él se había refugiado en busca de encontrar inspiración para la novela que tenía en desarrollo, y ella simplemente buscaba algo con lo que jugar. No era la combinación perfecta pero lo que ocurrió momentos más tarde fue inolvidable para él… Y absolutamente sensacional para su cuerpo. No pasó más de cinco minutos frente a su portátil antes de notar como una pierna se colaba por debajo de la mesa y rozaba la suya, provocando que sus ojos se levantaran bruscamente e incluso diera cierto bote en el lugar, y allí la encontró, a la chica rubia de sonrisa deslumbrante, y una delantera tan llamativa como el color de sus ojos. No supo qué decir, hasta que ella habló primero.
— ¿Trabajando a estas horas?— su dulce voz atravesó los oídos de Fer como si fuera una estaca de hielo cortándole la piel, mientras sus ojos miel le devoraban por dentro lentamente, encendiendo un fuego en su interior.
Pero de su boca no salió ningún sonido y durante un instante se sintió totalmente estúpido, en evidencia, y no fue hasta que acabó su cerveza de una sentada cuando su lengua se desparalizó y comenzó a moverse y formar palabras.
— Eh… Bueno, nunca tengo un descanso, es lo que tiene ser escritor.— contestó con una extraña timidez. ¿Qué le pasaba? Jamás se había comportado así ante una mujer, pues su labia nunca le había fallado.
— Con que… ¿Escritor, no? Entonces tienes que ser muy rápido con las manos…— la chica se inclinó sobre la mesa, arrastrando sus pálidas manos hacia la más cercana de él, acariciándola con una ternura propia de dos amantes.
— Se hace lo que se puede, diría yo.— sonrió estúpidamente. Cada vez notaba que su lengua y su cerebro se descordinaban más, que parecía más idiota de lo que realmente era, pues estaba cautivado hasta el punto de que un nudo en su garganta le permitía expresarse bien.
Cada vez notaba que su lengua y cerebro se enredaban más y más, y que parecía un idiota en vez de lo que realmente era, pues los ojos de aquella mujer lo tenían encerrado en una vorágine de sensaciones, como el viejo canto de las leyendas sobre sirenas. La risa que surgió de los labios de ella lo trajo de vuelta a la realidad.
— Eso es una ventaja… Más aún si tu lengua funciona igual de bien, ¿no?— las indirectas que llevaba aquella frase rebotaron en su cabeza como una lanza directa al corazón. ¿Le estaba proponiendo lo que él creía? ¿Lo que su mente le hacía pensar? ¿O sólo era una mala pasada de su cerebro dado el tiempo que llevaba sin nada? No tenía nada que perder, realmente.
— Funcionan mejor de lo que parece, puedes confiar en mí. Normalmente tengo una labia prodigiosa pero…— se encogió de hombros, empezando a esbozar una sonrisa cómplice.— Hoy anda un poco vaga de palabras… Digamos que tiene ganas de ser usada de otra forma.
La picardía con la que empezaba a hablar le resultaba mucho más familiar de lo que le habían sonado sus palabras antes, y no tardó en acomodarse y comenzar a sentirse seguro de nuevo. Sí, sin duda volvía a ser el mismo galán infalible en busca de una presa fácil para una noche totalmente descontrolada, y a la mañana siguiente volver al mismo estilo de vida. Por un instante el tacón de ella rozó la zona más íntima que pudo alcanzar bajo aquella mesa, y volvió a inclinarse sobre la madera para destacar sus senos más aún si tenía cabida. Los ojos de Fer no pudieron evitar desviarse más de una vez en todo el rato, mientras ella comenzaba a acariciar con delicadeza su mano, y otras zonas bajo la mesa.
— Pues si quieres puedes enseñarme eso de lo que hablas… Había quedado con alguien pero me ha dejado plantada, y ahora estoy muy sola, y no me apetece pasar la noche sola…— Sus labios formaron un gesto que provocó un rápido mordisco en los de Fer, comenzando a notar la aceleración de su corazón.
— Estaría encantado de enseñarte mis dotes, pero si encontraramos un lugar menos…
Su boca no terminó la frase, y para cuando se quiso dar cuenta se encontraba en la vieja y cochambrosa habitación de un motel cercano al bar. Lo había frecuentado varias veces por distintos motivos, ninguno de ellos muy limpios, y no pensaba que fuera a volver a pisarlo aquella noche. Tan rápido como la puerta se cerró tras de ellos, ambos se unieron en un apasionado beso que terminó de forma más salvaje cuando la espalda de la mujer chocó contra la pared, haciéndole exclamar un leve quejido excitado. Los tirones de la ropa, cayendo por cada esquina del lugar hasta que ambos se encontraron semi-desnudos, los acercaron más y más al sofá que se situaba justo delante de la ventana de la calle.
Fer cayó con fuerza sobre los cojines que se hundieron bajo su peso, acompañado del de ella que no tardó en situarse encima, llenando su cuello de besos y mordiscos, mientras el bulto que sus pantalones antes ocultaba se hacía más y más visible en sus boxers. Las manos de Fer se lanzaron directamente a desabrochar el sujetador, y sin ningún miramiento lo tiró en una dirección aleatoria para comenzar a besar y pasear su lengua por cada centímetro de piel recién descubierto, reclamándola como suya aquella noche. Los gemidos que salían de los labios de la rubia mujer fueron leves ante el contacto de la húmeda lengua contra sus pezones, pero que fueron incrementando con el roce que se producía entre ambos sexos en las profundidades entre ellos dos. Pronto una de las manos de él se dedicó a profundizar hacia abajo hasta encontrarse con la ropa interior de ella, y no dudó en introducirse en aquel lugar prohibido, comenzando a acariciarlo de forma segura pero a la vez tan salvaje que los gemidos de ella eran cada vez más fuertes.
De un tirón la levantó del sofá, y las piernas de ella rodearon su cintura antes de caer sobre la cama, que sus muelles chillaron como si fuera la última vez pero la función acababa de comenzar. Una ráfaga de besos y acaricias se sucedieron durante largos minutos, mientras las manos de ambos exploraban cada rincón del otro, estimulándolos hasta el punto de que no existía otro sonido en aquella habitación que no fuera el producido por ellos. Lentamente los besos de Fer descendieron por sus senos, y cada vez más abajo, acariciando con la lengua el borde de su cintura, retiró por completo la poca ropa que le quedaba a ella y contempló su victoria como si fuera el mayor regalo del mundo.
— Demuéstrame de qué está hecha la lengua de un escritor… Déjame ver esa labia…— pudo llegar a decir entre el placer que sentía por las caricias de los dedos que se introducían en su sexo, e incluso una pequeña risa orgullosa salió de los labios de Fer.
Y hizo caso a sus plegarias. Posó sus labios sobre su sexo, otorgándole besos fugaces mientras acariciaba sus muslos, notando como se removía inquieta buscando que comenzara a darle lo que realmente buscaba. Las pálidas manos de ella se refugiaron en el denso pelo castaño de su amante, mientras este comenzaba a pasar la lengua de abajo a arriba como si estuviera degustando su helado favorito, repasando cada surco para que quedara una forma perfecta, guiado por cada nuevo gemido que escapaba de los labios de ella, pero no fue hasta que su lengua se concentró en el punto álgide de su vagina cuando comenzó la verdadera función que ella le pedía.
La humedad de su lengua se unió a la de su sexo por el rozamiento, y comenzó a lamer su clítoris con cuidado antes de pasar a rápidos lametones que la llevaron a agarrar con fuerza su cabello, además de aclamar sin pudor alguno con gritos el ansia de más y más. Fer continuó, moviendo la lengua con mayor velocidad mientras sus dedos se deslizaban hacia el interior de los labios vaginales, comenzando a adentrarse y retirarse lentamente antes de acompasarse con los movimientos que ocurrían encima. Los ojos de Fer se dirigieron hacia la vista superior, observando como la espalda de la chica se arqueaba de placer, como con su otra mano se agarraba con fuerza a la sábana y la estrujaba hasta el punto de comenzar a deshacer los bordes de la cama. Pudo sentir como movía inquieta la cadera mientras jugaba con su lengua y dedos en el lugar más íntimo de ella, y sobretodo sintió como cada vez más llegaba a un éxtasis mayor. Continuó y siguió, y no se detuvo por nada del mundo hasta que todos sus movimientos lo llevaron a su gran objetivo.
Con un fuerte grito de placer, la espalda y cintura de la chica se levantaron de golpe mientras cerró los muslos alrededor de la cabeza de Fer, rodeándole y empujandolo contra su sexo, quien no se detuvo mientras esta llegaba al orgasmo, y sólo cuando cayó desplomada sobre la sábana se levantó. Los ojos de él se volvieron a cruzar con los de ella en un simple gesto de deseo, y sin tan siquiera palabras, llevó una mano a su entrepierna, descendió sus calzoncillos hasta las rodillas, y acercó su miembro hacia el sexo de ella, comenzando a rozarse y sentir el placer. Ahora era su turno, su turno de llegar al punto más alto de placer que su cuerpo pudiera soportar, y comenzaba en aquel momento.
Las suaves manos de la chica descendieron para guiar su pene hacia el lugar indicado, y cuando notó la calidez del interior de ella, no pudo reprimir un gemido de placer ante tal gentil recuerdo que su mente casi había olvidado. Dejó que penetrara lentamente, notando como ella se estremecía ante la sensibilidad que ahora tenía aquella zona, y agarrando firme con su mano derecha el cabecero de la cama, comenzó a embestirla una y otra vez, una y otra vez. Los gemidos y gritos de placer se sucedieron por momentos mientras intercambiaban posturas, tanto él dominaba como ella podía hacerlo con el mismo objetivo que él había conseguido antes. La noche fue creciendo y así fue el momento que ocurría entre aquellas cuatro paredes. Más y más, el placer aumentaba hasta que un grito determinó el final mientras Fer descargaba la última embestida con tal fuerza, que movió la cama de su lugar unos cuantos centímetros, descargando todo su ser en ella, antes de desplomarse a su lado.
Y en aquel instante, el recuerdo volvió a desvanecerse de su memoria. Un nuevo escalofrío recorrió su espalda, esta vez de puro placer ante las sensaciones recordadas, acompañada de otra sensación bajo sus pantalones que le llevó a carraspear ligeramente. Dio una última calada al cigarro, lo tiró en la acera y sacó las llaves de su piso. Con un suspiro subió las escaleras, y cuando atravesó la puerta que lo llevaba a su hogar, se encontró con la misma escena de cada día.
— Hola, cariño, ¿dónde estuviste anoche? Te esperé hasta tarde…— la melosa voz de su pareja resonó desde el salón, y una extraña sonrisa culpable, a la vez de cómplice y morbosa se dibujó en su rostro.
— Estuve escribiendo hasta tarde en el bar… No te puedes creer las ideas y relatos que se me ocurren entre esas cuatro paredes… Vienen a mi cabeza como si fueran… Golpes de placer.
Y simplemente, rió.




Mabel
Me ha gustado mucho. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida
Txentxo
Perfecto. muy bueno, votado, mira el mio, por favor
Máni
Imagino que mi comentario hacia tu relato sobra, ¿no? Como sabes, mi memoria es pésima, no recuerdo si te di mi opinión acerca de él o no, el caso es que está clara.