CAPÍTULO II
AL SUR DE BORBERTOMAGUS, CAPITAL DEL REINO BURGUNDIO.
ARBOLEDA DE OLYGAARD.
DOS MESES DESPUÉS.
—Se está retrasando —gruñó Glisandro.
—Ten paciencia. Todas las mujeres lo hacen.
Ninguno de los otros cuatro se mencionó al respecto. Aunque el hecho de que se trataba de la hija del general era razón suficiente como para justificar su retraso, lo soportaban de la manera más estoica posible, estirando las piernas o jugando unas partidas a los dados. En las afueras próximas a los portones de las murallas sur de Borbetomagus, la noche venía más calurosa y húmeda de lo normal, por lo que permanecer ocultos, al amparo de una vegetación tan densa como para entorpecer cualquier corriente de aire, tampoco contribuía a mejorar la situación. El canto rítmico de los grillos que respondía a las temperaturas elevadas profanaba el silencio que se extendía más allá del camino que se perdía en la densidad de la espesa Arboleda de Olygaard.
Glisandro se alejó un poco con la excusa de moverse un poco. Clodario, el más joven de los seis, se quitó la compacta chaqueta de piel roja que caracterizaba la vestimenta burgundia. A medida que el sudor retenido en el pecho y brazos se fueron enfriando, se fue sintiendo más aliviado.
—Esto es indignante —murmuró Placente, el rubio barbudo, pocos minutos después—. Deberíamos estar cuidando de los nuestros, y no…
—¿…recoger a Mishasgund? —se le anticipó Glisandro, que ya venía de vuelta. Por la celeridad como se estaba ajustando el cinturón, y el olor fétido que llevaba consigo, dejó claro que no había ido a pasear sin más—. Te aseguro que la misión que nos ha encomendado el general es mucho más honorable que permanecer vigilando largas noches en vela subidos a esas torres que parecen atraer a todos los mosquitos del río. ¿No te enorgullece que Tizón nos haya elegido a nosotros? Por cierto, ¿alguien la ha visto alguna vez?
—Mientras preparaba los caballos en el establo —comentó Vergel—, una anciana me dijo que se trataba de una mujer muy hermosa… tal vez la demora merezca la pena después de todo.
—Que sea hermosa o que tenga un mostacho más grande que el tuyo me da lo mismo, pero creo que el general exagera —respondió Placente—. Su miedo por una invasión es absurdo…
—Tal vez no. Cualquier enemigo es peligroso para un pueblo pacífico —susurró Glisandro.
—Pues Gundahario no fue muy benevolente que digamos cuando atacó Valona hace dos años…
Los grillos dejaron de criar. Clodario salió sigilosamente al exterior.
—Los campesinos cuentan historias… —dijo Vergel— aseguran haber visto guerreros extraños con cabezas deformadas, que atacan desde lejos con flechas y hachas.
—¿…hunos dentro del reino? Mercenarios que habrán desertado del imperio, Glisandro…
—Sé que puede parecer extraño, pero nunca he visto a un huno… ¿Es cierto lo que dicen, que visten con pieles de rata, duermen y comen sin bajarse del caballo? —comentó Placente a Vergel. Éste asintió.
—Y también hacen el amor con sus mujeres así… —carcajeó Glisandro, realizando gestos obscenos— con la misma habilidad como dominan esos malditos arcos deformes.
—Sus sillas de montar les permite moverse tan rápido sobre sus caballos…
—¡Silencio!
Clodario vislumbró una silueta que caminaba lentamente en dirección a ellos. Al entrecerrar los ojos, comprobó que se trataba de una mujer encapuchada.
—Ya está aquí. Vamos.
La escolta emergió de la densa vegetación, empuñando en alto las armas, conforme se fueron mostrando. Glisandro y Clodario desenvainaron las pesadas espadas de acero; los otros cuatro cubrieron su retaguardia en grupos de dos, siendo Placente y Vergel los únicos que dispusieron los arcos cortos, al ser los últimos de la comitiva.
En efecto, nada más reconocer a la hija del General Desgund, todos se quedaron tan cautivados por su belleza, que la descripción de Vergel se les quedaba no sólo escueta, sino también injusta. Al bajarse la capucha, descubrió un rostro blanquecino, casi protegido por una melena dorada de rizos caprichosos que parecían chispear con el brillo de la luna, ojos grandes y almendrados cuyo color otorgaba al zafiro el motivo de su nombre, y los labios finos y marcados, rasgos que evocaban la imagen de Freyja, la hermosa diosa nórdica del amor y la muerte, como si pretendiera asegurarse de que no olvidaran, no sólo el origen de su casta, sino la razón de su existencia. Su hermosura no se limitaba al rostro. La toga oscura y holgada que cubría todo su cuerpo hasta los pies contorneaba una silueta casi escultural, cuyo fajín rojo destacaba una cintura estrecha, a la vez que remarcaba unos senos pequeños pero erguidos. Las sandalias insinuaban unas piernas largas que podían competir en altura con el propio Glisandro, el más alto de los burgundios presentes.
—Mi señora —inició Clodario agachando la cabeza en señal de respetuoso saludo—. Somos la escolta enviada por tu padre el General Desgund para llevarte a su encuentro. Debemos partir en seguida, pues ya vamos con retraso, y la noche es peligrosa.
—Podéis llamarme Mishasgund —le respondió humildemente, al mismo tiempo que le invitaba a levantarse—. Soy consciente de la inquietud que haya podido causar mi tardanza, y lo lamento profundamente. Me imagino que estaréis hambrientos. Permitidme compensaros.
—Sois muy amable, Mishasgund, pero insisto en que es mejor que salgamos de aquí cuanto antes.
—Quizá debiéramos considerar sus palabras, Clodario —Glisandro se pasó la lengua por los labios—. Hay un albergue cerca de aquí.
—No es prudente detenerse, he dicho que…
—…podríamos comer algo para reponer las fuerzas y mientras tanto, decidir qué ruta es la mejor para regresar.
—Estoy de acuerdo —añadió Vergel, Clodario se le quedó mirando—. Además, no llevamos caballos suficientes, por lo que no me parece adecuado compartir montura con la hija de nuestro general. En el albergue podremos encontrar algún carro.
Se saciaron plenamente de cordero asado y bebieron vino mezclado con más agua de la normal; mantener la concentración y el estado de alerta era fundamental para realizar un viaje sin contratiempos. La cena se financió por completo con el oro de Mishasgund, e invirtió otra cantidad no menos desinteresada para adquirir un carromato. Decidieron, esta vez por unanimidad, que la hija de Desgund permanecería oculta en su interior.
En el albergue conocieron a un grupo de mercenarios sármatas. Les recomendaron Olygaard como el trayecto más rápido para dirigirse hacia las praderas del sur. Si bien no invitaban al derrotismo, dejaron bien claro que el peligro en forma de salteadores o ladrones estaba presente en cualquier parte, obligando a mantener primero las espadas y arcos dispuestos para hacer rápido uso de ellos, y segundo, los ojos muy abiertos.
La luna llena brillaba majestuosamente cuando la escolta dejó atrás el albergue, decorando el cielo con las estrellas que la acompañaban con enfermiza fidelidad, e iluminando el trayecto hasta hacerlo visible decenas de metros por delante, proporcionando un margen de visibilidad nocturna más amplio, ideal para detectar presencia hostil más fácilmente. Cuatro hombres se distribuyeron alrededor del carro para proteger todos su lados. Vergel cabalgaba varias decenas de metros adelante, despejando el camino de cualquier obstáculo. Clodario ató su montura al carro y lo guió a través de la oscuridad del frondoso bosque.
Mishasgund se asomó por primera vez al exterior al cabo de un par de horas, sentándose al lado de Clodario, una vez hubo comprobado que éste no mostraba ninguna objeción.
—Todo está en calma —comentó, contemplando con satisfacción el cielo estrellado.
—A menudo la calma no conlleva la tranquilidad, Mishasgund. El silencio es traicionero y debemos ser prudentes.
—Si lo consideras mejor, puedo volver atrás, no quiero molestarte…
Clodario sonrió.
—No es necesario por ahora, Mishasgund, y no me molesta tu compañía.
—Sé que Olygaard alberga peligros. Muchos ladrones asaltan a las familias que viven en el campo…
—Los ladrones no nos preocupan demasiado, mi señora.
—¿Entonces? Clodario le miró por primera vez.
—Los hunos, enemigos mortales de nuestro pueblo. No pretendo ser pájaro de mal agüero, pero me resulta extraño que aún no nos hayamos cruzado con ninguno.
—¿Por esa razón nos recomendaron este camino, para evitarlos?
Clodario asintió.
—Es el trayecto más directo, secciona Olygaard en dos pedazos casi intransitables debido a la vegetación, por lo que nos permite mantenernos alejados de la periferia. Aunque no lo conocemos bien, confiamos en que sus enormes hileras de pinos y abetos nos proporcionen la discreción que necesitamos. Eres un manjar suculento para cualquier hombre, Mishasgund, y no me refiero precisamente a tu oro.
MIshasgund enarcó las cejas y se sonrojó al advertir su sonrisa. Sabía perfectamente de qué le estaba hablando.
El caballo de Placente, que marchaba a la vanguardia, resopló ruidosamente, deteniéndose en seco.
Todos reaccionaron de igual manera. Placente acarició el lomo del caballo lanzando fugaces miradas a uno y otro lado del sendero. Clodario detuvo el carro y se llevó la mano a la empuñadura.
—¿Qué ocurre? —pronunció Mishasgund en voz baja.
El silencio y la oscuridad dominaban la vegetación seccionada por el camino. Ni los búhos se atrevieron a perturbar aquella calma que no parecía llevar consigo buenos presagios. Los dos burgundios situados en la retaguardia armaron sus arcos y se mantuvieron alertas.
De nuevo el caballo de Placente resopló. Éste miró a Clodario con preocupación.
—El animal está cansado —le gruñó Glisandro, el que cabalgaba a su lado—, te dije que lo dejaras…
—Mi caballo no resopla por agotamiento, imbécil… —masculló Placente apretando los dientes.
—Clodario —insistió Mishasgund—, ¿por qué nos hemos detenido?
—Algo ha puesto nervioso al animal, Mishasgund… vuelve dentro.
Sin rechistar, la mujer regresó al interior del carro, y acurrucándose, pudo ver cómo Clodario mantenía una actitud de suma concentración, la mano fuertemente agarrada a la espada que ya tenía desenvainada, y la mirada pendiente de cualquier movimiento extraño en la maleza. Por más que se esforzaba, Mishasgund sólo veía oscuridad, y la tensión advertida en Clodario tampoco ayudaba a calmar su creciente nerviosismo.
De repente, un sonido siseante y agudo recorrió sus oídos de un lado a otro. Inmediatamente le siguió un seco jadeo, y supo que pertenecía a Clodario. El burgundio se desplomó hacia atrás cayendo dentro del carro, justo encima de ella, pillándola por sorpresa. Antes de que Mishasgund pudiese reaccionar al tomar conciencia de la flecha que Clodario llevaba clavada en el centro de su pecho, impidiéndole respirar, otros tantos sonidos similares al primero poblaron el aire de terror y desconcierto, mezclándose con el miedo cada vez más acentuado de los caballos, que relinchaban de excitación.
Aterrorizada, Mishasgund arrastró a Clodario dentro del carromato, mientras numerosas flechas agujereaban la tela que lo cubría. Varias se clavaron en las maderas, y una de ellas terminó hiriéndola superficialmente en una pierna. Contuvo un alarido. Las lágrimas escaparon de sus ojos a causa de la conmoción producida por la herida y se derrumbó al suelo, agarrando fuertemente la mano del burgundio que jadeaba como un pez fuera de su hábitat marítimo.
Un alarido de detrás del carromato sorprendió a Glisandro, y maniobró su montura haciéndola girar dando una vuelta tras otra, tratando, sin éxito, de localizar al menos a uno de los arqueros que debía estar necesariamente ahí.
—¡Maldita sea nuestra suerte —vociferó, tratando de controlar al caballo, cada vez más encabritado—, nos atacan!
Presa del nerviosismo, y sudando por los cuatro costados, MIshasgund titubeó unos instantes sobre si seguir permaneciendo quieta o incorporarse. Levantó con cuidado la cabeza y por los espacios entre las telas de la parte trasera del carromato vio a los dos burgundios que protegían la retaguardia, sobre sus caballos, inmóviles, ensartados sus cuerpos con flechas, en unas posturas tan inverosímiles que no podía explicarse cómo seguían manteniéndose en equilibrio sobre sus monturas.
Glisandro se cubrió la cabeza con el brazo izquierdo, pues muy a su pesar ninguno de la escolta contaba con cascos con que reforzar sus atuendos, mientras alzaba en alto la espada con el derecho. Una flecha siseó vertiginosamente por delante del mismo bigote, y una espada de doble filo surgió del lado contrario, con tal velocidad que acabó atravesando la espalda de Placente hasta asomar por delante. Quien fuera el responsable, se preguntó Glisandro boquiabierto, tal demostración de fuerza y precisión no podía pertenecer al mundo de los mortales. Placente cayó hacia delante encima del lomo de su propia montura. Glisandro contempló la piedra preciosa que adornaba la empuñadura de la espada que había terminado con la vida de su compañero de rubias melenas lacias, segundos antes de que su caballo terminara por encabritarse, para alejarse de allí despavorida.
—He visto esta espada antes…
Pero no pudo acabar de confirmar su terrible sospecha; otra flecha le atravesó la muñeca, triturando el brazalete que debía de haberla protegido. En cambio, el propio brazo sí salvó su cabeza al desviar otro proyectil. Soltó un respingo y otra flecha más volvió a silbar fatídicamente, hundiéndose esta vez en su costado. Sintió un pinchazo intenso y agudo que le hizo encogerse, perdiendo el equilibrio, lo que obligó al caballo a alzarse a dos patas, para terminar ambos cayendo, revolviéndose juntos en el suelo. El peso del caballo supuso un mazazo tremendo para Glisandro, pues le aplastó piernas, cintura y cabeza, destrozando músculos y triturando huesos. Conteniendo como pudo los dolores que llegaban de todas partes de su cuerpo mutilado, Glisandro hizo un penoso esfuerzo por arrastrarse, y cuando al fin fue capaz de mover la cabeza con cierta libertad, contempló resignado cómo la sangre fluía abundante y libre por debajo de él. Dos, y hasta tres flechas más se hundieron en la parte de la espalda que también se había liberado del aplastamiento, hasta que el burgundio dejó de moverse. Sus ojos, cuyos párpados se afanaban temblorosamente por evitar cerrarse, presenciaron neblinas y siluetas borrosas, con destellos que centelleaban por todas partes, como el metal que resplandece con la luz del fuego que lo forja. Las siluetas marchaban a pie, se abrieron para dejar sitio a otra que se aproximaba hacia él, o quizá pretendían no ser atropellados por su montura que se movía de una forma un tanto extraña, casi azarosamente, como si cabalgara libre del control de las riendas. Mientras cerraba los ojos por última vez, Glisandro dedujo que ese jinete estaría tan muerto como Placente, pero si se trataba de un enemigo batido, o de los suyos, como así parecía entrever su vestimenta escarlata, al burgundio apenas le quedó tiempo para averiguarlo.
Mishasgund abrió los ojos lentamente, a medida que su mente fue asimilando las consecuencias de lo acontecido en el exterior. Los caballos dejaron de relinchar, y los siseos de las flechas que anunciaban la muerte parecían haberse acallado tras ellos. Se concentró en cualquier señal que le avisara de algún peligro, pero no escuchaba nada. Un silencio estremecedor se había apoderado de todo el lugar.
Una mano que surgió repentinamente de detrás del carro le agarró con fuerza por la muñeca. Sobresaltada, Mishasgund se deshizo rápidamente de su presa, pero no pudo evitar cómo otro hombre, ataviado con una gruesa cota de malla, más corpulento que el otro, le agarrara por el cabello para tirar de él sin contemplaciones. La mujer chillaba de dolor y espanto durante el tiempo que le llevó a su opresor sacarla fuera del carro. Como si de un bulto inerte se tratase, fue arrojada con desprecio al suelo.
Mishasgund reconoció a los hombres que habían masacrado a su escolta, los mismos que antes les habían sugerido la ruta de Olygaard en el albergue. El que tenía justo delante era increíblemente alto. Sus ojos finos y alargados parecían irradiar chispas de fiereza, y su rostro, rasurado, junto al tono amarillo de su larga melena, le otorgaba cierto atractivo, aunque éste se quedara eclipsado por un comportamiento ruin y salvaje hacia el sexo débil. La cota de malla le protegía todo el pecho y parte de la cintura, unos holgados pantalones coloreaban de marrón oscuro su uniforme, y una capa de piel, rasa, con evidentes signos de deterioro, competía en largura con el penacho que sobresalía de su casco dorado. Mishasgund contó que el número de arqueros no alcanzaba la docena, pero un peculiar detalle captó su atención: todos llevaban arcos pequeños, no como los de los hunos, más grandes, y asimétricos.
Sus captores sacaron entonces el cuerpo medio moribundo de Clodario y lo dejaron a pocos metros cerca suyo. Uno de ellos asió con fuerza una larga jabalina, y apuntó con ella al corazón del burgundio. Miró entonces al hombre de melena rubia, aguardando la orden de sentenciarle.
—¿A qué esperáis, salvajes? —sollozó la mujer— ¿Acaso te divierte el tiempo que tarda una mujer en suplicarte una muerte rápida?
El hombre lanzó una mueca.
—Si quisiera matarte, ya lo habría hecho, mujer. No soy tu enemigo.
—¿Aniquilas a mi escolta, bárbaro, y te atreves a decir que no eres mi enemigo? —le respondió, desconcertada— ¿Por eso me maltratas como a un perro vagabundo?
—Somos sármatas. En el albergue te presentaste como la hija de Desgund, el valiente general burgundio. En los últimos tiempos hemos convivido en paz gracias sobre todo a la buena voluntad de tu padre, pero la suerte nos ha sonreído con desgracia desde entonces y nos hemos visto obligados a cometer actos despreciables para poder sobrevivir.
“Roma nos exige tributos abusivos a cambio de no exterminarnos. Son tan altas sus pretensiones que apenas podemos pagarles. Tanta sangre sármata se ha vertido ya sólo por defendernos de ellos que prácticamente hemos perdido nuestra identidad, y aún así, raptan a nuestros hijos para reclutarlos. Hemos conocido familias cuyos miembros, separados para satisfacer la causa romana, se han reencontrado para enfrentarse a muerte entre ellos mismos, ¿y las mujeres? su destino es aún peor, pues las violan antes de hundirles la lanza en el corazón”.
“Escogiste mal tu escolta, hija de Desgund. No dudo que tus burgundios luchen con arrojo y valor, pero han demostrado ser confiados y carentes de la experiencia necesaria como para detectar nuestra presencia demasiado tarde. Os hemos estado siguiendo desde que iniciasteis el camino y ni siquiera os habéis dado cuenta. Dejarles con vida habría sido una carga innecesaria y nadie iba a echarles en falta. Sin embargo, enviaré un mensajero a tu padre para negociar el rescate que ha de pagarnos si quiere volver a ver a su hija sana y salva. Su oro nos proporcionará varias lunas de tranquilidad”.
—Mi padre es rico por sus actos, mas no tanto de bienes, ¿y si no puede sopesar tus condiciones, bárbaro? ¿Acabarás entonces con mi vida?
El sármata le agarró enérgicamente por el cuello.
—Ten cuidado, mujer. Te repito que no soy un bárbaro con el desprecio como me nombras, pero no dudaré un solo instante en cortarte el cuello si tu saliva de víbora me sigue ofendiendo, a mí o a mis hombres.
Entonces, la soltó con repulsa, dedicó ahora su atención al lancero, al que asintió con la cabeza. Éste levantó la jabalina en un gesto amenazador.
—¡No lo matéis, por favor, os lo ruego! —suplicó Mishasgund, estremecida— Haré lo que me pidáis, convenceré a mi padre, ¡pero dejadle vivir!
—Ese despojo por el que suplicas ya está más muerto que vivo. La flecha que lleva clavada le ha perforado el pulmón, y apenas puede respirar. Le vamos a hacer un favor acortando su sufrimiento. En cuanto a ti, estoy convencido de que harás “todo lo que te pidamos”.
Mishasgund, atónita, contempló sus ojos. Ahora no transmitían temor… sino lascivia. Las advertencias de Clodario respecto del precio que debía de pagar por su condición de mujer resonaron terribles en su cabeza. Temiendo el fatal desenlace, se arrastró hacia atrás. El sármata, cada vez más excitado, habiéndose despojado ya del arco y el cinturón que sujetaba la malla, se llevó las manos a los pantalones. Salvo el lancero, el resto de sus hombres siguió sus pasos, dejando bien claro que no iban a quedarse con las manos vacías.
—¡Aaaaaargh!
Un sobrecogedor alarido les cogió a todos por sorpresa. La voz pertenecía al lancero, el cual, se desplomaba como si hubiese perdido toda la fuerza que le mantuviera en pie. Un cuchillo clavado a la altura del cuello, justo en el lugar donde el casco termina y comienza la capa, había sido el responsable. Presa de la consternación, todos los sármatas fijaron sus ojos hacia una única dirección.
En la distancia, una gigantesca polvareda de resplandecientes neblinas alimentadas por la luz de la luna, se precipitaba hacia ellos a toda velocidad.
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Mabel
Muy buena Novela. Un abrazo y mi voto desde Andalucía