El reloj da las siete, la tarde lentamente se apaga y el sol se escapa detrás de una sucursal del Banco Francés, que se ubica en perfecta diagonal al Obelisco; las sombras comienzan a adueñarse de la avenida que alguna vez no durmió.
“¡Corrientes por la noche! Mientras las otras calles honestas duermen para despertarse a las seis de la mañana, Corrientes, la calle vagabunda, enciende a las siete de la tarde todos sus letreros luminosos y, enguirnaldada de rectángulos verdes, rojos y azules, lanza a las murallas blancas sus reflejos de azul de metileno”, decía Roberto Arlt. Ahh, pero tal vez de eso ha pasado ya demasiado tiempo y el escritor, dondequiera que esté, no imagina que las luces que hoy quedan encendidas son sólo unas pocas.
Es martes, lo que significa que en escasas horas el flujo constante de vehículos irá disminuyendo hasta extinguirse y los comercios -que alguna vez funcionaron día y noche- descenderán sus persianas. Y en la puerta del Teatro San Martín los espectadores no formarán largas filas para ver una obra, sino que una familia acomodará como pueda sus colchones y se cubrirá con una manta de pobreza para dormir.
Parece increíble que tiempo atrás algún joven revolviera la mesa de una librería en busca de un clásico a la medianoche o que los muchachos se reunieran hasta las tres de la mañana en Los Inmortales.
Entonces llega el miércoles, las personas caminan apuradas, tratando de esquivar al que le pide una moneda y al que se para en medio de la vereda para contestar un mensaje en su teléfono táctil. Ninguna de ellas recuerda que transita por una de las avenidas que más historia tiene y a la cual los turistas se desesperan por conocer. Dicen que la costumbre mata al placer…será por eso que las maravillas que Corrientes ofrece pasan desapercibidas al que tiene el hábito de pasar por allí.
Como tantas otras, esta tarde Miguel no sabe si juntar sus cosas o no. Es que tiene miedo de que al llegar la noche otra vez le roben sus materiales de trabajo, aunque también piensa que si se queda sólo un rato más podrá tener algún otro cliente, de esos que vienen en su busca para que les salve los zapatos con un tanto de pomada de su colección. Suspira melancólico y sabe que eso no va a suceder; ya no estamos en los 80 y la avenida no es lo que solía ser.
El miércoles pasa, nace el ansiado jueves y con él la esperanza de que tal vez con algún espectáculo teatral la magia resurja y Corrientes despierte de un aletargado sueño. Ay, el olor a tabaco, a café negro, un vinilo que suena, hacen que cualquiera fantasee con la imagen de un tanguero deambulando por ahí, por ese lugar del que alguna vez fue dueño. Pero entonces un bocinazo destroza la ilusión y al abrir los ojos sólo se ven dos cosas: a la izquierda Olmedo, Portales y un desconocido sonriendo a la cámara, y a la derecha un grupo de militantes repartiendo volantes para que elijas bien a quien votar en las próximas elecciones.
La nostalgia vive también en Antonil, que no olvida aquellas madrugadas -sí, madrugadas- en las que servía el clásico chocolate con churros en la vieja Giralda. Su mirada recorre cada azulejo blanco con su ribete negro, cada botella de la estantería, el teléfono público y hasta las frías mesas de madera y mármol, que parecen esperar, anhelar, el regreso de la época dorada del bar.
Viernes, sábado y domingo se esfuman en un santiamén, la gente vuelve a correr, pero en esta oportunidad para ocupar un lugar en la pizzería, que según dice por ahí, es la mejor de Buenos Aires. Otro tanto se acumula en la boletería del Astral, aguardando para ver bailar a la compañía flamenca. Es ahí cuando se escucha la voz de Gardel, que parece venir del más allá, a sólo unos metros, de la disquería Bonus Track. La fiesta sigue en cada esquina y los cafés se llenan. La fiesta sigue, el sueño también.
Pero llega el vil lunes, y con él el embrujo que anestesia Corrientes, que la induce a un coma, aguardando, confiando, la llegada del fin de semana. Con la resaca del ajetreo los transeúntes regresan apurados, como siempre, llevándose todo por delante. Rodolfo amolda su puesto de diarios, mientras entrega un Olé que anuncia que Boca ha perdido y una decepción más se apunta en su lista.
El día se escapó, el reloj da las siete, la tarde vuelve a apagarse lentamente y Ruiz Rivera acomoda las estanterías de su librería, mientras Porcel recibe a algún personaje en el sillón destrozado de su barbería al aire libre y alguna dama fina dice una grosería, porque el taxi no ha parado. Lucas, el menor de la familia, vuelve a acomodar su colchón y piensa que tal vez mañana será un día mejor.
“¡Corrientes: ¿Qué pasó contigo?!”, se pregunta Antolin mientras el chocolate se enfría, La Giralda está vacía. En la calle no hay rectángulos verdes, tampoco rojos ni azules, el único color que destaca es el amarillo chillón de una “m” ofreciendo unas hamburguesas.
Dichosos aquellos que vieron aguantar despierta esta arteria de Buenos Aires, que disfrutaron de sus encantos, de sus pasiones. Desafortunados aquellos que hoy la encuentran sin vida, pasando desapercibida, entre tantas otras avenidas.




Cyrano de bergerac
Hola Magui un magnifico relato, genial.
Lo he leido casi sin respirar, me ha gustado
mas que mucho.
Nunca he estado en Buenos Aires pero después
de tus relatos la echo hasta de menos.
Un saludo cordial y mi voto.
Magui
Me alegra mucho que te haya gustado. Siempre serás bienvenido en Buenos Aires y el resto de Argentina. Besos!
Mabel
Extraordinario relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
Magui
Gracias por leerlo Mabel, un beso
4hands
pero habrá un despertar.
Gracias por este relato. Ya no podremos caminar por Corrientes y no echar de menos su pasado.
Magui
Ya ha estado demasiado tiempo dormida. Un beso!
AVEs
Excelente descripción de la triste evolución de nuestra avenida más tradicional.
Tan real que me dejó melancólica.
Ojalá despierte pronto como asegura 4hands porque se extraña.
AVEs
Merece portada!